La Provincia
Domingo 19 de Julio de 2015

En la escuela del Maccarone el porvenir se tiñe de esperanza

La obra del padre Alejandro Patterson comienza a germinar: este año egresa el primer maestro mayor de obra en el barrio

Vanesa Erbes / De la Redacción de UNO
verbes@uno.com.ar


En el barrio Maccarone de Paraná, entre las muchas casitas bajas de material construidas con manos humildes y trabajadoras, y entre los ranchos de chapa y cartón que sirven de cobijo a quien vive en una situación más vulnerable, emerge una enorme estructura en cuyo frente un cartel despintado anuncia que ahí funciona el “Complejo Educativo María Reina Inmaculada, Escuela Privada Nº 49”. 

Se trata de una escuela pública de gestión privada, donde el desde el Consejo general de Eduación (CGE) de la Provincia se paga el sueldo a los docentes y lo demás se sostiene gracias al esfuerzo y el amor que brindan muchas manos solidarias.

En el edificio, el desgaste se cuela a través del óxido que se enquista en las rejas de los ventanales y el gris típico del paso del tiempo, que sigilosamente se fue carcomiendo la pintura de las paredes. Solo los grafittis le aportan algo de color a la fachada, aunque no sumen belleza. 

Con pequeñas acciones voluntarias se va manteniendo el inmueble, que se impone en el paisaje urbano en calle Dorrego, en el corazón de uno de los vecindarios que se conocen más por las noticias vinculadas a la delincuencia y al delito que por sus obras de bien. 

Sin embargo, la obra que llevan adelante el padre Alejandro Patterson y sus colaboradores se destaca y es capaz de transformar un ambiente hostil en un escenario digno y lleno de oportunidades para que quienes viven en ese contexto adverso.

El sacerdote, nacido en 1936 en Johannesburgo, Sudáfrica, llegó a Paraná hace 63 años y en 1972 compró un ranchito en el postergado barrio, para instalar allí un comedor y poder brindarle alimento a los chicos de la zona. “Sin embargo, me di cuenta de que no es suficiente dar el pescado sino que es mejor enseñar a pescar”, dijo a UNO, evocando uno de los proverbios más populares.

En su contacto con los habitantes del lugar, el cura fue advirtiendo que muchos niños que estaban en primer grado tenían 12 o 13 años. Repetían porque iban unos meses y abandonaban la escuela. “Vi que era necesario que tuvieran la oportunidad de tener una formación esencial y empezamos creando seis jardines de infantes”, comentó. 

Al conocer las carencias del Barrio Macarone de Paraná, el padre Patterson organizó talleres de apoyo escolar. En 1990 estos espacios se transformaron en la “Escuela de Apoyo”, incorporada a la Dirección de Educación de Gestión Privada con el nombre de Centro Educativo de Integración y Recreación Nº49 María Reina Inmaculada, con carácter no formal de EGB 1 y 2. A fines del Año 2002, el padre Pattreson, como apoderado legal de las escuelas Privadas Nº 49 y Nº99 María Reina Inmaculada acordó implementar el Proyecto Educativo de Articulación entre las dos instituciones, extendiendo el horario y fue en 2006 que la Dirección de Educación de Gestión Privada autorizó la incorporación de EGB3. Así, antes de que se implementaran las escuelas NINA, en el Maccarone la doble jornada se había instalado para darle batalla a las tentaciones de la calle que corroen una cotidianidad meritoria: la droga, la delincuencia, entre otras males que son una amenaza constante en las barriadas donde el estigma colabora para arrebatar las oportunidades.

Finalmente, en 2008 se comenzó a gestionar el proyecto del Secundario, donde se brindan talleres de carpintería, herrería y electricidad, posibilitando que los estudiantes egresen con el título de Tecnicatura Maestro Mayor de Obras. En este marco, Patterson recordó: “Siempre quise que la gente de acá tuviera una experiencia de vida afuera del barrio, pero después una persona del Consejo General de Educación nos incentivó a que creáramos la escuela Primaria”.

En este sentido, el religioso señaló: “La gente de la Iglesia ayuda en esto, también personas del extranjero y de la Argentina brindan su apoyo”. A su vez, destacó el valor que en la actualidad se le otorga a las escuelas técnicas de parte de los gobiernos.

Los chicos aprenden en el día a día en los talleres y de este modo cuentan con herramientas para forjarse un oficio que les posibilite un sustento a futuro para ganarse el pan y también para poder progresar.

“Los alumnos, al no ser tantos, tienen una instrucción personalizada y reciben una atención de los profesores que es admirable. Tenemos la suerte de que hay tanta gente que trabaja con espíritu de solidaridad, que tienen un gran amor por la obra. Es la gracia de Dios obrando en ellos; María Reina Inmaculada sabe que son sus hijos predilectos y por eso ayuda a los que vienen a tener este espíritu de generosidad, de paternidad y maternidad. Muchos chicos no tienen padres presentes en la casa y en la escuela tienen contacto con profesionales, arquitectos, ingenieros, que represente una referencia en sus vidas”, destacó, en referencia al compromiso de toda las personas que colaboran de alguna forma para que quienes nacen y crecen en el barrio sean personas de bien.

