Miércoles 13 de Septiembre de 2017

El Recreo, de la mediana y la tercera edad hasta las nuevas generaciones

Diálogo Abierto. La entidad paranaense festeja su 30º aniversario y amplía su oferta de talleres abiertos a toda la comunidad. Recuerdos de Rómulo Romero, el primer hombre en una entidad que "tiene que ser manejada por mujeres"

Rómulo Romero y María Luisa Tinetto fueron pioneros en la creación del coro perteneciente a la Asociación Solidaria El Recreo, que recientemente cumplió 30 años de existencia. Tras su jubilación, "Rulo" se incorporó y comprometió con la institución –en la cual a los 60 años se formó como guitarrista–, mientras que su señora integra la formación coral –también de festejo, en este caso por su 20º aniversario– que esta semana se presentará en la Catedral y en el Teatro 3 de Febrero.

Entre trenes y barcos
—¿Dónde nació?
—Rómulo Romero: En Paraná –en 1938–, en calle Racedo antes de llegar a Monte Caseros, en la curva de la estación de ferrocarril. Fui a la escuela Belgrano.
—¿Hasta cuándo vivió allí?
—Hasta los 14 años, porque luego entré a la escuela de aprendices del Ministerio y nos fuimos a vivir al puerto –a calle Florida, que ahora es Soler– antes de llegar a Antonio Crespo.
—¿Cómo era aquella zona en su infancia?
—Frente a mi casa estaba el ferrocarril. Era una zona de hoteles, donde terminaban los coches mateos a caballo –luego se cambiaron por los taxis– al igual que paraba el tranvía 5 –en el cual iba a la escuela. Además estaba el 1 y el 3. Jugábamos en Peñarol, Talleres o Libanés. La actividad de la ciudad era, al norte, el puerto, y al sur, la balsa y el ferrocarril. En la juventud, estábamos muy controlados por nuestros padres y solo íbamos hasta la plaza Sáenz Peña y los clubes que nombré, o hacíamos una recorrida por el centro, donde me gustaba subir en un ascensor que había en Gath & Chaves. El límite que teníamos era el arroyo Antoñico por ser una zona muy descampada, salvo cuando los domingos se hacía un picnic y baile, y se veía la polvareda.
—¿Personajes vinculados con el ferrocarril?
—El abuelo de ella (señala a su esposa) era changarín, y buscaba maletas y valijas. La hora de llegada y salida del tren se avisaba con una campana. Un personaje que estaba en la plaza Sáenz Peña era Lolo, quien llevaba los instrumentos de la banda de Policía cuando se hacían las retretas. También estaban quienes bailaban tango en el Prado Español –frente a la terminal de ómnibus vieja–. Eran unos artistas. Sobre calle Belgrano había un hospedaje al cual iban cantores de tango –como Budini–, pero no podíamos entrar, así que lo veíamos desde afuera.
—¿A qué jugaba?
—Practicábamos fútbol, y en la escuela, a la bolita, la rueda con alambre y la cometa; cuando crecimos nos gustaba ir a Peñarol a ver boxeo y pelota a paleta –época en que fue campeón el dúo de los tres brazos, El manco Leiva y Caballero–, y en Talleres, patín y bochas. Jugaba en las inferiores de Libanés y llegué a hacerlo en Primera –hasta que me rompieron la rodilla. Frente a la plaza Sáenz Peña –sobre Irigoyen– había un club con billares, mirábamos y no nos dejaban entrar.
—¿Practicó otro deporte?
—Solo el fútbol porque luego de la escuela me embarcaron y fui personal de a bordo, así que estaba de suplente. Luego me fui a Alumni. Nadaba y hacía remo.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban sus padres?
—Papá era comisario –falleció en 1948– y mamá, ama de casa, ya que antes se vivía con un solo sueldo y todos comíamos a la misma hora.
—¿Sufrió el cambio cuando se mudaron?
—No, porque estaba con chicos y muchachos con los cuales jugaba al fútbol en los campeonatos libres y nos criamos juntos. Además, toda la familia del puerto fue a la Escuela de Aprendices, y nos conocíamos. En el trabajo tuve muy buenos compañeros, especialmente la gente que venía del campo. Hay gente que se comunica desde otras ciudades o me invitan para encuentros.

