A Fondo
Lunes 09 de Noviembre de 2015

La Alhambra: una joya esotérica de Granada

Gustavo Fernández / Especial para UNO
editor@uno.com.ar 


Nuestro vagabundeo por tierras hispanas siguiendo las huellas del Grial significó también la ocasión de conocer Granada, mágica ciudad cuyo corazón hiere la flecha del río Darro. Animados por un itinerario hasta allí exclusivamente histórico y si se quiere, estético, ignorábamos que también la pátina de lo esotérico matizaría nuestra visita.

En otro lugar ya he desarrollado las correspondencias entre el tradicional baño árabe y los “temascales” americanos, fruto de la práctica ancestral indígena. Los barrios judío y árabe, de origen medieval, son un tortuoso y encantador Dédalo de callejuelas  donde se huele la presencia norafricana, conformando uno de esos destinos que todo viajero ansía revisitar alguna vez.

El uso del agua y el “Feng Shui árabe”

La Arquitectura Sagrada o, mejor aún, el empleo de la geometría sagrada en la arquitectura se dice, en árabe, “Mohadiz El’Aimera”. Pero hay una “sacralizad” de cara a los neófitos, con reminiscencias coránicas y musulmanas, y otra sacralidad para iniciados, donde la funcionalidad oculta de las formas rinde efectos perceptibles y mensurables. 

Así, el inteligente aprovechamiento del vital elemento que llega al lugar desde la Sierra Nevada no tiene que ver simplemente con cuestiones paisajísticas y de nutrición del exótico paraíso vegetal que es el lugar (lo que, por cierto, también tiene ese objetivo en una región tan tórrida en tiempos de calor) ; tiene que ver con el manejo de las energías telúricas (particularmente intensas por la característica topografía del lugar). Por cierto: la instalación a través de los siglos del barrio del Sacramento, el excluyente barrio gitano, sobre el cerro y a espaldas de la Alhambra, con sus características y únicas viviendas excavadas en la roca –cuevas, algunas naturales, la mayoría artificiales, recreadas como viviendas y, en los últimos tiempos, como reductos gastronómicos para el turismo), ¿es la consecuencia de la pertinaz obcecación del pueblo romaní por habitar el lugar –quizás por la pacífica convivencia y variedad pluricultural de la ciudad- o su intuitivo conocimiento de las propiedades, si se quiere metafísicas, de la región, más imprescindibles aún en épocas donde su sustento (y hasta su supervivencia) se basaba en el temor reverencial que las otras comunidades tenían de sus supuestas condiciones paranormales y conocimientos brujeriles?

No es gratuito mi uso de la expresión “Feng shui” aquí, caminar por los palacios interiores y los jardines de la Alhambra permite constatar una y otra vez el cumplimiento de los criterios edilicios y arquitectónicos que todo experto geomántico aplaudiría. En cuanto a la profusa y riquísima simbología –con el octógono dominando todos los escenarios-  las conclusiones, sean personales o colectivas, bibliográficas o intuitivas sobre la presencia de la geometría sagrada con conocimiento de causa es inevitable.

A la llegada de los árabes, Granada se componía de tres núcleos, agrupados sobre sus correspondientes lomas: la Assabika, habitada originariamente por los visigodos y donde supo existir una población fenicia según unos o iberorromana, según otros; sobre sus ruinas se edificó la alhambra. En la colina opuesta, separada por el río Darro, el emplazamiento donde se asienta el actual El Albaicín, el barrio propiamente árabe y que entonces era conocida como Illiberia, habitada mayormente por túrdulos y más allá, el cerro de Mauror en cuyas faldas se asentaron los judíos, llegados alrededor del  587 aC tras la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor II. Y no fueron los más antiguos: los íberos ya habían destinado allí un núcleo aldeano alrededor del 2.800 aC, lo que le da al lugar la friolera de casi 5.000 años de habitabilidad ininterrumpida.

