A Fondo
Domingo 15 de Febrero de 2015

“En Chile, la Constitución garantiza la desigualdad”

Niño lector y dopado. Sociedad neurótica con guetos. Vigencia de Pinochet.

Julio Vallana/De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar

 

(En Punta del Diablo, República Oriental del Uruguay). El Partido Humanista fue fundado por el escritor argentino Mario Luis Rodríguez Cobos –conocido como Silo, autor de más de una docena de libros e innumerables escritos– y tiene desarrollo en numerosos países. Propicia al ser humano como valor y preocupación central, la igualdad de oportunidades y el reconocimiento de la diversidad cultural –entre otras ideas centrales.  Francisco Córdova –odontólogo, dirigente nacional de esa agrupación en Chile– analizó la actual coyuntura política del país trasandino al igual que criticó la vigencia de las principales instituciones diseñadas durante la dictadura de Augusto Pinochet, las cuales –puntualizó– han sido sostenidas tanto por partidos de derecha como de izquierda.

Frontera mapuche
—¿Dónde naciste?
—En Concepción –en 1981.
—¿Podés contextualizar la ciudad?
—Es la segunda ciudad más grande e importante de Chile –a 550 kilómetros al sur de Santiago– donde se originaron las fronteras con el pueblo mapuche, por lo cual es una zona con un gran talante histórico. El 70 por ciento de los próceres de la libertad nacional nacieron en esa región: (Bernardo) O´Higgins, Arturo Prat, Ramón Freire… Está a unos 15 kilómetros de la costa; en su parte céntrica tiene unos 300.000 habitantes y con las comunas de alrededores alcanza 1.200.000.
—¿Naciste en el centro?
—Sí, en el Hospital Regional de Concepción.
—¿Qué implica la proximidad con el pueblo mapuche?
—Concepción está a la orilla del río Biobío, que es la frontera natural con la tierra de ese pueblo. A pocos kilómetros hacia el sur comienza la zona de conflicto, con la toma de terrenos. El pueblo mapuche ha resistido a la colonización desde la época de los incas. Los primeros gobernadores y presidentes a mitad del siglo XIX consideraron al pueblo mapuche como una nación, había embajadores y tenían una economía propia. El gobernador Bernardo O´Higgins trataba con ellos como una nación, hasta que los criollos –después de la Guerra del Pacífico, a fines del siglo XIX– terminaron la guerra con Perú y Bolivia, el Ejército se fue para el sur y comenzó a arrasar con todas las comunidades mapuches.  
—¿Qué actividades profesionales desarrollan tus padres?
—Mi padre es ingeniero civil electrónico y mi mamá es profesora.
—¿A qué jugabas cuando niño?
—Me gusta jugar a la pelota, los deportes y practiqué artes marciales. Fui rugbista hasta que me lesioné gravemente. El deporte era la alternativa más saludable a la medicación que me daban, porque junto a mi hermano fuimos diagnosticados con este invento de la hiperactividad. Éramos muy inquietos y el colegio nos quedaba grande. A mi hermano lo echaron de 13 colegios –una vez por año durante toda la academia. Lo dieron por inútil y hoy es ingeniero civil electrónico. Lo medicaron mucho más fuerte que a mí.
—¿A cuál de esas disciplinas le dedicaste más tiempo?
—A las artes marciales, llegué a cinturón púrpura de Kenpo (karate americano),
—¿Cómo contribuyeron las artes marciales a solucionar el problema de “hiperactividad”?
—Me sirvieron mucho para controlar las emociones porque la medicación me provocaba una disfunción emocional, al disminuir la irrigación sanguínea de los centros vegetativos. Por eso lloraba mucho y no podía controlar mis emociones, pero cuando entré a la academia, el sensei durante el entrenamiento y los combates me enseñó a manejar las situaciones y no enojarme. Me ayudaron a mantenerme activo y más tranquilo. Es el deporte de los niños inquietos y practicaba mucho.
—¿Qué lecturas influyeron en tu infancia?
—El Principito, El conde de Montecristo –que es mi favorito de la infancia–, Los tres mosqueteros, Cien años de soledad, La tía Julia y el escribidor… Mi infancia fue muy marcada por la literatura anglo y latinoamericana, y algo española.
—¿Había una buena biblioteca en tu casa?
—Tengo la fortuna de que mi familia lee mucho, de los pocos chilenos cuya familia lee. Cuando no tuvimos dinero y mi padre estaba cesante, lo único que no se dejó de comprar fue comida y libros. Mi hermano es un lector compulsivo. Chile es uno de los países con tasa de analfabetismo funcional más alta, más de la mitad de la gente no comprende lo que lee, e incluso los escolares de 12 años tienen un nivel de comprensión de lectura del 40 o 50 por ciento.
—¿Cómo fue la influencia de tus padres en cuanto a lo profesional?
—Mi padre es un estudioso. En sus vacaciones y momentos libres, siempre lee.  Mi madre dice que le es infiel con los libros porque les dedica más tiempo. Mi madre fue muy drástica con la cuestión académica y nos hacía sentir la presión.
—¿Qué deseabas ser?
—Siempre quise ser médico pero cuando di la prueba de selección universitaria, me faltó un punto para entrar. Le decimos “diostores” porque el médico es una clase aparte.

