La Provincia
Domingo 23 de Octubre de 2016

"En materia de sexualidad, la ignorancia y tabúes continúan"

La sexóloga Laura Van Dembroucke relativiza los avances logrados en el sistema educativo y cuestiona aspectos de las nuevas formas que impone la virtualización. ¿Cómo definir hoy a una persona sexualmente sana?

Desde su diversa formación y amplia trayectoria académica, Laura Van Dembroucke –master en Sexología y Sexualidad Humana, y diplomada en Ciencias Sociales– propone una visión de la sexualidad más enriquecedora, la cual incluya lo vinculado con la emoción y el placer –sesgados por conceptos religiosos dominantes. "Hay dos cosas que construyen una sexualidad saludable: la autoestima y la asertividad", define la docente universitaria y propone "desmitificar el amor romántico".


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Las mellizas de Jubileo


—¿Dónde naciste?
—En Jubileo, a unos 40 kilómetros de San Salvador. Como no había hospital allí me fueron a tener a San Salvador. Tengo hermana melliza.


—¿Cómo era el pueblo?
—Mi mamá era directora y docente de escuela, así que vivíamos allí –con otros dos hermanos mayores además de mi hermana melliza. El patio de la escuela era nuestro patio. Era un pueblito pequeño donde había un bar que era cine, teatro, salón de actos de la escuela, se jugaba al billar y los hombres tomaban una copa. Además estaba la comisaría y la carnicería. En las vacaciones, mi hermana jugaba a ser maestra con nosotras, así que aprendimos a leer y escribir antes de ir a la escuela. Mi papá era el dueño de ese bar y era amigo de todo el mundo. Volví con mis hermanos hace poco y nos salían a recibir con mucho afecto.


—¿Hasta cuándo viviste allí?
—Hasta los 6 años, cuando nos vinimos por el esfuerzo de mis padres para que nos educáramos y tuviéramos más oportunidades.


—¿Personajes del pueblo?
—Un cura de la iglesia que estaba frente a la escuela; Ramón, un empleado de mi papá que todavía tiene el negocio; Irma, una maestra; Coco Moy tenía un almacén y actualmente está su señora, y su hija era amiguita nuestra...


—¿Cómo es la vivencia de ser melliza?
—Maravillosa. Somos muy distintas, pensamos diferente y nos queremos profundamente. Tenemos una alianza no convencional entre nosotras: me puede pasar cualquier cosa y sé que cuento de manera incondicional con ella, al igual que de mi parte.


—¿Peleas por novios?
—Nunca peleamos por un novio. No tuvimos muchos por la cuestión de los mandatos que cumplimos. En su forma de cuidarnos, nuestros padres deben habernos dicho lo de pocos novios. Tuve uno, con ese me casé y también me separé (risas), por crecimiento interno. Pude sacarme el mandato (risas). Éramos críticas absolutas y, por ejemplo, decíamos "esa ropa te queda espantosa", porque siempre nos decíamos la verdad, con amor.


—¿Les compraban todo igual?
—Sí, por una cuestión de equidad. Mi mamá distribuía todo por partes iguales. Cuando comenzamos a tener nuestra personalidad más manifiesta, cada una elegía. Yo era más chiquita de tamaño, así que me llegaba la ropa de los demás. Y me la compraban grande para que me durara. Así que nunca estaba bien vestida (risas).


—¿Antes de que se mudaran a Paraná saliste alguna vez del pueblo?
—Sí, siempre, porque mi abuelo tenía una casa acá y mis tías vivían en Paraná y veníamos. Por el lado de mi mamá, su familia vivía en San Salvador. De esa época hay recuerdos que me confundo.


—¿Cuál fue la impresión cuando fuiste ahora a Jubileo?
—Una emoción muy fuerte. Somos una familia que nos queremos mucho y esa base viene de nuestros padres, así que volver al lugar fue como encontrar su presencia muy fuerte. Fuimos a la escuela y al bar, y saludamos a la gente. Entré a la biblioteca actual –que era mi pieza. El pueblo sigue igual y no hay mucho crecimiento; la gente se va por educación y solo queda quien trabaja allí.


—¿De qué origen es el apellido?
—Belga.


—¿De qué provincia o localidad?
—Cerca de Brujas.


—¿Quiénes fueron los primeros ancestros que llegaron a la región?
—Los padres de mi papá –que se llamaba Oribe– llegaron a Uruguay. Se vino acá con otro primo, escapando de la guerra civil entre los blancos y colorados. Los primeros belgas se asentaron en Villaguay –sobre lo cual se escribió un libro.


