Yo Cuento
Domingo 24 de Septiembre de 2017

La curiosidad habría matado al loro

Por L.S.A



Despertó exaltado y miró la hora: 4:42 am. Otra vez había tenido una de esas pesadillas que puestas en palabras parecen nimias, pero soñadas son la encarnación de terrores insondables. Esta vez, soñó que estaba solo en un pastizal apenas iluminado por un cielo de nubarrones púrpura. De pronto, la hierba comenzó a moverse suavemente, peinada por una brisa tibia que agoraba la inminencia del diablo.


Ese tipo de sueño era moneda corriente desde hacía tres noches, cuando ocurrió el incidente. El día del hecho, había viajado a un pueblo del norte entrerriano para visitar a un viejo amigo del colegio que nunca quiso dejar su pago. A la noche, se reunieron en la casa de la madre del anfitrión junto con otros ex compañeros. La velada comenzó a eso de las ocho, entre preparativos para el asado, copas de vermut y recuerdos de antiguas novias del secundario.


Ya entrada la madrugada, cuando descorcharon la última botella de vino y no quedaba más que huesos y restos de grasa en los platos, al anfitrión -apodado Loro- se le escapó como al pasar que en el fondo del ropero de su madre -que había muerto hacía dos meses- encontró libros de ocultismo que no se animó a abrir. El relato estimuló a más no poder la curiosidad de los invitados y, ante la insistencia, Loro buscó los libros para acomodarlos temerosamente sobre la mesa. Dos de ellos tenían cubiertas forradas en cuero negro con un pentagrama impreso en plateado; el otro tenía tapas de madera lustrada con la figura pintada en dorado. Ninguno de los presentes se atrevía a tocarlos, así que Juano decidió romper el hielo: tomó el libro de tapas de madera, lo abrió en una página al azar y -ante la miradas perplejas de sus compañeros- comenzó a leer en silencio. Apenas ojeó un par de frases cuando el perro de la vecina comenzó a aullar lastimeramente. Y así, de a uno, como en efecto dominó, los perros de toda la cuadra fueron formando un coro espeluznante.


"¡Cerrá eso ya!", gritó, asustado, Loro. Todos lo miraron burlonamente: "No te cagués, culito, si te gusta la compota", lanzó el Gordo Pérez, y los otros le festejaron la ocurrencia con carcajadas de mamados. Pasaron los minutos, terminaron la botella de vino y se rieron de lo ocurrido por un buen rato; menos Loro, que tenía una mezcla de susto y vergüenza. Tampoco Juano se rió; al parecer, ninguno notó que los aullidos cesaron cuando cerró el libro.


Cerca de las cuatro de la mañana, el grupo se disipó y Juano se quedó a dormir en lo de Loro. Esa noche soñó con una vela cuya llama se encendía y apagaba sola. En una de esas intermitencias de luz, alcanzó a ver a un perro que gruñía cerca de su cara. Inmediatamente se despertó, transpirado y agitado. Era temprano, el cielo apenas clareaba esa mañana de verano. Fue hasta la galería del patio, donde aún estaba la mesa con los restos del asado, y encontró a su amigo mateando.



–Che, Loro, perdoná por lo de anoche.

–Tomá un amargo.

–Dale... En serio, ¿no sabías que tu vieja hacía magia negra?

–No eran de mi vieja los libros; eran del viejo. ¿Te acordás que se mató cuando yo tenía 8 o 9 años? Mamá decía que a veces lo veía, colgando de la soga en aquella higuera que ves allá. Y que la miraba sonriente... como si fuera el mismísimo diablo.


Juano sorbió el mate en silencio y no se habló más sobre el tema. Al mediodía juntó sus cosas, se despidió de Loro y emprendió el viaje de regreso a Paraná. Esa noche tuvo otro sueño: una higuera de hojas negras, a pleno sol del mediodía. Y una soga anudada en una de sus ramas, anunciando la venida del diablo.


Los días pasaban raudos, y cada noche traía una nueva pesadilla. A la tarde siguiente del sueño de la brisa en el pastizal, su mujer, que había vuelto del supermercado, le pidió a Juano que le ayude a bajar las bolsas del auto. Casi le dio un soponcio cuando vio el libro de tapas de madera asomando debajo de la rueda de auxilio. Disimulando el susto, y sin que su esposa lo vea, escondió el tomo entre las bolsas, decidido a deshacerse del ejemplar siniestro, como -de acuerdo a la sospecha que le inspiraba la lógica- Loro lo hizo previamente. Esa noche, fue hasta un descampado, prendió una fogata y allí arrojó el libro. Las llamas se consumieron, pero el tomo siguió intacto.


No hay palabras para describir el terror que se apoderó de Juano, que se subió al auto y, como pudo, aceleró en dirección a su casa. Esa noche, y muchas otras, soñaría con llamas, pentagramas, risas demoníacas, perros aulladores, horcas, higueras y libros que jamás debería haber abierto. Soñaría con Loro caminando hacia el pastizal y con sus despojos en una tumba solitaria.



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