A Fondo
Lunes 23 de Mayo de 2016

HorroroZOO!

Liliana Bonarrigo/ De la Redacción de UNO
lbonrrigo@uno.com.ar


En dos semanas murieron 36 animales en el Zoológico de Mendoza. Mientras la directora y los empleados discutían y los sindicalistas y políticos se tiraban con flores y culpas, la médica veterinaria del lugar afirmaba que los animales murieron de inanición, estrés e hipotermia. También reconocía que, en el último tiempo, habían muerto más de 60 animales debido a que el lugar no contaba con las mínimas condiciones para la vida en cautiverio como simples comederos, lo que habla no solo de desidia y falta de presupuesto, sino también de crueldad.
La provincia de Entre Ríos no ha estado exenta de polémicas y penurias, casi siempre relacionadas con la falta de dinero y también de criterio de algunas reservas ecológicas de tener cautivos a animales exóticos como chimpancés, osos y felinos africanos. En 2012 pesaron denuncias sobre la reserva Capibara, de Concordia y, en 2013, la polémica giró en torno a El Arca de Enrimir, de esa misma ciudad.
A esta altura del siglo XXI cabe reflexionar por qué los humanos mantenemos la práctica de cazar, enjaular y obligar a animales a vivir a cientos de miles de kilómetros de su hábitat natural, con la sola pretensión de mirar sus ojos tristes y mostrar nuestra superioridad fuera de los barrotes, a módico precio.      
Los argumentadores favorables al cautiverio sostienen que los zoológicos evitan que los animales sean cazados en sus territorios de origen o traficados, aunque olvidan que los furtivos, muchas veces, forman parte del mercado negro de los “zoos”. También argumentan que es la única posibilidad que tiene un “humano” nacido en estas latitudes de ver una jirafa, un león o un oso polar. La verdad es que cada vez más personas opinamos nuestra preferencia de verlos “en figuritas”. Hay muchos puntos para rebatir estas justificaciones, ante todo, el de la crueldad del cautiverio. Los zoológicos no están preparados para reproducir los ambientes naturales de animales exóticos -con o sin presupuestos millonarios. Es imposible reproducir el entorno de animales como el león, el tigre. Cómo hacer que un oso polar sobreviva dignamente en Buenos Aires. A lo que se agrega el tema de la contaminación ambiental presente en las urbes que afecta enormemente la salud de estas especies.  
Se excluye de esta crítica a las reservas o bioparques donde los animales son llevados para ser curados de una enfermedad o herida y luego son liberados, si las condiciones son óptimas. Hay muchas reservas que son, además, centros de investigación donde biólogos, veterinarios, y genetistas estudian cómo salvar especies en extinción pero, obviamente, no es el caso argentino. De la crítica tampoco se salvan los oceanarios, donde se entrena a mamíferos y cetáceos para “entretener a la gente”.
No sería más lógico crear las condiciones para que los animales vivan en sus espacios naturales, castigando la caza furtiva, el maltrato, evitando la contaminación y terminando con la farsa turística de la “caza deportiva”.
Por qué no copiar a países como Costa Rica donde los ciudadanos juntaron firmas para prohibir la caza deportiva y los zoológicos, y lograron una ley.
Casos como el del Oso Arturo (Mendoza); el del chimpancé Toto (Concordia) o el de la jirafa Marius (Copenhague) reavivan el debate sobre este tipo de “recreación” humana. ¿Son necesarios los zoo? ¿Se tutela correctamente el derecho de los animales que tiene rango constitucional desde 1994, en el país? ¿Por qué debería un burócrata inepto decidir sobre la vida de un ser vivo o por qué debería hacerlo un gerente con afán de lucro?
La costumbre de enjaular animales para gozo de reyes y emperadores es antigua pero el primer zoo se fundó en Viena, en 1752. Pasaron 264 años. ¿No es hora de actualizar nuestra humanidad? 

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