A Fondo
Miércoles 21 de Octubre de 2015

Enigmas de Machu Pichu

Es uno de los lugares ícono para amantes de la arqueología, aficionados, turismo de aventura y los destinos exóticos

Gustavo Fernández / Especial para UNO 
editor@uno.com.ar



¿Qué hace tan especial a esta ciudadela que los incas levantaron en un inaccesible monte próximo a la selva amazónica?

Transcurrido más de un siglo desde su descubrimiento “oficial” (por el norteamericano Hiram Bigham en 1911, si bien algunos exploradores ya habían dejado constancia de esas “extrañas ruinas” en décadas anteriores) y pese a concitar miles de visitantes todos los años –que están deteriorando algunas edificaciones al extremo que el gobierno peruano, desde este año, ha decidido reducir drásticamente el número de turistas autorizados- es fácil constatar que la ciudadela “descubierta” es apenas el 20% del total que falta aún por descubrir. El año pasado hemos ascendido al Huayna Picchu (el monte elevado que siempre aparece en las fotografías como telón de fondo del sitio inca, y al que solo accede un número reducido de aventureros por el gran esfuerzo físico y riesgo que demanda) y desde allí es fácil observar cómo en las laderas cubiertas de cerrada vegetación aparecen aquí y allá muros, paredes, terrazas, que indican que la zona está cubierta por construcciones en un área impresionante ante la cual aún no hay recursos –humanos y económicos- para explorarlo.

¿Cuáles son los principales interrogantes que el lugar nos ofrece?

“La brújula del inca”, una piedra que se encuentra en el altar mayor de Machu Picchu reproduce exactamente la forma romboidal de la Cruz del Sur, y cuyo “brazo” más largo se encuentra orientado de exacta manera magnética en el eje Norte – Sur. Y si bien en el cielo el eje mayor de la Cruz del Sur no se orienta así, la misma de todos modos es perfecta para usarla de brújula.

No se conformaron con encajar piedra contra piedra de una forma ya legendaria, sino que le dieron curvas, mínimos ángulos de encastre, casi jugaron con las rocas como si estas hubieran sido ablandadas por acción de algún agente desconocido y moldeadas como arcilla para luego solidificarlas, pulidas hasta que al pasar sobre ellas la mano parezcan mármol.

No les bastó con hacer fuentes de agua que siglos después siguen funcionando perfectamente. En una de ellas, conocedores de aspectos casi esotéricos de la hidrodinámica, lograron que al pasar la mano por una de las aristas de esta fuente, donde el chorro de agua “salta” por efecto de la inercia y la gravedad al centro de la misma, deje de hacerlo y se disipe contra el muro para volver a “saltar cuando se acaricia, casi como si fuera un “Touch screen” su superficie…

El “Mausoleo del Inca”, que de mausoleo no tiene más que el nombre, tiene una geometría casi enloquecedora, colgando la construcción de piedra prácticamente en el aire…en una zona donde los frecuentes terremotos pueden tumbar modernos edificios de pueblos cercanos pero ni siquiera agrietaron este lugar.

La misma razón de su existir. Aún no se sabe para qué fue construida. Bigahm creyó que era la mítica “Vilcabamba”, último reducto inca en la selva. La –aparentemente- verdadera Vilcabamba fue descubierta en los 60. De Machu Picchu se ha dicho que era residencia de las “Vírgenes del Sol”, palacio de veraneo del Inca, avanzada militar que protegía al imperio, el Tawantinsuyo, del peligro de los “mojocoyas” y otras etnias belicosas de la selva… todas hipótesis. Lo único cierto es que como al presente no se le ha descubierto cementerio, ello señalaría que no se trataba de un lugar de habitación permanente. Pero nada dice cuál era su razón de ser. De hecho, no conocemos siquiera su nombre: Machu Picchu es el nombre de la montaña sobre la que se recuesta (“Montaña Vieja”) como Huayna Picchu (“Montaña Joven”) la que está elevada a su lado, pero nada nos dice de cómo era conocido por sus fundadores u ocupantes.

Lo que sí se ha podido determinar es que, comparada con otras ciudades incas, es relativamente tardía: alrededor del año 1450 de nuestra Era. Es interesante recordar aquí que –en contra de la difundida (y equivocada) opinión popular- la incaica fue una cultura muy breve: Pachacutec unifica las etnias y se transforma en el primer Inca en 1925, y en 1516 Pizarro invade y lleva al imperio a su fin. Noventa años. Eso lo hace todo aún más increíble: tantos esfuerzos, centenares de kilómetros del llamado “Valle de los Incas” aterrazados para cultivos, Q’osqo (Cuzco), Machu Picchu, Vilcabamba, Espíritu Pampa, Ollantaytambo, Pisaj,  Moray y tantos otros fueron levantados de la nada en menos de un siglo…

Sin embargo, hay también muchas evidencias que señalan que los incas no hicieron todo desde la nada. Se apoyaron en el trabajo de muchas etnias anteriores (como los huari y los aymaras) a las que sucedieron o absorbieron. Y algunos estudiosos –entre los cuales me incluyo- señalan que hay dispersas evidencias de que, en un remoto pasado, sus antecesores aprendieron posiblemente tecnología extraterrestre o de alguna poderosa y desconocida civilización perdida.  Quien camina entre las ruinas con ojo avizor advierte cómo se superponen, claramente, distintos “horizontes culturales”; técnicas de construcción que se complementan o se confunden, donde junto a muros de “pircas” (piedras de mediano tamaño, irregulares, apiladas a mano) se ubican gigantescos bloques megalíticos perfectamente tallados y ensamblados. Y una enorme capacidad científica: cuando los terremotos –como ya dijera- asuelan toda América y devastan ciudades, las construcciones incas permanecen sin menoscabo. ¿Por qué? Porque ellos conocían dos “secretos antisísmicos”: las paredes deben tener una inclinación de 13º para serlo (si se observan los muros incaicos, se ve que se inclinan hacia delante, precisamente, en ese ángulo) y en las zanjas de los cimientos, antes de comenzar a levantar paredes cubrían el suelo con “shicras”, bolsas tejidas de fibra vegetal y rellenas de piedras sueltas que en caso de sismo actúan como “rodamientos” permitiendo un movimiento de los muros sin quebrarse…
 

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