El barrio donde el futuro se abre camino sigiloso

Hoy son cerca de 110 los estudiantes de la escuela Secundaria, más los casi 600 que van a la Primaria en el barrio Maccarone. Si bien desde que comenzaron con esta obra muchos abandonaron, a fin de año se va a recibir el primer maestro mayor de obra y esto representa un orgullo para la comunidad educativa.

“Además estamos muy contentos porque es un chico del barrio que estudia acá desde el jardín”, destacó el rector de la institución, Miguel Villagra.

A su vez, comentó: “El grupo de docentes nos hemos ido quedando, no hemos tenido problemas y realizamos nuestro trabajando con un gran compromiso”.

Por su parte, el padre Alejandro Patterson reflexionó: “Acá van descubriendo su capacidad, que es igual a la de los chicos de otras escuelas. Los profesores rescatan el talento de estos chicos, su capacidad y su inteligencia. Solo necesitan una educación adecuada”.

“Antes yo quería que los chicos salieran del barrio para obtener su educación. Ahora quiero que la gente venga de afuera, de otros barrios, para educarse acá. Queremos que la comunidad se dé cuenta de que en el Maccarone hay muchas personas buenas y que no vinculen al barrio solo con el puñado de delincuentes, que si bien están, son los menos”, añadió. 

En referencia a cómo desarrollan su obra en un espacio signado periódicamente por acciones delictivas, comentó que entre los habitantes del lugar hay reglas intrínsecas que se respetan: “Hay códigos en el barrio para que a la gente que está relacionada con la escuela no se la toque. Los sinvergüenzas no se meten con la institución y si lo hacen los que mantienen el orden acá saben corregir mejor que la Policía e intervienen para proteger nuestra labor”, confió el sacerdote.

Quienes trabajan en la obra del padre Alejandro Patterson también saben que el barrio tiene su dinámica particular y la respetan, sabiendo que en las callecitas angostas hay de todo: desde niños pequeños que comparten sus juegos de la infancia, perros y gallinas que pasean su parsimonia, adolescentes que crecen compartiendo una gaseosa o una birra en las esquinas con su estética llena de signos, hasta algún borracho que se pasó de copas a la mañana y zigzagueando se abre paso para llegar a destino. 

Allí, donde  bulle la cotidianidad en el barrio, la que no se advierte sino desde su interior, hay que entrar sigilosos para no llamar a la desgracia.

“Nos hace falta un lugar para armar una cancha de fútbol. Antes había una que le daba vida al barrio los domingos”, recordó con nostalgia el cura, a la par que rememoró infinitas anécdotas de cuatro décadas de incansable trabajo.

Por último, con su voz pausada y serena, caracterizada por la cadencia de un acento extranjero que permanece a pesar de los años, aseguró con humildad y alegría: “Nunca planifiqué nada. No pensé en hacer una escuela, sino que primero me propuse dar de comer a quien lo necesitaba y luego hacer el jardín”.

Sin embargo, el amor que logró sembrar germinó y hoy da sus frutos. La cosecha es grandiosa: un porvenir cargado de esperanzas y de ilusiones, un futuro digno para la gente, a través de una herramienta tan poderosa como es la educación.

Cómo se puede colaborar con la labor cotidiana 

Son muchas las manos solidarias que se suman para sostener la obra que comenzó hace más de 40 años y creció de manera contundente.

Sin embargo, el esfuerzo es inmenso y siempre se necesita más ayuda. Para poder continuar con el trabajo que desarrollan en el barrio Maccarone y el sueño que el padre Alejandro Patterson y sus colaborados sostienen día a día, lanzaron una rifa con premios que amigos suyos le donaron. “Hay una moto, una heladera, una cocina, una bicicleta y otras cosas más”, comentó a UNO el sacerdote, invitando a colaborar. 

“El precio del bono es de 200 pesos y se puede adquirir en la iglesia San Miguel, en calle Gardel, o en la escuela María Reina Inmaculada, en calle Dorrego y Neuquén, en barrio Maccarone. El teléfono al que pueden llamar para contactarnos es 0343-4222553”, indicó por su parte Miguel Villagra, el rector, quien también adelantó que este año se hará un festejo especial para celebrar el aniversario del establecimiento, el 22 de agosto.

Un tarea incansable

* Miguel Villagra, el rector de la escuela pública de gestión privada Nº 49 María Reina Inmaculada,  destacó con orgullo que este año se va a recibir en la institución el primer maestro mayor de obras. Se trata de un alumno que vive en el barrio, frente al establecimiento ubicado en calles Dorrego y Neuquén.

* “Estamos trabajando en la matrícula. Tendremos el primer egresado, que empezó acá el jardín y transitó toda su escolaridad en la escuela. Esperamos que haya más alunos que se reciban para que tengan un provenir digno, y los docentes nos comprometemos con esta meta”, dijo Villagra. 

* El padre Alejandro Patterson recordó los inicios de su labor en barrio Maccarone: “Empezamos muy sencillamente en un ranchito de paja donde les dábamos la leche a los chicos y que tiempo después se convirtió en el Jardín de Infantes María Reina Inmaculada. Luego se transformó en la escuela que lleva su nombre”. 

* “Sabemos que la pobreza no es un problema solo económico sino también cultural y por eso poco después de empezar el comedor nos propusimos ayudar a estos chicos”, comentó hace tiempo, en alusión al esfuerzo que realizan cotidianamente.


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