—¿Qué relatos te llegaron sobre su tierra?
—Papá contaba que se vinieron sin nada desde allá y se juntaron con otros parientes que también venían. Lo que más recuerdo es lo que hablaba mi papá sobre su mamá –muy europeizada en su estilo– y que era una persona admirable y de vanguardia –por ser mujer y para la época. No la conocí pero mi hija se llama Lucía por ella, como símbolo de luz y potencia. Mi hijo se llama Joaquín.


—¿Pervivieron costumbres belgas?
—No sé... tenían cosas de gringos (risas), en la comida. Mi papá vivió muchos años en Buenos Aires y le gustaba el tango, y cuando la conoció a mi mamá volvió para casarse, en Jubileo.


—¿Leías?
—Aprendí a leer a los 5 años por culpa de mi hermana, jugando a la maestra (risas).


—¿Otros juegos?
—En vacaciones jugábamos al banco: mi hermano era gerente, mi hermana la que contaba la plata y nosotras íbamos de un lado a otro para que ellos jugaran. Siempre nos usaron (risas). Jugábamos bajo la lluvia patinando con la panza en la galería; mi papá nos hacía una hamaca y traía arena para que jugáramos.


—¿Qué libros fueron influyentes?
—Los más lindos eran los que nos contaba mamá –no tanto los que leíamos–, como Platero y yo. Mi planta de naranja lima lo leí en portugués –porque mi mamá estudió cuando se jubiló– y lloré todo el tiempo. Si lo leo nuevamente, volvería a llorar.


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Paraná y la educación


—¿Cómo fue mudarse a Paraná?
—Hubo una gran fiesta en el pueblo para despedirnos y mamá nos hizo ropita especial para la ocasión. Cuando nos íbamos, una persona se acercó corriendo y nos dio un azucarero, como recuerdo. Mi mamá había ganado un concurso acá. Decidieron venir por nosotros. Nuestra cabecita estaba preparada para venir porque nuestra mamá nos cultivaba y sentíamos que nuestro papá era todopoderoso. A mi mamá le gustaba estudiar y es la mujer más culta que he conocido, además de tener muy buena memoria. Mi hermano ya conocía Paraná porque –como le tocó que mi mamá fuera la maestra– lo mandó a Paraná, así que ya conocía muchas cosas y nos daba confianza. El único problema fue que estábamos en una casa compartida con tías, hasta que tuvimos la propia.


—¿Dónde vivían?
—Pasamos por varios alquileres. La primera casa en la que estuvimos estaba en calle San Luis, cerca de la escuela Moreno –donde mi mamá fue directora.


—¿Cuál es el lugar que más recordás?
—Esa casa fue importante porque fue la primera y compartida, fuimos cambiando y cada una representó una época distinta. Después nos fuimos a una casa cerca del Thompson, de puertas abiertas, donde mis amigos y compañeros de escuela siempre iban. La secundaria fue una época feliz, con mucha inconsciencia porque atravesábamos una época muy difícil como país. No sé si fue para protegernos o qué, pero no estábamos informados de lo que ocurría y vivíamos en una burbuja.


—¿Cuál fue el primer gran descubrimiento que hiciste en Paraná?
—Me costaba aprender el nombre de las calles y saber cómo ir a determinado lugar, así que tenía que hacerlo acompañada y recién comencé a soltarme en la Secundaria. Me gustaba mucho que no te embarrabas, en cambio en Jubileo cuando llovía sí (risas).



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Descubriendo un mundo


—¿Qué leías en esa época?
—Tenía una hermana que se leía todo y su vida era eso, pero con mi hermana melliza teníamos más vida social y nos gustaba reunirnos con los amigos, e ir a la playa. Las lecturas fueron las de Hermann Hesse –como El lobo estepario, Demian y Siddharta– y teníamos un amigo que nos proveía.


—¿Qué entendías de esas lecturas?
—No sé, hoy los tendría que revisar, pero me abrió a un mundo de espiritualidad, en cuanto a que hay otra cosa más allá de lo físico. Si leés eso y te gusta, es porque tenés una sensibilidad para cultivarte y desde ese lugar me reconocí siempre.


