Yo Cuento
Domingo 20 de Agosto de 2017

Don't look back

Yo Cuento es un espacio que Diario UNO de Entre Ríos ofrece a sus lectores radicados en la provincia, para que puedan publicar sus cuentos o relatos originales.

1
La mujer sin nombre solamente giró su rostro. Ni siquiera alcanzó a torcer su cuerpo. En un mismo instante muchas cosas sucedieron. Oyó a sus hijas, también sin nombre, que la llamaban. Sus ojos y su boca se desfiguraron por el instante eterno de lo que alcanzó a ver en el valle. A un mismo tiempo pudo observar el paisaje entero, cómo de las nubes chorreaba lava, cómo caían pequeñas gotas de brasas, cómo el hedor del azufre serpenteaba en el aire fétido y tibio. La tierra se rasgaba y las columnas de fuego también ascendían, y los palacios se desmoronaban, y las sedas bordadas se convertían en humo. A un mismo tiempo pudo ver en detalle cómo cada cuerpo se deshilvanaba, se desgarraba, cómo todos los rostros se desencajaban en un alarido único, en un dolor incomprensible, en un abrazo secreto de la ira de Yahvé. En un mismo instante tembló, intentó llorar, quiso gritar pero en su garganta había comenzado la petrificación. Sus labios fueron de sal. Luego su cuello, sus pechos marchitos, sus manos, sus caderas, sus piernas, sus talones y, finalmente, sus ojos. En un mismo instante eterno su último pensamiento se detuvo en un por qué. No giró su rostro por curiosidad. No. Lo hizo sabiendo que en esa tierra abrasada había más recuerdos que la posibilidad de seguir viviendo junto al hombre que había preferido entregar a sus dos hijas con tal de resguardar a los ángeles que no necesitaban la ayuda de un estúpido mortal.

2
Orfeo esquivaba las espinas de los árboles del bosque de Perséfone, intentando que ninguna rama fuera a zafarse y clavar sus púas en el rostro de Eurídice, que caminaba tomada de su mano, cabizbaja. Atrás habían quedado otros paisajes infernales: la laguna Estigia, el Cocito, el río Flegefonte con sus olas de fuego, el Aqueronte que cruzaron con la ayuda de la barca de Caronte que no supo qué cobrar porque nunca había transportado a nadie en recorrido inverso y, principalmente, el Leteo, el río del olvido. A partir de ese entonces los recuerdos habían comenzado a volver a Eurídice que seguía tomada de la mano de Orfeo que solo pensaba en alcanzar la entrada del Inframundo. El perro Cerbero seguía sus pisadas de cerca pero tenía la orden de no atacar. El hombre vio la claridad de la luz de Apolo a la distancia de un vuelo de flecha pero en ese instante la oscuridad se intensificó. Eurídice se asustó y soltó la mano de su esposo. Él permaneció quieto y pensó. Sabía que no podía mirar atrás, esa había sido la condición impuesta por Hades. Suavemente comenzó a acariciar las cuerdas de su lira. La música volvió a desparramarse por las cavernas, la misma melodía que le había permitido a él, que aún estaba vivo, recorrer la patria de los muertos. Oyó los pasos de su mujer y apuró los suyos hacia la luz que brillaba cada vez más cerca. Entonces ella recordó la mordedura del áspid que la había matado, de los colmillos hundiéndose en su carne mientras huía del hombre que quería violarla. "¿Dónde había estado, en ese momento, este hombre que acababa de recorrer el Tártaro por ella?" se preguntaba. Sus pasos fueron volviéndose lentos mientras veía cómo la silueta de él se recortaba contra la luz del sol. Con un pie afuera Orfeo volvió su rostro para ver si Eurídice lo seguía. No pudo soportar la espera de sus pisadas lentas. Hades, desde su palacio, sonrió y en un torbellino que fue mordida la mujer volvió a la profundidad de la muerte.
3
"No mires hacia atrás" le había dicho el psicólogo a Patricia. Hacía más de un año que semanalmente acudía a las sesiones que la ayudaban a superar su divorcio. Ella automáticamente había pensado en las historias de la mujer de Lot y en Orfeo y Eurídice. Su enciclopedia mental no le daba descanso ni siquiera en los momentos de psicoanálisis. En los mitos los dioses les habían prohibido a los mortales el mirar atrás; ellos desobedecieron y la muerte fue la consecuencia. La metáfora estaba a la orden del día. Patricia había hecho lo posible para olvidar a Germán: lo había eliminado de sus redes sociales, había limitado las posibilidades de encuentros, hasta lo había recortado de todas las fotografías impresas de momentos que habían compartido. Sin embargo seguía pensando en él, seguía soñando con él. "Es hasta que aparezca alguien nuevo" le había dicho Estela. "Un clavo saca a otro clavo" había agregado Mónica. Pero nadie nuevo había aparecido. El clavo seguía firme. "No mires hacia atrás" resonaron las palabras del psicólogo y como si se tratara de un momento de iluminación, de entendimiento trascendental, Patricia pensó en la idealización de las caricias del pasado, en que su cuerpo se volvería de sal o que seguiría esperando que un muerto saliera al sol si seguía con su rostro vuelto hacia el recuerdo que nunca es tan perfecto como en los momentos de desesperación. Entonces corrió, cantó, bailó, aulló y, finalmente, sonrió.

Por Ferni Kosiak


YO CUENTO: Yo Cuento es un espacio que Diario UNO de Entre Ríos ofrece a sus lectores radicados en la provincia, para que puedan publicar sus cuentos o relatos originales. Los textos deben tener una extensión de entre 700 y 1.200 palabras. Deben ser enviados al correo electrónico lactis@uno.com.ar, adjuntando una copia del DNI (obligatorio) y número de teléfono. Lectores, ¡a escribir!

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