La Provincia
Domingo 08 de Noviembre de 2015

El río, la cultura, los que ensucian y los que limpian

Diálogo Abierto. Las campañas de recolección de la Asociación  Amigos del Puerto Nuevo son acciones ecológicas concretas, dignas de reproducir en otros ámbitos de ciudad y la provincia. Norberto Accinelli y la cultura de la costa

Julio Vallana / De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar


Recientemente la Asociación de Amigos del Puerto Nuevo –con sede entre la Escuela de Canotaje y la dársena– realizó la duodécima edición de recolección de basura –especialmente plástico– del río Paraná. La inconsciencia de la población se reflejó en los 150 bolsones llenos de botellas extraídas de distintos sectores de dicho curso de agua. 

Norberto Accinelli –presidente de la entidad paranaense que trabaja en nuevos proyectos– conversó sobre su preferencia por la cultura de la costa –contrapuesta con la de la ciudad. 

El abuelo y la pesca

—¿Dónde naciste?
—En Gualeguay, el 11 de junio de 1957.

—¿En la ciudad?
—Sí y de allí me vine a los 10 años porque papá era militar y lo trasladaron.

—¿Cómo era tu barrio?
—En el centro, calle Melitón Juárez y… Hereñú. Es en la entrada a Gualeguay; hace unos meses anduve por allá y se mantiene igual aunque ha mejorado. Está a dos cuadras de la plaza y la iglesia, creo, San Miguel. La casa donde vivía yo –que era de una bisabuela mía, la nona Florinda– se conserva, con rejas de aquella época. Ella había venido de Italia. Gualeguay es muy lindo. 

—¿Y tu bisabuelo?
—También vino de Italia al igual que mi abuelo por parte de padre –gran pescador. Por él soy tan loco por el río ya que a los seis años los fines de semana nos íbamos a pescar. Todavía está el rancho que hizo mi abuelo Eruco debajo del puente Pellegrini así que cuando voy, me quedo unos días. 

—¿Cómo era esa relación?
—Me exigía estudiar en la escuela sino no me dejaba subir a la canoa y yo me largaba a llorar. Mis viejos me mandaban con la carpetita al rancho del abuelo, para que me controlara las tareas y después no íbamos a sacar carnada, poner las mallas, hacer fuego y aprendí la cultura de la costa, al igual que en Villa Urquiza.  

—¿Qué te atraía de ese universo?
—Mi sueño –cuando me jubile de la radio– es irme a vivir a la isla y estoy armando un  proyecto con la asociación en tal sentido. Construiremos un rancho –como el que hizo mi abuelo en Gualeguay– para hacer ecoturismo y enseñarle a los chicos cómo hacer huerta. Con mi abuelo no teníamos luz y nos iluminábamos con un farolito a kerosene –que lo restauré y lo tengo en mi casa. Cuando llegaba la tardecita había que hacer todas las tareas, me hacía bañar en el río –sino no me dejaba entrar al rancho– y preparaba la cena –generalmente guiso o mate cosido con galleta. El sábado venía mi papá y mi otro hermano. No quería que el viernes se quedaran porque hacían mucho ruido sobre la costa y el pescado no se arrimaba. Él no tiraba basura –ni siquiera carnada– al río sino que tenía un tachito que luego lo llevaba en una carretilla hasta donde pasaba el recolector. 

—¿Una postal?
—En una época se pescaba mucho surubí –los llamaba los nenes– y él los vendía. Los traíamos vivos, haciéndole un agujerito en la parte de debajo de la boca y lo atábamos con una soga. Quedaban así hasta que la gente comenzaba a llegar y cuando le preguntaban les decía que “era pescado viejo”, traía la piolita y se veían los surubíes de diez o 12 kilos. De esa imagen no me puedo olvidar. En una época en que pescaba en Villa Urquiza, yo hacía lo mismo. 

