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Sábado 07 de Octubre de 2017

Nosotros, Narcisos derrotados pero contentos con la famita

Cartel de chapa. El engaño de una minoría con máscara de "culta" enviciada en placebos intelectuales, e inflando pequeños logros que la ayuden a sostenerse. Y con la aspiración de figurar en el cartel de la esquina, muy rígido para los vientos

La chapa es el título nobiliario de la modernidad. Antes duque, marqués, conde. Hoy doctor Fulano, licenciado Menganito, senador Zutano, y el siempre sonoro cardenal Perengano. No por casualidad, la chapa en la puerta de la casa, equivalente al estatus, se= repite en la chapa de la esquina, donde logran pintar su nombre con mucho esfuerzo y no tanto mérito los que trabajaron duramente para convertirse en chapa. Claro que por ahí ni Mitre se sostiene, qué será de los menos afirmados. Caños y chapas a merced de los vientos, y del alcohol en los automovilistas, que suelen hacerse en los cánones. Trescientos años de resistencia charrúa a la invasión genocida no dejó nombres propios, porque los pueblos del Abya yala (América) se dicen en comunidad.

Los occidentalizados buscamos occidentalizarlos, entonces decimos Yandianoca, Añahualpo, Tabobá, Yasú, porque no concebimos la maravilla de los pueblos si no le ponemos nombre propio, individual, con la idea del hombre aislado (y decimos hombre, porque en esto de la creación y el genio no le concedemos mayor chance a la mujer). De paso, nos hacemos la ilusión de que nuestro nombrucho calce por ahí y trascienda la gestión de los gusanos, por bella y reparadora que sea. Como Narcisos, por admirar nuestro bello rostrito en el pelo de agua, enamoradísimos de nuestros ojos, nos vamos ahogando en el estanque. Ahogados, claro, pero quién nos quita el lustre. Los derrotados Hemos sido derrotados una y otra vez, y dependemos de unas finas raicillas que nos mantienen vivos pero a no engañarse: derrotados. No hay claudicación en la confesión de una conciencia, y esa conciencia nos dice derrota. No para siempre, se dirá. Y no sé cuál derrota será para siempre.

La resistencia charrúa, sí, pero el que se encumbró es el "blanco" europeo. La revolución artiguista, y damos fe: fue derrotada. También cayeron Francisco Ramírez, y Justo Urquiza, y Ricardo López Jordán, una y otra vez. ¿Y el Che Guevara? ¿Y el radicalismo? ¿Y el peronismo? Llamar "civilización" al sistema impuesto es una prueba de la resignación ante la derrota, porque esa "civilización" no pudo ser más racista por derecha, por izquierda, religiosa o laica: racista. Lo cual equivale a la destrucción de culturas milenarias, porque el racismo se expresa en atropello y muerte. El autoengaño Ciertas clases sociales logran más o menos sacar la cabeza del agua y respirar y maquillar un poco esas derrotas. Entonces dicen Juan L. Ortiz, dicen Artigas, dicen Marcelino Román, o relatan antiguas glorias cooperativistas. Pero esa reunión de pretendidas gestas no es más que un regodeo de la burguesía en sus narcisismos. Una minoría absoluta cuenta con libros de Juanele en sus bibliotecas. Y el Estado sostiene con placebos la farsa de la "democratización".

Es fácil caminar diez cuadras, golpear en todas las puertas y comprobar que una de cada mil guarda un libro de Ortiz, con suerte. Y más suerte si fue leído. Si de cooperativismo se trata, con disculpas de tanto cooperativista amigo diremos que la economía regional no puede ser más parecida a la sociedad anónima. Adentro de cierta burguesía "escolarizada" diremos "me atravesaba un río" para florearnos en Ortiz, y "Un fresco abrazo de agua" para alardear con Mastronardi, pero no es más que una máscara, como quien dijera la palabra Maradona para simular conocimientos de fútbol. Después de treinta años de estudios, el entrerriano Mario Francisconi reunió biografías, relatos heroicos, palabras hondas de los combatientes panzaverdes en las Malvinas y el estado le publicó un libro. ¡Todo un logro! Debemos pensar, entonces, que la mayoría de los entrerrianos tenemos acceso a esa obra en homenaje a los que derramaron la sangre contra el colonialismo. Para ello, para que cada familia entrerriana cuente con un libro, alcanza con una edición de 300.000 ejemplares. ¿Cuántos editaron? Quinientos, de los cuales llevan impresos doscientos cincuenta en un lustro. A razón de 50 ejemplares por año. Ni el 0,1 % de las familias entrerrianas tiene esa obra. Nadie en suma. ¿Se comprende el engaño? Fotitos, títulos, pura fachada. Monumentitis En el mar de mentiras, cada cual trata de estampar su nombrecito en la historia. Libracos, mamotretos, pies de monumentos... Algunos bustos exhiben más grande el nombre del goberneta del momento que el del homenajeado.