Ciudad colapsada y niños drogados
—¿Hasta cuándo viviste en el centro de Concepción?
—Durante 31 años y hace dos años que –por un proceso de cambio en la forma de vida– nos fuimos hacia el norte, a una comuna que se llama Tomé, que es de lo poco que va quedando con características de pueblo cerca de la zona urbana. La gente se saluda, se mira a los ojos, si le pides alguna información se toman el tiempo para darla…
—¿Qué transformaciones urbano-sociales importantes tuvo la ciudad?
—Los niños ya no juegan en las calles, es muy raro verlos porque no hay espacio. Concepción tiene un déficit de cincuenta por ciento en la cantidad de metros cuadrados que debiera haber por habitante –según Naciones Unidas. Y tenemos una cantidad de automóviles para la cual no se da abasto. El crecimiento económico se mide por la cantidad de autos que se compran pero un país es desarrollado cuando la gente con dinero usa el transporte público. Funcionamos con una lógica netamente concentrada en el gasto y el  consumo. Concepción está quedando apretada a pesar de no tener tanta cantidad de habitantes como Santiago, que sextuplica en cantidad de habitantes. Tenemos una contaminación con índice de saturación y la gente cada día está más estresada, neurótica y violenta, lo cual se percibe en las calles. Chile está sufriendo una enfermedad psico-espiritual en cuanto a cómo percibe el sentido de la vida.
—¿Qué origen reconoce esa crisis educativa y cultural?
—Como el nivel cultural está muy determinado por el origen socio-económico, la mayoría de la gente que lee es gente con un buen nivel cultural. Por ser mi mamá profesora y mi papá ingeniero, leo bastante, pero los niños que nacen de padres con oficios, no. En Chile puedes encontrar un televisor por piezas pero no encontrarás una biblioteca en la casa, es raro.
—¿Fue frustrante el no ser médico?
—No tanto porque hice otra carrera vinculada a la salud, como Odontología, aunque pude haber estudiado Medicina en otras universidades. Hago mi trabajo con placer pero siento gozo por otras cuestiones.
—¿Está generalizada la medicación de los niños en Chile?
—Está generalizado drogarlos. Tenemos un sistema educativo muy prusiano y cuadrado, así que cualquier niño que tenga inquietudes en torno al movimiento y la exploración –y no con el texto– no tiene lugar y se lo medica.
—¿Alternativas?
—Valen 500 dólares mensuales, con acceso para la elite consciente.
—¿Libros importantes de la adolescencia y la juventud?
—La rebelión de la granja –de George Orwell– y en esa etapa encontré El conde de Montecristo.
—¿Por qué mencionaste dos veces a El conde de Montecristo?
—Es uno de los libros que más me gusta por su personaje dedicó toda su vida a vengarse y al final encontró que el rencor te pudre. Es perder la vida tratando de odiar. Y está muy fuerte la historia épica de la lealtad y la amistad. También en esta época me marcó Isabel Allende sus primeros libros antes de que se aburguesara tanto eran muy interesantes. En la universidad fue donde tomé libros mucho más interesantes, como El hombre mediocre –de José Ingenieros–, leí filosofía helénica, clásica, luego estudié a Foucault…
—¿Qué origen tenían estas inquietudes, si estudiabas Odontología?
—Quería pertenecer a Médicos sin Fronteras, entonces cuando comencé Odontología me incorporé a una ONG que se llama Un techo para Chile, la cual construye viviendas sociales de emergencia. En ese momento, por fin, descubrí la pobreza y trabajé en eso seis años, como voluntario, al igual que en otra organización que trabaja en poblaciones rurales marginales –muy peligrosas–, con niños de educación básica. En ese proceso desarrollé operativos odontológicos solidarios, tareas de prevención… y ahí me di cuenta que los profesionales de la salud no tenían demasiada conciencia social. Entré a estudiar un magister en Educación y también Gestión Educativa, con lo cual estudié Psicología, aprendizaje, me involucré en el proceso político y terminé siendo candidato. También ingresé a la Masonería donde estuve cuatro años hasta que me aburrí, porque había demasiadas cosas dentro del muro pero yo quería trabajar afuera. Mucho ritual y poca acción. Hablábamos de fraternidad pero ¿qué tan fraternos somos con los pobres? No obstante estoy muy agradecido a la orden porque aprendí mucho y el nivel intelectual era muy alto.
—¿Cuándo comenzaste a militar políticamente?
—Al salir de la universidad, cuando comencé a tomar conciencia sobre mi ciudad y mi región.