Vocación escondida
—¿Sentía una vocación?
—No tuve, pero mi madre me dijo que cuando terminara la Primaria podía elegir entre ir a la escuela del ferrocarril, de la Base o del Ministerio, porque tenían salida laboral. Fui a la del puerto –a los 14 años– y en ese ambiente me brotó una vocación un poco escondida, de aventurero y con ganas de conocer. Hice cuatro años, salí embarcado, a los 26 años ya era capitán y me jubilé a los 54 años. Me duele ver abandonados esos ámbitos de la administración pública, donde se hizo tanto y pasaron tantas generaciones.
—¿Qué se enseñaba en la escuela?
—Aprendimos 10 oficios que todavía nos sirven, tales como tornero, fundidor, modelista, ajustador, mecánico, dibujante, embarcado, electricidad, etc. En 1945 se trajo chatarra de barcos de la Segunda Guerra Mundial –sin repuestos– para fundirla, pero la gente que salió de la escuela como aprendices los arreglaron, y esos barcos funcionaron durante 15 años. Se hicieron barcos y remolcadores. También los llevaban a Rosario y Buenos Aires para hacer trabajos similares, o adaptaban barcos modernos a las características de nuestra zona.
—¿Qué le llamó la atención primeramente?
—Tenía a mi mamá y quería estar con ella, así que no me atraía ningún oficio, pero me llamó la atención y me gustó el ámbito de la navegación, los barcos y el agua. Nos enseñaron el movimiento del fondo del río, los canales naturales de los ríos y cómo se controlaban desde 1896, saber qué es una creciente normal, media, alta, extraordinaria y excepcionales, lo cual nos sirvió no solo para la profesión sino para hablar sobre los proyectos de transporte multimodal –que es lo que se busca en muchas partes del mundo–. Es un privilegio tener un río como este, y lo dejamos de usar.
—¿Cómo había sido su relación con el río hasta ese momento?
—Prácticamente no lo conocía.
—¿Qué materias le gustaban?
—Navegación y sus distintos tipos: deportiva, de seguridad, pasajeros, comercial y la que hacíamos nosotros, para lo cual teníamos que conocer la zona y hacer los distintos tipos de dragado.
—¿Hasta dónde viajaban?
—Hasta Paraguay, manteniendo toda la ruta fluvial de la hidrovía.
—¿Leía?
—Sí, sí, siempre me gustó estudiar. Era el menor de 11 hermanos y ellos también leían. Me gustaban los libros de Geografía, la Historia y la política del país.

A bordo, lo inesperado
—¿Cuándo fue la primera salida?
—En tercer año –me mandaron como timonel– hasta La Paz. No sabía qué mirar.
—¿Fue como lo imaginó?
—No, porque esos barcos eran chatarra de guerra, entonces todavía tenían calderas. No teníamos heladera, así que cargábamos barras de hielo, que para mantenerlas les poníamos aserrín. A la carne había que envolverla con sal y conservarla en una fiambrera. En otras reparticiones había barcos con más tecnología, pero el Ministerio no tenía presupuesto.
—¿Cómo era la vida a bordo?
—Linda, porque casi todos salíamos de la escuela, y quienes eran mayores que nosotros era gente del campo, muy buena.
—¿Hubo personas importantes durante su formación?
—Sí, sí; en la parte de Trigonometría, el profesor Maestro; Zitelli y Piñata nos enseñaban navegación, además de los capataces de los talleres –que tenían mucho oficio. Nos trataban como a hijos y me sentía como en mi casa.
—¿Cuándo sintió que era a lo que quería dedicarse?
—En cuarto año elegí ir a bordo, porque también rendí como timonel.
—¿Qué disfrutaba?
—Era como una pequeña aventura cada 14 días, porque se trabajaba 14 por 14.
—¿Cuál fue la distancia navegada más extensa?
—Siempre lo hice desde Bahía Blanca hasta Paraguay y Brasil, y por el Uruguay, lo que es navegable –hasta Liebig–, lo cual luego cambió con la construcción de la represa.
—¿La situación más crítica que vivió?
—Más que nada, son situaciones inesperadas –por los temporales– durante los cuales había que salvar las cañerías y poner el barco al abrigo. Son situaciones difíciles. Hubo tormentas muy fuertes y colas de ciclón. En los últimos años que trabajé, un gancho le rompió la cabeza a un muchacho, no podíamos bajar a un puerto, tenía un botiquín, me ayudaron los muchachos, lo operé y le hice 14 puntos –mientras estaba comunicado con el médico de la Prefectura. En otra oportunidad, vimos luces por la noche y era un islero a quien una raya le había atravesado la chuza. Se había puesto bosta de vaca y envuelto, lo limpié, le hice sangrar y le hice primeros auxilios. Cuando amaneció, molí unas pastillas de Sulfamida, se las puse en la herida, lo vendé y se fue. A los 15 días lo encontramos y andaba bien.

