La Provincia
Domingo 15 de Noviembre de 2015

Encendidos recuerdos de la fábrica de fósforos de Paraná

Jorge Schneider fue director de la empresa de capitales extranjeros hasta su cierre en 1986. Considerada uno de los establecimientos fabriles más importantes de la ciudad, hoy se proyecta un moderno y pujante shopping  

Lucila Tosolino/De la Redacción de UNO
ltosolino@uno.com.ar

Ochenta y seis años, ocho meses y 11 días. Esa es la edad que asegura tener Jorge Schneider cuando UNO le pregunta sobre el tiempo que lleva de vida. De joven empezó a trabajar en la administración de la fábrica de fósforos de Paraná, luego ascendió a la dirección de la empresa hasta su cierre. Conoció de cerca el brillo y ocaso del establecimiento, y aún perdura en su mente el olor a cera y cuida en su casa las cajitas que guardaron eso tan pequeño y útil que puede dar calor, generar luz o encender todo lo que se quiera.
Cerca de las 10, Jorge espera atento en la puerta de su casa en avenida Zanni. Es de estatura media, luce arrugas profundas en su rostro blanco y de labios finos. Su poco pelo canoso acompaña un par de ojos del mismo color del mar, son alegres e invictos. El hombre, que viste prolijamente, conduce al fotógrafo y la periodista al interior de su hogar. Una vez en su living, se sienta y anticipa: “Quiero llegar vivo a los 87 años, tengo un objetivo por cumplir”. Así comienza un diálogo ameno con el exdirector de la fábrica de fósforos.
El fuego sigue intacto
La Compañía General de Fósforos fue fundada en 1905 por capitales italianos. Cuando la firma fue adquirida por empresarios suecos, en la década de 1930, la fábrica pasó a llamarse Sudamericana Sociedad Anónima. Se trata de unos 14.800 metros cuadrados esparcidos en un cuarto de la manzana de las calles Corrientes, San Lorenzo y San Juan de la capital entrerriana.
“Treinta y cuatro años, 11 meses y 15 días fueron los que trabajé en la fábrica de fósforos. Ingrese el 16 de abril de 1952 y egresé el 31 de marzo de 1986, al tiempo que cerró la empresa”, recita Jorge como si fuera un canto que sabe de memoria y continúa su relato con mucho orgullo: “Desde sus comienzos, la compañía de fósforos fue creciendo y abriendo fábricas en otras provincias del país. Además de la que ya estaba en Avellaneda, Buenos Aires, hicieron una en Paraná y luego vino la de Córdoba, Tucumán, Mendoza y Santa Fe. Durante todo este período se producían numerosos ascensos de personal y en 100 años de historia fui la única persona que empecé a trabajar como un simple empleado y terminé como director de fábrica”.
En el seno de una familia humilde, Jorge nació en Villa Crespo, hoy ciudad de Crespo. Vivió con su mamá, papá, dos hermanos varones y dos mujeres, y de jovencito se trasladó a Paraná a una pensión y para estudiar. “Me vine a estudiar en 1944 para hacer el Secundario en el colegio Nacional. Cuando me recibí, fui a la Facultad de Ingeniería Química en Santa Fe, pero no me conformó la carrera. Justo ahí, fue cuando vi un aviso de trabajo en un diario”.
El anuncio solicitaba personal administrativo para la fábrica de fósforos. Jorge no dudó en presentarse, tenía 23 años y experiencia laboral que había adquirido en una empresa de Villa Crespo. “Durante tres meses de verano trabajé en una empresa de mi ciudad natal. Estaba en el área de administración y aprendí mucho, así que sabía de qué se trataba el trabajo”, cuenta el hombre, y agrega que tardaron varias semanas en llamarlo para una entrevista. “Como las referencias que me pidieron eran tan buenas, el director de la fábrica desconfiaba. Así que un día, el dueño de la pensión en que vivía llamó a la empresa e insistió tanto, que me terminaron contratando. Trabajé tres meses de prueba y pensé que me iba a echar, pero no me dijo nada y seguí yendo hasta que cerró”.
Con el tiempo, las tareas de Jorge en la empresa fueron creciendo. “Primero estaba como empleado en el área de administración, tenía que hacer muchas cosas, una de ellas era organizar las ventas para el interior de Entre Ríos y otras provincias como Corrientes y Misiones. Luego me ascendieron a jefe de personal, después subdirector de fábrica y finalmente director”.
Jorge, que tiene memoria de piedra y gran corazón, admite con humildad que cuando fue de jefe de personal y estuvo a cargo de 217 empleados nunca fue necesario recurrir a sus superiores. “El personal estaba tan compenetrado conmigo, me respetaba tanto que no había problema. Hasta el día de hoy, luego de 28 años de que haya cerrado la fábrica, hay exempleados que se encuentran con mi familia y me envían saludos”, apunta.