—¿Qué implicó de ahí en más?
—Tenía mucha curiosidad por la parte espiritual y una tía –española– era muy aficionada a estos temas. Cuando teníamos charlas esotéricas me decía: "¡Cómo vas a estudiar Biología o Medicina; sos para otra cosa y tenés que estar en Humanidades y Filosofía!"


—¿Por dónde continuaron las lecturas en esa línea ya de adulta?
—(Enric) Corbera, con la bioneuroemoción funda un espacio interesante para trabajar y el premio Nobel (de Física, David) Bohm –quien trabaja sobre la mente cuántica, son desafiantes en cuanto te corren hacen pensar como una vibración y energía (Ver Datos). Lograr percibirla y trabajar sobre el campo energético, es un gran viraje y un traslado a otro plano. A veces el pensamiento te condena a algo limitado.


—¿Sentías una vocación o qué imaginabas ser?
—Quería ser azafata para viajar –aunque no tenía idea sobre lo que hacían– y médica.


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La Biología, antes y ahora


—¿Qué decidiste?
—Hice el propedéutico de Medicina, aprobé pero no entré por el cupo –en la época de los militares. Mi mamá se puso muy feliz de que no ingresara porque políticamente eran momentos difíciles y quería tenerme bajo su ala. Me inscribieron acá, en Biología, para que no perdiera el año, y me encantó, al igual que la docencia –porque en el aula soy feliz y lo disfruto.


—¿Por qué Biología?
—Me apasiona pero ahora la estoy leyendo de otra manera. En ese momento la veía desde lo físico y me parecía muy importante saber cómo estamos constituidos y el funcionamiento, al igual que curar. Hoy también siento que la sanación es maravillosa, pero la estoy pensando desde la interioridad. Soy sexóloga educativa, su base ideológica me fue muy útil pero tenés que correrte de esos lugares para poder abordar la dimensión humana. La mirada que tengo hoy desde la Biología tiene mucho que ver con la biología que inventamos –de alguna forma– al vivir. Algunas cosas son dadas y otras las transformás al vivir. Es un cambio de paradigma epistemológico muy importante, ni hablar si consideramos el aporte de la mente cuántica.


—¿Cómo fue el paso de la Biología a la Sexualidad?
—Fue un crecimiento para profundizar y correrme de algunos lugares. Me recibí y comencé a dar clases de Biología a los 21 años. Me tocaba dar el tema del aparato reproductor –que ahora se les llama sistemas sexuales–, entonces estudiaba muchísimo porque mis alumnos tenían 18 años. Me hacían preguntas sobre temas que desconocía, entonces opté por los buzones para que dejaran sus inquietudes. Entonces para la próxima clase buscaba, leía y estudiaba un montón sobre los temas de sexualidad –que desconocía. Por eso me gané un espacio de respeto y había mucha motivación en las clases. Una falencia que teníamos en la carrera –no obstante que fue buena– era su dogmatismo, enciclopedismo y positivismo, no una ciencia como producto histórico y revisión de postulados para poder crecer. Por eso después la Epistemología me fascinó ya que implicó repensarme –lo cual es continuo. Fui entendiendo muchas cosas.


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De permisos y tabúes


—¿Qué inquietudes te planteaban los alumnos?
—No sé si hay tantas diferencias con las actuales, porque la ignorancia continúa. Se cree que hay mucho permiso pero el tabú está. Puede haber una práctica más liberada pero eso no significa que se sepa más. A veces las prácticas liberadas afianzan miedos, temores, violencia y agresiones. Es algo histórico. En los buzones lo que más aparecía era relacionado con los métodos preventivos, si lo hacías la primera vez y podías quedar embarazada... eran preguntas relacionadas con el acto sexual y alguna sobre la menstruación y el ciclo ovárico, de qué estaba hecho el esperma...


—¿Cómo fue tu educación o no educación sexual en lo familiar?
—Lo único que aprendí fue que el amor era importante, no porque me lo dijeran sino porque lo vivía. Mi madre no hablaba sobre estos temas sino que aprovechaba a decirnos cosas cuando pasaba alguna historia, por ejemplo una chica que se embarazó a los 16 años. Decía: "Fijate lo que le pasó a esa chica, tan buena...". Te daba el metamensaje pero directamente no. Todavía falta la buena comunicación y el dar la libertad con acompañamiento –lo cual no es fácil.


