A Fondo
Domingo 13 de Marzo de 2016

El rodaje de Rolando López Bantar

Semblanzas. Hijo mayor de entre 10 hermanos, el “Conejo” como todos lo conocen, despegó en 1967 de su Villaguay natal para dar vida a la militancia política desde el cine, el arte que abrazó para toda la vida. En él, el compromiso es todo.


Mario Daniel Villagra Segovia/editor@uno.com.ar
Colaboración especial para UNO


El Conejo, como es apodado entre sus amistades, es presentado en festivales y ante el público como realizador, docente e investigador villaguayense. Pero es más que eso. Fue uno de los que defendió, con Fernando Birri en el exilio, la idea de concretar el Instituto Superior de Cine y Artes Audiovisuales de Santa Fe. Actualmente es su director y trabaja en el proyecto de un libro que recabe las vivencias de dicha institución, junto a Carlos Gramaglia y Luis Cases. Por su parte, dirigió un video homenaje a Aníbal Zampayo y, últimamente, Che, Zoila, primer capítulo de una serie producida por los polos audiovisuales.
Reside en Santa Fe, donde nos atendió, pero nació en la Ciudad de Encuentro un 17 de setiembre de 1948. Hijo mayor, entre 10 hermanos, de Rolando y María Ester. Rolandito salió de ese manantial que brota del tronco en busca de nuevos horizontes. Y terminó siendo egresado del ex-Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral. Su film de tesis titulado La memoria de nuestro pueblo fue seleccionado en el Festival Internacional de Oberhaussen en 1974. 
Asimismo, representó a Argentina en el Festival de Cine de los Pueblos del Tercer Mundo celebrado en Argel a fines de 1973. También participó en el Festival Internacional de Escuelas de Cine en Amsterdam y en el coloquio sobre “El cine social en América Latina”, organizado por el XX Festival Internacional de Cine de Leipzig (Alemania). En definitiva, un hombre que ha viajado, hecho escuela, pero que nunca se olvida se sus raíces. 
— ¿Cómo fue que empezaste a hacer cine?
—Mi primera escuela de cine fue el cine Berisso, en Villaguay. Porque vos te imaginas, en un pueblo, en aquella época, años de 1960, ¿qué hacía uno? No había televisión. Escuchaba la radio. Escuchaba más radio uruguaya que argentina. En Entre Ríos se escuchaba más radio uruguaya que argentina. Bueno, ¿y qué más hacíamos? Íbamos al cine. Aún tenemos un hermoso cine. En ese entonces iba todos los miércoles. Me metía por la tarde y salía a la noche. Ahí yo vi todo el cine argentino de esa época. Iba solo. Había otro amigo que quería estudiar cine. Quería ser cineasta, y había encontrado un curso por correspondencia, de California, Estados Unidos. Entonces, él quería hacer ese curso, porque había identificado al cine con Hollywood. Vi cómo era eso: había que pagar. Y viene otro amigo mío, y me dice: “Vos sabes que en Santa Fe está todo empapelado con carteles que dicen estudie cine”, y en la UNL (Universidad Nacional del Litoral). Y a la semana siguiente me trajo un folleto. No lo hablé con nadie. Yo empecé a elaborar la idea del cine, de que estaba el Instituto y en Santa Fe, que era más viable para mí. Primer punto, me gustaba la fotografía. Luego, me gustaba el periodismo; yo leía mucho. Iba a la biblioteca del pueblo, todos los días. Leía el diario en la biblioteca. Sacaba libros. Ahí empecé a sacar libros: literatura, obras de teatro. La biblioteca es otra fuente para mí y el cine. En el último festival de cine de Mar del Plata, lo encontré a Martínez Suares, el hermano de Mirta Legrand, gran cineasta y maestro. Lo saludé y me acordé de una película, muy buena, que él hizo. Se llama Dar la cara, en base a libro de David Viñas. Y le digo ‘Dar la cara, veo que la han restaurado, porque es del año 1962’. Y me dice ‘ah, la viste ahora’, y yo le contesto que no, que la vi en mi pueblo. En el Cine Teatro Emilio Berisso vi el neorrealismo italiano, a Federico Felinni (1920 -1993). A la Nouvelle Vague, con François Truffaut (1932-1984) y Jean-Luc Godard (1930). Cuando yo vine al Instituto, el profesor de Historia del Cine era el famoso escritor Juan José Saer. Un día me hacen una joda, porque venía de un pueblo del interior, medio paisano, que hablaba a los gritos. Entonces, el profesor nombra una película y dice ‘seguro que no la vieron’. Y yo dije que la había visto en el cine de mi pueblo. La tengo acá a la película –y se apunta la cabeza–. Vivir su vida es la película, de Godard. En ese entonces nos mandaba a mirar la película. No había DVD. La veías en el cine o no la veías. Al cine Berisso yo lo reivindico. Y es un cine que lo salvó la comunidad. Hicieron como una comisión cooperadora, como un cine club que pagaban la cuota todos los meses. Hicieron socios y con esa guita, más la Municipalidad que los ayudó, en distintas gestiones, salvaron al cine de que no lo vendan. Lo iban a comprar para poner una agencia de autos, un supermercado o una cosa así, como han hecho con tantos cines. Entonces, la pelearon y la ganaron, ahora está ahí, dando cine digital.
