La Provincia
Viernes 24 de Abril de 2015

Hay un barrio de Paraná que no quiere perder ni por una cabeza

Mirada urbana. Anécdotas en torno al exhipódromo. Muchas de ellas tienen la fija  de caballos ganadores

Pablo Felizia / pfelizia@uno.com.ar

A lo lejos corría un caballo. Dos o tres más estaban a la sombra y son los últimos que quedan. Las máquinas municipales levantaban tierra y la acumulaban a un costado. Las gradas señoriales y con sus colores originales, estaban cercadas. Abel Vásquez, un jockey que ganó una de las carreras más importantes de su vida el 29 de setiembre de 1984, escoba en mano, abrió el portón. Barrio Hipódromo es, además de extenso, una de las zonas de Paraná que guarda infinitas historias, tantas quizás, como cada uno de sus vecinos.

Entre los primeros en llegar, Fidel García, tiene 75 años y por 1955 se mudó muy cerca de las hectáreas que pertenecían a la cárcel. Contó que la actual Santos Domínguez tiene su traza donde estaban esos terrenos y en ellos se sembraba maíz entre otros alimentos para los más de 200 animales con los que contaba la Unidad Penal de Paraná. “Todo era campo, las calles de tierra. Mi padre alquilaba cerca de la cancha de Atlético Paraná y de ahí nos vinimos para acá”, dijo a UNO en su casa ubicada en 14 de Mayo, cortada que termina en un paredón donde Arturo Etchevehere tenía su stud con más de 104 boxes para caballos de carrera.

García contó que el Hipódromo tenía una bomba de agua y cuando en el barrio se quedaban sin ella, todos hacían fila para ir a sacar de ahí. Además de la cercanía con la cárcel y  las carreras, la referencia del Club Atlético Paraná no escapa a ninguno de los vecinos, de hecho hay quienes sostienen que en el barrio la mayoría simpatiza con el Decano. Cada una de estas instituciones, más las escuelas y la Iglesia Luján, son parte de la identidad de la zona.

Hay cientos de anécdotas. Una en particular no tiene fecha precisa, pero da cuenta de que un mediodía, Etchevehere, frente a una elección donde era candidato, organizó un asado enorme para todos los que estaban relacionados con las carreras de caballos. Dijeron en el barrio que fue un montón de gente, que se trató de una gran fiesta; igual, todos en secreto se habían puesto de acuerdo en no votarlo.

Los pingos

En el barrio aún le dicen Hipódromo, y muy pocos, al hablar, le agregan el prefijo “ex”. En los hechos, quedan ruinas de lo que alguna vez fue, si bien los anuncios de proyectos modernistas de un shopping inminente y de desarrollos inmobiliarios parecen estar en papeles. Sin embargo, es cierto que hay máquinas que nivelan una hectárea en el corazón verde para la construcción de una plaza y la habilitación de las calles internas. Las mismas están previstas terminarse para fines de este mes.

Quien no necesita presentarse para ingresar al predio es Héctor Corvetto, capataz del stud de Peñalba, vareador, trabajador de Díaz, cuidador de los caballos de Etchevehere. Con él aparecieron apellidos que en el barrio son conocidos y recordados:  Rossi, Castañeda, Iza, López, Pais y Marquesín. Como también Verón, Núñez, Escalada, Gómez, Flematti y Ferrari,entre otros.

  Corvetto, parado en los escalones de las gradas cerradas mostró un documento que data de 1950 y con él se le abrieron las puertas para trabajar en el Hipódromo en aquella época. El hombre, que hizo el servicio militar como Granadero, cuidó las espaldas de Perón en tres oportunidades y en su casa tiene un cuadro con la firma del General.

Llegó al barrio desde Villaguay cuando tenía 7 años, ahora va a cumplir 82 y por las dudas aclaró: “Soy clase 33”, y enseguida ubicó el disco de llegada de los caballos que  ya no están; señaló al vacío con el dedo. “Esto era familiar. Venían a pasar la tarde y se juntaban hasta 5.000 personas”, aclaró.