—¿Era pescador profesional?
—Sí, vivía de eso y jamás quiso tener una jubilación –no obstante que se la ofrecieron. Murió a los 91 años en el hospital San Martín. Era un tipo sano y honesto –lo que me llamaba la atención– y me inculcó eso, y el respeto en la costa. Por eso amo el río. 

—¿Qué característica dominante presenta el Gualeguay?
—Es angosto, profundo y correntoso por ser encajonado; el Paraná es más ancho y tal vez no tan correntoso, salvo cuando hay bajante. Cuando se desborda el Gualeguay por los arroyos que desembocan –Cle y Tala– hace desastres porque siempre está bajo. 

—¿Tu mamá?
—Ama de casa, tiene 87 años y es fuerte. Una vez por semana hablo –cuando estoy en la costa– y siempre me dice que tenga cuidado con la lluvia. Mi papá falleció hace 23 años.

—¿Otros juegos además del entretenimiento con tu abuelo?
—No, mientras estuve en Gualeguay solo fue estudio, pesca y bicicleta. Esa fue mi infancia y no hice ningún deporte. Sabía que el domingo volvía a la ciudad, prepararme para la escuela y el lunes ya estaba pensando en el viernes, y así se me hacía más corto. 

—¿No tenías relación con amigos?
—Algunos me seguían y mi abuelo los invitaba. Me quedaron algunos amigos: Cáceres, Reynoso, Leardini, Fiorotto, De Luca, Jorge Casagrande…

—¿Qué imaginabas ser?
—Mi fantasía era navegar, tener mi canoa –mi abuelo me hizo una, Golondrina se llamaba, de tres por diez metros– y cuando vine a Paraná seguí estudiando y jugaba al fútbol. Hasta que con los amigos del barrio comenzamos a ir en bicicleta al Thompson, La Picada, cerca de Villa Urquiza y luego llegamos a Villa Urquiza. Ahí hice amistades. 

—¿Cómo te impresionó la ciudad al llegar?
—Venía de un pueblo chico así que todo era nuevo, y mi cultura era la de la costa. Me costó –y me cuesta– mucho relacionarme con la gente porque prefiero la cultura de la costa y no la de la ciudad –no obstante que la respeto. En la costa, cuando llegás a visitar a un amigo o te acercás a alguien mientras navegás, lo primero es el saludo –que se ha perdido en la ciudad. 

—¿Dónde vivían?
—Vivimos un tiempo en calle Santa Cruz y Uruguay –detrás del colegio Don Bosco–, después en Ramírez y Laurencena, y a los 17 años –cuando estaba terminando la Industrial y haciendo el preuniversitario para Ingeniería Electrónica– me fui a vivir solo a una casita que compró mi papá y es donde actualmente vivo. Ya estaba trabajando en la radio (LT 14) y al año quedé efectivo.  Mi vieja me dio una calentadorcito, un colchón, el perro y algunas otras cosas. Dejé del fútbol, comencé la facultad e hice hasta segundo año porque me metí de lleno en la radio y con el sonido, trabajando mucho de disc jockey. No tuve muchas distracciones porque trabajaba mucho. 

—¿El primer contacto con el río Paraná?
—Fue por un señor de apellido Cortopassi, a quien le gustaba mucho la pesca y fue uno de los que me trajo a la costa. Estando en calle Ramírez, hice contacto con una familia Ramos,  y en Villa Urquiza también hice amistades como Beto Salva –cuando ya estaba con mi señora y dos nenes. Ahí mi vida pasó de Paraná a Villa Urquiza, y actualmente estoy más allá que acá, porque tengo una casita frente al río.  

—¿Qué significó esa “cultura de la costa” a medida que fuiste creciendo?
—En el río seguía haciendo relaciones y conociendo mucha gente, que te resulta impensada. Pasa el tiempo y me relaciono con gente de Prefectura, a través de ellos conocí que tienen una casa en Villa Urquiza, conocí gente que trabajaba en barcos que pasaban por allí y conocí a mi amigo Beto Salva –que fue embarcado y vivía al lado de mi casa. Él me contó muchas historias sobre el río, el respeto que existe, el trueque, la solidaridad y otros valores que en la ciudad no se ven. A veces hay un accidente y la gente pasa de largo mientras que en el río es distinto. 