Historia y sistemas
—¿No fantaseó con navegar por otros lares?
—Sí, me parecía lindo viajar para conocer otro continente. Cuando me jubilé, me invitaron de la Dirección Nacional de Construcciones Portuarias para un viaje de 19 días a la Unión Soviética, porque promovían el conocimiento de la Glasnot y la Perestroika. Navegamos por el Mar Negro.
—¿Cómo fue?
—No estaba preparado para que la Historia me llevara por delante, cuando vi la tumba de Lenin, o Gorodéts–un pozo donde los rusos aguantaron a los alemanes–. En Sochi estaban haciendo un barco por encargue de 320 metros, con cinco radares –japoneses–, para navegar con piloto automático que se modificaba según la información de los satélites. De proa a popa, había un carril por donde desplazarse. El capitán de puerto era de la Marina de Guerra pero el jefe era un político. Durante una comida, cuando servían, no me sirvieron, hasta que llegó el mozo con un asado, pero la carne... era duuuraaa. En todos los hoteles, la comida era sopa, distinta, pero fría. No le repetían el plato a nadie, ni aunque fuera millonario. Fui a una carnicería, a una panadería y a una verdulería, y vi cómo racionaban las porciones para toda la población. En Georgia, hay una reserva para las plantas típicas de todo el mundo, busqué las de Argentina y vi un camalote. Quería volverme porque todos hablaban de la guerra.
—¿Qué le impresionó en términos de lo específico de su actividad?
—Está relacionado con el transporte multimodal: en Kiev, las vías del ferrocarril estaban paralelas al río Nieper, para que cuando en invierno se hiela, la carga y el personal de las barcazas, pasa al ferrocarril. Igualmente, en cuanto al utillaje portuario, cuidaban de incorporar tecnología, para preservar la mano de obra.
—¿Lo cambió en algo esta experiencia?
—Aprecié más al país que tenemos.
—¿Qué hizo al jubilarse?
—Vinieron a buscarme para seguir trabajando.
—¿Cuándo comenzó la decadencia del complejo vinculado con el puerto?
—Comenzó en 1963 –con (Arturo) Frondizi–; por ese entonces andaba en una balsa que aprovisionaba a todos los puertos. Cada vez mandaban menos suministros e insumos, había que esperar tres o cuatro meses para las reparaciones, y los barcos y la gente quedaba sin actividad porque no había presupuesto.
—¿Fue una decisión política para favorecer al transporte automotor?
—La política era la que marcó (Carlos) Menem en 1990, cuando vinieron cuatro empresas automotrices grandes que prometían crear un millón de puestos de trabajo. La contraparte era cerrar los puertos y levantar las vías. Un tren de 16 barcazas –con capacidad de 1.000 toneladas cada una– en dos días llega desde Paso de la Patria a Escobar, mientras que para llevarlas en camiones, se necesitan 40 unidades. El sistema multimodal se deshizo porque levantaron las vías y se cerraron los puertos.
—Saltó de Frondizi a Menem.
—Fue el origen. Querían que cada vez se hicieran más ineficientes las reparticiones públicas para privatizar. En 1983 me entregaron una draga nueva y no tenía insumos, mientras que cuando estaba el Ministerio hicieron andar chatarra de guerra. Lo más grave fue en los 90.

