Yo Cuento
Domingo 25 de Junio de 2017

El Engañado

Juan Carlos era un hombre de 50 años que se había dado el lujo de ser honesto hasta hacía casi 10 años. Había tenido tres hijos hermosos y una esposa que lo había querido con devoción.
Sin embargo, él era demasiado romántico y también falto de aceptación. Un mix difícil que hacía que tuviera siempre los ojos puestos en la otra orilla.
Fue así que su visión romántica del mundo en libertad, terminó absorbiendo lo que quedaba del amor que sentía por su mujer, y el simple afecto no fue suficiente para contenerlo.
A los 48 años se divorció. Deseaba que la ciudad lo observara fornido y pudiente. Que aquellas chiquillas jóvenes que solo desde hacía unos años descubrían el sexo, lo piropearan al pasar. Que las cincuentonas lo observaran con abrumación y envidia porque él se había podido escapar de una trampa maléfica que volvía a los hombres, seres esclavizados.
Juan Carlos era médico. No había hecho demasiado dinero, pero le alcanzaba para cambiar el auto todos los años y dos propiedades que habían sido de sus padres, le permitían sustentarse holgadamente.
Hay que admitir que la cacería fue realizada con absoluta maestría: con sigilo, para que la chusma ciudad no lo tildara de viejo degenerado, y con tenacidad y olfato, para encontrar a la persona que estuviera dispuesta a aceptar aquel canje perverso, que en las contorsiones de su mente él había tildado de "amor".
Su novia era una apuesta jovencita de 20 años recién cumplidos. El día que Juan Carlos la había invitado a cenar, ello le había causado risa. La comida estaba exquisita y no había tenido que poner un peso. Este hombre era casi como un tío lejano que le venía a regalar un montón de cosas, solo reclamando su atención y su tiempo.
El factor social en contra de lo que podría suponerse no fue un impedimento para el florecimiento de aquel amor, sino que lo potenció: para él, estar en el centro de las conversaciones era fascinante y para ella, la provocación de las viejas del barrio y el asombro de sus amigas, era realmente agradable.
Así nació (a grandes rasgos) esta relación.
A medida que pasaba el tiempo Florencia, la joven, se daba cuenta que tenía una juventud que no podía perder. Él por su parte, se empecinaba más y más en conservar su amor.
Un día como todos, Juan Carlos se levantó y fue a casa de su amada. El día estaba soleado, las nubes se habían apartado del cielo y el clima estaba apto para pasar una hermosa velada.
Llegó en un abrir y cerrar de ojos. Las ventanas estaban cerradas. Juan Carlos, accionó el picaporte pero no pudo pasar, porque la puerta estaba trancada.
Estuvo merodeando por la casa pero nadie le abría, sacó su celular y decidió llamarla, pero el teléfono de ella le daba apagado. Acercó el oído a la puerta y escuchó murmullos. Espantado dudó entre seguir golpeando o irse. Pues sabía que si se daba por enterado de lo que ocurría detrás, tendría la obligación de actuar. De pelear, de indignarse, de chillar contra la verdad de las cosas. Por otro lado, pensó que tal vez podría irse y simplemente dejar que la resignación y la tristeza le masticaran el corazón, silenciosamente.
No tenía las agallas suficientes para tomar todo aquello con valor para cerrar la puerta de su relación con ella, así que comenzó a patear y a gritar contra la casa.
Estuvo un largo rato gritando, mientras los vecinos pasaban tratando de averiguar de qué se trataba.
La puerta no se abría. Los padres de la chica que vivían al lado, salieron al escuchar los quejidos de su yerno. Le pidieron amablemente que se retirara.
Juan Carlos seguía sin embargo amenazándola a través de la puerta y les advirtió que si no la abrían, la terminaría derribando.
Ante eso, la chica le abrió tímidamente. Nuestro hombre la apartó bruscamente para entrar y mirar quién estaba adentro, mientras sus suegros lo sostenían para que desistiera.
Debajo de la cama, había un jovenzuelo de unos 22 años que lo miraba sonriendo.
El doctor amenazó con levantar la cama y arrojársela y, ante esto, el chico se apresuró a salir de allí. Miró por la ventana que daba a la calle y quedó espantado por lo que pasaba afuera. Juan Carlos le decía una y otra vez que era un pendejo y le arrojó un golpe de puño, que el otro decidió devolver, derribándolo al suelo.
El joven se fue sin más, mientras la chica lloraba y sus padres la consolaban asustados.
Juan Carlos se levantó y pensó en correr al joven, pero en vez de eso, decidió permanecer acostado y simular un ataque al corazón.
Todo el mundo miraba atónito mientras él se sentía vencido. El día soleado y tranquilo le era ahora tan indiferente como la llegada de la primavera a una anciana que apenas puede moverse.

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