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Lunes 28 de Marzo de 2016

“La gente necesita tenerme a su lado”

Ignacio Peries es el sacerdote más convocante de la ciudad de Rosario y la región. Llegó hace casi 40 años de Sri Lanka como un cura más 

Pablo R. Procopio / De la Redacción de La Capital
editor@uno.com.ar 


La Semana Santa lo tiene hiperactivo, pero no mucho más que siempre. El padre Ignacio Peries no se detiene porque sus fieles lo necesitan, lo demandan y él sabe que debe darles una palabra, una bendición, una sonrisa, tocarlos. “La gente quiere que esté a su lado”, admite. Y aun así supera el cansancio. “Lo que yo recibo de cada persona es lo que me impulsa a seguir”, dice consciente de que su popularidad lo sobrepasó. Por eso hasta bromea con el futuro. “Cuando ya no siga con esto me voy a tener que borrar a algún lugar donde no me conozcan”, se ríe, aunque debe haber muy pocos. Sin embargo, aclara que hoy su espacio está en Rosario y seguirá su misión acá. No deja lugar a dudas. Confiesa a La Capital que percibe lo que al otro le pasa y que no sabe quién podría sucederlo algún día. “Es muy difícil que alguien pueda comprometerse las 24 horas”, reconoce.

—¿Cómo soporta tanta actividad?
—Hay cosas que me quitan el cansancio: los chiquitos, sus testimonios, peticiones. Han venido a verme niños con leucemia o meningitis. Cuando ellos te dan un beso y te dicen “gracias, estoy vivo”, te levantan el ánimo. Cuando la gente vuelve para agradecer y te cuenta que está bien, el cansancio se va. Uno se siente útil, reconfortado, se da cuenta que vale la pena lo que está haciendo. También me llena de fuerza la gente de otras religiones. Acá han venido judíos, budistas, hindúes, no solamente católicos. A nadie le pedí que cambie de religión para darle la gracia. Y ni hablar de quienes llegan de otros países con un gran confianza. Dios me pone en el camino de muchos para darles una respuesta en la vida. Trabajo horas y horas, pero pierdo ese cansancio. La verdad es que todos vienen con una fe ciega en Dios, no en mí, porque, como siempre digo, yo soy un instrumento de Dios. Y veo que esa fe funciona.

—Cuando se le acerca una persona, ¿percibe qué le está pasando o qué le va a suceder?
—Sí. Y se lo comunico. En el caso de los chicos, lo hago con sus padres y aclaro que la última palabra la tiene Dios.

—¿Puede ocurrir que la gente se quede con dudas?
—Cuando hay dudas mis colaboradores las aclaran. Y, en todo caso, las personas pueden volver a preguntarme antes de irse.

—¿De qué países llegan los fieles?
—Hace poco vino gente de Finlandia que había visto la misa por internet. El año pasado llegó en colectivo una mujer con cáncer desde el norte de Brasil. Sacó el pasaje sin tener la seguridad de que me iba a encontrar, pero sabía que la ayudaría. Al final ella no podía creer cómo se dio todo. Llegó hasta mí un día antes de su regreso, pudo encontrarme. Recibo a personas de todos lados: Estados Unidos, Rusia, Alemania, España, China, India. Desde que cambiamos el sistema para que la gente no tenga que venir personalmente a sacar turno, mejoramos mucho. Y que la misa pueda ser vista por YouTube nos abrió un canal nuevo.

—¿Pensó alguna vez en ponerle un límite a tanta actividad?
—Cuando ya no siga me voy a tener que borrar a algún lugar donde no me conozcan (risas), porque ni siquiera puedo estar en mi casa de Sri Lanka. Cuando viajo allá, los templos budistas de mi pueblo anuncian mi presencia por altoparlantes. Avisan que llegué. Entonces, el aluvión de gente es peor que en Rosario. No me dejan ni dormir.

—¿Cómo maneja todo eso?
—No puedo ir a ningún negocio de Argentina, ni a comprarme la ropa interior. He tenido que hacerlo en Londres, en algún lugar donde pasara más desapercibido. Incluso se me dificulta estar a veces en esa ciudad o en países como España o Italia porque, apenas se enteran los sacerdotes que me conocen, me piden que dé una misa. Enseguida me llaman. Siempre es así. Tengo que viajar de incógnito (risas).