Haciendo un coro
—¿Cuándo se incorporó a El Recreo?
—Ella fue la primera (señala a su esposa). Nació como un hogar de día y la casa fue donada por Montiel en nombre de la madre –en 1986.
—María Luisa Tinetto: Había un doctor que no recuerdo su nombre y fue quien primero comenzó a ir –aunque yo no estuve en ese tiempo. Era un grupo de señoras que querían hacer un hogar de día pero no mandaron la gente especializada, así que luego de dos años pensaron en transformarlo en un espacio con talleres para la tercera edad.
—¿Cómo conoció la asociación?
—Porque iba a una escuela de arte japonés en la Asociación del Magisterio, le alquilaron para dar clases y fue cuando me enganché. Comencé como alumna en los talleres de manualidades, labores y artesanías, y como la profesora Yolanda Villarruel vio que sabía, me puso como ayudanta. Luego dejó y seguí como profesora durante varios años.
—¿Quiénes fueron los pioneros?
—De presidenta estaba Leticia Dondo, luego Dorotea de Antello... Hotensia Geist, el señor Rolín, Carmen Aranaz y actualmente Nelsa Tulli (ver Opinión). Hace cinco años que dejé de estar en la comisión pero siempre colaboramos.
—¿Cuál era la idea del proyecto?
—Se abrieron los talleres, concurrió mucha gente y se hicieron socios para mantener el lugar. Con la señora Villarruel dimos clases en forma gratuita.
—¿Siempre fueron abiertos a la comunidad?
—No, al principio eran solo para la mediana y tercera edad, y hace dos años que se abrieron también para gente joven. Hay 20 talleres, entre ellos de estimulación de la memoria, cultura, idiomas, dibujo, pintura, tejido y el coro –que formamos con mi esposo y durante octubre cumple 20 años.
—¿Era aficionada al canto?
—Nos gustaba cantar y tenía un hijo que participaba de un coro. Fui, vi que todos sabían música pero no me sentía segura. Entonces hablé con Dorotea, le propuse formar un coro, comenzamos con gente de la comisión, otros se fueron enterando y se inscribieron. La primera actuación fue al final de año de los talleres.
—¿Con quiénes se formaron?
—El primer director fue Leo González, estuvo poco tiempo, luego Esteban Donadío, se fue a España, y quedó Eduardo Retamar –quien nos llevó a la facultad a darnos clases de Teoría musical y leer partituras. Ahora cantamos a seis voces. Hay otra profesora que prepara en vocalización y luego los manda al coro.
—¿Le gustaba y nunca lo había desarrollado?
—Sí, siempre me gustó pero no tuve iniciativa para estudiar. También hice diferentes talleres y di clases de otras cosas, aunque no pude seguir porque tengo problemitas de salud. Siempre hice manualidades y trabajos en panamina –una tela engomada. Tuve muchos alumnos.
—¿Cuándo se animaron a actuar públicamente?
—Con Esteban Donadío comenzamos a visitar geriátricos, viajamos a un encuentro de abuelos en Córdoba y cantábamos en escuelas donde nos invitaban. Con Eduardo Retamar hicimos muchos viajes a San Martín de los Andes, Bariloche, Córdoba y Santiago del Estero, y nos invitan todos los años de Santa Fe. Recientemente viajamos a Capilla del Monte –actuamos en un teatro, una iglesia e hicimos una caminata musical– y San Jerónimo. Ahora teníamos un encuentro internacional en Chile, pero no pudimos por los gastos.
—¿Cómo se solventan los gastos?
—Los viajes del coro los costeamos nosotros, haciendo reuniones y peñas, empanadas y otras comidas para vender. El Recreo se mantiene con la cuota de los socios y el porcentaje que dejan los profesores. PAMI da un taller de folclore que es gratis. La casa es antigua y hay que hacerle mantenimiento en forma permanente.
—¿Cuál fue el momento más complicado?
—Siempre hemos tratado de salir a flote. Pensábamos que este año iba a ser pobre pero la gente va igual porque los profesores son personas que los hacen sentir bien. Con Yolanda, poníamos música, servíamos mate y te, galletitas, cantábamos, contábamos cuentos y festejábamos los cumpleaños. Más que trabajar, era pasarla bien.
—¿Cuál fue la mayor satisfacción en cuanto a realizaciones y algo que quedó sin hacerse?
—Lo principal es que la gente que está, trabaja muy bien. La presidenta se mueve con conferencias y charlas, y eso amplía las ideas de El Recreo. Se comparte con los alumnos en los talleres, se hacen muchas reuniones y se pasa muy bien. Lo que más disfrutamos en este momento son los viajes con el coro (risas), porque somos una familia muy unida. Nuestras reuniones son con guitarra y canto. Con lo hecho, estoy conforme, aunque quisiera que Paraná se notificara más del coro que tenemos, porque las únicas invitaciones son de la Asociación Friulana.
—¿Por qué se llama El Recreo?
—El nombre estaba puesto desde el principio; no sé.
—¿Hacen acciones conjuntas con otras entidades?
—Sí, principalmente con los coros de otras ciudades. Nos visitan y los visitamos, al igual que vamos a geriátricos.
—¿Cuándo es el aniversario del coro?
—El dos de octubre pero se festeja el 15, 16 y 17 de setiembre, porque luego viajamos a Bariloche.
—¿Y la asociación?
—Ya se cumplió, el 25 de agosto.

