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Jueves 10 de Agosto de 2017

Una campaña que no se puede creer

El presidente Mauricio Macri adoptó en sus últimas apariciones de campaña una muletilla. "No se puede creer", señala, enfatizando la última palabra, para referirse al hecho de que la oposición realiza críticas al Gobierno. Macri no puede creer que quienes ya fueron gobierno lo critiquen sin haber resuelto los problemas centrales de la Argentina.

Ayer, cuando cerraba la campaña de la Ciudad de Buenos Aires en el microestadio de Ferro, se quejó incluso de que la oposición no lo acompaña en estos momentos (no quedó claro si debiera hacerlo no presentándose a la elección); pero lo cierto es que la postura de la oposición es algo que no debería resultarle tan extraño si se considera que desde el inicio del mandato buena parte del mensaje político del macrismo fue tildarlos de ladrones, mafiosos o cuanto menos ventajeros.

"No se puede creer", dice Macri emulando el comentario simple de algún vecino cansado de tantas contradicciones. La diferencia es que él es el Presidente, lleva dos años de mandato, y ganó la elección diciendo que sabía cómo resolver rápidamente los principales problemas de la Argentina como la inflación o el desempleo y -aunque no se pueda creer- el Indec dice que ahora esos problemas empeoraron. Para algunos es un indicador de transparencia que el organismo oficial desmienta el discurso del Gobierno, para otros directamente resulta inexplicable, no el dato sino el discurso.

Pero en la campaña del macrismo hay, en mi modesta opinión, otras cosas que dan para el "no se puede creer" de Mauricio. Sin ir más lejos, quién se imaginaría una campaña donde el principal candidato del país enumera dentro de los logros del gobierno el aumento de menores detenidos. "Todos los días tiene un metro más de asfalto, una sala más, un pibe más que está preso", dijo quien fuera hasta hace días no titular del Servicio Penitenciario, sino ministro de Educación.

No se puede creer tampoco que en el altar del marketing electoral el sumo sacerdote Durán Barba aconseje que no importa si los electores le entienden a los candidatos, ya que lo importante es que los quieran. Y de paso, que no hablen de economía. Y que todo esto se publique con la misma naturalidad que la temperatura máxima prevista para la jornada.

Igualmente resulta difícil de creer que desde el gobierno nacional se haya cuestionado las elecciones PASO durante dos o tres meses, diciendo que no sirven para nada o que son costosas, y recién ahora caigan en la cuenta de que los primeros que recibieron ese mensaje son sus propios partidarios, en los cuales las encuestas detectan pocas ganas de votar el domingo. Y por eso ahora los mismos dirigentes salen a elogiar los comicios para motivar a los propios a ir a votar.

Del mismo modo cuesta creer que se sostenga como argumento de campaña que los linyeras de la Capital Federal o Buenos Aires son personas a las que la oposición les paga para simular mayor pobreza y afectar la imagen del Gobierno.

Sin ánimo de incidir en ninguna voluntad electoral, hay que reconocer que la primera campaña de Cambiemos como oficialismo tiene aspectos que hubieran sido difíciles de imaginar.


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