—¿Nunca pensaste dedicarte a una actividad profesional vinculada con el río?
—No, amo la radio y he cumplido el objetivo con mis dos hijos en cuanto a sus carreras. Me faltan pocos años para jubilarme. Me gusta vivir de la pesca, conozco el oficio y lo hice muchos años. La casa que hice en Villa Urquiza, la hice gracias a eso. Pescaba y mi señora administraba. Desde Paraná hasta Hernandarias, cuando voy navegando, saludo a mis amigos y soy solidario con ellos. 

—¿Qué afinidad tenías con la radio antes de trabajar en ella?
—Ninguna; me gustaba la electrónica y luego descubrí la música. Cuando tenía 13 años se pusieron de moda las reuniones de la juventud en los garajes de las casas. Frente de mi casa había un chico que sabía de electrónica y yo le preguntaba. Hice dos bandejitas Wincofon y me faltaba el mezclador, y el chico me ayudó. Comencé a pasar música en el barrio, luego algunos cumpleaños, compré otras cositas y cuando comencé a trabajar en la radio compré parlantes y estudiar. Y así tuve una mini empresa que trabajaba mucho en el Círculo Médico, en el octavo piso del Hotel Mayorazgo, y en dos o tres boliches.

—¿La competencia era Corujo?
—Sí, y Hugo Cosoy, Albarenque, Sergio Bartolomé y Jorge Céspedes, entre otros. No había competencia y muchos discos que nos llegaban a la radio, lo compartíamos con ellos. También fui representante de Microfon Argentina.

—¿Imaginabas cómo era el mundo de la radio?
—No. Entré de operador gracias a Jorge Céspedes –mi cuñado– y me seguí capacitando. Mientras operaba, cantaba, y un día César Benítez me dijo que tenía que hacer locución. Comencé a practicar e hice conducción. Siempre estuve a la cabeza en la defensa de la radio.

—¿Cuál fue tu mejor época?
—Cuando hacía Radio Acción, con la cual impulsábamos campañas solidarias. Estuve siete días sin dormir en la esquina de la radio, con mucha participación de toda la comunidad en beneficio de una chiquita que tenía que hacerse un tratamiento. Se juntó mucho dinero, después estuve una semana en reposo, cuando me restablecí hice una investigación en Buenos Aires y descubrí que todo era una mentira. Con el tiempo se demostró que nos quisieron joder, con la complicidad de los padres. Es una familia muy conocida de Paraná, que está involucrada con la gente que fue estafada con las viviendas del IAPV. En aquel momento hice una urna transparente para que se viera. Un amigo de San Benito nos traía 600 claveles por día y los vendíamos a un peso cada uno. Al segundo día vinieron a apretarme para que le entregáramos el dinero recaudado –que se guardaba en la Policía Federal y al día siguiente se depositaba en una cuenta, escribanas de por medio– pero decidí que no porque había que hacer un acta cuando finalizara. Fue una historia triste porque utilizaron a una criatura, a la cual un día la llevaron con un barbijo puesto. Pero era una mentira de la madre. 

—¿Cómo descubrieron el fraude?
—Consulté un médico en Buenos Aires. Con el dinero recaudado hicimos solidaridad: un trasplante de corneas de un chiquito de la Escuela Hogar, trajimos la primera cámara hiperbárica para el Hospital de Niños, compramos sillones de ruedas que enviamos a María Grande, cocinas, y colchones, frazadas y sábanas para el Hogar Ángeles Custodios. La única tristeza fue que nos hicimos cargo de un trasplante de corazón de un nenito en Santa Fe, pero no resistió la operación. 

—¿No se malversó nada?
—No, nos quedaron unos pesos, me llamaron de un hogar de Las Cuevas y cubrimos la operación de un nene que tenía los dos sexos.