Guitarrista a los 60
—¿Cómo es su historia con la institución?
—Rómulo Romero: ¿Le constaste cómo me llevaste? (le pregunta a la esposa). Cuando entré –a los tres años de haberse creado El Recreo– era una institución manejada por mujeres. Me había jubilado y ella me quería llevar, insistió, le pregunté por los talleres y a los 60 años agarré por primera vez una guitarra.
—M.L.T: Cuando salió del taller, se fue a comprar una guitarra y siguió.
—R. R.: Me recibí de profesor por acompañamiento. Cuando todavía no era coro, decían poesías, eran todas mujeres aunque había algunas que canturreaban tangos. Hablamos con la comisión para llamar un profesor y armar un corito, y comenzamos siete u ocho integrantes. El profesor veía que queríamos tener una actividad recreativa importante y aprender, entonces cada vez nos exigió más.
—¿Durante cuánto tiempo fue el único varón?
—R. R.: Durante cinco años hasta que comencé a invitar gente y llegamos a ser cuatro voces, gente que ya sabía cantar, mientras que nosotros no sabíamos ni respirar. A medida que cantábamos, nos sentíamos artistas e ir a los geriátricos era como hacer una gira artística. Con la sinfónica, cantamos una ópera en el teatro. Fui vicepresidente y siempre trabajé, aunque no quise agarrar más en la comisión porque considero que tiene que ser una institución manejada por mujeres.
—¿Por qué?
—R. R.: Por la socialización que logran en las reuniones; nosotros tenemos que acompañar. El coro es un grupo de personas que nos extrañamos cuando no nos vemos. Es sin fines de lucro y tiene un padrón de socios-clientes –hacen un curso de dos años y se van– y un grupito de socios permanentes. Todas las etapas de la Asociación El Recreo han estado a cargo de gente muy honesta aunque en algún momento la actividad y el edificio comenzó a decaer, porque era gente bastante mayor. Así que hace cuatro años hablamos de hacer una apertura y probamos que entrara gente joven, con otros talleres, para darle dinamismo. En ese período, fue Nelsa –quien es una topadora y abrió seis talleres–, más allá de sus problemas familiares. Lo que hizo, es para aplaudir, aunque debiera delegar un poco de actividad.



Un "coro de viejos" y una deuda pendiente


Hace 30 años –en agosto de 1987– se creó esta institución para brindar apoyo a los adultos mayores, la cual con el devenir del tiempo y los cambios sustanciales en la sociedad, se transformó en una asociación socio cultural que nos permite permanecer y dar la oportunidad de que tengamos igualdad de posibilidades.
No recuerdo mi ingreso –debe hacer siete años– pero fue cuando el coro –que integraba mi marido– viajó a San Martín de los Andes. Teníamos muchos años de canto en otras formaciones, fuimos fundadores del de San Jerónimo Norte –en Santa Fe– y cuando llegamos a Paraná lo hicimos en el de Abel Schaller durante diez años.
En mi caso, no quería saber nada con el coro de El Recreo porque era "de viejos", pero fui a San Martín de los Andes, me enganché con el grupo y ahí comenzó todo.
Desde entonces "Rulo" Romero me fue involucrando, propuso una lista con la cual ganamos y es el cuarto año que permanece la misma comisión directiva con algunos cambios,
Tenía una deuda pendiente porque uno de mis nietos es prematuro, estuvo muy mal y prometí trabajar por los demás. Pensé en el Hospital de Niños, fui un día y no tuve coraje. Luego lo hice aquí y me encanta trabajar.
Nuestra meta es continuar creciendo y poder mostrar que somos capaces de valorizar y potenciar el significado de ser adultos mayores, manteniendo y compartiendo experiencias con las distintas generaciones, y creando vínculos afectivos. Queremos seguir con las puertas abiertas para crecer en amistad, solidaridad, y con la alegría de compartir con otros y con nuevas generaciones. Es fundamental que los niños y jóvenes aprendan –y aprender nosotros– a cuidar a los abuelos, porque hay una total falta de respeto hacia ellos.
Por todo esto, la convocatoria está abierta para todos los talleres y para quien tenga algo que enseñar.
También tenemos importantes desafíos en cuanto a lo edilicio y siempre vamos por más, ya que es un equipo de trabajo hermoso, de hombres y mujeres de más de 70 años que ponen el hombro, el cuerpo y la vida por esta institución.
Agradezco de corazón a la comunidad por el apoyo y acompañamiento en cada una de las propuestas durante estos años, y me despido con un texto de Hamlet Lima Quintana para reflexionar: "Y uno se va de novio con la vida desterrando una muerte solitaria, pues sabe que a la vuelta de la esquina, hay gente que es así, tan necesaria".

Nelsa Tulli, Presidenta de la Asociación Solidaria El Recreo

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