La mitología, si no la historia, ubica en sus inmediaciones la lucha entre Hércules y Atlas, lo que quizás sea una trasposición histórica del recuerdo de una de las tantas batallas de pelasgos (luego griegos) con atlantes. Es muy interesante señalar que, atlante o fenicio, la Alhambra ha conservado la antiquísima Torre de los Picos –en el extremo nororiental de la fortaleza-  la única construcción con bóveda ojival del lugar. Este recurso arquitectónico típicamente gótico (que “explota” casi de la nada en Europa sospechosamente de la mano de los Templarios) me lleva a preguntarme si el arte gótico cuyas raíces son confusas, cuya sabiduría codificada, inmensa) no tendrá quizás las reminiscencias del conocimiento del continente perdido.

En todo caso, es verosímil que cuando los fenicios llegaron al lugar ya encontraron poblaciones, y lo único que hicieron fue expandirlas. El origen de la palabra “Granada” no se atribuye, como el vulgo cree, a la profusión de esa fruta: en puridad, la fruta fue llamada así por su existencia en ese lugar cuya etimología proviene de “Gár-Nata”, o “templo de Nata”, del idioma fenicio.

Como se sabe, los fenicios son considerados como los depositarios más relevantes de la herencia atlante. De una diosa de éstos devienen, posiblemente, Athenea (griega), Antinea (béreber), Astarté (persa), Ishtar (babilónica), Tánit (púnica), Neit (egipcia) y Natá, diosa local y término derivado de los anteriores. El citado Antonio Enrique propone que es posible que Natá obedeciera a un personaje regio de los fenicios llegados al lugar, un sitio que antiquísimamente pudo haber sido un foco atlante tanto más porque aquellos solían poner el nombre de sus dioses a los mortales, ya que algunas vez sus deidades fueron hombres. Los fenicios eran después de todo, descendientes de los hamritas, esto es, de los “hombres rojos” que originarios de la Atlántida, se asentaron en el Líbano. Y aquí hagamos un salto por sobre el Atlántico y repreguntémonos el porqué de la piel cobriza de los amerindios… Y en una vuelta de tuerca, esto explicaría el porqué los gitanos, tanto tiempo considerados como una subraza atlante, se han aferrado al lugar a través de los siglos.

Los Libros de Plomo

Cuando en 1588 se demolió la Torre Turpiana –llamada así porque, en tiempo de la dominación romana, Julio César dejó al mando a un tal Turpio Antistitio- construida sobre fundamentos fenicios (y donde las leyendas del lugar hablan de “un pozo que llega al centro mismo de la Tierra”, se halló un cofre embetunado con una docena de discos de plomo, un pergamino y reliquias atribuidas a San Cecilio, quien supo deambular por el lugar en el siglo II de nuestra era. Los así llamados “libros plúmbeos” o “libros de plomo”, una falsificación según unos (hecha por nobles moriscos para “hermanar” al islam con el cristianismo), uno de los “secretos malditos de la historia” –según otros- presenta el acertijo de letras y números combinados, textos en latín y griego. Gran parte del hallazgo sigue hoy en la biblioteca secreta del Vaticano, lo que no deja de ser sugestivo.

¿Espectros?

Abundan los testimonios a través de la historia, en muchos casos de testigos respetables en la sociedad granadina, de ver, en páramos de entonces en el Sacromonte, “procesiones de hachas encendidas y globos de luz que descendían de los cielos sobre este lugar convirtiéndole en un nuevo Tabor, y esto no sólo una vez sino muchísimas, ni todos en un día ni en un año sino en diversos meses y años y tanto después de los descubrimientos, como diez, 20 y 50 años antes”. (“Reliquias Martiriales”, Abad Zótico Royo).