—¿Personajes de LT 14?
—Un loco lindo era el negro César Benítez, y Ricardo Galván –quien fue otro de los culpables de que cantara. Me escuchaba en el control y me decía: “Tenés que cantar”. Carlitos Godoy era operador y habló con mi señora para que también me diera manija. Un día me llamó Carlitos Burón –que tocaba el bandoneón– y Calitos Godoy me llevó engañado. Llegamos, estaban ensayando, me dieron el micrófono pero yo no quería, hasta que me animé y canté un tema de La Mona Giménez. A los dos meses de ensayo, estaba cantando en el Club Universitario con él; fue fabuloso. Canté un par de meses con ellos y luego me hicieron largar solo con el tema “La bicicleta está de moda”. 

—¿Cuál fue la época de mejor gestión de la radio –profesionalmente hablando?
—Casi todos los directores… lo que pasa es que siempre fueron “foráneos”, –por ser la radio de la Nación– hasta que tuvimos a Raúl Galanti, que fue una maravilla. Después estuvo Néstor Rodríguez y hoy Jorge Ballay –que por lo menos es entrerriano. Los de Buenos Aires a veces venían con algún mensaje de privatización, decían que había mucha gente, recortaban programas, traían gente de afuera –con otros ingresos– y quedaban efectivos… Fue una lucha brava y larga, más cuando Alfonsín quiso privatizarla y éramos 48 familias. Tomamos la radio y le grabábamos las conversaciones para saber quiénes nos estaban traicionando. 

—¿Cómo se gestó la asociación?
—Comienza hace nueve o 10 años. Siempre venía a caminar al puerto y veía que todo estaba abandonado. Había un barquito de madera –modelo 1953– y un día que pasé un señor –don Gambino– estaba lavando otro barco. Le pregunté si sabía si lo vendían y me dijo que sí. Fui y charlé con el dueño. Desde que se hace la edición nueva de las Hernandarias-Paraná, las hice a todas, tanto en canoa como en la lancha y en el barco que compré después. El barco estaba bueno como inversión, hablé con mi hijo y lo compré. Lo desarmé entero y lo restauré durante un año. Se venía la Hernandarias-Paraná y me propuse tenerlo listo, hablé con la gente de la radio y con Sebastián Britos. Armé tres puestos de trasmisión por VHF y adentro iba el cocinero, trasmitimos y no hubo ningún corte. Luego hicimos otra. Ahí comenzó la historia con el puerto porque comencé a limpiar y limpiar, me relacioné con gente de acá y un día una persona me dijo que podíamos hacer una asociación y comenté que podíamos ayudar a la gente de la costa. Comenzamos a traer amigos y fuimos ocho.

—¿Qué objetivos definieron?
—El objetivo fundamental es cuidar el río. También sugerí hacer venta de empanadas para comprar zapatillas y mochilas para los chicos, y materiales para los pobladores de la costa.  Llegó Beto De Torres porque quería guardar su barco acá e hizo el estatuto. También participan un médico, un escribano y empresarios. Creció muy rápido por las campañas de recolección de basura en el río, tenemos un premio del Club de Leones y de otros organismos, estamos trabajando con la Dirección de Vías Navegables porque nuestra idea es entrar al otro lado de la dársena para poder limpiar, iluminar, vender toda la chatarra y ese dinero donarlo a la Escuela N° 100, y reactivar el puerto. Hoy somos más de 30 integrantes. 

—¿Cómo organizaron la primera salida de limpieza?
—Fue hace dos años. Yo navegaba y veía muchas botellas en la costa y en la Costanera, ni hablar. La idea fue salir a recolectar botellas de plástico porque el médico nos aconsejó tener cuidado con los vidrios y chapas. Recolectamos más de 400 bolsones. ¡Fue de terror, porque encontramos cuadros de bicicletas, de triciclos, de una moto, una heladera… en la última salida encontramos un tanque de una moto grande, otra heladera y ya hemos sacado seis. 

