La Provincia
Domingo 25 de Enero de 2015

Familia de mujeres decididas que llevan adelante un tambo

Graciela Wernli tiene 42 años y maneja las riendas de un campo cercano a Viale con sus hijas. La tarea se concreta con fuerza y voluntad que se renuevan con cada amanecer. Son un ejemplo  

Lucila Tosolino/ De la Redacción de UNO

ltosolino@ uno.com.ar

 

En el kilómetro 38 de la ruta nacional Nº 18 hay un campo de unas 300 hectáreas. Es un lugar solitario rodeado de pasto, llanuras trigueras y unos pocos árboles. A más de 25 kilómetros hacia el oeste se encuentra el ingreso a Viale, una localidad del Departamento de Paraná.

 

Este campo, con nítidos cielos azules y su aire puro como el del desierto, tiene una atmósfera amigable, de gente laburadora y dispuesta al diálogo. Se trata de la familia Wernli, quienes viven en estas tierras hace 36 años.

 

Todo empezó cuando Raquel y Delsio, quienes ahora tienen 74 años y 80 respectivamente, se mudaron con sus ocho hijos desde la localidad rural de Colonia Celina a este campo. Graciela Wernli, de 42 años, quien es la menor de las hijas mujeres del matrimonio, relató a UNO: “En Colonia Celina mis padres tenían un campo y se dedicaban al tambo. Ellos empezaron esta profesión con una vaca y de a poco fueron creciendo. Un día, cuando yo tenía 6 años, a mis padres les surgió la oportunidad de venir a estas tierras cerca de Viale. Así que compraron unas 100 hectáreas y las otras 200 las arrendaron”.

 

Fue desde ese momento, el 15 de enero de 1979, que la familia Wernli se instaló en el campo que hoy lleva adelante Graciela, la única hija del matrimonio que decidió seguir con el negocio tambero que iniciaron sus padres en Colonia Celina con una vaca y hoy el número de estos animales supera las tres centenas.

 

“Mis hermanos y hermanas decidieron seguir diferentes rumbos. Algunos siguieron una carrera universitaria y otros se mudaron a Paraná. Yo decidí quedarme y hacerme cargo del tambo luego de terminar la escuela Secundaria en Viale”, contó Graciela orgullosa de su elección y agregó: “Siempre estuve en el campo. Me dediqué desde chiquita a los quehaceres del lugar. Tenía como 11 años cuando me enseñaron a manejar un tractor y a alimentar los terneritos”.

 

A cargo del tambo con sus hijas

 

Hoy Graciela se encarga de la administración del tambo y de ordeñar las vacas dos veces al día: primero a las 5 y luego a las 16. Pero el trabajo en la fosa del tambo no lo hace completamente sola, tiene la ayuda de sus cinco hijas mujeres y, además, de seis empleados, tres de estos mujeres. “Si bien me encargo de todo en el campo; de administrar el tambo, trabajar en la fosa y alimentar a los terneros y demás tareas; tengo la ayuda de mis hijas y de tres empleados varones y tres mujeres. Pero no siempre estamos todos juntos trabajando, nos vamos rotando para que todos puedan descansar durante la semana”, contó Graciela, y destacó: “En la fosa somos tres o cuatro personas las que ordeñamos unas 250 vacas. Se trabaja todos los días, hasta los feriados como Navidad y Año Nuevo. Por eso vamos turnándonos para que cada uno pueda tomarse los francos. Aunque yo nunca me tomo descanso”.

 

A la última frase de la mujer de 42 años, su hija Carolina de 24 años agregó: “Mi mamá no descansa. Siempre está trabajando y pendiente del campo. Nosotras tratamos de ayudarla, pero creo que ninguna mujer se compara con ella, tiene mucha fuerza física y de voluntad”. Graciela se casó dos veces. Con el primer esposo tuvo dos hijas: Carolina de 24 años y Evelin de 23. Y, con la segunda pareja tuvo a Romina de 12, Melina de 11, Delfina de 9 y Elías de 5. La mujer que hoy lleva adelante el tambo de los Wernli explicó: “Ninguno de mis esposos se dedica plenamente al campo. Edgardo, mi primer esposo, era policía y murió hace unos seis años en un accidente de tránsito. Mientras que Walter, mi segundo esposo, se dedica a entrenar caballos. Así que soy yo quien está a cargo del campo porque mis padres ya están grandes para trabajar, ellos están jubilados”.

 

Graciela les enseñó a sus cinco hijas mujeres, al varón aún no porque es muy chiquito, todo lo que sabe de la vida rural y ellas pueden asegurar que trabajar en el campo tiene sus beneficios: “Está buenísimo que cuando tenés 8 o 9 años te enseñen a manejar tractores o camionetas, a alimentar a los terneros, a andar a caballo, a ordeñar vacas y a hacer trabajos de fuerza. Porque de esta manera, cuando uno es más grande, todo le resulta más fácil y nada le implica un riesgo u obstáculo”, señaló Carolina, a lo que adhirió su hermana Evelin.