Washington Irving, el autor de la deliciosa “Cuentos de la Alhambra” y que viviera durante su redacción en las entonces descuidada estancias del lugar, relata en ritmo de leyenda –pero recordemos que se nutría de los relatos locales- la epopeya de un emir árabe que contaba con un mágico ajedrez, que dirigía con una punta de plomo con caracteres mágicos, y cuyo mágico movimiento revelaba el desplazamiento de los ejércitos enemigos en las fronteras de Granada. Muchos siglos después serían testigos de la “Golden Dawn”, la poderosa organización esotérica inglesa, quienes declararían que algunos de sus referentes tenían acceso a un “ajedrez enoquiano”, donde las partidas se jugaban con un adversario invisible ya que la mitad de las piezas se movían solas.

Si se observa por la Puerta de Elvira en dirección a la hoy desaparecida Puerta del León, se verá que el sol cae a través de ésta sólo cuando transita por el signo de Leo. Esta precisión cósmica es sólo un rastro de la sapiencia árabe, imbatible en astronomía, matemáticas, alquimia. Fue con 4.000 manuscritos granadinos que Felipe II comenzó su Biblioteca en El Escorial, aún cuando cientos de miles fueron quemados por su cardenal Cisneros (algunos autores elevan la cifra hasta un millón de ejemplares). 

En Granada se operaba de cataratas con instrumental delicado, se fabricaban gafas y lentes perfectamente calibradas para el paciente, se manejaba el cauterio, se publicaban tratados muy complejos sobre la anestesia con cizaña, la extracción de flechas, la cura de las hernias, el tratamiento de cálculos vesiculares y renales, litotricia y traqueotomías. No sólo había una Escuela de Medicina que extendía títulos y capacitaba; había un inspector que fiscalizaba por la correcta praxis de la medicina, la farmacopea y los perfumistas de acuerdo a estrictas normas profilácticas.

Su geometría sagrada

 Es imposible no rendirse ante la profusión simbólica de la Alhambra. En tiempos en que el gótico hacía escuela, el relajado, profuso, casi sensual arte arquitectónico árabe no sólo respetaba sino amplificaba el valor simbólico del primero: el cotidiano intercambio entre árabes, judíos y templarios tenía que dejar su huella.

Plantear una relación entre Templarios, Cátaros y la Alhambra no es peregrino: ésta tiene inquietantes reminiscencias con la fortaleza de Montségur. Ambas están ubicadas sobre cerros sagrados (el Pog y la Assabika) , su forma poliorcética, un torreón central con forma de proa de navío, una enigmática red de túneles subterráneos y una orientación que cumpliría funciones de gnomon. La Alhambra estaba custodiada por los marabuts, definidos como “monjes guerreros”. ¿Tenemos aquí una orden correspondiente a los Templarios?

La “mano de Fátima”

 Proviene de la Alhambra también el talismán más popular que nos legó el ideario árabe: la llamada “mano de Fátima”. En su Puerta Judiciaria se halla tallada la misma y, a cierta distancia hacia abajo, una enigmática llave. ¿Cuál es la clave?. La tradición popular dice que “cuando la Mano tome la Llave, la Alhambra volverá a ser árabe” y algunos exégetas han extrapolado diciendo que, como desde cierto ángulo contra el cielo, si uno se viene aproximando en avión se verá progresivamente acercarse una a otra, esto podría proféticamente significar un ataque aéreo musulmán contra la ciudad. En lo personal prefiero suponer una interpretación alquímica. La unión de la Mano (materia) con la Llave (conocimiento) abrirá las puertas.

En su interior, el Palacio de Comares reproduce en su planta la cruz ansada. El salón es el cabezal, la mal llamada Sala de la Barca es el travesaño perpendicular y la nave del estanque la rama mayor de esa cruz. Y digo “mal llamada” porque es la interpretación equivocada de la expresión Sala de la Baraca: “baraca” significa “salutación” en el sentido más sagrado: “la fuerza mágica divina que desciende a un gesto sobre el hombre que lo ejecuta”. Más elementos egipcios abundan por todas partes, como la bóveda de tímpanos que cubre la entrada a la Torre de las Infantas o las propias ojivas. 

