Teatro
Viernes 18 de Agosto de 2017

Una obra esencial que el público de Paraná ansiaba

en el Teatro 3 de febrero. A sala llena, el martes tuvo lugar la segunda función de "M'hijo el dotor", clásico escrito por Florencio Sánchez, dirigido por Mario Martínez. Una necesaria vuelta a los orígenes del teatro nacional

Un Teatro 3 de Febrero rebosante de público es algo que pocas veces acontece cuando de propuestas locales se trata. Este martes, el productor y director Mario Martínez consiguió repetir este fenómeno en forma consecutiva con la segunda función de M'hijo el dotor, clásico del teatro rioplatense, escrito en 1903 por Florencio Sánchez.
Se trata de una obra fundacional del denominado teatro nacional, que sin embargo es muy poco representada en salas del país. Probablemente, sea ese uno de los motivos por los que el público paranaense volvió a colmar el coliseo local; el otro motivo, un elenco de valía y un director de holgada trayectoria que –otra vez– satisfizo las expectativas de un auditorio sediento de teatro clásico, como ya lo hizo hace algunos años con La casa de Bernarda Alba y Doña Rosita, la soltera.
La puesta, que apeló al minimalismo en su máxima expresión –a excepción del vestuario, que sirvió para marcar el contexto de época–, dejó en manos de los actores la responsabilidad de sumergir al público en la historia. Y bien lo consiguieron.
La obra resume la historia del criollo que, luego de recorrer otras etapas de su ascenso, completa su laborioso recorrido cuando su hijo ingresa a la universidad. Julio –a quien de niño llamaban Robustiano– estudia Medicina en Buenos Aires, es un buen alumno, pero le falta bastante para ser doctor. En la ciudad, ha desarrollado ideas modernas, muy diferentes de las de su padre, con quien se pelea durante las vacaciones veraniegas. Julio lo trata de una manera amistosa, fuma, lo apabulla con sus conocimientos y le da consejos.
Olegario –que tiene una concepción tradicional de la familia y de la vida– no soporta este cuestionamiento de su autoridad paterna, quiere domarlo y, en un momento de ira, lo golpea con su rebenque, hecho que termina de definir los límites entre virtud y vicio, campo y ciudad, tradición y modernidad. Dos morales encarnadas en un padre y su hijo.
En esta versión son destacables las actuaciones de los jóvenes Ignacio Brasesco y Celina Zamero, quienes encarnaron a Julio y Jesusa, el "doctorcito" y la criada/ahijada de Don Olegario, el padre de familia, rol exquisitamente interpretado por Saúl Cuello.
Inés Ghiggi (Mariquita), Pablo Franco (Don Eloy), Norma Santini (Misia Adelaida), Virginia Rodríguez (Sara) y Liza Ormachea (Mama Rita) completaron un elenco magnífico, donde cada personaje cosechó sus momentos de aclamación.
Martínez logró adaptar en la puesta esta historia que, si bien es simple en la superficie, está cargada de aristas que subyacen en el texto. Más allá de los descollantes diálogos escritos por Sánchez a principios del siglo XX, en esta versión se apeló a otros recursos teatrales que resaltaron –y resumieron– a la perfección las intenciones del dramaturgo uruguayo.
Solo un detalle salpicó –por momentos– la impecable función: el público se mostró presto a ir comentando lo que iba aconteciendo sobre las tablas, tapando tramos de diálogos importantes, y los actores no supieron salvar ese inconveniente.
Más allá de ese detalle, el espectáculo fue un magistral despliegue actoral de casi una hora y media, producto de un notable trabajo con acento en la dirección artística. Cada personaje fue presentado con sus matices y singularidades en el marco de una historia revalorizada y revitalizada, de esas que también necesita el teatro de Paraná.

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