—¿Y qué pasó con esa versión de que se iba a instalar en Paraná?
—No se trata de eso. Ocurre que moseñor (Juan Alberto) Puiggari, el arzobispo de allá, es mi protector y mi referente ante el Papa y el Vaticano. Por eso tengo esta relación tan directa. Es el representante y la autoridad en Argentina de referencia ante la Santa Sede. En Entre Ríos hay una oficina administrativa de la iglesia y viajo cada mes o dos meses. 

—¿Se queda en Rosario?
—Sí. No tengo ningún otro proyecto.

—¿Pensó en un sucesor?
—Hay varios que tienen ganas pero es muy difícil encontrarlo, porque quien quiera comprometerse con esta misión tendrá que estar 24 horas con la gente. No sé quién podría hacerlo. Hay sacerdotes nuestros que tienen el deseo, pero los dones o las gracias que Dios nos da para soportarlo son diferentes en cada uno. Insisto, uno se cansa, pero el amor de la gente sobrepasa todo. Hoy a mí no me falta nada.

—¿Llegan más fieles desde que un argentino fue elegido Papa?
—Hubo un gran cambio. Benedicto XVI estaba más abocado a la doctrina; es uno de los mejores teólogos del mundo, pero se ubicaba más lejos de la vida social, no tenía la costumbre de estar con la gente. Fue diferente a Juan Pablo II, siempre cerca de los humildes y de los condenados, y a Bergoglio, un ser que vivía en la calle. Porque Francisco vivió en el colectivo, en la villa, en la bicicleta, en el tren. Cuando uno está empapado con la realidad de la gente, sabe lo que le pasa. Sí, el efecto del Papa argentino generó más concurrencia. Personas que no pisaban la iglesia, muchos ateos vinieron a felicitarme y volvieron a creer. Creo que la vida sacerdotal necesita del contacto con la gente. Benedicto era un intelectual, pero también se necesita calle.

—¿Hubo algún cambio en los pedidos de los fieles desde que usted llegó hasta hoy?
—Siempre, desde que vine, la gente me demuestra que necesita que esté a su lado. Espera estar acompañada en el sufrimiento, en el dolor, en la alegría. Por eso acá no hay horarios. Si la iglesia está abierta, siempre hay alguien. Los fieles me dicen: “A vos el Señor te escucha, entonces ayudame”. Eso es lo que pasa, la gente quiere alguien en quien confiar. Me dejan cartas y yo las toco, las bendigo. Lo que más buscan es saber que el padre los acompaña. 

—Pero, ¿los problemas son los mismos?
—Diría que el 80% de los pedidos son por enfermedades. Algunos vienen desde los sanatorios donde están internados acá o en Buenos Aires. Les piden eso a los médicos. Y yo me dedico más a los enfermos que a otra cosa. 

—¿Cómo canaliza la ayuda a los pobres?
—Cáritas parroquial atiende a más de 1.500 familias todos los meses sólo distribuyendo lo que llega por el agradecimiento de la gente. Son las mismas personas que se acercaron hasta mí las que vuelven y donan. Dejan leche, harina, aceite. Y también empresas hacen donaciones más importantes. Yo no le pido plata a nadie; todo lo que se recibe se destina a Cáritas. Es el que se siente mejor quien mantiene Cáritas.

Datos

Ignacio Peries nació el 11 de octubre de 1950, en Balangoda (al sudeste de Colombo, capital de Sri Lanka). Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1979 en el Reino Unido. En 2005, Rosario (a través de la delegación local de Migraciones) lo distinguió como uno de los extranjeros más destacados que habitan suelo santafesino.


“Sabía que atendí mal a una persona y decidí que eso no podía quedar así”

Si hay algo que al padre Ignacio Peries le importa mucho es que sus fieles comprendan su mensaje y entiendan sus consejos. Sin embargo, hubo casos en los que sus palabras quedaron inconclusas y hubo que subsanar la situación.   