Descubrir la pobreza
—¿Cómo fue el primer impacto al  “descubrir la pobreza”?
—No lo olvido nunca: un niño llorando, que tenía la casa sin ventanas… (se emociona). Ahí aprendí que no puedes vivir tranquilo mientras otros viven mal, hay que entender que somos una sociedad colectiva y que si hay gente que la está pasando mal, hay que hacer algo. Con un par de martillos y dos palos, hicimos feliz a una familia. ¿Qué pasaría si nos juntáramos? Yo estaba en cuarto año de la universidad, los invitaba a mis compañeros pero no tenían conciencia, aunque sí los de primer año porque no tenían la deformación académica. Ahí me di cuenta que era importante educar y me transformé en un docente de salud pública. Somos muy pocos los dentistas que tenemos trabajo social y que se involucran en las políticas públicas. Falta gente que haya tenido contacto directo con la pobreza.
—¿Otras vivencias?
—A veces me quedaba a dormir y eran 60 familias para ducharse con una manguera, en casitas de madera cuando en Chile puede llegar a haber cinco o seis grados por la mañana. Ahí dejé de juzgar y se me fueron los prejuicios, conocí la bondad porque la solidaridad de la gente pobre es inmensa. Deberíamos vivir más como pobres que como ricos, porque la gente pobre es más solidaria.
—¿Algo que nunca imaginaste que existía en tu país?
—La forma en que la sociedad completa se hace la ciega frente a la situación de inequidad. Vi niños llorando desconsoladamente por ser abusados por los padres, tiroteos en algunas poblaciones…
—¿No está visibilizado?
—Son guetos.

El humanismo y el sistema
—¿Ingresaste al Partido Humanista ni bien te involucraste en la política?
—No, en Chile hay una desconfianza tremenda hacia los partidos políticos porque la incoherencia entre el discurso y la práctica no resiste más. No conocía al Partido Humanista hasta que un amigo del Partido Ecologista –cuando yo estaba juntando firmas para ser candidato independiente a alcalde– me dijo que mis propuestas eran idénticas al humanismo. Me contacté con ellos y vimos que teníamos coincidencias absolutas en cuanto a la perspectiva del ser humano como valor central del bienestar. ¿Para qué sirven las reservas y la riqueza si la gente no está bien? Entré a militar y en dos años me transformé en dirigente nacional.
—¿Te adaptaste al sistema? ¿Tuviste frustraciones?
—El sistema es peor de lo que uno piensa, porque soy frontal y la hipocresía en muy alta. Ahí te das cuenta de la vinculación incestuosa entre el poder económico y el poder político, y ahora está el caso de un holding de empresas que financió a un gran porcentaje de los políticos del partido fascista que tenemos, llamado Unión Demócrata Independiente (UDI). | Cuando llevaba mi propuesta puerta por puerta me preguntaban: “¿Y mi canasta con comida? ¿Y el arreglo del techo?” Les contestaba que no tenía dinero para eso sino que  pretendía trabajar por la ciudad y hacer proyectos de ley. Te das cuenta de que la compra del voto es algo real. Nunca me pude reunir con una sola junta de vecinos porque están cooptadas. Hay un diputado que lo es desde 1990 y el hijo es alcalde de la ciudad.
—¿Por qué la calificación de fascista a ese partido de derecha?
—Está en contra de todos los derechos de los homosexuales, a quienes consideran enfermos y anormales, a favor de la pena de muerte, de mayor control y de la privatización de absolutamente todo. Son el partido civil de la dictadura y todos son pinochetistas.
—¿No es saludable para el sistema un partido definido claramente de derecha y no el populismo como, por ejemplo, en el caso de Argentina?
—Chile es un país derechizado, incluso la izquierda –el Partido Socialista– es social demócrata y no izquierda. El abandono de la ideología profunda es evidente, incluso entre los comunistas en favor del pragmatismo. El Estado es el principal empleador, tiene los mejores sueldos y mejores garantías sociales, entonces hay que defender a los empleados. Estar en el gobierno significa acceder a la información, a los negocios y darle trabajo a los militantes de los partidos. Para la Concertación –ahora llamada Nueva Mayoría por la incorporación del Partido Comunista– perder el gobierno también significa perder mucho dinero. Tenemos de los sueldos más altos de América latina de los políticos: un diputado chileno cuesta 20.000 dólares y todos los presidentes y ministros terminan con sueldos vitalicios. Son millonarios, cuando la política no es para hacer carrera sino un servicio.
—Considerando que las bases constitucionales que estableció Pinochet continúan siendo determinantes, qué opinión encontraría hoy si fuera a Santiago y consultara sobre estas cuestiones.
—Depende del sector donde vayas. En pleno centro, la mayoría de la gente te diría “no sé, no me interesa” porque a la gente no le interesa la política. Otro grupo te diría “era un dictador, asesino o salvador de la patria.” La clase social con dinero es pinochetista pero creo que la respuesta mayoritaria sería “no me interesa.”

