La Provincia
Miércoles 07 de Octubre de 2015

Historia con secretos y magia de un circo que nació en Paraná

Varekay estará en la capital provincial tres semanas más y contaron cómo es vivir debajo de la carpa

Varekay significa Donde quieras que estés, en cualquier lugar. Ayer fue el Día del Circo, y por la mañana un grupo de trapecistas  terminaba de soldar parte de una estructura que iban a utilizar para el espectáculo de la noche. Seis mujeres ensayaban y repetían una misma coreografía sobre el escenario debajo de la  carpa ubicada en Almirante Brown y Blas Parera. Hace siete años que recorren el país.  “Vamos de lado a lado”, dijo a UNO Martín Dresdner, quien contó la historia de este grupo de personas cuyo emprendimiento artístico nació en Paraná.  

“La historia de Varekay empieza en Paraná con la familia Morgenstern. El dueño era artista, un contorsionista. Su esposa, sus hijos, todos son de acá como la mayoría de quienes trabajan; hasta la abuela está en el circo. Los de afuera somos los menos”, contó Dresdner, que cumple varias funciones: es el encargado de que se conozca en las ciudades a donde llegan el espectáculo que brindan; es equilibrista en un monociclo con el cuadro torcido; y de profesión es portor o catcher, cuya destreza es la de sujetar, a metros de altura y colgado de las piernas, al trapecista que vuela por los aires para luego, cuando el péndulo retoma, volverlo a largar. 

En un momento, hace siete años, la familia paranaense pudo comprar una carpa e iniciar el emprendimiento artístico. “Tenían un acróbata en altura, una hija que era trapecista, otro hijo que trabaja en pista, payasos, un cuñado resolvía un número y así, la función estaba armada. “Es una familia de circo de toda la vida”, agregó.

El director de Varekay es Eduardo Ovejero y viajan por todo el país. Este año iniciaron la gira en Santa Rosa, la Pampa. Luego fueron a Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y desde el 18 de setiembre están en Paraná. Creen que al menos, durante tres semanas más seguirán ubicados en ese predio de la capital provincial que ya es característico para este tipo de iniciativas.  

“Con el circo recorremos toda Argentina. Aún no sabemos bien a dónde iremos cuando nos vayamos, a lo mejor el año que viene para esta fecha nos encontrás en Tartagal; hemos llegado  hasta Ushuaia”, relató Dresdner.

Un espectáculo sano

El circo no es solo uno de los espectáculos más antiguos que existen y se mantienen en la actualidad, sino que además, con solo nombrarlo en cualquier lugar del mundo, la referencia es inmediata; cada país y región le aportó sus características propias. “Sí, pero además es sano”, dijo Dresdner y explicó: “Conservó a lo largo de su trayectoria ese espíritu, y más aún en los momentos que se viven ahora, es el espectáculo más sano que existe. Puede venir cualquier padre al show con su hijo y se encontrará con trapecistas que  se cuelgan a 10 metros de altura, un payaso que no dice groserías y no va a ver mujeres desnudas. Es para la familia, para que disfruten tranquilos”. 

Para Varekay, el espectador se volvió cada vez más exigente y aquello que se presenta en el escenario debe tener cierta actualidad. Por eso, los Minions y el Sapo Pepe tienen una presentación especial y su lugar  bajo las luces de colores. 

Alrededor de la gran carpa están estacionadas las casas rodantes, el hogar de cada familia que vive en el circo. Desde chicos aprenden una destreza y también un oficio: a la par de los ensayos y las prácticas, hay quienes son soldadores, electricistas, carpinteros, iluminadores o vestuaristas entre otras tareas que deben cumplir a diario. 

Hace un tiempo el uso de los animales fue prohibido, pero hacia adentro del perímetro, entre la carpa, las casas y los vehículos de quienes sostienen el show, hay voces a favor y en contra de la modalidad. “Hay quienes nos dicen que no hay circo sin animales. Hay muchos mitos y no es todo verdad lo que se habla sobre el tema”. 

