Tragedia en el recital del Indio
Martes 14 de Marzo de 2017

Rock fuerte

Todavía sonaba el último acorde de Ropa Sucia cuando el Indio Solari dio la primera alerta: "Hay gente en el piso. A ver, la gente de seguridad: levántenlos por favor". La foto del predio tomada desde un dron ya circulaba por redes sociales. Una alfombra humana de punta a punta que erizaba la piel de los claustrofóbicos y preocupaba a las madres desveladas.



Claramente el desastre había comenzado mucho antes. En Olavarría viven unas 120 mil personas: casi la tercera parte de la cantidad de asistentes al show del exlider de los Redonditos de Ricota. Aunque la cifra final es difícil de precisar, porque el 50% de los asistentes al recital habían entrado sin ticket. Lo innegable es la ley física: donde entran 120, no entran 300. Si esa cifra se multiplica por mil, la variable de riesgo crece y probablemente el resultado sea el caos.



Hace algunos meses, en una entrevista con Mario Pergolini, Solari había afirmado que para su público no existe el "sold out", legitimando así la práctica de presentarse en la puerta de los recitales sin entrada. Un guiño a sus feligreses, siempre listos para congraciarse con sus dichos y hacer de ellos mandamientos.



Pero la obsesión de Solari por convertirse en un mito viviente alguna vez iba a salir mal. Afirman quienes estuvieron dentro del predio, que todo fue falencias de organización. Las previsiones médicas, la venta de alcohol puertas adentro, el embudo de la salida, la presencia de pirotecnia a niveles pre-cromañón. Problemas que se solucionan con dinero y otra vez los organizadores prefirieron ahorrar.



Pero culpar a la víctima es el deporte nacional. Ya éramos habilidosos jugadores de entrecasa, pero ahora jugamos en cancha de 11: las redes sociales apuntan sin piedad a las víctimas fatales y a los fanáticos. Que el Presidente haya utilizado la tragedia para pintar una alegoría acerca del cumplir las mismas normas que él ni su familia cumplen, es anecdótico.



Mi primer y único recital del Indio fue en Gualeguaychú y en aquél entonces me sorprendió el clima de fiesta tribal que se respiraba. Varios me explicaron que la regla es cuidarse unos a otros, porque así lo pide el ídolo en cada recital. Vi gente participando del pogo más grande del mundo en silla de ruedas.



Dicen los fanáticos que los recitales del Indio Solari son rituales. Alguien los comparó con una misa alguna vez, y desde entonces la mística del show fue en aumento. No importa en qué ciudad del interior sea la celebración, todo se dará exactamente igual: la procesión de micros al costado de la ruta, las remeras negras y el coqueteo con el desborde. En ese sentido, quien tiene la última palabra es Solari, sin embargo ya volvió a su estado natural de deidad lejana e invisible, aunque su misa se haya convertido en un funeral. Aunque el pogo más grande del mundo se haya comido a dos.



Pasó Cromañón, pasó Time Warp. La tendencia es desproteger. Otra vez la avaricia gana la pulseada y por los responsables nos preguntamos el día después. La doctrina ricotera que indica que cualquier exceso está bien a los pies del ídolo esta vez se cobró dos vidas y la firme sospecha del fin de un ciclo.




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