—¿Cuál es el nudo profundo de esta cuestión?
—Son mandatos doctrinarios que tienen que ver, en parte, con lo religioso, que se han trasladado como alguno natural y que debe ser así –aunque no seas practicante. También con una cuestión moralista que dista mucho de ser auténtica. Tomar el placer y la sexualidad como algo malo o pecado es la mejor forma para dominar y controlar. Es una educación para domesticar. Se naturalizaron un montón de mensajes sin más análisis que "me lo dijeron" o porque socialmente están bien vistos.


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Pablo Yulita o el maestro maravilloso


—¿Cuándo tuviste una visión profunda y más amplia sobre este tema?
—No hay nada que te enseñe más que enseñar. Cuando enseñás, la búsqueda es tan profunda, que estás en permanente descubrimiento, y no dejo de aprender. Te vas corriendo de lugares, entendés que hay una filosofía, una forma de entender el cuerpo, muchas cosas que son impuestas desde afuera y no desde tu interioridad... Recuperar la idea de la propia energía sexual, es el desafío de hoy. O sea, qué siento y cómo vivo esa energía, que no significa que se traduzca en acto sexual, sino también en arte, en creatividad, ponerla en tu trabajo y en lo que te apasiona. La pasión viene de la mano de la energía sexual y reconocerla y cultivarla, es algo que no nos han enseñado. Mi compromiso tiene que ver con un corrimiento. La sexología también está banalizada. Si bien podemos considerar que es un avance que en los medios de comunicación, por ejemplo, esté Alessandra Rampolla, también hay que considerar que lo que vende son los consejos banales de cómo usar los juguetes. Más que nada es una sexualidad genital –que vale– pero no es lo único, sino que es algo más rico.


—¿Qué autores te resultaron reveladores para cuestionarte tu propia formación? ¿Tuviste algún maestro para destacar?
—Pablo Yulita (ver Datos) fue un maestro. Ya era docente y venía leyendo a (Humberto) Maturana y a (Ilya) Prigogine (ver Datos) –que me mostraban otra forma de pensar la Biología. Igualmente (Gilles) Deleuze. Daba clases en la carrera de Psicología y usaba a Maturana como parte de la lectura. Una vez me tocó una mesa de examen en la cual estaba Yulita. Luego que tuvimos confianza, me contó que me vio llegar muy coqueta y pensó que yo no sabía. Pero cuando comenzamos a desarrollar la clase y me metí con otro abordaje de la Biología, y con Maturana, dijo (Yulita) que se acomodó y comenzó a escucharme. A partir de ahí me invitó a formar parte de un grupo de estudios en el cual estaba él –doctor en Psicología y multifacético–, un físico molecular-cuántico y yo. Tirábamos un tema y cada uno aportaba visiones, y entre todas, hacíamos un aporte. Era feliz con eso porque decía que producíamos conocimiento. Me di cuenta cuán importante fue después, porque lo que hoy se considera una novedad –por ejemplo, la bioneuroemoción y las neurociencias– en aquel núcleo ya estaba. Fue un maestro maravilloso porque me enseñó a pensar y a expandir la capacidad mental, que la potencia no tiene límites. En cuanto a los autores, dentro de la sexualidad, hay algunos específicos, como Kaplan –quien trabajó sobre la fisiología de la respuesta social humana–, ya que le agregó el deseo. Otros clásicos son Master y Johnson, y (Alfred) Kinsey.


—¿Qué desaprendiste a medida que fuiste asumiendo ese nuevo enfoque?
—¿En la vida? (risas) El mayor desaprendizaje o mayor desafío, fue perdonarme los errores. Si hay algo que tuve que trabajar en lo interno, fue disculparme a mí misma –porque había sido criada con el deber ser–; igualmente disculparme creer que sabía, por la falta de humildad respecto del conocimiento. En algún momento uno se la cree. Había aprendido mucho, podía notar alguna diferencia respecto de algunas personas, pero de ahí a posicionarte como que sabés... Hoy soy mucho más humilde en ese sentido. Estoy tratando de estar más en la esencia del ser humano, y no en el tener.

