A Fondo
Lunes 11 de Abril de 2016

El show de la opinión pública

Luciana Actis / De la Redacción de UNO
lactis@uno.com.ar


A menudo, periodistas e intelectuales hacen referencia a distintos temas de la actualidad como si fuesen poseedores de un preciso termómetro social, cual enfermeros capaces de medir la temperatura de las masas y diagnosticar con justeza: la gente tiene miedo, la gente tiene bronca, la gente pide esto o le indigna aquello.

“Gracias a su anonimato la opinión pública es una forma irresponsable de poder y, por ello, particularmente peligrosa”, decía el filósofo y teórico Karl Popper, derrochando sabiduría. 

En la actualidad, el medio (de)formador de la opinión pública por excelencia es la televisión. Si bien se exhibe como portavoz de esta mentada opinión, en realidad no hace más que propagar el eco de la propia voz. Cada grupo mediático imprime su sello y tiende a favorecer a una determinada corriente político-empresarial y, sin embargo, sigue solapándose bajo una presunta objetividad.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo se llegan a “recolectar” los datos acerca de la opinión pública, sino que hay una sondeodependencia incuestionable. Tampoco se sabe qué es exactamente la opinión pública. Solo hay una vaga creencia acerca de que es “la voz de la mayoría”. Lo grave es que, siguiendo esta línea de razonamiento, se llega a creer que aunque la mayoría está equivocada, la mayoría tiene la razón .

Según el investigador italiano Giovanni Sartori, la televisión ha llegado a ser la autoridad cognitiva hegemónica para las masas, desdibujando el rol del ciudadano y acentuando el del público-espectador. Actualmente, la política –en el sentido más amplio– se ha convertido en un espectáculo al que el pueblo asiste desde su living. De esta forma, el debate público de carácter político queda reducido a un componente más del show.

En los últimos días, hemos asistido a un varieté de corrupción, donde periodistas y presentadores –cual acróbatas– saltan de un escándalo a otro, sin profundizar mucho en ninguno. Hemos visto hasta el hartazgo a un grupo de empresarios contando dólares en La Rosadita, a un exsecretario de transporte esposado, a un playboy de rodete disparando dardos contra la expresidenta. Y, muy de vez en cuando, alguno se arrima tímidamente al presidente en ejercicio y sus non sanctas firmas offshores.

A la hora de juzgar a las figuras políticas, resulta crucial la imagen que el ciudadano (o espectador) haya percibido de la pequeña pantalla, que se rige por la dictadura del instante, del impacto, de lo efímero. Pasarán los políticos, pero el show deberá continuar.

Comentarios