La monumentitis argentina es política de estado, y contagiosa. Cada cual busca dejar su semen en los mármoles, los hormigones, los bronces, mientras el Titanic roza el témpano. En vez de sostener velitas comunitarias encendidas para salvar algún principio, algún valor, cada cual se roba un salvavidas y se esconde en la canoíta, por si pasa, o busca el palenque donde rascarse, por consejo del Viejo Vizcacha. La "salvación" individual es directamente proporcional al hundimiento colectivo. Mientras sigue la masturbación burguesa que alza nombres propios como banderas de identidad, la identidad se deshace en cada lluviecita con la erosión del suelo desmontado, se contamina en los arroyos saturados de bolsas de nylon y herrumbres en reemplazo de antiguas mojarritas y tarariras, y se desvía con el top ten de nombre propios oficiales, impuesto por cada oficialismo de turno. (Vale aclarar que top ten no es precisamente compatible con aquella enseñanza revolucionaria: "que los más infelices sean los privilegiados"; ni con el "nadie es más que nadie", ni con el ayllu del altiplano ni con el tekoá de la selva, y sí es compatible con el tan competitivo onanismo, que decíamos). Ya lo hemos señalado en otras columnas: el sistema mismo nos obliga a presentarnos en ese formato engañoso que es el individuo, y el periodismo es un caldo de cultivo para el narcisismo.

Allí andamos nosotros los periodistas, con nuestras famitas encopetadas, sin advertir adónde irá a parar esa famita el día que en verdad seamos un peligro para el sistema destructivo instalado. Como una vía distinta, la prensa debiera permitir a los trabajadores escribir a dúo, en comunidad. En vez de firmar con nuestros nombrecitos, hacernos cargo, sí, pero como "La barra del sur", "Los tábanos de la orilla", cosas así, como las murgas, los coros, los pueblos. Sería más lindo y más verdadero ¿Quién puede adjudicarse algo, individualmente, sin pasar por un vanidoso estafador? Hay que hacerlo, en una sociedad borracha de individualismos. Hay que fundar NarAnon: Narcisos anónimos.

Socializar los vicios para extirparlos. El pueblo cultivó por miles de años una lengua, nosotros subimos por esa escalera y cuando estamos en el último escalón, patentamos la obrita. Al final somos Monsanto en frasco chico. Diez mil años de amores entre la mujer, el hombre y el maíz: viene Monsanto, le inyecta otro gen, patenta y ¡clinc, caja!... Aportó un granito y se quedó con la montaña. Los jóvenes nos dan una pista. La Yaguarona, La Malparida, sin dueño. Ni los Mitre Talados, erosionados, desterrados, contaminados, hacinados, por ahí nos calzamos unas medias de red, unos tacos, y nos embadurnamos la jeta con el rouge para mirarnos en el estanque y decirnos al oído: ¡quién te ha visto y quién te ve! Así es como nuestros bellos nombres se van convirtiendo en chapa, rígidos. Sálvese quien puede. Si hay derrota, que no se note. Por ahí, claro, el tiempo hará su juego.

Eso ocurrió con las chapas de la calle Mitre en Paraná, y de otra calle Mitre en Posadas. Como queda a la vista, ya ni los Mitre se sostienen. Qué nos queda a los de a pie. Por ahora, y hasta que se demuestre lo contrario, el viento y el alcohol muestran mayor grado de conciencia que el humano y van haciendo justicia con eso de encumbrar individuos. A los mismos genocidas les hacen un favor liberándolos de la cárcel de chapa que los miente.

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