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Miércoles 08 de Julio de 2015

Inapelable crítica de Carlos Páez a su padre, a un año de su muerte

Libro. El hijo del artista Páez Vilaró uno de los 16 uruguayos sobrevivientes de la Tragedia de los Andes, ocurrida en 1972, describió a su papá como “un egocéntrico” que “acabó siendo el protagonista de una hazaña excepcional”

Cómo salir adelante a pesar de haber vivido situaciones extremas es lo que cuenta Carlos Páez, hijo del escultor homónimo, creador de Casa Pueblo en Uruguay, en el libro Desde la cordillera del alma, donde narra la caída del avión en la cordillera en 1972 -él fue uno de los jugadores de rugby que sobrevivieron a la tragedia-, su adicción al alcohol y las drogas, y cómo superó esas experiencias. 

El libro está atravesado por la relación conflictiva con su padre, desmitificando aquel encuentro fraterno tras dos meses y medio de búsqueda desesperada, sostenida por el propio Carlos Páez Vilaró, más allá de la desesperanza en torno a encontrarlos con vida. 

“Lo que hizo papá no fue sensato, te soy honesto, yo cruzo la cordillera y pienso que hizo una locura, porque no había posibilidades, pero lo hizo impulsado por mamá -dice a hoy Télam el autor del volumen, 43 años después de la tragedia que profundizó sus grietas familiares-. Ella lo mandó, esa es la verdad. A mí me gusta dejar las cosas claras: mamá sabía que yo estaba vivo y papá solo buscaba algo”. 

Nacido en Montevideo en 1953, el hijo mayor del pintor Carlos Páez Vilaró, fue uno de los 45 pasajeros del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya que el 13 de octubre de 1972 se estrelló del lado argentino de la Cordillera, cuando volaba hacia un campeonato intercolegial de rugby en Chile, y uno de los 16 sobrevivientes (los cinco tripulantes también murieron) de lo que el mundo conoció como “La tragedia de los Andes”, 72 días de supervivencia a 3.500 metros sobre el nivel del mar. El viernes, auspiciado por UNO, visitó Paraná otro de los sobrevivientes, quien también contó su historia. “Son todos héroes”, había dicho a este diario Antonio Vizintín en una entrevista exclusiva.

En su obra, Páez cuenta que el día del rescate, 23 de diciembre de 1972, su padre consiguió que la tripulación de uno de los helicópteros llevara dos breves notas, una para él y otra para el grupo, “esas dos notas me cayeron muy mal -escribe en el libro-: eran la expresión de una persona absolutamente egocéntrica, no la de un padre que expresaba su alivio ante la aparición del hijo que había buscado durante dos meses”. 

“Acabó siendo -continúa el texto- el protagonista de la hazaña excepcional en la historia del Hombre. Para nosotros quedó un estigma de habernos alimentado con carne humana, casi un pecado. No obstante, haberse colocado en el frontispicio de la historia de Los Andes, mi padre, como si le faltase algo para asumir un mayor protagonismo, publicó un libro Entre mi hijo y yo, la Luna, editado por él mismo, en cuya portada hay una foto en primer plano de nosotros dos”.  

Carlos Páez cuenta que empezó el proceso de escribir su libro “en un momento muy especial” de su vida, cuando le diagnosticaron artritis, “una enfermedad con la que tengo que aprender a convivir porque hay días que me limita, porque hasta entonces no sabía que había algo que me podría frenar”. 

Desde el momento en que salió de la montaña -los supervivientes debieron alimentarse de restos humanos- su vida fue un tobogán de emociones que lo llevó a tomar alcohol en la adolescencia para lentamente llegar al consumo de drogas; pero todo ese vaivén -que incluyó casamiento, hijos y divorcio- tuvo un punto final a sus 38 años. 

“La idea del libro es aportar, no solo cuestiones relativas al tema de Los Andes sino también a otros conflictos que he tenido en mi vida y compartirlos para aportar un granito de arena a aquellas personas que están viviendo conflictos similares, que, finalmente, son cosas que le pasan a todos los seres humanos”, repasa en la entrevista. 

Páez, quien brinda conferencias de motivación en distintas empresas multinacionales, comenta que tuvo “algunas cosas como las tienen todos”, hasta un conflicto con su padre, “por su personalidad, quizás fue un tema mío, pero no fue fácil ser el hijo de un famoso”. 

“La muerte de mi madre, hace cuatro años, y la de mi padre el año pasado, te dejan arriba de la baraja. Ya estás solo -reflexiona- para arriba no hay nada y para abajo un montón”. “En este texto trato de encarar el tema de cómo salí de todo eso... tengo la esperanza de no volver a vivir otra cordillera”, señala. 

Técnico agropecuario y publicista, el autor de Después del día diez, remarca que “este nuevo trabajo, hecho básicamente para Argentina, curiosamente está peleando el primer puesto (en su país) con el libro de Pepe Mujica”. 

“Escribí en calidad de aporte, como hicieron otras personas conmigo -asevera-. No me motiva ningún rédito económico, no es un libro de autoayuda, simplemente es testimonial, cuenta cómo hice yo o cómo me ayudaron, de cómo salí o cómo intento salir de las distintas cordilleras que interfieren en el camino”, explica. 

Sobre sus adicciones, Páez reflexiona: “Hubiese llegado de cualquier manera a las drogas, con o sin Los Andes, solo que el accidente me habilitó más, fue como un pasaporte para hacer cualquier cosa: Vos decís ‘Carlitos Páez se drogó’ y te dicen ‘tiene razón’”. 

“Ahora que soy abuelo -repasa- pienso que todas estas historias que me tocaron vivir son un homenaje a la vida; cuando veo a mis cuatro nietos -uno en camino- y que la vida continúa pienso que valió la pena todo mi pasado. En la presentación que realicé en Uruguay estaba mi amigo Fernando Parrado (quien tras 10 días de caminata en la nieve junto a Roberto Canessa encontró al arriero que dio aviso de que aún estaban vivos) y le dije: ‘Por lo que vos caminaste, mis nietos están acá’, porque no salí solo y me pareció que el reconocimiento es una de las banderas más nobles que tiene el ser humano”, continúa. Respecto a si sus nietos, la mayor tiene 12 años, le preguntaron sobre esa experiencia, Páez afirma que “no”, que al igual que a sus hijos les cuenta solo lo que le preguntan, “el de 7 años me pidió hace poco ver la película Viven juntos. Mis hijos se sorprendían cuando sus amigos querían conocerme”, recuerda entre risas. 

¿Qué valores rescató de esa experiencia? “Muchos -dice-. Nosotros fuimos un grupo la verdad. Lo importante es que nos manejamos con respeto, el trabajo en equipo fue ejemplar, tal es así que el equipo se mantiene unido a pesar de los años y la historia sigue siendo la historia y no como la de los mineros de Chile que se pelearon entre ellos y se diluyó lo que vivieron. Nosotros tenemos nuestras internas pero también es verdad que nos unen valores más importantes”. 

“Las charlas sobre motivación que brindo hablan de eso. No voy a hablarles de alimentación, sino de la toma de decisiones, de la adaptación al cambio, en fin, cosas que viví y hoy cuento con pasión: en 70 días ves la capacidad que tiene el ser humano de evolucionar, transformarse y salir adelante”. 

“Cuando estábamos en la montaña nuestra motivación fue nuestra familia, no fue Hollywood ni la prensa ni esta entrevista 43 años más tarde. Nuestro pilar fue la familia. La motivación -concluye- es la historia en sí misma, porque es la que dice que puede ser protagonizada por gente común”.

 

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