También pululan simbolismos más tardíamente apropiados por los rosacruces: la mano que sostiene una rosa, que se repite en uno y otro lugar y desmitifica la creencia que el arte árabe se prohíbe de reproducir imágenes de la realidad que distraigan los sentidos de la adoración de Allah.

En la multiplicidad de azulejos y mosaicos, los colores negro, verde, azul y ámbar remiten a la tradición cromática de los planetas Saturno, Venus, Mercurio y también el Sol. Celosías que, como en la Sala de las Dos Hermanas, representan en su tramazón la Estrella de David. La reiteración de la Estrella de Ocho Puntas es, como se sabe, un guiño críptico a la no menos legendaria Mesa de Salomón. La Fuente del Patio de Los Leones reproduce el simbolismo del “mar de bronce” bíblico y todas estas coincidencias nos hacen preguntarnos si el Palacio de Comares no es a la Alhambra lo que el Templo de Salomón es a Jerusalén (y, precisamente, la explícita imagen de esos leones derrumba una vez más la gratuita idea de una expresa prohibición de representar imágenes de seres vivos). Y un eco heliocéntrico: a las doce del mediodía el Sol coincide con el eje central de este palacio. Y volviendo a la sala de la Barca, si dividimos su largo por su ancho nos da…. La sección áurea, 1,618.

Volvemos a esos leones, todos los cuales ostentan visibles triángulos en el entrecejo, en la ubicación de la glándula pineal. Y son doce, como los signos del Zodíaco, como los discípulos de Jesús. Leones, símbolos por excelencia del Sol, por lo tanto del Fuego, rodeando una extensión de Agua: síntesis alquímica expresiva por sí misma. Este equivalente del “mar de bronce” salomónico ha reemplazado los toros que, en el relato bíblico, rodeaban al mismo por designio de Salomón, por los doce leones de Judá.

Antonio Enrique aporta estos datos: “La misma fuente de los Leones es un patrón de medidas. Siendo la altura de la fuente 1,15 m, el doble de ella es igual a la altura de las columnas del patio (2,30 m, excluido el fuste de 50 cm). Siendo el diámetro de la fuente 2,37 m, si se multiplica tal cantidad por 12 obtenemos el largo del patio (28,50 m). Siendo el perímetro de la fuente 7,50 m, si multiplicamos esta cifra por 13 logramos el perímetro exacto del patio (92,50 m). Solo esto debería advertirnos que la codificación implícita en la Fuente de los Leones hace de la misma un espejo simbólico del Grial.

Y una y otra vez, la Suhá, estrella de ocho puntas, que si se unen delimitan el octógono, representación bidimensional de la Mer-kha-bha, el “vehículo” de luz…

En el Generalife, los árabes tenían muy presente la afinidad magnética de las plantas entre sí, de modo que se cuidaban de sembrar en un mismo espacio plantas de distinta familia, cuyos perfumes y pólenes no fueran homogéneos. Iban incluso más lejos: sabedores que ciertos pájaros muestran inclinación por determinados árboles –como la golondrina por el ciprés y el ruiseñor por el almendro- y que los cánticos de las aves influyen en el metabolismo de las plantas, tenían muy presente qué árbol iba a dar sombra a cuales flores con el fin que hubiese afinidad perfecta entre árboles, flores y pájaros, de modo que, por ejemplo, las rosas aparecían junto a los almendros y los lirios a los cipreses…. Justamente como de forma espontánea ocurre en la naturaleza.

Anécdota poco conocida: los aborígenes americanos que Colón llevó a España luego de su primer viaje al Nuevo Mundo fueron durante un tiempo enclaustrados en el Generalife, así como papagayos y loros lo fueron en jaulones del Patio de la Reja, a la sombra oriental del Torreón de Comares. Y Colón mismo habría tenido a su regreso la primera entrevista con los Reyes Católicos en el Salón del Trono, apenas tomada la Alhambra….

 

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