A Fondo
Domingo 28 de Febrero de 2016

La enseñanza de Romina

Marcelo Comas / De la Redacción de UNO
mcomas@uno.com.ar


Dicen que la vida nos depara cosas increíbles, algunas buenas y otras malas. El ejercicio del periodismo nos obliga a estar permanentemente empapados de la realidad cotidiana, pero sucede que casi siempre la coyuntura nos impone una determinada agenda que no nos deja ver lo realmente importante. Y así surgió lo que les voy a contar en este suelto, una historia de coraje y superación de una paranaense que a finales de enero de 2012 vivió una verdadera pesadilla en Brasil, país que había elegido para despedir el año junto a un grupo de amigos que había conocido en un intercambio estudiantil. Tan desconcertante como el síndrome que contrajo (Guillain Barré) fue la situación de sus padres, familiares y amigos cuando recibieron la noticia. Ella supo que algo estaba mal cuando sintió un hormigueo en las manos y esa sensación se fue trasladando a todo su cuerpo, perdiendo toda posibilidad de movimiento y de experimentar calor, dolor, entre otros síntomas. El proceso de recuperación empezó en el mismo momento que la internaron en la Terapia intensiva en el Hospital de Clínicas de San Pablo: los miles de kilómetros de distancia no fueron escollo para sus familiares que la contuvieron en todo momento y los mensajes de apoyo que recibió a través de diferentes medios fueron una caricia en el alma para esta joven estudiante de Ciencias de la Educación. Me acordé de ella porque varias veces me lo había cruzado en la calle a su papá, pero nunca me animé a preguntarle cómo estaba Romina. Entonces no quedó más alternativa que llamarla para saber qué era de su vida a cuatro años de aquella pesadilla. Romina encaró un proceso de rehabilitación hasta mediados de 2012, con tratamientos de kinesiología y fonoaudiología que la ayudaron a recuperar su movilidad y a hacer una vida normal. Todavía me queda grabada la imagen cuando fui a esperarla al Aeropuerto de Paraná y su cara de fastidio al observar todo ese despliegue no dejó el margen para preguntas. Su estado de ánimo no era el mejor, debía desplazarse en silla de ruedas y tenía dificultad para hablar. “Si la ves ahora no podés creer todo lo que le pasó antes”, me dijo un amigo en común con Romina. Y la protagonista de esta película –porque en la charla telefónica ella lo comparó con una ficción- agradece por estar haciendo lo que más quiere, pero asegura que se acuerda de todo lo que le pasó y que a su experiencia la podría definir como algo “increíble”. Algo así como un volver a empezar que le deparó un nuevo sentido a su vida: hoy tiene un hijo de siete meses, trabaja y se propuso ayudar a personas afectadas por el síndrome de Guillain Barré. Habla con voz pausada mientras de fondo su bebé balbucea sus primeras palabras. Se la nota contenta, plena, con ganas de seguir estudiando, aunque asegura que recién el año pasado pudo retomar algunas materias de 4º y 5º año de la carrera. A raíz de que su caso se hizo público muchas personas se han contactado con ella para saber más de este síndrome que afecta a una de cada 100.000 personas. Con una dosis de sentido común asegura que les transmite contención, palabras de confianza, pero subraya que ante todo en este tipo de situaciones se debe tener prudencia. “Hay que ser responsables, porque hay gente que queda con secuelas y otras que fallecen”, dijo con un dejo de tristeza. Una historia increíble, que conjuga tristezas y alegrías, pero que sobre todo tiene un costado milagroso: el de Romina, que ahora promete ayudar desde su lugar a personas que padecen el mismo calvario.
 

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