A Fondo
Miércoles 22 de Abril de 2015

“El scrabble debiera ser incorporado en la escuela”

Diálogo abierto. Dorita Daichman, aficionada al scrabble. Pueblo y caudillos. Maestra judía y no peronista. El diccionario y su irresistible atracción  

Julio Vallana / jvallana@uno.com.ar

La consigna es simple: mantener el cerebro activo, enriquecer el vocabulario y pasar una horas en la cual todo gira en torno al scrabble, un juego que no solo ejercita las conexiones neuronales sino que ofrece una excelente oportunidad para socializar y profundizar sobre la riqueza del lenguaje. Dorita Daichman es la pionera del grupo que se convoca –aunque ahora están a la espera para hacerlo este año– en la Casa de la Cultura de la capital provincial. Un entretenimiento que merece una evaluación institucional por las posibilidades pedagógicas que ofrece, y que son adaptables a las nuevas tecnologías.


El pueblo y la justicia

—¿Dónde nació?
—Creo que en Villa Domínguez –en 1924– y me anotaron en Las Moscas, donde viví hasta los dos años. Siento que he vivido en Conscripto Bernardi. Allí fui a la escuela hasta cuarto grado –que lo hice tres veces porque solo había hasta ese grado– entonces me rebelé, le dije a mi madre que no quería saber más nada y que quería terminar la primaria. Cuando tenía 12 años  me trajeron a Paraná –a una casa de pensión–, rendí examen de ingreso en la Escuela Normal, hice quinto y sexto grado, después rendí para el secundario en el Normal de maestros y me recibí en 1942.

—¿Cómo era el pueblo y su casa en la infancia?
—Una casa de material muy grande que tenía un negocio de ramos generales –de mi papá– y mi mamá tenía una panadería muy grande, la cual abastecía a toda la zona e inclusive venía gente de La Paz. Mi padre también tenía campo, –a unos cuatro kilómetros– donde iba y venía.

—¿Qué le atraía más: lo urbano o lo rural?
—Siempre me gustó lo rural: recuerdo el atardecer, el perfume cuando florecían los paraísos, los animales, las grandes lluvias e ir a la escuela con el barro hasta las rodillas. Una vez salí a caballo por el campo con mi papá y vi un gato montés, el animal más lindo que había visto. Mi padre tenía un tordillo que solamente le obedecía a él.

—¿A qué jugaba?
—No jugaba, trabajábamos, colaboraba con mi padre y con mi madre. Cuando llovía buscábamos huevitos de ranas y el que juntaba más, ganaba. Andábamos a caballo…

—¿Un personaje del pueblo?
—Varios. Ayer hablábamos sobre la justicia y me acordé de algo que me impresionó y me dejó marcada. Las cosas se resolvían drásticamente: se reunían tres o cuatro de los principales del pueblo –entre los cuales estaba mi padre, que le llamaban “El cacique”. Era grande, alto, forzudo, ojos celestes, era distinto y fuerte. El comisario también era grandote y ejecutivo. Había una mala persona en el pueblo que se había unido a una viuda quien tenía cuatro hijas, con las cuales se portó muy mal. Llegó el 25 de mayo y en un lugar cerca se hacían carreras cuadreras, a las cuales iba todo el pueblo. El día anterior mi papá llamó a los empleados y dijo: “Mañana no va nadie a las carreras.” Una de mis hermanas y la cocinera se quejaron, pero no fue nadie. Al anochecer del otro día trajeron la noticia de que lo habían provocado al rufián y lo cosieron a balazos. Todos iban armados. No me olvidé nunca. Años después le pregunté a mi papá y me dijo: “Era un mal hombre y había que terminar con él, no tenía derecho a  vivir.” También se suponía que había matado al marido de la mujer. Había montones de estas historias. Lo que tenemos ahora es la no justicia.

—¿Qué atracciones había?
—Disfrutaba mucho de un barcito que había en la vereda de enfrente donde un vecino tocaba la acordeón y el otro guitarreaba, así que me crié escuchando chamamé –que amo.

Oro en la calle

—¿Quién fue el primer Daichman que llegó a la zona?
—Mi papá, quien vino de una zona de Rumanía que ahora es Ucrania –en la provincia de Besarabia– y que en ese momento estaba ocupada por el zar de Rusia. En 1904 hicieron una leva porque le declararon la guerra a Japón y los llevaron a todos los muchachos de 18 años a Kiev, pero mi padre dijo que no sabía lo que era un japonés, así que no sabía por qué tenía que matarlos. Otro muchacho que estaba con él dijo que no podía matar a nadie y le propuso irse.

