Hoy por Hoy
Martes 05 de Septiembre de 2017

Vade retro amoladora

La venta de una amoladora con tanta facilidad, incluso en los hipermercados, sin capacitación alguna, podría compararse a la distribución de bisturíes entre los alumnos de la Primaria.

La amoladora es una trampa mortal. La venden como se vende un caramelo, un kilo de pan, y la usamos como quien usara una pinza, un martillo, pero los ciudadanos de a pie manipulando una amoladora somos lo mismo que un mono con navaja.

Yo aconsejo no tener una amoladora en casa. Y si la tenemos, dedicar horas previamente a conocer todos sus riesgos que son un montón y no están todos registrados. Aún así, antes de encenderla convendría alguna oración. Conozco decenas de casos de heridas graves, y de muertes, como le ha ocurrido a este obrero de Tala. Qué lástima, nuestro pésame a su familia, a sus amigos.

Las víctimas de la amoladora se cuentan por miles. Algunos no pueden contar los accidentes con sus dedos, por obvias razones. No falta uno con el disco clavado en el medio de la frente, otro con un tajo de treinta centímetros en el pecho como en aquellas peleas a sable y bayoneta. Las piernas, los brazos, la cabeza, la nariz, nada se salva. En este instante voy al Google para preguntar por alguno que haya perdido el pene, y sí: le ocurrió a un jovencito de 25 años en Catamarca hace poco.

En tres hospitales de Buenos Aires denunciaron que en tres meses contaron 60 pacientes con cortes severos y amputaciones culpa de las amoladoras. Eso nos lleva a pensar que en la Argentina hay varias víctimas por día. No tenemos ese dato preciso.

Los argentinos somos esa variedad de homo sapiens que se tritura en la ruta o va por la amoladora. Andamos regalados. Cuando cortamos una madera es muy probable que la amoladora salte en un nudo, o por las razones más inverosímiles. Y si salta, agarrate Catalina. Esa máquina está endiablada. Quizá podríamos probar con algún exorcismo.

Los oculistas hablan de la ganga de los lunes. Y es que los lunes les caemos todos los tontos que usamos desaprensivamente la amoladora el domingo, aprovechando el finde. ¿Usted viene de pasar una tarde en paz, o del frente de batalla?, nos preguntan, luego de contar las esquirlas en los ojos. No se trata en general de errores humanos: las amoladoras suelen cobrar vida propia y hacer desquicios. Les fascina la arteria femoral, cuando no la yugular, como un vampiro letal. Suelen ser accesibles y además muy útiles para decenas de trabajos diferentes, por eso las usan muchas personas como el que esto escribe, adictos al alambre y a la inventiva. Algunos, por ejemplo, cuando falla la teclita de encendido dejan su amoladora funcionando en forma directa, de modo que la máquina empieza a girar con solo enchufarla. De ahí a rebanarse una costilla... Las víctimas de la amoladora se conocen por sus dedos destruidos, sus manos amputadas, sus tripas afuera, sus cráneos partidos, sus caras divididas en dos... Cuando quedan con vida. Que no nos vengan con eso de mala praxis. La venta de amoladoras debe ser revisada. Ni hablar de esos discos dentados, para madera. Cuando se enredan en la camisa o en el pantalón, estamos fritos.

La venta de una amoladora con tanta facilidad, incluso en los hipermercados, sin capacitación alguna, podría compararse a la distribución de bisturíes entre los alumnos de la Primaria. ¡Chicos, saquen la punta al lápiz pero con cuidado eh! Entonces cuando aparezcan todos despanzurrados acusaremos a los niños por sus prácticas inadecuadas. Algunas marcas difunden advertencias y recomendaciones. Son no menos de cincuenta puntos que debemos considerar, antes de presionar la perilla. Ahora, ¿vas a usar el disco ese para cortar una maderita? Bien, estás en tu derecho, pero despedite de tu mano, de tu linda cara y de tus seres queridos. Y que el diablo te salve.

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