 

Las más pequeñas de las hijas de Graciela es Delfina, con 9 años, quien según explicó su madre colabora con entusiasmo y trabaja en la medida de sus posibilidades: “Me gusta darle de comer y beber a los terneros”, apuntó la pequeña mientras correteaba descalza por el campo.

 

Todas las hijas de Graciela ayudan en el tambo que lleva adelante su madre. Ninguna se queja, al contrario, muestran gran predisposición por aprender sobre las tareas rurales. “Mis dos hijas mayores combinan sus estudios universitarios con el trabajo en el tambo al igual que mis hijas más chicas, que van a la escuela Primaria o Secundaria en Viale y luego también colaboran con las tareas del campo”, relató Graciela, y afirmó que en su campo la mayoría son mujeres: “Yo con mis hijas somos seis mujeres más las empleadas en total somos nueve. Así que se puede decir que superamos a los hombres en este campo que solo son cuatro: tres empleados en el tambo y uno que conduce un tractor”.

 

Respecto del trabajo de la mujer en el campo, Graciela detalló que lo ve como algo natural y normal pero que a su alrededor no es así. “Las mujeres que veo trabajando en otros campos tienen tareas secundarias y son los hombres quienes llevan adelante el campo. Es muy diferente a como lo veo acá, en donde abundan las mujeres y todos trabajamos por igual”, señaló, y continuó: “Tal vez haya en algún campo una mujer que tenga tareas primarias y haga trabajos de fuerza, aunque no conozco por acá cerca, las que conozco generalmente trabajan un poco en el tambo y luego se dedican a las tareas de limpieza que son las que los hombres no hacen. Además hay una tarea que hago y que no conozco a ninguna mujer que la haga, se trata de hacer inseminación artificial en las vacas para que tengan crías”. A lo que Carolina adhirió: “Se aprende mucho del trabajo en el campo. Te hace fuerte como mujer y se aprende a no subestimar a las personas por el género. Todos somos iguales y cualquiera puede llevar adelante el trabajo que desee siempre que quiera”.

 

Mujeres, el 20% de la fuerza laboral

 

De acuerdo con el estudio El estado mundial de la agricultura y la alimentación 2013-2014 de la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés), las mujeres representan el 20% de la fuerza laboral en el campo en los países de Latinoamérica.

 

Además, el informe agrega que las mujeres aportan contribuciones esenciales a la economía rural de todas las regiones de los países en desarrollo en calidad de agricultoras, trabajadoras y empresarias. Sin embargo, hay una constante que se repite de manera sorprendente y uniforme en todos los países de Latinoamérica y es que las mujeres tienen menor acceso que los hombres a los activos, insumos y servicios, así como a menores oportunidades de empleo rural.

 

En el agro el trabajo de las mujeres parece invisible

 

La ingeniera agrónoma María Cristina Biaggi asegura en su estudio Situación actual y política para la equidad de género en áreas rurales que estas labores son un “trabajo invisible” para las mujeres ya que no es reconocido como tal por el hombre.

 

Y señala que es necesario destacar el papel de la mujer en el campo, como por ejemplo el de Agustina López de Osornio, la madre de Juan Manuel de Rosas, quien fue una de las mujeres que se ocupó personalmente de la hacienda en tiempos en los que eran los hombres quienes solían llevar a cabo estas tareas. “En general las mujeres estaban abocadas a tareas más hogareñas, aunque hubo varias que tuvieron a cargo las estancias familiares, sobre todo si las tierras provenían de sus familias y no de las de sus maridos”, explica Biaggi y esta cita concuerda con la experiencia de vida de Graciela Wernli.

 

El estudio advierte: “La mujer en el campo hoy hace de todo, no tiene reservada una tarea como exclusiva sino que se ocupa de muchas cosas: de administrar la producción, de los chicos, de la casa, de ir y venir al pueblo o la ciudad para hacer trámites”, detalla la ingeniera agrónoma y agrega que el lugar de una mujer en el campo es “invisible y es igual al de una mujer de la ciudad que se ocupa de los chicos y trabajar, aunque la mujer que vive en el campo no le hace asco a nada”.

 

Tal vez lo que sucede en el mundo del polvo sirva para ilustrar una situación que requiere de tiempo y de reivindicaciones sociales para equilibrar la balanza laboral. Es necesario demostrar que el trabajo rural también lo hacen mujeres y está popularizado como una práctica únicamente masculina. Hay que brindar para que las mujeres en el ámbito rural no permanezcan “invisibles” y se empiecen a notar. 

Comentarios