A Fondo
Viernes 30 de Enero de 2015

Envenenada

Estela Lemes, la maestra que sufre en su cuerpo el impacto del mal uso de los productos químicos para el campo.

Marcelo Comas/ De la Redacción de UNO

mcomas@uno.com.ar

Ella presentía en lo más íntimo de su ser que los agroquímicos ya habían hecho estragos en su cuerpo, diseminándose a través de su torrente sanguíneo. Pero no lo supo con certeza hasta que tuvo en sus manos los análisis que así lo certificaban. Estela Lemes no es una maestra cualquiera dentro de la geografía entrerriana.

 

Fue la primera en denunciar penalmente un caso de fumigación con productos químicos contra una escuela rural, en el mismo momento que alumnos y docentes preparaban los festejos del día de la primavera en horario de clases. En el patio de la entidad -la número 66 Bartolito Mitre- junto a la docente también correteaban sus hijos, cuando un “mosquito” comenzó a rociar un líquido que favorecido por la dirección del viento llegó hasta las narices de la institución.

 

Esto sucedió en 2012, pero previamente el pequeño establecimiento educativo ubicado en Costa Uruguay Sur, en el Departamento Gualeguaychú, había sido víctima de aspersiones en 2010 (con una avioneta) y 2011 (con máquinas terrestres tipo mosquito). Preocupada por su estado de salud y el de sus alumnos, recurrió a organismos ambientales provinciales, a la Policía, hasta tocó las puertas de la Justicia, pero hasta ahora nadie le brindó respuestas.

 

Hace pocos días UNO confirmó en conversación con la maestra lo que ella ya temía. Está envenenada con agrotóxicos, en su caso el poderoso insecticida clorpirifos etil, que se utiliza para controlar la plaga de insectos. Lo que más llamó la atención a este cronista fue la tranquilidad con que la profesora recibió la noticia, sabiendo que lo que estaba en riesgo era su propia salud. La mujer estaba más interesada en que se intensificaran los controles para evitar nuevas fumigaciones, que en averiguar el impacto que pudiera producir la contaminación en su organismo. El médico clínico Roberto Lescano, integrante de la Campaña Paren de Fumigar y de otros movimientos ambientales, fue el que brindó los primeros indicios del perjuicio que habían causado los agrotóxicos en la humanidad de la docente. De entrada no dejó dudas: “El veneno queda fijado, no se va más”. El producto –según explicó el especialista-provoca trastornos que llevan a tener dificultades en los miembros inferiores, además de fuertes dolores, aunque varía según el organismo y la edad.

Tanta fue la repercusión del caso que varias voces se alzaron para repudiar una práctica que se repite de manera interminable, y que sigue matando a miles de entrerrianos en forma silenciosa. Si los mismos que se solidarizaron con su historia fueran capaces de unir fuerzas para que finalmente se logre una ley de agrotóxicos acorde a estos tiempos, ya no habría que lamentar que la población se siga enfermando, resignando el derecho básico a la salud. ¿Qué otra prueba se necesita para demostrar que el 80% de las escuelas ubicadas en zonas rurales son fumigadas? Basta con recoger testimonios en comunidades educativas entrerrianas de tierra adentro para saber que los gurises tienen internalizada las secuelas que produce la fumigación. Muchos de ellos conviven con alergias, un problema que se repite cada vez que se vuelve a pulverizar. Dicho de otra forma, es cambiar la salud por la ganancia económica para unos pocos. Los análisis realizados a Estela Lemes son una muestra de eso.

“¿Cuándo empezó esto? Que yo recuerde, fue hace unos cuatro o cinco años atrás. Antes no teníamos este problema. En una época toda esta zona, que está a unos 15 kilómetros del centro de Gualeguaychú, estaba dedicada a la ganadería. Hoy todo es siembra de soja”, cuenta la maestra y directora en el libro Envenenados, del escritor y periodista Patricio Eleisegui. Hoy, cuando todavía muchos se empecinan en mirar para el costado, Estela sigue peleando por su vida, por la de sus hijos y de sus alumnos de la escuela Bartolito. Literalmente le puso el cuerpo a una causa, se transformó en insignia del reclamo, pero sabe que la pelea de fondo todavía no termina.

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