—¿Qué ha sido lo más insólito?
—Las heladeras, ruedas de autos, pedazos de colchones, lavarropas, secarropas… Hace poco –cerca de la salida de un arroyo– sacaron la mitad de un R 12. 

—¿Algo macabro? 
—No… pero sí botellas con jeringas y agujas, y botellas con líquidos de todo tipo… 

—¿Qué hicieron con lo recolectado en aquella primera limpieza?
—Decidimos donarlo a la gente que está en el Parque Industrial, que reciclan el plástico y hacen toboganes, hamacas y tachos de basura que luego adquirió la Municipalidad. El plástico se pica, se derrite con calor y luego va goteando sobre el molde. No es costoso pero no tenemos espacio para hacerlo nosotros. Lo de la jornada anterior lo donamos a la gente de Hockey Paraná, ya que están construyendo una cancha con piso sintético. 

—¿Desde la primera a la última siempre han tenido las mismas características?
—El sábado (por el 17 de octubre) vino un señor en lancha dos días antes a preguntar si podía participar. Es de Villa Urquiza y participó con la señora, y así se va sumando otra gente que no conocemos. En la anterior, vinieron de Santa Fe y nos pidieron que fuéramos a dar una charla. La idea es hacer un video y difundirlo en las escuelas. Tenemos una embarcación grande que nos donaron y mi idea es restaurarla para poder llevar a pasear por la isla a los chicos. Náutica Río Paraná está por hacer una colaboración y también estamos buscando la donación del motor, que es caro. Hacemos venta de empanadas de pescado y nos va muy bien, y ese dinero lo tenemos ahorrado en el banco. 

—¿La primera recolección fue la más importante en cuanto a cantidad de basura?
—Sí –que fue el 20 de setiembre de hace cuatro años–; en la segunda fueron más de 200 bolsones. Lo que pasa que en la primera nos acompañó el buen tiempo porque no había viento y fue un día hermoso. En las otras nos ha tocado viento, llovizna o tormenta. La última, la suspendimos dos veces por tormenta. Finalmente, lloviznaba pero se limpió a las 12.15 y salimos, hasta las cuatro de la tarde. 

—¿Los lugares que limpian son fijos?
—Sí, desde el Thompson al Club de Pescadores, inclusive, donde juntamos mucha basura a la salida del arroyo. Fuimos a la Isla Puente y encontramos muchas botellas. 

—¿Qué otras formas de impacto ecológico observan además de la basura recolectada y la que queda?
—Hace poco más de un mes presenté un proyecto en la Municipalidad de Paraná con un aparato que inventé para poner a la salida de los arroyos. Es una especie de canasto gigante –diseñado y creado por mí, y automatizado por un amigo– que le demanda muy poco trabajo al empleado municipal, porque es automático. ¡Lo que sale por los arroyos los días de lluvia es increíble! Si estás con la intendenta, preguntale sobre el proyecto. 

—¿Es una especie de “colador”?
—Claro, de forma que el operario tiene que operar dos botones: con uno sube el canasto y vuelca dentro del camión, y con el otro vuelve al lugar de origen. No es una inversión muy importante y sería una obra importante. Pero también hay que promover lo cultural porque no sé quién puede tirar una heladera a un arroyo o al río. ¡No lo puedo creer!

—¿Cuál es la mayor fuente de contaminación?
—Los líquidos cloacales de los arroyos los basurales cercanos al río, el gasoil, fuel oíl y aceite de barcos y lanchas. El sábado estábamos limpiando y pasó una embarcación del Club Náutico y nos tiro una botella de aceite al lado. No me dio tiempo de tomarle la matrícula. ¡Esta gente me indigna como paranaense! 

—¿Efectos sobre la fauna?
—Sí, el pescado se ha retirado mucho. Hace 20 años en el puerto se pescaba pacú, dorado y surubíes de 15 o 25 kilos, y ya no hay más. Hoy se pescan surubíes de 10 kilos. Además, el Paraná está muy transitado y se ha construido mucho a la vera del río. El Camino de Sirga se ha perdido: antes era de 50 metros, luego 30 y ahora 15. La costa está privatizada y es una lástima porque el río es de todos. 

