A Fondo
Lunes 29 de Junio de 2015

El secreto del planetoide Ceres

Un planetoide que orbita entre Marte y Júpiter puede esconder las respuestas sobre las visitas extraterrestres a nuestro planeta

Gustavo Fernández / Especial para UNO
editor@uno.com.ar


Ceres es un cuerpo de la categoría planetoide –antes llamados “asteroides”- que ocupa un lugar prominente en esa franja de residuos cósmicos que se encuentra entre las órbitas de Marte y Júpiter. Cuando los astrónomos, aplicando la llamada “Ley de Bode” –que anticipa matemáticamente la zona del espacio, tomando la distancia a partir del Sol, en que debe ubicarse un planeta-  buscaban otros cuerpos astronómicos más allá del planeta rojo encontraron, no un planeta, sino una multitud casi infinita de escombros celestes. Esos son los asteroides. Y el primero observado fue, precisamente, Ceres.

El misterio de la “franja de asteroides” es apasionante por sí mismo, y existen dos teorías sobre su formación. Una habla de un planeta que estallara en tiempos remotísimos (¿quizás por la actividad peligrosamente desarrollada de sus habitantes?); la otra, de un planeta común que no llegó a formarse de modo que los elementos que comenzaron a agruparse en el espacio para darle “vida” terminaron disgregándose.

En lo personal, cuando menos no creo en esta segunda posibilidad (lo que no significa que esté tampoco convencido de la primera; quizás haya otras explicaciones) ya que si el planeta no se formó necesariamente, ¿cómo sí lo hicieron los “planetoides” como Ceres, ubicados en su misma posición?

El enano olvidado

Astrónomos y entusiastas de la vida extraterrestre han dirigido históricamente sus esfuerzos y atención a Marte, a alguna de las lunas de Júpiter o Saturno, como Ganímedes, Io o Europa. Suponiendo que el tamaño proporcional del cuerpo astronómico tendría que ver con las posibilidades de encontrar señales inteligentes, olvidaron otro enigma, este muy cercano: los FTL. Que son las iniciales de “Fenómenos Transitorios Lunares”, y remiten a extrañas “luces”, en ocasiones inmóviles, en ocasiones desplazándose, que han sido registradas científicamente sobre la superficie lunar. Hay quienes suponen que es señal de actividad alienígena y, por el contrario, quienes intuyen que se trata de algún fenómeno físico, geológico, que aún no comprendemos bien. La cosa se complica cuando (tal como hemos mostrado en otros artículos) en la Luna también se han fotografiado extrañas “construcciones” en algunos casos asociadas a esos FTL. Por supuesto, las evidencias que tenemos se han filtrado de los estamentos de poder y son sistemáticamente negadas por los mismos, lo que no podía ser de otra manera, bajo pena de tener que admitir que en las vecindades de nuestro planeta operan con total impunidad inteligencias a cuya merced estamos absolutamente expuestos…

El antecedente marciano

Ya en 1976, cuando la llegada de las sondas Viking a Marte y la aparición del famoso “rostro” aún no claramente explicado –pese a los amañados esfuerzos de la NASA en ese sentido-  comenzó a tomar cuerpo lo que hasta entonces había sido el escenario predilecto de los escritores de ciencia ficción: la actividad de una hipotética civilización marciana. Desde entonces, cada misión profundiza aún más el enigma, no solamente porque continúan acumulándose los indicios –esta vez, absolutamente académicos- de las condiciones para la vida, sino la aparición esporádica de imágenes tomadas por las sondas donde se ven objetos de apariencia definidamente artificial. Ya habrá ocasión –siempre la hay, porque aparecen nuevas preguntas casi todos los días- de volver sobre lo que está pasando allí. Ahora, es el turno de Ceres.

Todo comenzó al aproximarse la sonda espacial Dawn, hace unos meses, y comenzar a transmitir a la Tierra las primeras fotografías. Allí se apreciaba cómo en el fondo de un cráter una potente luz blanca se mantenía fija. Desconcierto entre los científicos. Hasta que un comunicado tranquilizador es reproducido cual borregos incapacitados de análisis por los medios de todo el mundo: “Finalmente hay una explicación científica para la extraña luz sobre Ceres. Posiblemente se trata del reflejo de la luz solar sobre una capa de hielo”.

¿Es que acaso puede –seriamente- considerarse “explicación científica” un comunicado que incluye la palabra “posiblemente”? (aunque se enojen los periodistas que reprodujeron ese comunicado: solo los borregos no procesarían este concepto). Dejando de lado dos críticas absolutamente técnicas: una, que la rotación del planetoide haría que cambiara el ángulo de incidencia de la luz y con ello desaparecería el “reflejo” (cosa que no ocurre) y en segundo lugar que a esa distancia del Sol es cuando menos aventurado afirmar que la luz del mismo llega con la intensidad suficiente como para reflejarse con tamaña significación en cualquier superficie.

Pero los misterios no finalizaron allí, porque cuando la sonda se aproximó más a la superficie, apareció claramente una “pirámide” (o, más bien, una forma tronco cónica). Es cierto que esta es, posiblemente, más sencilla de explicar. Una excrecencia volcánica, por ejemplo. Lo que llama la atención es que Ceres, siendo masivamente “plano”, tenga esta extraña protuberancia. Y, claro; si no estuviera presente, no muy lejos de allí, esa extraña luz, tal vez ni nos hubiéramos fijado con tanto detalle…

Una conclusión es absolutamente cierta: el espacio que nos rodea está repleto de preguntas de difícil respuesta, susurros de presencias desconocidas, de abismos para el pensamiento atento. Como Shakespeare hiciera decir a Hamlet: “Hay más misterios en el Cielo y en la Tierra, de las que tú sueñas en tu filosofía”.

 

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