Crisis institucional en Venezuela
Domingo 30 de Abril de 2017

Venezuela duele

A fines de abril de 2011, hace justo seis años, tuve la oportunidad
de viajar a la República Bolivariana de Venezuela. Pasé allí 35 días y mis anfitriones me hospedaron en sus casas, me invitaron a su mesa, como si fuese de la familia.
Por aquel entonces en Argentina nos llegaba la imagen de Hugo Chávez como un líder indiscutido, inmersa en un proceso esperanzador para la quien soñaba con la hermandad latinoamericana.
Gobiernos con una ideología popular habían llegado con aires renovados a diversos países del sur del continente y con el apoyo del pueblo habían accedido al poder promoviendo un sueño de libertad, lejos de la opresión imperialista y el ahogo de modelos económicos que postergan el bienestar de la gente.
¿En qué momento ese proyecto empezó a flaquear? No hay certeza. Llegué admirada de la belleza natural de ese país que hoy sufre, del buen humor de su gente, pero no tardé en asombrarme por la disconformidad recurrente de tantos venezolanos con el chavismo, al menos los que fui conociendo en los ámbitos que frecuenté becada en un programa de intercambio cultural y vocacional, en una propuesta de hermanamiento de las naciones.
La prudencia de no hablar de lo que no se conoce a fondo y no se vivencia a diario termina siendo una virtud. Y hoy me pasa que no sé en qué vereda pararme para que no me encandile el destello del incendio. Un día son dos muertos y al siguiente 20. Se suman más con el correr de las semanas y genera angustia. Tengo amigos-hermanos venezolanos que tuvieron que exiliarse en Panamá, Ecuador y otros países debido a la escalada de violencia, a la falta de trabajo y la persecución por haber firmado el plebiscito del 2009.
Mi amigo Raúl estuvo hace poco al borde de la muerte tras ser atacado a balazos en su casa durante un robo; mi amiga Sofía fue amenazada hace días por una persona que llegó a su casa a intimarla para que en su programa de radio deje de quejarse de la realidad que viven, en medio de torbellinos de personas en las calles pidiendo un cambio, diciendo basta. Ya en 2011 no había suero, gasas y otros insumos en hospitales que visité. Ya en 2011 mis colegas periodistas me mostraron los chalecos antibala con los que salían a cubrir las noticias. Ya en 2011 había un mercado negro del dólar.
Pero la otra cara de la moneda muestra a la gente que defiende el modelo y es la que hasta la llegada del chavismo estuvo postergada, sin acceso a derechos elementales que históricamente les fueron vedados, como a la educación, la salud, el ser considerados ciudadanos. Por primera vez alguien consideró a las masas de indigentes que atravesaron la miseria y veían a la distancia la opulencia de los venezolanos y extranjeros que vivían en la prosperidad de un país riquísimo y bellísimo por donde se lo mire. Ellos se aferran al chavismo y lo defienden con unas y dientes para no volver a ser oprimidos y explorados. Con un nudo el alma quisiera que ya no haya más muertes entre mis hermanos venezolanos, que no corra más sangre y no haya más ira, que la prosperidad abrace a todos sus habitantes. Pero con un nudo en el alma veo escabullirse el sueño de una América Latina libre. Nicolás Maduro no es Hugo Chávez y a la falta de líderes que puedan enmendar esta desgracia se suma el avance de quienes imponen los antagonismos que confunden y deshumanizan. Venezuela cumplió un ciclo, y como a tantos países a los que nos arrastraron a la polarización entre los unos y los otros, entender que otras alternativas son posibles y hay que construirlas hermanados les costará mucho. Como nos cuesta también a los argentinos.

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