Hoy por Hoy
Domingo 12 de Marzo de 2017

Representación

La falta de práctica hace que se cometan errores. Ocurre en todos los ámbitos, y el sector sindical no parece ser la excepción. La marchas, huelgas, paros y demás mecanismos de reclamo organizados por la Confederación General del Trabajo hacía mucho tiempo que habían dejado de ser la expresión real de los trabajadores para transformarse en mecanismos de presión de un muy pequeño grupo de dirigentes que terminaban, casi siempre, arreglando con el gobierno de turno lo que a ellos les interesaba.

Los que organizaron la marcha de la semana pasada en Capital Federal pensaron que el guión era fácil de poner en escena nuevamente para obtener lo que particularmente ellos andan buscando, y que, al parecer, no coincide con la necesidad real de los trabajadores.

Un discurso sin contenido pasa, dos ya inquietan, pero que el tercero también pase por alto el reclamo de una multitud que espera definiciones rompió uno de los últimos lazos que mantenían unidos a la dirigencia sindical nacional con sus representados.

Ni siquiera prepararon el discurso. Se quedaron sin respuestas, balbuceaban, cometían furcios imposibles y terminaron escapando de un escenario que terminó copado por la gente que ellos mismos habían creído convocar.

Con los hechos ya ocurridos las conjeturas sobre las verdaderas razones de la rebelión de las bases hacia sus propios dirigentes pueden ser variadas y matizadas con todos los tintes conspirativos que se quieran.

Lo cierto es que hubo una multitud, que esa multitud quería respuestas y no se las dieron, que los dirigentes terminaron escapando de la gente y que hay un malestar social que no está encontrando en ningún sector una dirigencia capaz de contener ni brindar la confianza suficiente para canalizar la bronca, favorecer el diálogo y encontrar respuestas. Esto es peligroso. Este país sabe de malones desbocados, y también sabe de la aparición de dirigentes inescrupulosos y aprovechadores ante gobiernos autistas.

El combo de una sociedad cada vez con menos paciencia, un gremialismo al descubierto, un peronismo deshilachado y sin rumbo, y un gobierno nacional que parece más preocupado por las redes sociales que por la gente real, deja un espacio muy grande para la incertidumbre, que se convierte a su vez en el combustible que retroalimenta este conjunto de variables cada vez más inestables.

La ansiedad y la preocupación están ganando terreno en los hogares de todo el país. La esperanza de cambio sigue agotando su crédito y los tiempos corren. No asumir ese problema es negar que la gente que está protestando en todo el país lo hace porque realmente está disconforme con algo. No todo puede ser una conspiración en contra del Gobierno. No alcanza con comunicados de prensa que dicen que la inflación está bajando y la economía está creciendo. La gente necesita urgentemente notarlo en forma directa en sus bolsillos. Por más ganas que se pongan para creerle al noticiero, la plata ya no alcanza en muchos hogares, y eso demanda medidas concretas.

No será tarea fácil encolumnar a la gente detrás de un plan o una propuesta, como se comprobó que tampoco es fácil llevarlos a una plaza para protestar superficialmente. Quien crea que puede sacar provecho de esta situación tendrá que lidiar con gente que está cansada de que la usen. Muchos ya se sabían usados, pero ahora es por nada. La credibilidad dirigencial se vuelve a poner en juego, y la confianza de la gente será para quien pueda dar las respuestas que se necesitan en este momento. Los demás tendrán que atenerse a las consecuencias.

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