Mucho dinero y mucha desigualdad
—¿Cuánto de éxito y vigencia tiene el modelo desarrollado por la dictadura?
—Chile está entre los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) con un per cápita superior a 20.000 dólares por persona. El asunto es saber dónde está el resto de los 19.000 dólares que te tocan (risas). Según datos de la Fundación Sol el 80 por ciento de los trabajadores y chilenos gana menos de mil dólares y el 20 por ciento restante se va concentrando en cuanto a riqueza. Chile vive del cobre, que genera entre 50.000 a 90.000 millones de dólares al año para las arcas del fisco, y eso que la empresa estatal solamente explota el 30 por ciento, porque el resto está en manos de privados. La pérdida de la nacionalización del cobre generó mucha riqueza.
—Recordemos que se nacionalizó durante el gobierno de Salvador Allende.
—Así es, incluso durante el gobierno de Pinochet continuó nacionalizado pero con la vuelta a la democracia –en 1990– se cambió la ley por la cual dejaron de pagar por la renta presunta. Fue el canje hecho con Estados Unidos y a partir de ahí comenzaron a pagar por la renta declarada, entonces los balances siempre los tienen en rojo. Además está la industria forestal y la pesquera. Hay mucho dinero y recursos naturales. La última vez que el pueblo chileno tuvo empoderamiento político y participación real fue durante la Unidad Popular –entre 1965 y 1973. Después fue el golpe, el retorno de la democracia pero había mucho miedo y la frase era “dejar que las instituciones funcionen”, lo cual permitió que el funcionamiento de la economía neoliberal se mantuviera intacta hasta hoy, que tampoco se puede tocar nada. La Constitución garantiza la desigualdad ya que al tener un Estado subsidiario –no puede intervenir en las áreas de los privados– cuando hay una empresa que quiebra, no la puede tomar, tampoco puede intervenir en las universidades privadas… es muy difícil para el Estado poder intervenir porque la estructura está privatizada y la propiedad privada es mucho más importante que el bien común. Incluso en casos excepcionales.
—¿La movilidad social está totalmente clausurada?
—Es muy escasa. La cantidad de jóvenes pobres que pueden hacer una carrera universitaria es baja. Hay una gran cantidad de universidades privadas de muy mala calidad que permite que gente sin dinero se endeude. Es el segundo país más inequitativo educativamente del mundo. Nuestro modelo educativo replica la segregación económica. En las mejores carreras está la gente con más dinero, en las medianas, la clase media y en los oficios y servicios, los pobres. Es fácil de observar: la gente con plata tiene una manera de vestirse, un color de piel y de ojos, y a medida que se baja en la clase social, van teniendo más pinta de mapuches, negros… Es impresionante.
—¿Por qué tanto consenso social y político en torno a un modelo que consolida la desigualdad, según tus afirmaciones?
—Ignorancia y paternalismo. Hay conciencia social pero en la clase estudiantil. Hasta los comunistas defienden los modelos institucionales de la dictadura. No hay que echarle siempre la culpa a la Historia pero Chile en los 90 decía que “no había que meterse en política para no tener problemas.” Tengo 33 años y mi generación es prácticamente apolítica y les da lo mismo lo que voten porque no creen que pueda cambiar nada. Vota menos del 40 por ciento de quienes pueden hacerlo y es la única participación vinculante porque no hay referéndum.
—¿Cuáles son dos o tres de esas estructuras que perduran y no se discuten?
—Por ejemplo, el modelo de pensiones (AFP), que es privado. El porcentaje de jubilación del trabajador pasa a una administradora privada, que te cobra el tres por ciento de comisión y lo coloca en la Bolsa. Cuando baja la Bolsa, te lo sacan de tu fondo. Mi papá tenía para jubilar 90 millones de pesos chilenos y después de la crisis le bajaron a 60. Perdió 50.000 dólares.
—Capitalismo con plata ajena.
—Exactamente, juegan con el dinero de los trabajadores, lo cual es inmoral. Hay un movimiento que se llama No más AFP que pretende un sistema solidario. Más del 90 por ciento de los trabajadores se jubilarán con menos de 200 dólares mensuales. Soy odontólogo y me jubilaré con un cuarto de mi sueldo. La propuesta de la izquierda fue la de una AFP estatal para competir con las privadas, no modificar el modelo. Nadie discute esto políticamente. Otra cuestión es que el Estado le compra camas al sector privado de salud, porque tenemos déficit de hospitales, tecnología y profesionales. Entonces el Estado le paga a los privados para que atienda a la gente. Por cada persona que no podemos atender a través del sistema público, el sector le cobra cuatro veces. Es ridículo. Con un año de lo que se paga, podríamos construir cuatro hospitales. En Concepción la modificación del estadio para la copa América terminó costando 60 millones de dólares –de los 20 previstos originariamente– siendo que un hospital cuesta la mitad.