—¿Adónde?
—Se fueron caminando, llegaron hasta Viena, trabajaron en el campo por la comida, hasta que llegaron a Hamburgo, se metieron en un barco y fueron a Londres, Inglaterra –donde tenía una hermana. No le gustó por la humedad y la pobreza, se encontró con alguien que le dijo que en América “había oro en la calle, trabajo y comida.” Le dieron la dirección de una oficina, fueron, subieron al barco, llegaron al Hotel de Inmigrantes en Buenos Aires, veía los tachos de basura y decía: “Con esto se puede vivir una semana”. Un día encontró una naranja en la calle –que para ellos era un manjar– y vio que los chicos jugaban con ellas a la pelota. ¡No podía entender! Cuando terminó la cuarentena lo contrataron como emparvador en una estancia de Carlos Casares, le pagaban muy bien y comía muy bien, hasta que se acordó de unos parientes de apellido Furman en Entre Ríos, así que se vino para acá –con plata en el bolsillo. La conoció a mi madre –de apellido Churchill– en Villa Domínguez, quien era morochita, chiquita –y el grandote, rubio y de ojos celestes– se enamoraron y se casaron.

—¿Qué más contaba su padre sobre su tierra?
—Que su madre y su padre trabajaban la tierra, vivían modestamente en un pueblo que solamente era de judíos –según estaba establecido. Cuando era muy chiquito hubo dos progroms muy importantes pero a la Policía –como ahora– se la podía coimear. El comisario de la zona le decía al caudillo del pueblo que iban a venir, así que a las mujeres las escondían en el bosque. Venían, gritaban, tiraban unos tiros y prendían fuego a algo… pero no siempre fue así.

—¿Volvió?
—Nunca, no quiso, pero trajo a ocho sobrinos.

—¿Qué se transmitió en la familia de las costumbres judías?
—Mi madre era religiosa y mi padre no, pero siempre respetó su religiosidad. Era muy socialista y lo que me enseñó era que lo más importante en la vida es la libertad, y lo segundo el trabajo y el respeto mutuo. Me decía: “Creo que en Dios, los diez mandamientos y nada más”.

—¿Tenían libros en su casa?
—Toda la vida. Aprendí a leer a los seis años porque papá leía y escribía en cirílico, y mi madre en idish y en castellano. Mi papá se desesperaba porque le leyeran La Nación y La Prensa –que traía el tren. En la última página de La Prensa venía un capítulo de textos clásicos. No sabía si leerle la primera página con las noticias o la última con las novelas. Se sentaba en su sillón de mimbre y había que leerle y comentarle el diario. El conde de Montecristo me influyó mucho –porque era el hombre que de la muerte y por su perseverancia e inteligencia, se había hecho de nuevo, como el Ave Fénix– mientras que El Quijote me pareció aburrido. Me gustaban los autores españoles del Siglo de Oro. Tolstoi es maravilloso. Se me pegó la necesidad de aprender.

Costura sí, docencia no

—¿Charlaban su mamá y su papá en torno a esto?
—No, mi mamá no hablaba, trabajaba todo el día desde las cuatro o cinco de la mañana. Con el paso de los años yo le decía en joda: “Después de Perón, sos la primera trabajadora” (risas). Pero Perón no me dejó trabajar a mí cuando era maestra, llevé toda la papelería y me dijeron: “Acá falta algo importante, el carnet de afiliación al Partido Peronista.” Era en la época de Juanita Larrauri y la unidad básica estaba en calle Alem. Salí con mucha bronca y una amiga me invitó a poner un taller de costura –distinto a los demás– nos fue muy bien, trabajamos solamente con la última moda y nos reíamos de los 110 pesos que ganaban los maestros –cuando nosotros hacíamos $ 300 cada una.

—¿Nunca ejerció la docencia?
—Sí, pero de otra manera. Le enseñé a chicos para llenar mi alma de maestra. Luego inventé un método para calcular los puntos con un razonamiento matemático y comencé a tomar alumnas de tejido –aunque no aceptaba peronistas ni esposas de militares. Nunca creí que la gente pueda ser clasificada pero yo era la primera que lo hacía (risas).

—¿Sentía alguna vocación?
—Lo que no iba a ser era médica.

—¿Había un mandato familiar en ese sentido?
—Ninguno, mi padre era muy libérrimo. Lo único que me decía era que “no había que hacerle el mal a nadie, y nadie te hará mal,” y –sobre todas las cosas– ser libre.

