A Fondo
Domingo 16 de Agosto de 2015

Hasta que duela

Daniel Caraffini / De la Redacción de UNO
dcaraffini@uno.com.ar


La catástrofe que viven hoy pueblos y ciudades bonaerenses y santafesinas despertó ese ánimo colectivo solidario que siempre emana frente a circunstancias tan desgraciadas. Innumerables campañas y colectas para los inundados aparecen aquí y allá; todos quieren sentirse bien, demostrar acompañamiento y apoyo para personas que están sufriendo.

El movimiento que se genera parece mostrar una contundente exhibición de solidaridad ciudadana. 

¿Pero realmente somos una comunidad solidaria?

En algunos casos, los organizadores de colectas tienen que pedir a la comunidad que por favor, esto no sea un “sacarse de encima” ropa vieja sin utilidad, y en no muy buen estado. Y requieren, como mínimo, que la indumentaria esté lavada.

Ser solidarios debe ser algo más, mucho más. Aquí mismo, en Paraná, cuando en el centro o en los barrios se sufren anegamientos por lluvias en hogares y en las calles, muchos vecinos sin distinción de clases sociales no fueron solidarios previamente, al conectar sus desagües pluviales o arrojar cualquier cosas a la red cloacal. El colapso de ese sistema, en días de lluvias, lo sufren otros.

Cuando los arroyos desbordan, se salen de cauce e inundan a familias que habitan en sus riberas, la responsabilidad no es de Dios por las lluvias, ni tampoco si el río está alto, sino de aquellos que los utilizan como depósito de basura: heladeras, televisores, restos de automóviles, troncos, que van afectando el normal escurrimiento de las aguas.

El impacto de los fenómenos naturales a veces resulta ínfimo, en relación a las consecuencias de la mano del hombre. Se observa de modo brutal en las inundaciones en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, donde la expansión de las fronteras agrícolas con la siembra de soja, y la alteración de los cauces de los ríos, provocó una modificación del ecosistema, con altísimos costos desestimados. 

Son responsables los planificadores urbanos, arquitectos e ingenieros, que autorizan y ejecutan emprendimientos que impermeabilizan la ciudad, obstruyen las corrientes de agua subterráneas y provocan movimientos de suelo. Lo mismo pasa con las construcciones sobre las barrancas y sobre la ribera del río. El poder del dinero de la soja se escuda detrás de la generación de fuentes de trabajo en la construcción, y de un concepto de ciudad moderna, para imponerse ante las quejas y riesgos que suponen estas grandes edificaciones, para la sustentabilidad de una comunidad. 

Son responsables los empresarios, que usan el río a su conveniencia. Para arrojar efluentes sin tratamiento, o también, como pasa acá cerca, en Victoria, modificando su cauce y haciendo terraplenes “para llevar agua para sus molinos”. Pese a las denuncias desde hace años, la situación no cambia. 

Decía el papa Francisco: “Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele”. Y por ello seguía la eterna enseñanza de la Madre Teresa de Calcuta, que afirmaba que “hay que dar hasta que duela”.

Resulta fácil dar lo que sobra, o actuar y tomar conciencia cuando las imágenes nos golpean repetidamente desde las pantallas. Pero la verdadera solidaridad es comprometida, es permanente y diaria, es cuando tenemos que renunciar a algo, cuando nos exige un esfuerzo, cuando la ejercemos para construir, prevenir, y no solo para remediar, una vez cada tanto.

 

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