Bachelet: sólo carisma
—¿Qué mirada histórico-colectiva predomina sobre la experiencia de Allende y la Unidad Popular?
—Hay mucha ignorancia en cuanto a la comprensión del proceso histórico. En el colegio no te enseñan lo que pasó. Te aclaro que en los libros de textos escolares hay publicidad sobre teléfonos celulares. En Educación Cívica aprendí a firmar cheques y hacer giros de banco. A Allende se le complicó su gobierno por la extrema izquierda, que proponía un modelo mucho más radical. Allende –como buen masón– era moderado, un médico con conciencia de clase y que no quería la vía violenta. Fue el único gobierno socialista a través de mecanismos constitucionales, lo cual era muy peligroso para la hegemonía norteamericana, porque estábamos ocupando la democracia para acceder al comunismo. No lo podía permitir. Fue el momento más potente que hemos tenido de conciencia social, cuando se nacionalizó el cobre, se hizo la Escuela Nacional Unificada, la campaña del vaso de leche –porque decía que los niños necesitaban proteínas–… todo lo cual desapareció. Admiro mucho a Allende.
—¿Se puede esbozar alguna simetría –salvando el contexto histórico y geopolítico– entre la figura de Allende y la de Bachelet?
—¡Nooo, no hay comparación por el nivel de coherencia que tuvo Salvador con el de incoherencia de Bachelet. Es una mujer muy carismática, pero en la práctica, ¿a qué se atrevió? El principal beneficiario de los subsidios públicos para las escuelas es la Iglesia Católica –dueña de la mayor cantidad de colegios. Para establecer cualquier reforma curricular o académica hay que negociar con la iglesia –con una fuerte influencia del Opus Dei.
—¿Qué definiciones ha hecho Bachelet –cómo médica– sobre el sistema sanitario?
—Es continuar con lo que existe, ya que no hay ningún cambio profundo, mejorando en lo posible lo que hay. Como por ejemplo construir uno o dos hospitales más, pero son concesionados. Como se sabe que estructuralmente no se puede modificar la Constitución –porque requiere de quórums calificados– lo que le queda es tratar de modificarla –que no lo hace porque implica perder privilegios. De 25 años han gobernado 20. Disculpá que haga una desviación pero se está modificando la Ley de Partidos Políticos y con ello solo habrá financiamiento a los que tengan representación parlamentaria. Tenemos un sistema binominal que asegura siempre la representatividad de la derecha y de la izquierda, y sólo uno o dos parlamentarios de partidos chicos. Con esto matarán a los humanistas, los progresistas, ecologistas… y no tendremos financiamiento. Es la gran reforma de Bachelet para matar toda la competencia ideológica y solo dejará neoliberales con socialdemócratas.
—¿No hay intentos serios de reforma constitucional?
