Hoy por hoy
Jueves 20 de Abril de 2017

Reconciliarse con la historia

Un día como hoy, 42 años atrás, quedó inaugurado ese amplio y privilegiado, grato y tan apreciado Parque Carmelo José Cabrera, más conocido como Patito Sirirí. En ese espacio lindante al Parque Urquiza, generaciones de paranaenses disfrutaron y disfrutan de sus juegos infantiles, y miles de turistas se fotografiaron frente a la costa del río Paraná, junto al monumento de un animalito que fue mutando de color, entre el amarillo del tradicional pato, y el negro del sirirí original.
El parque se proyectó y concretó durante la intendencia de Juan Carlos Esparza; su nombre fue impuesto en homenaje a un trabajador municipal que fue capataz general de Parques y Paseos. El predio había sido cedido en calidad de comodato por Enrique Berduc, con el propósito de que el monto del alquiler mensual contribuya al mantenimiento del Parque General San Martín, en cercanías a Sauce Montrull.
El paso del tiempo ha ido modificando su fisonomía, ya sin el pescado ni la caña que transportaba el Patito Sirirí, ni el plato volador, la medialuna, o el cohete. El avión Canberra partió a otro rumbo, y hasta el patito fue quitado de la barranca, y reubicado en la zona de juegos.
En la época de su inauguración, Paraná tenía una población cercana a las 130.000 personas, poco menos que la mitad cuatro décadas después. La reciente inauguración del túnel subfluvial Uranga-Sylvestre Begnis (en 1969), y el fenómeno de migración –registrado desde entonces en todo el país– del campo y de los pueblos, a las grandes ciudades, fue trastocando la relación que en la década del 70 tenía la capital provincial entre espacios verdes y habitantes.
Entonces atrás fueron quedando lemas que emparentaban a Paraná con los verdes, por sus plazas y espacios públicos, hoy reducidos a miniaturas para tamaña población.
La proliferación de grandes torres de edificios, la ausencia de planificación que combine espacios públicos y privados, familias viviendo cada vez más apretadas, en menores espacios, son la contraparte de una realidad que muestra el agravamiento progresivo del déficit y concentración de áreas para la recreación pública, que han llevado a Paraná a divorciarse de su historia urbana.
En los últimos años, cuando el fenómeno de los grandes centros comerciales o shopping ya había comenzado a retroceder en el país, distintas gestiones locales y provinciales fueron detrás de esos proyectos inviables, insustentables. En esa trampa quedó inmerso el exhipódromo Almafuerte, en riesgo de convertirse en un futuro en una solución habitacional coyuntural que haga perder una oportunidad histórica de transformarse en el pulmón o corazón de la ciudad.
El lugar, vale recordar, es utilizado a diario por escuelas y clubes, y fundamentalmente cada fin de semana por miles de familias y personas. Provenientes preferentemente de la zona este, donde viven más de la mitad de los paranaenses, y que a diferencia del centro, del norte, sur y hasta del oeste, son los menos favorecidos por la geografía de barrancas y río, o por la mayor concentración de espacios verdes. Y por su ubicación y acceso, ofrece un potencial inconmensurable para su uso.
A 20 años del último gran aporte de espacios públicos –la incorporación del Parque Humberto Varisco–, el debate inexistente sobre el exhipódromo desde hace más de una década, una decisión en pocas personas terminada en un fracaso, y la necesidad de plantear un proyecto colectivo saludable y ambiental, todavía están a tiempo de salvarse.

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