A Fondo
Sábado 03 de Enero de 2015

Justificar lo injustificable

A veces las apariencias engañan y la rapidez por opinar juega una mala pasada; lo peor que las disculpas nunca llegan.  

Marcelo Medina/ De la Redacción de UNO

mmedina@uno.com.ar

El 25 de diciembre a las 7, el conductor de un Mini Cooper discutió con el de un Ford Falcon cuando este no lo dejó pasar y lo mató de un tiro en el pecho. “Murió por resentido. Es común, sobre todo en ciertas zonas de la Provincia (por Buenos Aires), que los ocupantes de las cachilas molesten a los de alta gama, porque no pueden manejar la envidia y el resentimiento. Es lo que pasa en las villas cuando una chica se viste para una fiesta o una salida especial. Los discapacitados intelectuales y laborales le tiran barro y piedras. Si la vas de taita, ¡bancátelas!”, escribió en los comentarios de la noticia un tal Rupert. Otro lector que se hace llamar en la red social GPSH opinó: “Y los 4 negros soretes del falcon. ¿Qué tenía que esperar el del Mini Cooper, que lo terminen de matar a él? ¿Qué se bajen los 4 soretes y lo maten? Lo único es que debería haber aprovechado el arma para detenerlo quemándole las 4 gomas y llamar a la poli, pero la calentura de ver cómo esos infradotados te rompen el auto da ganas de matar”. Hay más mensajes de este tenor y peores como este redactado por anticipayos: “bien hecho lo tendría que haber matado a todos ...estos negros cabezas piensan que son dueño del mundo y te basurean cuando quieren”.

Nicolás Gómez tenía 22 años. Trabajaba. Al Ford Falcon lo compró hace unos años con su esfuerzo y lo tenía impecable. El asesino se llama Gastón Carlesi y tiene 33 años. Iba en un Mini Cooper gris plata, patente EKU 342, junto a su hija de 4 años al momento del hecho. No trabaja y tiene un nivel de vida suntuoso. El motivo del disparo: un vaso de Fernet derramado que ensució el Mini.

Gómez conducía su Falcon marrón, patente THN 417, acompañado por tres amigos: iban a un kiosco para comer unos panchos. Carlesi, andaba con un revólver calibre 38 al parecer visitando amigos. Uno de los acompañantes de Gómez contó que todo comenzó cuando los autos quedaron juntos y a él se le cayó un vaso de Fernet que llevaba en la mano y la bebida manchó el lado izquierdo de coche de Carlesi.

“Íbamos con el auto por Vergara para el lado de Morón y a mí se me cae el vaso de fernet y empapa al auto de él. El chabón frena y nosotros seguimos y a los dos segundos, a 150 metros, nos cruzó, arrancó el fierro de adentro del auto, sacó la mano para afuera y tiró, eso fue lo único que hizo”, recordó el muchacho.

A veces las apariencias engañan y la rapidez por opinar juega una mala pasada. Un par de zapatillas, una remera, una chomba, una camisa, un auto, una moto nueva o de marca no hacen a las personas. A veces las apariencias engañan. Lo que no deja ningún lugar para el engaño es la manera en que se expresan ciertos cobardes en la Red. La táctica de denigrar al “otro”, de deshumanizarlo, de sumirlo en una condición que permita hacerle cualquier cosa sin tener que justificarla, es decir, al margen de la ley y que permita una respuesta desproporcionada, injusta, salvaje, es tan clara, como claros son los objetivos de trazar una línea –al modo de la Zanja de Alsina con la que en el genocidio conocido como Conquista del Desierto pretendió “defender” a los “civilizados” ciudadanos de Buenos Aires de los “bárbaros” pueblos originarios– para profundizar la idea de dos países aparentemente enfrentados, que convivirían en un mismo territorio: el de los que tienen derechos porque tienen y los que no los tienen porque, precisamente, no poseen.

El lenguaje no deja margen a especulaciones. Calificar a otro ciudadano de “resentido, sorete, infradotado” apunta a justificar cualquier acción “reparadora”. Más aún, endilgarle la condición de “negro cabeza” va en una línea de pensamiento político que persiste con vigorosa fuerza en nuestro país y se percibe en algunos discursos de candidatos a presidente.

Una visión naif de la realidad postularía que todos somos iguales ante la Ley, lo que la cruda realidad desmiente a cada instante. Solo en la observación de las leyes, que nunca son justas ni absolutas, podrá una sociedad reparar algo de lo que tanto la dañó para generar ciudadanos que responden con tanta violencia a una falta menor. Esto, además de no olvidar que es en la política donde se van a encontrar los caminos para crear una sociedad con hombres y mujeres que entiendan que lo que tienen es, también, gracias al invisible tejido que sostiene las relaciones sociales, económicas y políticas de un pueblo, y no son sólo fruto del esfuerzo personal.

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