—¿Cómo fueron los primeros tiempos en Paraná?
—Lloraba y lloraba, quería estar en mi casa con mi papá, era triste y a la vez venturoso vivir lejos de la casa. Después vino un hermano mío a vivir acá –yo soy la 7ª. Vi nacer la isla que está frente al puerto –en 1937– a partir de que bajó mucho el río y se formó un arenal.

Gente dividida

—Imagino que tuvo problemas en la Escuela Normal, por la época.
—La gente estaba dividida: o eras germanófilo, nazi o aliado. El profesor de Geografía en tercer año dijo: “Vayan sabiendo los judíos –éramos cinco– que acá ninguno aprobará mi materia.” Fui a ver al director, Gabriel Echenique –un gran hombre, serio y autoritario– se lo comenté, a la vez que le dije que sabía la materia, y le pedí por favor que estuviera presente en el examen. Además le dije que era judía –“igual que Jesús, que la virgen María y todos los demás”– y que no me dejaría pisotear. Me dijo que fuera tranquila. Llegó el examen, estaba el señor ése –(el profesor) que solo se miraba la punta de los pies y no me hizo ninguna pregunta ni me miró–, la señorita Mihura y otra profesora. Hice el examen, sentí como un frío por la espalda, seguí hablando y me dijeron que estaba todo bien. Cuando me di vuelta lo vi a Echenique al lado de la puerta, con las manos detrás. Salí con las rodillas temblando y me largué a llorar como una criatura. Me pusieron un nueve.

—¿Qué materias le atraían?
—Literatura, Geografía, el lenguaje siempre me gustó e Historia. Hace tres años fui con una amiga a un homenaje en Quito a Manuela Sáenz –la libertadora del libertador, compañera, secretaria y traductora de Simón Bolívar.  Anduvimos por todos los lugares donde ella anduvo y me maravillé.

—¿Cómo le fue a su padre con el peronismo?
—Papá gritaba contra Perón hasta que un día el comisario le dijo a mi hermano mayor que lo sacaran del pueblo, lo convencieron, vino a Paraná, compró en Italia y Perú, y vivimos bien ahí.

—¿Y su negocio de costura?
—Lo mantuve durante cuatro años, luego seguí con las creaciones de tejido–que vendía muy bien en Buenos Aires– e hice otros emprendimientos comerciales, porque siempre me gustó y tuve tierras.

Una “ciencia pequeña”

—¿Tenía algún hobbie?
—La lectura en primer lugar.

—Me refería a algún otro.
—La música y el teatro, como espectadora.

—¿Se dedicó a otro juego anteriormente?
—Jugaba a la Loba con un grupo de mujeres y nuestro mayor placer era poner una mesa bien servida. Lo tuvimos durante muchos años hasta que falleció la madre del doctor Clembosky, entonces ya no sentí más placer porque la quería y me dolió mucho.

—¿Cuándo descubrió el scrabble?
—Cuando mis chicos eran chicos pero lo descubrí cuando entré a El Recreo –después de la muerte de mi hija, en 1996. Iba solamente a jugar al scrabble y luego me metí en la comisión con Angelita Remedi –nuestra doña Petrona. Además armamos un taller de ropa para los pobres y también juntábamos ropa y elementos para la Escuela Esparza. Hacíamos esas acciones solidarias porque no puedo estar sin hacer algo.

—¿Qué le atrajo?
—Ya lo conocía pero no su reglamento. Sin dudas, es una ciencia pequeña –un juego ciencia– porque hay que saber mucha ortografía, está la obligación de pensar, leer el diccionario y estar al tanto de las palabras nuevas. Por ejemplo ahora se aprobó la palabra faxear, que jamás la hubiera imaginado. A veces rechazamos una palabra porque es un galicismo. Lo que tiene de bueno es que te mantiene despierto durante tres horas –que es lo que más o menos jugábamos –de 16 a 19. Te aísla de todos los problemas que puedas tener, te sentís renovado y “limpio”. Está el hecho de ganar, porque se juega por puntos, o sea que es una competencia liviana. Está el placer de hacer un scrabble, que es poner sobre el tablero las siete letras que tenés en el atril, una especie de premio que uno se otorga a sí mismo –además de los 50 puntos adicionales. Satisface ampliamente y eso hace que nos reunamos con amigos o que surja una nueva amistad. Hay un deseo por prepararse para ir a jugar –para lo cual las mujeres se emperifollan un poco más– y si jugamos en la casa de alguien existe la obligación de poner la mesa y ofrecerla. Para mí es un descanso y pienso que todo el mundo lo tiene que hacer. Un psiquiatra –hablando del scrabble– me dijo que después de los 50 años todos debieran jugarlo, porque las neuronas se renuevan y se agiliza la memoria. Desde que cumplí los 80 noté que ciertos apellidos me los olvido.