—¿Has pescado algún ejemplar anómalo?
—Estaba pescando armados en Villa Urquiza. Es un pez que le gusta comer cualquier cosa. Uno había comido bolsas de plástico, que no puede digerir. 

—¿Cómo puede hacer quien quiera acercarse a la asociación?
—Quienes quieran hacerlo, estamos a su disposición en la dársena. Todas las tardes nos juntamos y los viernes hacemos reuniones. Anunciamos con mucho tiempo las jornadas de ventas de empanadas de pescado –a principios de diciembre– o de limpieza del río. También hacemos campañas de recolección de ropa porque tenemos un ropero –a cargo de la señora Valentina– y leche.   

“De la transmisión, solo se escuchó el buenos días”
Durante muchos años Accinelli se desempeñó como operador en LT 14 Radio Nacional General Urquiza, razón por la cual atravesó distintas etapas en cuanto al desarrollo tecnológico de ese medio. Recuerda algunas anécdotas propias de una época casi artesanal en la cual el oficio demandaba bastante de inventiva.

—¿Cómo fue la evolución tecnológica desde que ingresaste a la radio hasta hoy?
—Yo me quedé en el tiempo del cable y la pinza, cuando hoy está todo digitalizado. Hace cinco años que no soy técnico y estoy en la parte de Intendencia –con mucha gente a cargo. En mi época trabajábamos con la cinta grande, luego pasamos al casete, al DAT, el CD y llegó la era de la computadora –con lo cual se digitalizó todo. Tengo mucho material discográfico –unas 10.000 placas discográficas guardadas como si fuera oro– y mi bandeja. El vinilo no pudo ser superado y el transistor tampoco superó a la válvula, por algo empresas grandes como RCA y BGH las siguen produciendo. El transistor es más cómodo pero la válvula tiene una durabilidad eterna. También pasamos del teléfono a la línea. Para hacer una transmisión teníamos que darle manija al teléfono tres o cuatro horas antes, para que la Compañía Entrerriana de Teléfonos nos diera el contacto. Pasamos al teléfono por disco –que también era toda una cuestión para conectarlo– y ahí comenzamos a hacer exteriores a través del teléfono. Pero había lugares donde no había y solo estaban los teléfonos públicos. Así que me conectaba a uno y salíamos. 

—¿Una transmisión especial?
—Una que hicimos en el campo con don Luis Perriere y José Giambertone. La línea quedaba como a mil metros y era imposible por la cantidad de cable que tenía que llevar. Fui el día antes a ese campo –cerca de Seguí–, había alambrados de seis hilos, junté el primero de arriba con el último, los conecté a una consola con audio en la casa y comencé a probar desde el tambo. Al otro día la transmisión fue perfecta. Sacaba línea de cualquier lado y en los 30 años que hice transmisiones una sola no me salió. 

—¿Cuál?
—Transmitíamos TC 2000 con Martín Bustamante –en 1990. Fuimos a El Zonda de San Juan y había que hacer enlace desde el autódromo a la ciudad –por VHF–, donde había un receptor y el operador lo mandaba por línea a Paraná. En esa época tampoco había retorno. Bustamante largó la transmisión desde las 11 a las 13, terminamos, llegué a San Juan a buscarlo al operador, le pregunté si había salido bien y me dijo que escuchó perfecto, pero que no había preguntado a Paraná. Volvíamos, paramos en una estación de servicio, llamo a mi señora, le pregunto por la transmisión y me dice: “Lo único que se escuchó fue buenos días, y se cortó”. 

—¿Algún gaje propio del oficio?
—Cuando no nos gustaba algo de un locutor, con un capacitor cargábamos el micrófono y al tocarlo hacía descarga. Uno lo tocó con el labio, le pegó tremenda patada y salió a las puteadas. 
 

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