El arte de revisar en forma permanente
—¿Y más precisamente en cuanto al paradigma de conocimientos que tenías?
—Soy diplomada en Ciencias Sociales porque tuve que hacer una búsqueda para ampliar y salir del biologisismo. Comencé siendo profesora de Ciencias Naturales, hice la adscripción en Educación para la salud, lo cual me metió más en lo social, y a la par estudiaba sexualidad. También me metí en Ecología –con relación a la conducta humana–, hice la diplomatura en Ciencias Sociales para poder analizar las cosas desde otra perspectiva, hice la maestría en Sociología y Sexualidad, hice Sexología Clínica –que terminó Sexología Educativa– y hace poco hice un doctorado en Ciencias Sociales, pero lo dejé porque se alejaba mucho de mi objetivo de estudio. Mi búsqueda siempre ha sido la de nutrirme de nuevos enfoques porque la sexualidad es multidimensional, por lo que nunca podrás abarcar a todas. Pero hay que tener una noción de cada una de ellas y la forma de estudiarlas tiene que ver con eso.


—¿Cuál significó un desafío especial?
—Epistemología fue una de las cosas más desafiantes que tuve como lectura.


—¿Cómo atraviesan las Neurociencias al estudio de la sexualidad?
—Amplía mucho por el hecho de considerar que la conducta y la palabra son performativas. A partir de lo que pensás y decís, generás tu forma de vida, las experiencias pueden alterar tu material genético. Todo esto aplicado a la sexualidad genera un cambio absoluto en cuanto al abordaje. Nuestra herramienta es el lenguaje y si la sabés usar, es fantástica y puede ser sanadora. La gente está muy anclada en el pasado. Los sentidos que se dan, son en función de lo vivido, y al hacerlo, seguís viviendo el pasado. Por eso es importante darnos cuenta de los instantes y que lo que percibimos, no necesariamente es la realidad. En sexualidad es clave el reconocimiento del otro y en la medida que lo hacés, lo interpretás como unidad, entonces no vas a agredir a alguien que es parte. Cuando te considerás en unidad y en red, el entramado es tal que la comunicación es amorosa y hacia eso nos llevarían las Neurociencias, al igual que las nuevas ideas epistemológicas –que Maturana las dijo en la década del 80. Él hablaba de epigénesis (Ver Datos), cuando hoy se lo toma como una novedad. Hay que tener la humildad para decir que todo lo dicho, ha sido dicho por alguien, y que puede ser objeto de revisión, pero por el momento es lo que me resulta más válido. Otra cuestión fundamental y uno de los mayores problemas, es lo relacionado con los bloqueos, relacionados con la posibilidad de dar o negar oportunidades, bloqueando. Poder visibilizar los bloqueos, implica un potencial enorme.


—¿Te cuesta plantear en el ámbito educativo esta mirada tan abarcativa que has elaborado?
—No, al contrario. La gente que hace un curso de sexualidad va motivada por encontrar algo que les dé respuestas. A veces, se encuentran con cosas diferentes a las que buscaban, porque no las conocen. En el encuentro anterior dimos Biodanza, para poder trabajar la emoción desde el cuerpo, y desde ahí comenzamos a construir otras cosas. Pero poner el cuerpo y emocionarlo, activó cuestiones poco usuales en lo académico, sin embargo construyó enormemente más. Se formó una red donde el otro era parte tuya y esa experiencia es intransferible. Estoy buscando eso, generar un espacio de movilización y nuevas experiencias académicas, y creo que lo estamos logrando. Tengo una compañera de equipo que es espectacular, como María Celia Alasino.


—¿Nunca has trabajado en consultorio?
—No; en talleres –que es una forma de consulta.


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Internet: ¿un avance?


—¿Qué observabas en ellos como grandes cuestiones comparado con lo que acontecía, por ejemplo, hace veinte años?
—La diferencia grande que noto actualmente es el sexing, la visibilización, el sexo virtual y todo lo relacionado con Internet, todas esas formas de exposición y formas externas de vivir la sexualidad, que en el fondo es esnobismo, vivir la sexualidad para otro, y en el hombre, la idea del sexo como ganador. Se trata de esos envíos de fotografías y videos a través de celulares, con contenido de cierto nivel sexual, originado desde el protagonista, pero difundido por las redes por otras voluntades, lo cual coloca a los adolescentes –y en realidad a todos– en situación de vulnerabilidad. Se sigue hablando de una sexualidad externalizada, no desde la emoción y el placer.