La práctica constante

Hoy en Varekay trabajan 30 personas que conviven todo el tiempo. Son compañeros de trabajo que se despiertan cada mañana y al salir de la casa rodante se encuentran con sus vecinos en el predio. “Es como un barrio muy chiquitito. Igual todos somos independientes, cada uno tiene su familia”, aseguró Dresdner, que durante un tiempo fue contratado para un espectáculo en Viña del Mar y Mendoza pero luego se incorporó al circo nacido en Paraná porque su mujer trabajaba allí; desde entonces viven juntos.  

Lo cierto es que con solo mirar un poco, la mayoría de quienes sostienen el show son jóvenes y la práctica es permanente y diaria.  

“¿Golpes? Sí. Viene el padre con su hijo a ver una función y es el adulto el que se da cuenta del riesgo. Por ejemplo, la chica que hace telas no tiene red y ella, al igual que otros, está expuesta a golpes, caídas y accidentes. Por eso mantenemos los ensayos  y tratamos de hacer todo lo más profesional posible. Donde hay una falla, te caés; no la puede haber. Esta mujer, la de las telas, sube muy arriba, unos nueve metros y para la salida del número cae de cabeza; solo se detiene muy cerca del suelo. Ella no tiene margen de error, no tiene la posibilidad de un golpe”.  

Aprender de chico, ensayar,  practicar, el esfuerzo, conocer los materiales y las estructuras con las que se trabaja, mirar, escuchar a los adultos y volver una y otra vez sobre la tarea parecen ser algunas de las claves, los secretos del espectáculo. 

El péndulo de la muerte aguardaba, quieto, la presentación de ayer a la noche. En él, dos muchachos lo hacen girar mientras ponen en riego sus vidas. El trapecio estaba atado al igual que la cuerda indiana y las telas; la rueda alemana y los monociclos extraños esperaban a un costado. Las mujeres continuaron con sus ensayos. Es un circo muy completo. 

En Varekay se encuentran con adultos que decidieron llevar a sus hijos a ver la función por propia iniciativa. Está en el recuerdo de esos padres, es parte de la niñez, de un pasado que aún no se pierde con el transcurrir del tiempo. 

Es la carpa de colores que llegó un día al campito de la esquina del barrio, era colarse por debajo, acompañar la caravana de casas rodantes que llegaban a la ciudad. Quizás esa es la magia, la posibilidad que ofrece el circo: la de sorprenderse y de reír al mismo tiempo. 

Descendientes de “Pepino el 88” en su día

Los días de semana, en Paraná, Varekay hace un espectáculo único a las 21.30. Después, los sábados, domingos y feriados, son a las 16, a las 18.30  y a las 21.30. Las entradas generales cuestan 80 pesos, también hay más caras según la ubicación. Es una salida diferente y cuyo costo, dentro de todo, es accesible. 

El representante es quien busca en una ciudad el lugar para instalar el circo. Va siempre adelantado para encontrar el espacio verde adecuado más cercano al centro. Es el que arregla con las municipalidades, o con los dueños de los terrenos un alquiler donde levantar la carpa.  

Por lo general, los espectáculos se hacen durante 15 días, pero a veces llegan a pueblos muy pequeños donde con un fin de semana es suficiente. 

Varekay en los últimos años avanzó. No solo están de estreno con carpa nueva, sino que apuestan a mejorar las condiciones para que el espectador esté cada vez más cómodo. “Todo se renueva y tratamos de progresar”, dijo Martín Dresdner, uno de los integrantes del circo.

En la Argentina ayer se celebró el Día del Circo en homenaje a Pepe Podestá que nació un 6 de octubre de 1858 en Montevideo y desarrolló una labor pionera. Cuentan las crónicas de entonces, que logró aportarle al espectáculo histórico aspectos de la comedia criolla e inventó a  “Pepino el 88”″, un payaso que fue modelo del cómico rioplatense. 

La tradición instalada a fines del siglo pasado fue retomada luego por otros tantos pilares del humor popular argentino. 

Comentarios