Cuando la llama se extingue
Durante los más de 80 años que estuvo la fábrica, los numerosos cambios sociales, económicos, políticos y tecnológicos que vivió el país -y el mundo- influyeron notablemente en el establecimiento fabril. Al respecto, Jorge relata: “Durante mi tiempo en la fábrica sucedieron una cantidad de alteraciones. Primero, la fábrica de Paraná se volvió muy importante a nivel nacional porque empezaron a cerrar las fábricas que estaban en Santa Fe, Tucumán y Córdoba. Por lo tanto, las producciones se transfirieron a nuestra ciudad y esto generó que creciera, que haya más personal y producción. Luego, aparecen las conquistas sociales que fueron trascendentes, porque cuando ingresé a la empresa se trabajaba de lunes a viernes ocho horas y media y los sábado cuatro horas y media. Después se logró trabajar 44 horas semanales de lunes a viernes, que haya un médico a nuestra disposición y que nos dieran el desayuno, almuerzo y cena dependiendo del turno en que trabajáramos”.
El exdirector enumera otras modificaciones que afectaron la producción en la empresa: “En 1930, cuando los capitales suecos vinieron a invertir, tuvimos que actualizarnos y se pasó del fósforo de cera a los famosos encendedores Criket. También nos pasó que a veces no se conseguían las materias primas y eso ocasionaba que disminuyera la calidad final del producto”.
“Además, se pasó a tener un público más amplio y se ofrecían cajitas de fósforos con diseño como autos de colección, o si no los encendedores con imágenes. Todo venía de afuera y se ensamblaban acá”, prosigue el memorioso hombre de 86 años y explica que la producción que realizaba la fábrica de fósforos en Paraná era insignificante respecto a la que hacía una empresa de José León Suárez, ya que con sus máquinas de corriente continua “nos fue desplazando y haciendo perder un lugar en el mercado que no justificaba la existencia de una fábrica de fósforos en Paraná, por lo que la empresa cerró el 18 de febrero de 1986”.
En el living de su casa, Jorge guarda innumerables recuerdos de la fábrica de fósforos y asegura que la empresa fue una parte muy importante de su vida. Inspira fuerte y con voz entrecortada agrega: “El tiempo que estuve en la empresa me sucedieron cosas gratas y no tanto. Trabajé durante muchos años y conocí sus idas y vueltas. Me queda una experiencia muy gratificante de haber trabajado mucho tiempo en una empresa, pero luego que cerró, quedé cesante, busqué trabajo en 14 empresas, pero ninguna me respondió”.
Fue así que pasaron dos años, hasta que se jubiló en marzo de 1988. “Luego de que cerró la fábrica, hasta que me salieron los papeles de la jubilación, la pasamos mal. Justo mis hijos estudiaban y el sueldo que me pagaban y aún me pagan era y es inferior al 60% de lo que debería ser. Hasta el momento no conseguí el reajuste salarial”, afirma.

