La Provincia
Domingo 12 de Julio de 2015

En el aula también podemos saborear un guiso de lentejas

Descubriendo Entre Ríos. Los esfuerzos de la educación formal por el desarrollo de programas en disciplinas separadas suelen atentar contra la mirada integral que lograrían los estudiantes con un recreo sereno. Alternativas

Tirso Fiorotto/De la Redacción de UNO
tfiorotto@uno.com.ar


Inspirado por un amigo que calificó de “sinfonía” el guiso de lentejas que cocinó mi esposa, intentaré llamar la atención sobre el sistema educativo y su distancia, hoy muy marcada, con otras vías para desplegar conocimientos. Salvo excepciones y voluntarismos varios.
La escuela, la universidad, no están inhabilitadas para la mirada integral, para la sinfonía, y aquí señalaremos unas trabas que cada cual sabrá cómo superar.
Tomamos como ejemplo un alumno de biodiversidad que abandonó los estudios en el primer año, cuando advirtió que él y sus compañeros, todos habitantes de humedales maravillosos como son los de Paraná y Santa Fe, salían de sus casas de cemento, subían a una caja de lata con ruedas, y desembarcaban en otra caja de cemento, así durante meses y meses, evitando los humedales para conocer… los humedales.
Aulas del desarraigo
Nada mejor que ignorar el paisaje para conocerlo, sería el lema de la universidad.
No lo decimos para desacreditar esfuerzos y planes, sino para llamar la atención sobre asuntos que podríamos corregir.
Es bien sabido que los niños y adolescentes urbanos tienen escaso o nulo contacto con las islas, los ríos, las aves, los peces, los mamíferos, los insectos, los amaneceres, los oficios relacionados con el monte, con el agua, y que no es común una mirada serena del paisaje, una comprensión de sus interacciones, cuando los propios padres y los abuelos se ven atorados de compromisos con el trabajo y otras exigencias de la modernidad.
A ello se suma la actitud, transmitida por el régimen, para mirar las cosas en su utilidad antes que en su profundidad, lo que desvía la atención de los menores por la nociva influencia de la “cultura” consumista, capitalista. Esa es nuestra comunidad. ¿Tomamos nota cuando los estudiantes ingresan a la universidad?
En Paraná, el edificio de los colegios Jauretche y Scalabrini llamado “la pecera” es el centro de una alienación que Jauretche y Scalabrini denunciarían sin empachos. Lo mismo el edificio de la Facultad de Ciencias de la Educación, que se salva apenas gracias a la plaza de enfrente. Con el condimento de las campanas del templo que interrumpen, invariablemente, cualquier diálogo, una manera no prevista en los artículos de la Ley Nº 1.420 que cumplió años el pasado 8 de julio. (Es cierto que las campanas estaban antes que los tímpanos, colocados en este caso a su altura).
Educación en el encierro, educación sin sol, sin luna, sin monte, sin silencio, sin puentes para sabernos en el paisaje; educación sin senderos entre los árboles, sin un murmullo siquiera de las culturas milenarias de este suelo, alejados de ese templo que decía Miguel Ángel Martínez, el mundo “zurdeño” de la isla, el río, la costa, su música; el Puerto Sánchez donde el cielo bajó, como dice Jorge Méndez.
Educación en el desarraigo, en sintonía con la sociedad entrerriana que es víctima, desde hace décadas, de ese flagelo llamado éxodo.
Si las familias fueron expulsadas del territorio, o hacinadas en los barrios, si sufrieron esos dos modos del destierro, con todo lo que significan y que sintetizamos en la voz “atopía”, ¿no consideraremos esas condiciones previas a la hora de establecer las estrategias de la enseñanza aprendizaje?

La suma no da
De custodios del saber a carceleros no hay más que un paso.

