Ovacion
Lunes 07 de Diciembre de 2015

Fue una utopía de la que pude ser testigo

Crónica de un triunfo histórico que marcó la vuelta de Patronato a Primera División  después de 37 años.  

Luciana Actis / Ovación
lactis@uno.com.ar


Lo que el 25 de noviembre había consistido en tachar algo de mi lista de cosas pendientes (fui a ver un partido de fútbol por primera vez, Patronato versus Instituto), ayer se transformó en una misión impuesta: redactar la crónica de una gloriosa victoria o de la triste historia de un amor que no pudo ser.

Tal como lo señalé en mi crónica anterior, no soy hincha, el fútbol no es mi pasión. Tampoco pretendía subirme al tren de un éxito del que no fui partícipe. Pero, a riesgo de que me acusaran de exitista, estaba ante un acontecimiento que podría ser histórico para un club y una ciudad por lo que, más que un deseo, era una necesidad ser testigo de una victoria épica. Además, el temor al mote de mufa aún no se había desvanecido del todo, a pesar de la victoria 3 a 1 contra Instituto de Córdoba.

Esta vez, los preparativos comenzaron mucho más temprano. La marea rojinegra llegaba hasta calle Churruarín y la presencia de policías era mucho más intensa. Dos horas antes del arranque del partido, la tribuna de San Nicolás estaba prácticamente repleta; y Ayacucho, que la vez pasada estaba cerrada, comenzaba tímidamente a albergar a los hinchas. El clima era otro; más aguerrido, podría decirse. Confieso haberme sentido muy nerd, otra vez desenfundando la netbook entre tanto hincha apasionado. Se hacía difícil escribir con tanta gente trepando por la platea.

Los silbidos hacia los jugadores de Santamarina esta vez eran el doble de potentes, y sus camisetas de entrenamiento rosadas despertaban aún más a la homofobia de la hinchada. Dicen los que saben, que la cancha nunca estuvo así de repleta, al menos desde 1978.

Cuando por fin llegó la hora señalada para el arranque del histórico encuentro, no había palabras para describir la vehemencia que reinó en el Presbítero Grella cuando los locales entraron a la cancha, cual gladiadores en un coliseo a pequeña escala. Lluvia de papelitos plateados,y humo rojo y negro saliendo de las tribunas. “Patrón de mi locura. Dueño de mi pasión”, rezaba una bandera gigante que cubrió la popular. Luego, otra del Club Atlético Paraná, exhibida como trofeo de guerra.

Al comenzar el partido, el clima era tenso. Para los hinchas  de Patrón, el arquero tandilense retenía la pelota cada vez que llegaba a su arco, a sabiendas de que para los locales cada segundo era invaluable. Durante los primeros quince minutos de juego, cuatro goles frustrados de Patronato –casi consecutivos– encendieron las esperanzas. Un hombre desesperado, parado junto a mí, le rogaba a Jara como si fuera el patrono de las causas imposibles. El primer gol se hacía esperar, y Santamarina –a pesar de haber llevado una clara ventaja de puntos– abusaba de los tiempos y de las faltas.

En un momento, Jara perdió una pelota habilitada para el gol y un puñado de fanáticos no se lo perdonó: “Andate a la concha de tu madre Jara”. Pero los ofensores fueron luego blanco del resto de la hinchada, que le recriminó con creces el atrevimiento. El aire estaba caldeado, esta vez me dio miedo de lo que pudiera llegar a pasar; llegaba el final del primer tiempo, y el primero de los dos goles imprescindibles seguía sin aparecer.

En el entretiempo las caras largas abundaban y en la cancha apenas se sentía un murmullo, slo los niños seguían jugando, reventando globos y corriendo frente a las gradas. La esperanza no estaba perdida, pero las posibilidades se habían reducido a la mitad. El segundo tiempo comenzó con un aliento tímido y mucho pelotazo, mis ganas de escribir se iban desvaneciendo. Pero en el momento menos esperado, Matías Garrido metió el primer golazo. El Grella enardeció y las esperanzas afloraron; los jugadores recuperaron fuerzas y la pelota picaba constantemente en el arco de los de Tandil.  Minutos después, un gol de Patronato en off side fue el preludio de lo que vendría. Por fin, a los 73 minutos y de la mano de Minetti, se destrabó la puerta que separaba a Patrón de la Primera División. La hinchada –como dicen las canciones trilladas– estaba loca. El milagro estaba ocurriendo, y ya todos fantaseaban con un encuentro contra River o San Lorenzo, “una batalla de equipos santos”.

Los de Tandil comenzaron a jugar a la ofensiva. De repente, un gol iba directo al arco de Patrón, pero Bértoli salvó el momento. Irremediablemente, el terrorismo de los penales se acercaba. Había que marcar otro punto, pero no se pudo: fin del segundo tiempo. Hora de definiciones y mucha fe en Bértoli, Becerra, Quiroga, Guzmán y Jara.

A mi alrededor, los ánimos estaban optimistas, alguno que otro se santiguaba y escupía cáscaras de girasol a las gradas inferiores. La espera fue breve, y la tormenta de goles se desencadenó enseguida: Quiroga, Becerra, Guzmán, Bértoli, Jara y Martinez convirtieron los seis goles de Patronato. Michel, González, Azcárate, Scoppa, y Tucker, los de Santamarina. El último penal, el que pateó Juan Bautista Gáspari, fue el que convertiría a Bértoli en el monumental héroe de la noche.

Las lágrimas de alegría y los abrazos coparon el Grella. El resto es una historia que habrá que escribir.
 

Comentarios