—¿Qué disfruta de todo esto?
—Que es una competición sana, no se puede hacer trampas, si tenemos dudas, está el diccionario –que es un elemento necesario. Ahora se juega con la tablet, la cual te dice si la palabra es válida o no –pero te deja a mitad de camino porque no sabés lo que significa, cómo se puede usar, si es sustantivo o solamente un verbo, si tiene o no femenino o plural… El diccionario te dice todo esto. También me apasiona porque saco siete fichas y no tengo ninguna vocal, entonces tengo que fijarme en el tablero si hay una que me sirva, aunque sea para poner “pan”.

—¿Cómo fue la primera partida?
—Sí, la recuerdo, fue con una señora –muy inteligente– que sabía mucho más que yo, me basureó bastante. Para mis adentros dije: “Dorita, ésta será la primera vez, porque viniste a aprender, la próxima vez, no.”

—¿Le enseñó algo?
—No tenía nada que enseñarme, yo sabía jugar pero limitadamente.

—¿Cómo aprendió?
—Así nomás, cuando compré el juego, además me gustaban las palabras cruzadas. Les enseñé a mis chicos y jugábamos. Después –gracias a la señora Leticia Serrano– fuimos a una competición en Buenos Aires, donde nos pusieron en tercera categoría. Hasta 400 puntos es una categoría, de 400 a 600, un poquito más, y de 600 para arriba, ni te cuento, sos un campeón. Nos fue muy bien y jugué tres partidas.  Una, con un doctor en Letras que me dijo que no me pusiera nerviosa, que pensara tranquila, que un cincuenta por ciento dependía de lo que tenía en mi cabeza y el otro cincuenta por ciento, de lo que había en la bolsita. La z vale 10 puntos, la rr y la j, ocho, la n, la t, la r, uno, al igual que las vocales.

—¿Qué es determinante para avanzar en esas tres categorías que me señala?
—No hay ninguna clave, hay que saber jugar.

Diccionario y  entrenamiento

—¿La lectura en general y del diccionario en particular es una especie de entrenamiento?
—Para mí sí porque siempre he amado el diccionario y ha sido el mayor entretenimiento de mi vida.

—¿Tiene una forma de leerlo?
—Me siento, lo abro y lo leo. Por ahí tengo media hora y me dedico a leerlo. O, por ejemplo, estoy leyendo una novela española, veo una palabra que no sé y voy al diccionario. No puedo seguir adelante, es como una obligación. El lenguaje nuestro es encantador y profundísimo.

—¿Qué otras palabras como las que me mencionaba ha descubierto?
—Muchísimas, de la literatura española. Muchas veces el que escribe “raro” es Vargas Llosa y tenés que ir al diccionario a montones.

—¿Qué diccionario se utiliza en las competencias?
—El de la Real Academia Española.

—¿Qué cualidades reúne un jugador de primer nivel?
—Conocimiento del vocabulario y que haya leído bastante. Una vez pusieron la palabra beber y yo había leído la palabra desbeber. ¿La conoce?
—No.
—Quiere decir orinar. Mi compañera de juego me dijo: ¿Qué palabra es ésa? La leí en el diccionario –le dije–, es “devolver las aguas.” ¡En el lenguaje español tenemos tantas palabras! Por ejemplo “cauz” es más que el meollo y la causa de una cuestión, algo más profundo. Me costó entenderla. Tiene la z, que vale 10 y la c que vale tres puntos, y te hacés 30 puntos como si nada fuera, o 45, depende del lugar donde la pongas.

—¿Cómo se desarrolla una partida?
—Pueden jugar hasta tres o cuatro personas, pero generalmente es de a dos. Se saca una letra y el que tiene la más cercana a la “a”, le corresponde iniciar la partida. Luego se sacan siete letras, las ponemos en el atril y el que tiene que salir primero, lo hace con lo que puede. En el supuesto caso de que no pueda hacerlo, dice “paso”, se le pone 0, perdió esa partida y sale el siguiente. Si puso cuatro o cinco letras, saca de nuevo para completar las siete, y así sucesivamente, hasta que se termina la partida.

—¿La competencia es por tiempo o finaliza cuando se terminan las letras?
—Cuando se terminan las letras. Si alguien se quedó con cuatro letras, tiene que sumar el puntaje de ellas y se los da al que ganó, y él se los resta de su puntaje.