—¿La posibilidad de gran acceso a información a través de Internet facilita una sexualidad más saludable?
—No pondré a Internet como el malo de nada –porque es un avance espectacular en la tecnología– pero respecto de la sexualidad el problema sigue siendo que el que lo lee, sepa lo que está leyendo. Ahí volvemos a la responsabilidad en la educación, donde se tiene que enseñar a leer en el sentido de poder interpretar. Y no copiar los malos modelos, ya que en Internet encontrás cualquier cosa. La pornografía, excita, los chicos se sujetan a eso, aprenden malos modelos del placer y terminan sintiendo placer por cosas que en realidad los están agrediendo. Hay que enseñar que la forma de aprender placer es importante, porque el placer puede estar en muchas cosas y si te quedás con un placer que es agresivo, de alguna manera te seguirá agrediendo y agredirás al otro. Los diseños curriculares con respecto a la educación sexual integral hablan mucho del género, del estereotipo y del cuerpo –que es importantísimo–, pero les faltan cosas, como la cuestión del placer y el amor. El amor es el motor y la palabra menos puesta en las leyes.


—¿Por qué?
—Por la forma de interpretación del amor. Maturana, en cambio, habla de la Biología del amor y de que el hombre se hizo humano a partir de la relación amorosa, en el reconocimiento del otro en una forma cooperativa y no de competencia. Hablaba del amor como potencia de reconocimiento, y a partir de este, el hombre evoluciona y construye su identidad. El amor forma parte vital y, en mi caso, todo lo que me impulsa es eso.


—¿Cuáles conductas señalarías en función de todo esto, como las más disfuncionales en el ámbito de la sexualidad?
—El sexo para afuera es lo más disfuncional y la falta de percepción sobre eso. Hay una naturalización de que el sexo por Facebook está bueno, que el erotismo por el erotismo en sí no degrada –ya que el cuerpo es algo más que lo físico–, la ausencia de una construcción amorosa y que el sexo esté bien habilitado. Me gusta abordar la sexualidad desde lo positivo y el placer, y trabajar los miedos para afrontarlos y habilitar el placer, pero sigue siendo muy preocupante el nivel y cantidad de abuso y acoso infantil. Cuando trabajamos estos temas, muchos se animan a decir por primera vez que han sido abusados, lo cual está construido desde el dolor e imposibilita hoy una relación sana como jóvenes o adultos. Es un tema que es de responsabilidad pública, si bien ocurre en los ámbitos privados. Lo mismo que el aborto, que es un problema de políticas públicas y no está visibilizado suficientemente.


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Del dicho al hecho...


—¿Qué significación tienen en esta problemática las conquistas de derechos de las mujeres?
—Es magnífico en cuanto al terreno que se ha ganado, aunque falta mucho tiempo para que la palabra sea acción –porque los femicidios siguen ocurriendo. Que haya un derecho no significa que se practique. La diferencia con antes es que se denuncia y no se naturaliza como antes. Hay un corrimiento general, incluso respecto a otros países latinoamericanos. En diciembre estaremos en Sao Paulo –invitados por la universidad paulista– y Argentina es vanguardia en cuanto a legislación, diversidad, mujer y protección. Por supuesto que en nuestro país hay grupos más vulnerables y gente que sigue viviendo con el mismo sometimiento, al igual que leyes que no están normadas. Estoy convencida de que la educación es el cambio pero nos falta un camino importante y decisiones políticas. Pertenezco a la Facultad de Humanidades, la cual está haciendo cosas al respecto en cuanto a educación y formación de docentes. Hay un camino y una decisión política de llevarlo adelante, aunque en este momento el gobierno nacional no lo está respaldando.


—¿Cuáles son los avances más significativos del sistema educativo y cuáles los obstáculos más complejos de resolver?
—Hay muchas cosas que están disfrazadas de modernas. Entrás a un aula que tiene tecnología y mesas móviles, pero el sistema de clases sigue siendo reproductivo y lo que se pide en los exámenes es que se reproduzcan los contenidos del material de estudios. En ese sentido no hemos avanzado, pero hay docentes que desafían al pensamiento, apelan al espíritu crítico y trabajan en talleres como forma de construcción de contenidos. Siempre fui bastante atípica en mi forma de dar clases, porque puse la emoción, y cuando se juega con ella es otra forma de trabajar la inteligencia. Te comprometés desde otro lugar y hay distintos niveles de producción. Hay gente valiosísima dando clases –pero son unitarios– y no podemos hablar como sistema. El sistema tiene muchas cosas para modificar y, a veces, los talleres se disfrazan de constructivos, pero siguen siendo conductistas.