—Bachelet propuso modificarla a través del parlamento pero excluyó la asamblea constituyente, a la par que hay un movimiento fuerte para ello. Desde el terremoto en adelante aparece la demanda de la asamblea constituyente pero la mayoría de la gente no sabe lo que es la Constitución.
—¿En qué difiere del anterior la conformación política actual del gobierno de Bachelet?
—Incorporó al Partido Comunista –que había sido vetado y nunca pudo pertenecer al gobierno. Los humanistas trabajamos con los comunistas en un bloque que se llamaba Juntos podemos. Tienen una universidad privada que está siendo investigada por desviación de fondos públicos.
—¿Puede marcar alguna diferencia esta participación del PC?
—Honestamente creo que ninguna. No tenemos esperanza, para nosotros la Concertación y la Alianza son lo mismo. Hay una administración de la lógica del modelo neoliberal que no cambia, sólo que algunos proponen una manera de hacerlo y otros, otra. La modificación estructural para dejar que los derechos sociales dejen de ser commodities, no se discute. Los jóvenes han sido quienes pusieron en discusión el lucro en la educación en 2006 y en 2011 hubo movilizaciones importantes de los secundarios, pero estamos a 2015 y no se ha modificado nada.
—¿Cuál es el nivel de incidencia política de los estudiantes?
—Además de los estudiantes hay mucha movilización porque es la única forma de hacerte escuchar. Pero son demandas sectorizadas: los pesqueros, los estudiantes, los profesores… Recién este año se está dando una articulación entre distintos sectores, por fuera de la Central Única de Trabajadores. Los comunistas están en el gobierno y por ende frenan la movilización. Es triste verlos. Hay una conciencia por demandas pero son netamente económicas y por sueldos. En educación son para no pagar más pero dudo que haya una movilización por una reforma curricular. Quienes están liderando marchas por derechos sociales y de libertades son los grupos feministas, pro Cannabis y los homosexuales.
—Observé un video en el cual aparecés, manifestando rodeado de varios carabineros, que me pareció entre grotesco y patético. ¿Podés comentarme algo?
—En ese momento vivía frente a la cárcel y volvía para almorzar a mi casa. Estaba el presidente (Sebastián) Piñera inaugurando un módulo y era la época en que el movimiento estudiantil estaba protestando. Así que hice un cartelito de apoyo a los estudiantes y le dije a una amiga con quien vivía que saliera a filmar, por lo que me podía pasar. No alcancé a llegar a la esquina cuando los carabineros ya me estaban rodeando y no me dejaron acercar ni siquiera a 500 metros. Un carabinero me dijo que tenía libertad en cualquier lugar “menos acá.” Las fuerzas especiales me tomaron y me dejaron escondido en un pasaje, hasta que el presidente se fue. Cuidaban la imagen del presidente y eso es fascismo, porque coartaba la libertad de expresión de un ciudadano.