“No me olvido un episodio en el que atendí mal a una persona. Eso no podía quedar así”, dijo el sacerdote a La Capital. En aquella oportunidad, mientras escuchaba a una mujer, recibió una llamada telefónica importante, por lo que debió interrumpir momentáneamente la charla y retirarse. No obstante, en medio de la conmoción, la mujer  no entendió y se fue.

“Esto ocurrió hace años, cuando todavía no contábamos con todos los datos personales. Sabíamos solo el nombre y el apellido de quien venía a la iglesia”, relató uno de sus colaboradores más cercanos. Eso dificultaba las cosas.

Ignacio volvió adonde estaba, pero su fiel ya no se encontraba allí. El cura era consciente de que ella se había ido sin comprender todo el mensaje y el sacerdote no estaba conforme.  

“Me dijo que se quedó mal”, añadió la persona de su confianza. “Nos pidió que la buscáramos”, sumó. No sería una tarea fácil. “Nos dirigimos a la guía telefónica y encontramos cinco personas con el mismo apellido. Llamamos a tres, pero la mujer en cuestión no vivía en ninguno de esos domicilios”, contó.

Era tarde en la noche e Ignacio no iba a quedarse con la incertidumbre. “Buscamos el auto y fuimos por las direcciones que faltaban. Una de ellas era un pasaje, pero no lo encontrábamos; se hacía cada vez más tarde, hasta que dimos con una calle que se cortaba de golpe, cerca de uno de los shoppings”, indicó el colaborador.

El hombre y su esposa se bajaron del auto y tocaron el timbre. “Recuerdo que salió una chica”, sostuvo. Afortunadamente, era la hija de la mujer que buscaban. 

Cara a cara. “Apenas nos vio y le explicamos la situación, nos contó que su mamá estaba afligida, angustiada”, subrayó. “Directamente nos dijo que el padre la había atendido mal, pero le contamos el episodio. Al final, quedó sorprendida porque no se había imaginado que el propio Ignacio estaba tan compungido como ella. Después, volverían a verse”, cerró.

En busca de una caricia al alma 

“Podemos ir en paz”. La frase marca el final de la misa, pero en la iglesia Natividad del Señor casi nadie se va.

A diferencia de lo que ocurre en el resto de las parroquias católicas de la ciudad, toda la concurrencia, salvo raras excepciones, permanece en el templo. Es que los fieles quieren llegar hasta Ignacio y saludarlo. Esa es una opción que sus colaboradores siempre recuerdan y que organizan para que el trámite se desenvuelva de manera organizada.

 “Es que quienes vienen a la parroquia necesitan salir habiendo sentido al padre. Es una inyección de amor, una caricia en el alma. La gente se va mejor”, dice su asistente directo.

E Ignacio sabe que eso es muy importante al punto de que sus seguidores no podrán perdonarle ningún gesto inesperado. “Yo no puedo estar chinchudo. Si no ven una sonrisa, me lo demandan”, expresa el cura riéndose una vez más.

La niña con cáncer que le dijo que solo él podía sanarla

“Me parten el alma los pedidos de los más chiquitos”, dice Ignacio cuando refiere a situaciones de enfermedad que comprometen a los niños. Y relata una de ellas.

“Llegó hasta acá una nena con cáncer en el cerebro. La trajeron sus padres en colectivo desde la Patagonia en un viaje de dos días. Los médicos le dijeron que no había más nada que hacer”, relató el sacerdote.    

Los padres de la niña solían ver la misa de Ignacio por televisión y hablaban de la posibilidad de generar un encuentro con la nena. Fue por eso que hicieron el esfuerzo de trasladarla en una situación terminal. Tenían mucha fe.

Sin embargo, lo que les hizo tomar la decisión fue una frase increíble de la chiquita. “Papá, llevame a ver a Ignacio, él es el único que puede sanarme”, dijo ella. Sus padres aseguran que nunca habían hablado del tema con su hija. 

“Una vez que llegaron, la nena insistió en que yo podía curarla”, detalló el sacerdote, quien le dio la bendición.

Ahora, espera que regrese.  

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