A Fondo
Miércoles 01 de Abril de 2015

Goles que no son amores

Daniel Caraffini / De la Redacción de UNO
dcaraffini@uno.com.ar

 

El deporte infantil es la garantía del cumplimiento del derecho del niño a jugar. Pero frente a nuestras narices, en cada vez más ámbitos, vemos que el juego va quedando relegado por la competencia. La mercantilización y competitividad del fútbol infantil es un fenómeno ya impuesto y acorde al espíritu de época, pero tras él parecen ir el resto de las disciplinas deportivas, tanto de varones como de mujeres.


La exaltación de esas características de negocio y de “la supervivencia del más apto”, en detrimento de sus valores y beneficios físicos, psíquicos, de integración, cooperación y trabajo en equipo queda obscenamente expuesta al conocerse resultados como triunfos por 31 a 0 o 21 a 0, como sucedió los últimos dos fines de semana en Paraná.


No importa decir si fue en fútbol, en hockey, o en otro deporte; tampoco si fue de hombres o mujeres. Identificarlos sería tal vez más estigmatizante para los chicos, para sus profesores o padres que trabajan para que sus hijos puedan practicar alguna actividad deportiva, para que puedan jugar, aprender, crecer, compartir.


Esas cifras parecen irrisorias, grotescas, pero suceden en algunas justas y llaman la atención, sobre todo cuando los goleados son niños. Y se dan brutalmente cuando instituciones arman equipos infantiles A, B, C y lo que sea por la cantidad que hay; entonces, hay equipos de acuerdo con los talentos.


Es decir, a la presión que tienen por la calificación escolar que debe rondar de 6 para arriba o entre el Regular y Muy Bueno; también está la presión que se impone por ser convocado, por jugar y por ganar. Si las goleadas se repiten, no cuesta imaginar el futuro de esos niños de 6, 7 u 8 años.


Habrá quienes opinen que un resultado abultado sirve para trabajar más, para formar carácter y manejar frustraciones.


Como contrapartida, otros llegarán a la conclusión de que llevar el tanteador de un cotejo en niños es contraproducente.


Ambas posturas son válidas porque están fundamentadas, por unos y otros. El interrogante es cómo alcanzar ese equilibrio entre recreación, deporte y crecimiento, y entender el momento de evolución y formación de la personalidad en un niño.


Suena melancólico, aunque no por eso menos sano, el deseo como antaño, que hasta los 8 años todos corran detrás de una pelota de fútbol o básquet y se diviertan, se tropiecen, rían y lloren. Habrá tiempo, más adelante, para aprender exigentes y rigurosas tácticas y entrenamientos, y después sí pensar si la práctica del deporte será un modo de vida, o un hobbie o complemento indispensable para un estilo sano de vivir.


Tal vez en infantiles, en inferiores, valga recuperar la esencia y el énfasis en el encuentro; la cultura de la amistad, pero no solo de palabras, sino con hechos.


Los pequeños que se suman a gastar energías haciendo “deporte” en principio son llevados por sus papás para hacer amigos, manejar su cuerpo o estar en movimiento.


Las razones por las que los niños abandonan la práctica del deporte son, entre otras el conflicto de intereses entre las exigencias del deporte y otras actividades interesantes para ellos, la inconstancia propia de la edad por la que se apasionan temporalmente por una cosa y olvidan más tarde. Y también por el carácter demasiado serio del entrenamiento, por el lugar preponderante de la competición en el conjunto de la actividad deportiva, por las relaciones conflictivas con el entrenador y por no soportar la presión a la que se les somete.


No resulta sencilla la tarea para dirigentes y entrenadores. Tal vez se requieran proyectos deportivos institucionales que basados en adecuadas pedagogías, transmitan a los niños conceptos del juego y valores del amateurismo, con consejos que incluyan buenos modales, respeto, comida saludable, cuidado personal y no solo técnica, táctica o estrategia. Ellos están frente a humanidades que se están formando y son ideales para absorber conceptos positivos. Y los padres deben acompañar desde el aliento, desde la valoración de cada paso dado.


Todos tienen un rol fundamental en el deporte infantil, hasta las asociaciones que permiten que se concreten resultados tan abultados, que visibilizan crudamente la primacía de la alta competencia, en desmedro de los valores formativos.

 

 

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