Violencia de género
Miércoles 28 de Diciembre de 2016

Los kamikazes del machismo

El domingo a la noche, Fabián Godoy mató al novio de su ex, intentó matarla a ella, Mariana Cironi, pero no pudo, y luego se clavó un cuchillo en el pecho. Durante el año hubo otros casos similares. El 22 de enero, Armando Lascano ahorcó a Gladys Vásquez en Paraná y luego se colgó. Emanuel Zubizarreta se ahorcó en la cárcel de Concordia unos meses después de matar a puñaladas a María Florencia Mohr, en Estación Yeruá. También hubo quienes tuvieron la intención de inmolarse y no lo lograron, como Pablo Ledesma, quien se hirió con la misma cuchilla con la que asesinó a su ex Johana Carranza, a sus dos hijas Luciana y Candela, y a la actual pareja de la mujer, Carlos Peralta. Pero lo rescataron con vida y está preso esperando el juicio. Al igual que Miguel Cáceres, a quien la Policía de Rosario del Tala descolgó del árbol donde quería dejar la vida luego de degollar a su esposa Ana Barbelli.

No están locos. Tienen una causa y mueren por ella: el odio a las mujeres. Lo demuestran así, la mujer es suya o de nadie, y el suicidio luego del ataque es el mensaje de que va en serio, hasta la tumba.

De las múltiples variantes del machismo, ellos son la versión fundamentalista. Pero actúan en un contexto social y cultural que los avala. Desde el maltrato callejero a la violencia en el hogar, desde la discriminación laboral a la falta de educación sexual en las escuelas desde una perspectiva de género, la violencia física, psicológica, sexual, económica, patrimonial y simbólica hacia las mujeres es el ambiente que sostiene la causa de los que por ella se inmolan.

Y aunque parecen impredecibles, como lo puede ser un ataque suicida de un fundamentalista islámico, al igual que éstos tienen un plan, pero son más evidentes, van dejando señales en el tiempo que pueden advertir la escalada de violencia. Por eso, deben existir los dispositivos que permitan intervenir a tiempo, ayudar a una víctima cuando sea necesario. Un minuto después, puede ser tarde. Esto quedó más claro que nunca en el caso de Ana Barbelli, que un viernes contó su infierno en la escuela de sus hijos, la escucharon, nadie hizo nada, y el lunes Cáceres la mató. Por eso se habla y se exige la declaración de emergencia en violencia contra las mujeres, a la que el Estado no ha dado respuestas.

El cambio en el Código Penal, por el cual desde fines de 2012 se impone la prisión perpetua a los femicidas, llevó justicia a las sentencias pero no sirvió como prevención. Así como a algunos no les importa morir por el odio a las mujeres, a otros menos les importa ir presos de por vida. Un claro ejemplo de esto es que la noche que Orlando Ojeda mató a Lidia Milessi y a Romina Ibarra en Paraná, durmió de corrido en la celda de la Alcaidía como quien descansa luego de una misión cumplida, pese a que sabe que le esperan décadas de encierro.

En un 2016 que no pudo haber sido peor, no hubo respuesta oficial a la altura de las circunstancias. Ni para prevenir ni para asistir. Si en 2017 no se toma el problema en serio, es posible que los asesinatos de mujeres por parte de estos hombres se incrementen, y no creo que los responsables de declarar la emergencia quieran eso. Por eso, si hay algo urgente es la Ley de Emergencia que debe disponer de un presupuesto específico para medidas como creación de albergues, subsidios a víctimas, por ejemplo, tal como se logró recientemente en Tucumán.


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