Los responsables de la universidad y el conocimiento científico de las carreras de biodiversidad, biología, agronomía, y otras por el estilo, se han empecinado en enseñar las partes con la peregrina idea de que los alumnos podrán luego sumar esas partes para obtener como resultado el todo.
Es como si estudiaran la genética de las lentejas, el funcionamiento de los estómagos de la vaca, la composición de los tubérculos y del agua potable, la alimentación de los cerdos, los pigmentos de la zanahoria, para que los alumnos comprendieran después, sumando las partes, lo que es un guiso de lentejas sin saborear jamás un guiso en el plato.
No ponemos el acento en la experiencia sino en la importancia de entrar en el todo, el conjunto, la unidad. La mirada de cuenca, como decimos en las asambleas ambientales.
Con el mismo criterio, diremos que el Abya yala (América) no es la suma de Uruguay, Argentina, Brasil, Paraguay, Bolivia, etc., es otra cosa; como el oxígeno y el hidrógeno por separado no nos permiten conocer el agua.
Difícil que la suma de partes nos dé la sinfonía que decía mi amigo. La unidad no se alcanzará contando los porotos ni pesando las papas ni calibrando el tamaño exacto de los trocitos de panceta.
Y la ciencia le dispara a la unidad. Le dispara en ambos sentidos. Quizá porque sus herramientas no permiten explicarla y desconfía, o mira de arriba los otros modos del saber. Entonces pone la unidad del otro lado de la línea y la ignora.
Para decirlo así, nos tomamos de los conceptos de Boaventura de Sousa Santos, que le recrimina a la modernidad el “pensamiento abismal”, excluyente, como fruto del “epistemicidio”, es decir, del sistema único que se instaló hace 500 años con la invasión del Abya yala, el saqueo, la esclavización masiva, la uniformidad que miente unidad.
La isla, un plato
La isla es un sabroso plato (y de hecho es un plato, con sus bordes o albardones más altos que el centro); con ingredientes como el territorio, el río, la laguna interior, y así los trinos de las aves, con el murmullo del agua, con el silbido de un pescador o del viento en las hojas, y eso con los brillos del sol en las hojas, en las apenas insinuadas olas del río, o la calma del pelo de agua y las hormigas trepadas a las hojas y las mariposas en las flores, todo armoniosamente con melodías antiguas, con versos de nuestros poetas, con oficios costeros, con la compañía del mate milenario...

Esos planos conviven, dialogan, sostienen influencias recíprocas, y dan en conjunto un menú distinto. La isla es un guiso con lo que hay, como podría decir nuestro cocinero popular, Ángel Sánchez.

Por muchas que fueran nuestras referencias a ingredientes de ese paisaje, sumadas no darían el paisaje. Esa unidad está al alcance de un pescador, de una pareja que camine entre los canutillos, de un canoero; al alcance de cualquier persona letrada o analfabeta capaz de meterse hondamente en ese paisaje, de comprenderse atravesado por el río como dice Juan Ortiz. Pero la universidad se ha encaprichado en graduar expertos en compartimentos estancos.

Llegados los estudiantes, la universidad les preguntará ¿quieren estudiar biología? Bueno, empecemos por las estadísticas…

En un año los estudiantes saldrán un par de jornadas (y con suerte) a los apurones y bien lejos de poesías, tradiciones, pescadores, sonidos, olores, es decir, vacunados contra la unidad. Cualquier vecino que no estudia en la universidad estará 24 horas por día en los humedales, pero los que “estudian” los humedales se encontrarán allí como ajenos un par de horas por año. Así, cualquier vecino podrá romper el umbral, ser sujeto y objeto de conocimiento a la vez, ser uno con el paisaje y trascender lo que está a la vista; pero el estudiante se verá compelido a un rol de observador y especialista en cantidades, pesos, medidas, números.

Algo así les ocurre a los ingenieros agrónomos, que llaman “gusano blanco” a la isoca, gracias a un desarraigo cientificista que llega al extremo de ignorar el idioma milenario de este suelo.

Ahora, ese desarraigo ¿no facilita el encuentro de los estudiantes con los negocios de los transgénicos, los herbicidas, los insecticidas, el extractivismo, la especulación financiera, los estudios de impacto al gusto del contratista?

La esencia de los humedales es esa unidad, esa red de encuentros y los estudiantes son empujados a disciplinas, a piezas separadas. ¿Los condenamos a un reduccionismo?

Es probable que las universidades de la región tengan respuestas más o menos guardadas que nos permitan cambiar de parecer.

Por lo pronto, diremos que por influencias de los hermanos de la región estamos hablando de sumak kawsay, vivir bien, en armonía, y de Pachamama, y esas voces nos ayudan a recuperar otras miradas sistémicas que el exclusionismo científico tenía en menosprecio. Veremos




 

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