—¿Cómo se puede definir a una persona sexualmente sana?
—Lo más sano es poder reconocer lo que te pasa y cómo te vinculás con el otro, para saber qué es importante. Hay que desmitificar el amor romántico. Al hablar de sexualidad ojalá tengas la suerte de encontrar ese otro que te construye y con quien sintonizás los afectos, pero supongamos que no ocurre porque no es algo intencional, sino un encuentro. Para favorecerlo, hay que sacar de uno lo mejor, porque se encuentra lo que se lleva adentro. Si llevás bloqueos y negaciones, no encontrarás otra cosa que bloqueos y negaciones, y las vivencias serán desde allí. Hay que encontrarse con uno mismo, sabiendo las potencias y queriéndose bien. Hay dos cosas que construyen la sexualidad saludable: la autoestima y la asertividad. Queriéndote te reconocés a vos mismo, reconocés tus miedos, te perdonás y los tratás de soltar, a veces con ayuda porque hay escenarios de mucho dolor. La asertividad es esa amable forma de poner límites en cuanto a lo que me gusta y lo que no. Es una firmeza que tiene que ver con el verdadero diálogo con el otro, que a veces no se da, ya que por la necesidad de ser querido y aceptado, hay una conducta condescendiente y no se disfruta de la sexualidad, sino que se es como el otro quiere. Esas cosas hay que revisarlas.


—¿Actualmente es más complicada la posibilidad del encuentro entre hombre y mujer?
—Hay mucho lenguaje agresivo. Los grupos minoritarios –sean trans, gay, lesbianas, mujeres contra la violencia de género– tienen el gran valor de demostrar que los cambios son posibles. El lenguaje construye y si es desde la negación, es un poco destructivo. En esas luchas tenemos que revisar el no ser tan negativos y promover el encuentro. A veces, la forma de defensa que tiene una persona, es desde la agresión, cuando creo que la mejor forma es el encuentro y la cooperación.


—¿Qué refleja esa agresión?
—Tal vez es la única forma que aprendieron. Cuando se dice "nadie me escucha", "nadie me atiende" o "nos morimos jóvenes" –como el grupo trans–, no considero que sean ajenos, somos nosotros –porque todos somos diversos–, pero en el lenguaje estamos diciendo que nos seguiremos muriendo jóvenes. El lenguaje tiene que ser de vida en todos los sentidos y en todos los temas.


—¿Qué observás en los comportamientos de los jóvenes de la era digital?
—Los adultos tienden a devaluarlos como si la juventud de antes fuera mejor, pero es maravillosa, tienen ideología y son capaces de encarnar luchas sociales, y se comprometen. También es cierto que el otro se diluye en la cuestión de la virtualización: se hacen amigos por Facebook y se creen amigos, lo cual no quita que el mano a mano siga existiendo. Son nuevos códigos, los cuales pueden hacer que el adulto no los entienda o que quede afuera. Creo en el abrazo y son cosas que no se pueden modificar. Si un padre abraza a su hijo y le dice que lo ama, o si un amigo lo hace con otro... es incomparable, por eso hay que reeditarlo. Y convengamos que nuestros padres no fueron abrazados.


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Educar a quienes educan


—¿En qué consiste el trabajo en la Facultad de Humanidades?
—Tenemos un equipo que está dentro de un programa que abarca todos los niveles e incluye a la Escuela Alberdi, Almafuerte y Normal –nivel Inicial, Primario y Secundario. Se han formado docentes para dar talleres de Educación sexual integral, con espacios más o menos logrados y algunos que hay que revisar. Además estoy como directora de un programa de posgrado que se llama Sexología, género y sexualidades, el cual es un gran desafío porque podemos llegar a fundar la carrera. El 4 y 5 de noviembre haremos un seminario llamado Educación sexuada justa, al cual viene Graciela Morgade –decana en la Universidad de Buenos Aires–, quien ha escrito muchos libros sobre el tema y es una militante activa. Estamos fundando un espacio casi virgen, aunque viene de una larga lucha. También trabajo con dos profesionales amigas en un taller que se llama Ars Amandi (Ver Opinión), destinado a trabajar sobre la interioridad, la fantasía, el erotismo, dinámicas corporales y cómo potenciar la energía sexual, al cual puede asistir cualquier persona. Es abierto y el próximo encuentro es el viernes 28 en calle Alberti 228, y hay que inscribirse por Facebook en Ars Amandi Paraná.


—¿Tenés alguna página o espacio en Internet?
—Con María Celia Alasino tenemos una página, un poco desatendida, que se llama Conversando sobre salud y sexualidad. Tenemos muchos escritos que no han sido publicados.