—¿Un juego que fue especial?
—Ha habido días en que no gané ni una sola y otros en los cuales gané tres o cuatro, y no sabés por qué. Es también cuestión de suerte y habré estado más o menos inspirada, despierta o no habré jugado inteligentemente.

—¿Se puede proyectar alguna estrategia?
—No hay ninguna.

—¿Hay un campeón mundial?
—Sí, y hay un campeón argentino –(Horacio) Moavro– quien vino a Paraná, a nuestra reunión.

—¿Se convocan en otros lugares además de sus domicilios?
—El grupo actual salió de El Recreo porque pedíamos un salón para estar cómodas y no tuvimos respuesta, así que buscamos otro lugar. Fui a la Casa de la Cultura, me atendieron muy bien y estuvimos hasta que llegó el verano, con la idea de jugar ocasionalmente en nuestras casas. Ahora estamos esperando que nos den el ok para volver a la Casa de la Cultura y no sé qué pasa que se están demorando tanto.  Hay gente que nos llama y me gustaría que mucha gente pueda ir a jugar allí, ya que la casa está muy buena. Es hermoso estar ahí.

—¿Qué impresión se llevó del encuentro con el campeón argentino (Horacio Moavro)?
—Él tiene la filosofía del puntaje y mi filosofía es la de jugar como un desafío hacia mí misma, y además “la peleo” con mis letras.

—¿Qué me quiere decir?
—Si tengo siete consonantes puede elegir cambiar y esa partida la pierdo. Yo no lo hago: la peleo, la peleo y la peleo, hasta que salgo. Es un desafío para mí, porque juego por jugar, no por el puntaje.

—¿Participarán en alguna competencia?
—Sí, nos han invitado de Córdoba para el 1 de mayo y una señora de Concepción del Uruguay hará un taller, al cual pensamos ir todas. También nos han invitado mucho de Buenos Aires y vamos a ir.

—¿Lo cambiaría por otro juego?
—No, en todo caso el otro juego estaría en segundo lugar. A mi hijo le gusta mucho el Buraco, porque hace un trabajo intelectual muy profundo y se cansa mentalmente.


“Vamos a ir adonde nos convoquen”

La entrevistada despliega entusiasmo e ideas en torno a las posibilidades que brinda el juego creado por el arquitecto Alfred Mosher Butts –en 1935, en el contexto de la Gran Depresión– y en esa línea el grupo de jugadoras se muestra dispuesto a informar en escuelas u otras instituciones que les propongan una charla o un taller.

—¿Cómo ha evolucionado el grupo?
—Hay una gran amistad y un deseo por jugar, entonces no nos podemos perder un lunes o jueves, llueva, truene o haga calor, es una relación muy linda la que se ha creado porque se discute sobre el tema. Jamás hablamos de otra cosa que no sean las palabras que se originan en el juego

—¿Qué efecto ha tenido sobre usted?
—He mejorado muchísimo la memoria y el deseo de salir –lo que los chicos llaman “la vibra”. Puedo estar con la energía un poco baja el domingo, pero a las tres de la tarde del lunes ya me estoy acicalando porque me voy a jugar.

—¿Considera –como docente– que debiera incorporarse en las escuelas?
—Sí, pero que lo elija el niño, no obligarlo porque no sirve para nada. Habría que hacerle una demostración y el que quiere jugar, dedicarse a él.

—¿Puede ser una buena herramienta pedagógica para contrabalancear la pobreza del lenguaje en la comunidad educativa?
—Esto revive el lenguaje. Nosotros estamos fuera de la mutación del lenguaje y estamos dentro del diccionario. El juego es beneficioso desde todo punto de vista: hace que el educando se nutra de un lenguaje tan hermoso como lo es el español, aprende a usarlo, analizarlo y disfrutarlo. Y aprende una disciplina porque no es una timba sino un juego ciencia. Juega por la propia satisfacción de hacerlo. Se educa a través de las palabras. Lo veo a través de mis nietos.

—Convengamos que el lenguaje se transforma y la RAE cada vez se hace eco de ese cambio con mayor flexibilidad.
—Sí, el criterio ha cambiado y estoy con ello, porque no se puede quedar en el siglo pasado.

—¿Conoce chicos que juegan?
—Sí, todos mis nietos juegan, apasionadamente. A veces los dejo ganar.

—¿Qué edad tienen?
—Son grandecitos –entre 20 y 30. Es un juego para la familia. Tengo cuatro juegos porque en invierno jugamos todos.

—¿Están dispuestas a ir a una escuela o institución si las llaman para dar una charla o taller sobre el juego?
—Para cualquiera que nos llame, estamos dispuestas a ir.

 

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