Ovacion
Domingo 04 de Octubre de 2015

Fanatismo no es igual a violencia

Carlos Damonte/ Jefe de Redacción de UNO
cdamonte@uno.com.ar


Dieter Hecking integró la selección alemana de fútbol. Lo conocían como un vehemente mediocampista, pero ganó más fama como enérgico entrenador, hoy al mando del Wolfsburg que juega la Bundesliga, la Primera División alemana. Ayer lo expulsaron, a los 25 minutos del segundo tiempo, cuando su cuadro empataba sin goles con el Borusia, clásico rival. Tras la sanción miró al árbitro, dio media vuelta, caminó cinco pasos, subió 10 escalones y se sentó en la platea a mirar el resto del encuentro. Dos minutos más tarde a su equipo le marcan un gol y el estadio estalló con el grito de los hinchas que colmaban las gradas. La cámara de la televisión transmitió la jugada exitosa y de inmediato la imagen del entrenador visitante rodeado de hinchas que le aullaban a menos de un metro de distancia y dentro de la misma tribuna.
La escena, contada así, parece surrealista. Pero no lo es. Sucedió como está relatada. El vehemente y enérgico Dieter Hecking soportó estoicamente que le griten un gol, en rigor golazo, y no respondió ni con un gesto a la algarabía que lo agobiaba. Para el registro debo indicar que minutos después otro tanto agrandó la diferencia y la escena se repitió casi calcada.
En el estadio no se veían alambrados, acrílicos o alguna otra barrera física que separe el campo de juego de la tribuna. Nada, solo aire. Y los alemanes son tan fanáticos como cualquier futbolero argentino que se precie. La única y esencial diferencia es que en aquel lejano país erradicaron a sus barras bravas; en general bandas armadas dedicadas al robo, tráfico de drogas y venta de estupefacientes integradas por delincuentes comunes o militantes nazis. Nada que los diferencie mucho que digamos con lo que suele suceder en la Argentina, salvo que expulsaron la violencia de las canchas a partir de la ausencia de sostén político institucional y deportivo para los delincuentes.
Entre dirigentes de clubes y funcionarios del Estado hicieron de un partido de fútbol un espectáculo para disfrutar en familia. Tanto que se van al extremo de rodear de hinchas al DT rival sin que nadie le toque un pelo. No imagino a Gallardo en la 12 Xeneize o al Vasco en la platea Sívori. La conducta de Hecking es sin dudas un exceso de confianza, pero vale para entender que es posible vivir el fútbol de otra manera. Un ejemplo, apenas, para probar que aquí la lucha contra la violencia en el fútbol no es más que puro verso.

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