 

“Alcohol, tabaco y fármacos dañan más que el Cannabis”

De visita en la República Oriental del Uruguay, Córdova se interiorizó sobre el proceso de regulación legal del Cannabis que actualmente se encuentra en plena instrumentación y el  cual incluye un mínimo de tenencia, venta en farmacias y clubes de membresía, y producción personal, entre otras facilidades de acceso.
— ¿Por qué te vinculaste con el Movimiento pro Cannabis?
—Principalmente, por el concepto del derecho a la libertad. Comencé a consumir y dejé de tener el prejuicio cuando fui a clases de Farmacología en la universidad. Estaba contra las drogas pero consumía alcohol y tabaco. Cuando estudié las escalas de las drogas en cuanto a cuáles son menos dañinas, adictivas, peligrosas y de menos efectos secundarios, encontré que está la Cannabis, incluso menos que el alcohol y el tabaco. Me di cuenta que estaba consumiendo dos drogas más dañinas que la marihuana, así que eliminé el prejuicio para con la gente que consume Cannabis. Cuando comencé a consumir me di cuenta que la situación que se presenta es muy distinta de la real, y me di cuenta del uso y administración política del concepto de marginalidad y narcotráfico. La Cannabis se ha satanizado más que a la pasta base. En Chile mueren 230 personas diarias por el uso del tabaco, es el principal agente de muerte y es legal. Al ver esa incoherencia me metí en el movimiento cannábico –desde la perspectiva sanitaria– y en todos los debates hago referencia a los muertos por alcohol, tabaco y fármacos, y por Cannabis. No es inocua pero es mucho más segura que otras drogas en cuanto al control de daños.
—¿Decidiste consumir por una cuestión recreativa?
—Sí, primero recreativa, una vez que tuve un muy mal día, había terminado con mi novia y tuve problemas en el trabajo. Me produjo una sensación de relajo, tranquilidad y buen ánimo, y dije que “es mejor que estar borracho.” Los chilenos cuando quieren salir de la neurosis diaria se vuelcan al alcohol y los fines de semana ves a los jóvenes reventados, comprando alcohol. En mi caso, dejé de fumar cigarrillos y bebo poco alcohol. Tuve la fortuna de encontrarme con una psicóloga de un equipo de trabajo del psiquiatra Milton Flores, quienes ocupan antiógenos y están tratando de recuperar la dimensión espiritual del ser humano. Pretenden incorporar en la agenda de la política de drogas, la mirada esencial del ser humano. El problema social profundo que tenemos es la falta de desarrollo espiritual y la incapacidad para conectarnos con las cuestiones esenciales de la vida. Nos cuesta mucho ser feliz.
—¿En términos farmacológicos y médicos se puede calificar como “un mal menor”?
—La droga más dura que podría consumir la gente es ninguna y luego viene la Cannabis. El uso de sustancias por parte del ser humano es milenario y es una cuestión antropológica, sea para buscar el efecto que sea. Tenemos el derecho, lo cual es innegable. El consumo de Cannabis hasta sería un beneficio para la salud pública, con un buen programa de educación sobre drogas en la escuela, en el cual hay que incluir qué estamos haciendo con el alcohol, el tabaco y el resto de las drogas. Lo que pasa es que los adictos al alcohol y el tabaco son muy rentables y como no sabemos quiénes pagan las campañas políticas… 
—Infiero que la medicalización de la vida cotidiana –a partir de lo que me comentaste sobre la medicación de los niños– debe ser un problema grave en Chile.
—Santiago es la capital mundial del consumo de antidepresivos y es el segundo país con mayor alza en la cantidad de suicidios juveniles –después de Corea del Sur. La mayor causa de muerte de jóvenes es accidentes de tránsito –en estado de ebriedad– y la segunda suicidios. Nuestro país, psicológicamente, está enfermo. Lo que plantea el equipo del Instituto Triagrama es que el problema no son las drogas sino lo que estamos viviendo como sociedad para que la gente tenga que recurrir a ellas. Quienes no consumen sustancias, compran, porque el consumo también es una adicción. La cantidad de centros comerciales en Chile es muy grande, al punto que –como te decía– en los textos escolares aparecen avisos comerciales.
—¿Qué evaluación hacés de lo observado en Uruguay respecto a la política que están instrumentando en torno a la regulación de la producción y consumo de Cannabis?
—Me llama la atención la capacidad de diálogo que hay entre la sociedad civil y el Estado, lo cual ya me cambia el contexto. Comparar Chile con Uruguay es muy difícil porque las herramientas políticas de acá son más profundas que las nuestras: el uruguayo no tiene que hacer una barricada para poder hablar con alguna autoridad. Además hay una cultura de participación política y ciudadana mucho más potente. Aunque los uruguayos se quejen de todo tienen una democracia mucho más profunda que la nuestra. El proceso de legalización de la Cannabis ha venido junto con el matrimonio homosexual, la adopción de niño por parte de homosexuales y el aborto. Nosotros estamos tratando de generar este proceso de liberalización. En Chile, la UDI y la derecha en general vota en contra de la discusión parlamentaria del aborto. Ni siquiera se habla y es un tabú. Otra cosa que me di cuenta es que los uruguayos hace mucho tiempo que vienen plantando Cannabis y hacerlo en el patio o en la casa es habitual, porque no se llevan tantos detenidos como en Chile, donde si tenés una planta te llevan. Todos cultivamos a escondidas mientras que acá se sabe, por lo que era lógico que debía legalizarse.

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