A Fondo
Jueves 04 de Junio de 2015

La cura para una enfermedad social y cultural

José Amado / De la Redacción de UNO
jamado@uno.com.ar


En 1986 unas 600 mujeres de todo el país se reunieron en Buenos Aires para hablar de los problemas de ser mujer en Argentina: los atropellos sufridos en la casa, en el trabajo, en la calle, en todos los ámbitos donde son valoradas menos que los hombres, violentadas y consideradas objeto y propiedad de otro. Todos los años se siguieron juntando, los llamaron Encuentros Nacionales de Mujeres y en octubre se hará el número 30 en Mar del Plata, donde se esperan más de 40.000 participantes. Paraná fue la sede en 2000 y 2010. Denostados por la Iglesia, atacados por los gobiernos, los encuentros fueron el principal lugar de expresión de las luchas de género. A su vez, los reclamos planteados en esas instancias se replican en todas las provincias y sectores sociales. Hoy cualquiera dice “ni una menos”, pero había que decirlo hace 30, 20, 10 o cinco años, y tener que dar explicaciones o incluso bancarse las risas. No se llegó a la jornada de ayer porque el hashtag se viralizó en las redes sociales ni por el femicidio de Chiara, a partir del cual surgió la idea de un grupo de periodistas. Hubo un largo camino en el cual el movimiento de mujeres fue conquistando derechos; en el medio, cientos de mujeres asesinadas, abusadas, culpadas y revictimizadas. Igual, pocos creían que era posible lo que ayer se vivió en las calles de todo el país. En la previa, me asqueó la hipocresía de quienes siempre fueron los promotores de una cultura machista, base y el móvil en cada femicidio, posando para la foto con el cartelito; la frivolidad con que se trató el tema en muchos medios de comunicación en los que no tardaron en volver a pasar culos y tetas y la propaganda del detergente que le salva la vida a la mamá-esposa; los análisis criminológicos de un problema que es social y cultural, y también político. Después pensé que en realidad fue el símbolo de su derrota. O del inicio de su derrota. La consigna fue amplia: nadie pudo no repudiar el asesinato de una mujer por ser mujer. En otras campañas contra otras formas de violencia, como la del repudio al acoso callejero, se tocaron otras vísceras, hubo más polémica y choque de opiniones tanto entre hombres como mujeres. Ayer nos convencimos de que un femicidio no es un asunto privado: es la consecuencia de una enfermedad social y cultural llamada machismo. Todos estamos infectados y el plan de vacunación es a largo plazo. La autocrítica de una forma de ser de los hombres con las mujeres tiene que empezar ahora. Será difícil extirparnos esas ideas, que tienen siglos en la humanidad. Y más complicado todavía si la presidenta Cristina Fernández le destina un 0,00027% de los recursos al Plan Nacional de Acción para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres, si los proyectos de ley y de ordenanza en Entre Ríos y Paraná del botón antipánico siguen cajoneados, si no se garantiza la educación sexual para el cambio cultural que el problema requiere. Pero también parecía difícil hace poco que miles de personas salieran a repudiar la violencia de género, y decirle a los gobiernos que no alcanza con discursos y leyes que luego no se instrumentan porque no les destinan presupuesto o porque en el fondo avalan el machismo y el patriarcado.

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