El legado de una llama
El memorioso de Jorge lleva puesta una camisa bien abrochada, un pantalón perfectamente planchado y zapatos recientemente lustrados. Está impecable. Con entusiasmo muestra al fotógrafo de UNO las cajitas de fósforos y encendedores que conserva de la empresa de calles Corrientes, San Lorenzo y San Juan. Luego, el hombre se para y busca un libro tamaño oficio de tapa bordó. “Este es mi legado, y quiero dejárselo a mi familia”. Se trata de un libro que escribió luego de jubilarse a los 60 años. Es la historia de fábrica de fósforos.
“Además estoy armando un libro sobre la historia de mis antepasados, los Alemanes del Volga. Tengo tres hijos varones y cuatro nietas, así que la generación de los Schneider termina conmigo. Por eso estoy escribiendo este libro con más de 500 páginas. Son mis memorias que quiero dejarles a mis seres queridos”, cuenta Jorge mientras sujeta el ejemplar bordó y muestra una pila de anotaciones que es información sobre sus ancestros. “No es para publicar, para vender. Es para mí y mi familia”, sentenció.
Fuera de la casa de avenida Zanni el clima está inestable, loco. Un jardín con variedad de flores cuidadas le da color y alegría a la jornada. Jorge comenta que su esposa, Clara Érica Eichhorn, es quien se encarga de mantener hace 56 años el patio frontal. “Nos casamos el 14 de febrero de 1959 y vamos por más”, apunta, y agrega: “Uno con los años aprende que nadie es perfecto y que siempre necesita del otro. ¿Acaso para nacer no necesitamos de una partera? ¿O cuando nos enfermamos de un médico?”.
Centro comercial en construcción
El edificio de la fábrica de fósforos en su momento fue imponente. Con numerosos y espaciosos galpones, una gran chimenea y un tanque de agua que se elevaba en el centro del lugar vigilando a quien pasara por allí.
La empresa cerró en 1986, por un tiempo funcionó la Escuela de Educación Técnica Nº 1 “General Francisco Ramírez”, y recién ahora, 29 años después, están demoliendo casi todo para construir un shopping que tendrá más de 400 cocheras, salas de cines, supermercado e innumerables comercios de ropa, gastronomía y demás.

En la actualidad, lo que el mercado propone es que si ya no hay espacios vacíos para edificar, se los deben generar construyendo sobre lugares históricos o modificándolos. Es el caso de la fábrica de fósforos de Paraná, considerada patrimonio arquitectónico a través de la Ordenanza Nº 8.563. Por tal razón la nueva obra emplazada para levantar un centro comercial va seguir teniendo “su fachada, chimenea y tanque de agua”, según indicaron a UNO.
Desde que la fábrica cerró, su esencia se fue diluyendo. El tiempo hizo erosionar la situación edilicia del lugar y ocasionó derrumbe de algunas paredes. “El shopping viene a reconstruir, reedificar sobre lo ya construido. Hay que tener en cuenta que el centro comercial va a ser muy positivo para la ciudad, va a generar numerosos puestos de trabajo”, señala un empleado del Grupo Di Santo mientras trabaja sobre el predio de 14.800 metros cuadrados esparcidos por las calles Corrientes, San Lorenzo y San Juan.
En el lugar se ven escombros distribuidos por doquier. Algunas máquinas demoledoras acarrean ladrillos viejos y levantan polvo. Esta escena está muy lejos de lo que fue alguna vez una empresa que se dedicaba a producir algo tan pequeño y útil que puede dar calor, generar luz o encender todo lo que se quiera.

El año pasado, cuando se dio a conocer el proyecto del shopping, las opiniones de los paranaenses fueron varias. Algunos reclamaron que se convirtiera en un centro cultural, un museo o una galería de arte. Pero, según indican a UNO desde la Municipalidad, nunca se presentó algún proyecto que “aporte o enriquezca a la cultura entrerriana”.
Al respecto, Jorge asegura que le duele que estén demoliendo la exfábrica de fósforos. “No me puedo sacar la empresa de mi mente, fue una parte muy importante de mi vida a la que le dediqué más que a mi familia”, afirma y agrega: “Por problemas de salud no puedo salir de casa, pero cuando lo pueda hacer, voy a ver qué está pasando por allá”.
Desde su perspectiva, si el hombre hoy se acerca al predio puede que le duela mucho ver escombros esparcidos por doquier. “Se trata de una fábrica que se levantó en 1902 y se dedicó a hacer algo tan esencial como el fósforo. Fueron muchas personas las que lo fabricaron y le dieron calor a numerosos hogares”, finaliza el hombre, un sobreviviente de la industria que destacó a Paraná por mucho tiempo.
 

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