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Datos


Pablo Yulita fue un destacado psicólogo y docente universitario paranaense en las carreras de Trabajo Social y Comunicación Social de la Universidad Nacional de Entre Ríos, entre otras, muy recordado por su estilo pedagógico –transgresor y provocativo–, pensamiento de vanguardia y profunda erudición en múltiples campos del saber.

La diferencia fundamental que plantea Maturana en su forma de entender la Biología radica en que en muchos aspectos de la interpretación o intento explicativo de los fenómenos biológicos, se pone énfasis, en la noción de determinismo genético que, a su vez, se acompaña de la noción de predeterminismo. Según el reconocido pensador chileno, las situaciones son distintas porque el predeterminismo implica que la condición inicial determina el desarrollo ulterior o el futuro y eso nunca sucede. Incluso en el desarrollo y transformaciones biológicas del ser vivo, lo que hay es un fenómeno en el cual el organismo surge en una determinada historia.

Las teorías de Prigogine son parte de la búsqueda de un nuevo paradigma, de una nueva concepción de la ciencia y de las descripciones que ella hace de la naturaleza.

David Joseph Bohm fue un físico americano brillante que hizo importantes contribuciones en los campos de la Física teórica, la Filosofía y la Neuropsicología. Estuvo profundamente influenciado tanto por Jiddu Krishnamurti como por Albert Einstein, quien dijo de él que debía ser considerado como su sucesor intelectual.



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La sexualidad como aventura apasionante

Laura Van Dembroucke / Especial para de UNO
editor@uno.com.ar


Ars Amandi es un espacio para abordar la sexualidad como una construcción, una aventura apasionante que nos acompaña a lo largo de toda la vida.

Miradas, caricias, fantasías, humedades, perfumes, sabores y juegos. La sexualidad está hecha de múltiples experiencias, es un territorio para la exploración y la sorpresa. Es un auténtico arte. Sin embargo, lo frecuente es que la monotonía la banalice, la convierta en algo más de la rutina, carente de emoción y desafíos.

Este espacio está pensado para quienes se hacen preguntas en torno a la sexualidad: las parejas con muchos años de estar juntos, los que recién se conocen y vienen de largas relaciones, a los que siempre les quedó la duda de si el sexo era "solo eso", quienes sienten ganas después de mucho tiempo, quienes necesitan redescubrir este aspecto sustancial de su existencia, quienes están solos y quienes están acompañados.

Los encuentros están orientados a conocer de qué se trata la comunicación erótica, la energía sexual, cómo se manifiesta, porqué la inhibimos, cómo desbloquearla, enriquecerla y animarnos a la seducción.

Esta propuesta está diseñada a partir de los conocimientos científicos de la sexología y los derechos sexuales, que son derechos humanos universales basados en la libertad, la dignidad y la igualdad. Son los derechos a la salud sexual, a la libertad sexual, a la autonomía y al placer sexual, entre otros.

Participar de un espacio como el de Ars Amandi significa darnos una nueva oportunidad para reconectarnos y potenciar la energía vital, la capacidad de placer.

Cada encuentro será de experiencias intensas de autoconocimiento para mujeres y varones, creatividad y alimento de la autoestima, aspectos fundamentales para que en cada vínculo erótico el placer sea reivindicado.

Las anfitrionas somos Laura Van Dembroucke –sexóloga educativa–, Carmen Alday –profesora de teatro– y la licenciada Mariana Páez –comunicadora social–, integrantes del Programa de educación sexual integral dependiente de Secretaría de Escuelas de la Facultad de Humanidades, para todos los niveles educativos.


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La próxima cita


Las fantasías son caminos a la sorpresa, a lo insospechado, caminos al descubrimiento propio y del otro. Formas de encontrarse que traspasan fronteras. Una invitación a conectare con uno de los atributos de nuestra forma de vida: el impulso lúdico.

En el juego emerge lo instintivo, es una fisura que nos saca de la chatura, lo convencional y el aburrimiento. Nos devuelve esa energía del ser niño o niña, con la curiosidad, las ganas de explorar, con un sentido mágico de la vida. El juego es alimento para las fantasías y el deseo.

El viernes 28 –en Ars Amandi– la cita es con las fantasías, la creatividad y los juegos, y las consultas pueden hacerse por Facebook, en Ars Amandi Paraná, o en los teléfonos (343) 5106474/(343) 4656207.

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