— ¿Qué opinión tenés del Cine 4D?
—En el cine, ahora, hay nuevas tecnologías, como la digital. Tenés distintas versiones y formatos y alternativas, que es la forma actual de producir cine. Que no es la misma de cuando yo empecé a hacer cine. Hice películas con el proceso fisicoquímico. Con una filmadora a cuerda, no era electrónica. Empecé con una cámara de ocho milímetros, gracias al Instituto. Con esas hacíamos nuestros primeros trabajos prácticos. Filmábamos en mudo. Cine mudo hacíamos. Hacíamos tres trabajos: uno documental, otro ficcional y al otro le llamaban experimental. Imaginá. Ahora, vos filmás y filmás. Antes, tenías un rollito de tres minutos. Tener dos rollitos de tres minutos era un lujo. Filmábamos casi uno a uno. En tercer año filmamos con 16 milímetros. Y en cuarto año hacíamos la tesis. La tesis me abrió el camino. No se rompe la idea del cine. El cine, desde el punto de vista de la construcción dramática, es el mismo. Lo que cambia es la tecnología. La industria del cine argentino, que eran los grandes estudios de Buenos Aires, filmaba con todos los chiches: cámara 35 milímetros, parque de luces. No le faltaba nada. Eran películas industriales. El modelo de ellos era imitar al cine industrial. Su sueño era ser como Hollywood.
— ¿Te preocupa la penetración cultural?
— ¿Que si me preocupa? Claro que me preocupa, y siempre me preocupó. Cuando yo me inicié en el cine, también había discusiones en torno a la forma de ver el cine, de asumir la realización del cine. De entrada vine con una impronta de descubrir cosas nuevas. De mostrar la problemática de los jóvenes de esa época, de los 60. Por ejemplo, el Tercer Cine es un movimiento de ruptura en la argentina. Y se puede decir que la escuela de cine está en ese movimiento; Birri entra en ese cine de ruptura con el cine que existía en esa época. El tercer cine es una teoría. Sus ideólogos son Pino Solanas, Octavio Getino y otros, pero ellos son los que más figuraban. Hay un tercer cine: uno es el cine industrial, comercial. Otro, es el que, sin pretender romper con eso, es un cine independiente. Y el Tercer Cine que planteaba un cine totalmente independiente. Independiente de todo. Te doy un ejemplo. La película de Pino Solanas, La hora de los hornos, que ganó premios en todos lados, fue hecha con una cámara 16 milímetros que andaba a cuerda y tenía 31 segundos de autonomía. En ese momento, tener un grabador que se conectara a la cámara era muy costoso, no lo podía tener cualquiera. Entonces, esa ruptura con el mundo industrial era lo que llamaban el Tercer Cine. La primera ruptura la hacen en el interior. No en Buenos Aires. Se vienen a Santa Fe, a una ciudad del interior para desarrollar esa propuesta. Segundo, hace una escuela. No lo ve como algo individualista. Está su personalidad, pero hace una escuela. La escuela es un factor clave para la continuidad de la propuesta. Y se van sumando nuevas personas, nuevos realizadores. Que va creciendo por surgimiento de los artistas. Los estudiantes, se inscriben 100 y quizás aparecen cinco que se destacan o que logran consumar una obra. Esa es la ventaja de una escuela. Y es lo que quería hacer Birri, porque él fue a Italia y vio que había una escuela. El Centro Experimental de Roma, era la escuela oficial de cine. 
— ¿Cuál sería tu ideario de cine? 
— Vine a Santa Fe y comencé a ver algunas cosas distintas. Todos los lunes iba al cine club, donde se veían películas distintas a la de las salas comerciales. Esa era una fuente. Íbamos todos con el profesor. El día que había cine club el profe decía ‘buenosseñores, la clase ha terminado, nos vemos todos en el cine club’, y salíamos caminando como en una caravana. De entrada me empecé a identificar con un cine. Nadie me orientó en eso, yo vi eso en Santa Fe; vi Los Inundados, Tire dié, y eso me empezó a influenciar a ver ese tipo de cine. Me empezó a gustar. Y me empecé a comprometer demasiado rápido. Terminé el primer año muy comprometido. Quería aprender. Para que veas, la primera Navidad me quedé acá, no fui a pasar con mi familia a Villaguay. No había teléfono como ahora. Y yo avisé que no iba a ir. ‘¿Cómo que no vas a venir?’, me dijeron. ‘No, estoy en una filmación’, les dije. El primer año, había logrado entrar a un grupo que estaba haciendo un documental. Se llamaba Crónica de Navidad, mostraba desde el arzobispo hasta los boliches del puerto. Y me pusieron de tira cable. Yo entré y vi cómo se trabajaba.