En el barrio contaron que durante muchos años la entrada era gratis y pasar la tarde del domingo era popular, pero después, al cobrar el ingreso, muchos esperaban la última carrera de las 17.30, cuando se abrían los molinetes.  

“Hay caballos que fueron famosos. Había un tal Agüero que era de un stud de Churruarín. Una yegua, Lacónica, hija de Agadir y Locuela. Sospechado también, era hijo de Sospechoso y Añadida de la Estancia La Margarita. Había otro famoso, se llamaba Clon, allá por el 51”, contó Corvetto.

En la sombra, con una escoba en la mano había un cuidador, un jockey de aquellos años. “Más bien caudillo”, respondió enseguida y entre risas Abel Vásquez. Lleva 50 años en el Hipódromo y aseguró: “Entre 2005 y  2006 se dieron las últimas carreras”. En 1984 corrió con un caballo llamado Furor, era el 29 de setiembre, en la carrera de San Miguel, la más esperada del año. “Ganamos los 2.000 metros y al otro día, con el mismo animal ganamos en Santa Fe.  A los dos años lo vendieron a Buenos Aires y ganó dos carreras más de 3.000 metros. Quedó a un quinto de igualar el récord de Leguisamo. Lo que hizo ese caballo no lo hizo otro”, dijo, como si todo eso ya fuera parte de una leyenda. Para esos hombres, como para muchos vecinos del barrio, el Hipódromo con sus tardes de domingo parecen haber terminado la semana pasada. Es algo que está presente, en cada charla. “Era un paseo. Venían los matrimonios, las señoras coquetas. Ahora es una desolación. Queda solo el recuerdo ”, dijo Corvetto ,y un poco más adelante las máquinas ruidosas avanzaban en sus tareas.

Detalles de la noticia

* El Hipódromo fue inaugurado en 1922. Según los vecinos del barrio, las últimas carreras se dieron entre 2005 y 2006.

* Ayer, las máquinas de la Municipalidad trabajaban en el corazón verde. A fin de mes habilitarían una plaza y las calles que lo atraviesan.

* El Hipódromo abría los domingos, poco después de las 11 comenzaban las carreras más cortas y terminaba la jornada con la más larga después de las 17.

* La carrera más importante, el Gran Premio, era la del 29 de setiembre, Día de San Miguel.


* 104 - La cantidad de boxes con caballos de carrera que llegó tener el stud más grande que pertenecía a la familia Etchevehere. Estaba sobre Maciá y aún se pueden ver algunas construcciones.

* El barrio hacia 1950 era en su mayoría campo. Los vecinos recuerdan que Santos Domínguez atravesaba un terreno que pertenecía a la cárcel.

* En el barrio, la referencia con Atlético Paraná y su presente deportivo es permanente.

* Cuando la zona se quedaba sin agua, todos hacían cola para sacar del Hipódromo, que tenía bomba propia.

* Alrededor del predio quedan vestigios de los studs y los boxes más importantes de lo que supo ser un centro social de ineludible referencia.

Un mano a mano de miles de pesos

 Las carreras eran desde los 200 a los 2.000 metros. Se podía apostar a ganador, un combinado de dos caballos, exacta cuando se pretendía acertar en todas las posiciones y también estaban los remates, donde la cantidad de dinero en juego era mucho mayor. Hay recuerdos de peleas, tiros y cuchillos cuando era confuso un resultado.

Una vez, un caballo de Etchevehere llamado Urquiza, terminó muy cerca de Rosetón. Los dueños de los animales decidieron un mano a mano: la apuesta entre los dos hombres, superó lo que hoy serían 50.000 pesos, quizás más. Fueron cabeza a cabeza hasta el final y se había juntado mucha gente. El triunfo, dijeron, quedó en manos de la familia más pudiente.

 

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