Historia
Jueves 24 de Agosto de 2017

¿Quién dijo que todo está perdido?

El sábado padecí uno de esos días en que el destino se ensaña en complicarnos y nada nos sale como esperábamos: dispuesta a visitar a mi mamá que vive en General Ramírez compré los pasajes y de ahí fui a un supermercado. Sin darme cuenta los boletos se me cayeron de la cartera, una persona lo vio y pude recuperarlos.

Luego de ese episodio viajé en el colectivo de la empresa San José que sale de Paraná a las 16.30, y al bajar advertí que no tenía mi celular. En un descuido había caído de mi abarrotado bolso y quedó en el asiento que me tocó en suerte, el número 13 por cierto. Lo había dejado en modo avión, así que a pesar de que intenté llamar pasó directo al contestador. Corrí hasta la ventanilla para preguntar si podían contactarse con el chofer para poder recuperarlo, pero la única alternativa fue la de comunicarme con la ventanilla de Nogoyá, ciudad hasta donde iba el micro.

Con un dejo de desesperación y otro de resignación, lo di por perdido. Enseguida empecé a hacer cuentas de cuánto iba a costarme comprar un nuevo móvil, y a lamentarme por toda la información almacenada que quizás nunca iba a recobrar. En fin, se me cruzaron todos esos pensamientos negativos que aparecen cuando el ego y el apego nos llevan a caer en el precipicio de los lugares comunes.

Sin embargo, hice el último intento. Esperé una media hora y llamé a la terminal de Nogoyá. Grande fue mi sorpresa cuando quien me atendió me dijo que tenía mi celular en sus manos, que el chofer se lo había dejado, y que me lo mandaba en el mismo micro en que tenía planificado regresar a Paraná. Matías es su nombre y agradecida estoy con su buen gesto y también, obviamente, con la generosidad de quien lo encontró y lo devolvió.

En ese lapso de la cena en que no tuve mi móvil mi hermana destacó que al fin iba a compartir la mesa sin estar pendiente del teléfono, y aunque fue en tono de broma me tomé en serio el reclamo. También alguien que celebró conmigo el final feliz de esta historia me hizo ver que hay que tener fe en la gente, aspecto que a veces se pierde al estar expuestos a las ingratitudes cotidianas que se nos van enquistando en el alma, y a la desidia, la injusticia y la indiferencia que constantemente acechan en una sociedad de valores entumecidos.

La ausencia de fe en la humanidad suele tener como primera consecuencia la pérdida de la esperanza. Por eso celebro cruzarme a diario con tanta gente que trabaja por el bien común, tendiéndole una mano a otros, imparables aunque les pongan palos en la rueda los que gozan con difamar, humillar, vapulear, sin medir las consecuencias. Celebro y respeto las campañas solidarias que se llevan a cabo para ayudar a quienes están atravesando una enfermedad o una adversidad, o a los niños de los barrios postergados a los que se les niega un mejor provenir, o a los hermanos de El Impenetrable chaqueño sistemáticamente abandonados, o a quienes les toca vivir en situación de calle y precisan que alguien les acerque una oportunidad para recuperar también su fe.

¿Quién dijo que todo está perdido? Afortunadamente, aún hay mucha gente que viene a ofrecer su corazón.

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