— ¿Cómo definirías el cine?
—El cine, para mí, a esta altura de mi vida es todo. Te podría decir que nunca abandoné desde que me metí en el cine, en el 1967. Ese año salí de Villaguay buscando nuevos horizontes. Había dos escuelas de cine en aquella época: una en La Plata y la otra en Santa Fe. El único consejo de mi vieja fue “andá a lo del tío”. Yo tenía un tío acá, y ella le escribió una carta contando que Rolandito se iba a estudiar cine. Y me recibió, fue muy hospitalario conmigo. A la tercera semana yo ya me conseguí una pensión. Y estaba el comedor universitario. Yo vengo de una familia humilde y numerosa, éramos 10 hermanos. Cuando le dije a mi viejo que me venía a estudiar, me miró con mucha ternura. No era como a otros amigos que le mandaban un giro. Entonces, comía en el comedor universitario. A los siete meses logré conseguir una vivienda universitaria, una residencia. Era como una beca, pero vos tenías que hacer contraprestación. En el segundo año, el profesor de Introducción al Cine, que además de ser profesor de la cátedra era el encargado de la videoteca y de la cinemateca, me elige para trabajar en una moviola. Me enseña a remendar las películas. Eso me servía para tener una beca, una vivienda. Y después trabajaba de mozo en el comedor universitario. Trabajabas tres horas y te ganabas el almuerzo. El compromiso lo empecé a sentir muy temprano. Quizás influyó mucho que mi vocación íntima era el periodismo. Y el periodismo a través de distintas herramientas. Así como me gustaba retratar con la cámara de fotos distintos aspectos de la realidad, de la vida cotidiana, también escribía. Eso me acercó a un tipo de cine. Y después fui conociendo gente en el Instituto. Después, no te olvidés, año 1967, en la universidad había mucho movimiento. Era un despelote, una explosión. El año que yo ingresé es el que mataron al Che Guevara. Esa generación estaba muy influida por esas vivencias. En el 68 y el 69 fue el Rosariazo y el Cordobazo. El Mayo Francés, que llegaba muchísimo. Y esas influencias, de entrada, me hicieron un hombre de cine de esa naturaleza. Tipo cine de ruptura, y así lo hice. 
—Y ese ideario, ¿se ve reflejado en el perfil de los estudiantes?
 —Se refleja. Se refleja en muchas cosas. Pero hay que saber distinguir: una cosa es cómo soy yo de director (del Instituto); otra, como estudiante y otra como profesor. No te olvides que yo fui estudiante durante todas las dictaduras militares. Lleno de trabas y problemas, y eso hay que tenerlo en cuenta. Tengo una actitud como estudiante de esa época. Y tengo una aptitud hoy, donde tengo la responsabilidad (ya la he cumplido a esa responsabilidad) de dirigir una escuela. En donde hay más de 20 docentes, que piensan cada uno de forma distinta. Y, además, hay más de 250 estudiantes, que también tienen formas distintas de pensar. Estamos en la Democracia, es lo más lindo que hay. Yo soy muy respetuoso; y tengo que ser respetuoso de todas esas diversidades. Tengo mi forma de pensar, y soy consecuente. No le puedo mentir a la gente. Tengo que ser muy amplio. Una situación distinta a la que cuando era estudiante. Yo tengo que respetar a todos. En ese respetar a todos, aparecen propuestas de cine de una característica y de otra. Con distintas propuestas estéticas y formas de concebir al cine, de expresarse con el cine. Y uno tiene que ser, como docente y más aún como director de una escuela, lo suficientemente amplio para interpretar todas las posturas. Y no encerrarse en una, aunque uno tenga su postura y su forma de pensar. Yo estoy en contra de la censura, porque la padecimos. Sé lo que es la censura o la falta de libertad de expresión, la hemos vivido. 
¡Sin dudas que el Conejo la ha vivido! Y eso hace que en una entrevista no se puedan agotar horas tras horas de un rodaje: el de su propia película. 

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