Ovacion
Domingo 19 de Julio de 2015

“El próximo salto del sóftbol tiene que ser el del esponsoreo”

Diálogo Abierto. Eduardo Sabaté –una de las máximas glorias del deporte entrerriano– analizó pormenorizadamente un proceso digno de considerarse en otras especialidades. Su trayectoria dentro y fuera de los diamantes. La familia y el principio


Por Julio Vallana
jvallana@uno.com.ar


Eduardo Sabaté es una de las figuras fundamentales en el camino que permitió que el sóftbol paranaense y argentino lograra escalar hasta la cima del reconocimiento internacional y momentos de gloria que merecieron la atención no solo de los seguidores de este deporte, sino de gran parte de la ciudadanía. El destacado deportista, dirigente y entrenador recordó los principales hitos y las condiciones que lo permitieron, a la vez que manifestó su preocupación por algunos aspectos de la situación actual.

Armando cosas y haciendo desastres
—¿Dónde naciste?
—En La Paz, y vivo en Paraná desde los ocho años.
—¿En la ciudad?
—Sí, muy cerca del puente de Rola –camino a la feria–, una cuadra más allá de mi casa comenzaba la tierra. Era un lugar muy lindo y querido porque gran parte de esa pequeña infancia la pasé haciendo desastres. Tuve la suerte que luego vine a vivir a Paraná en calle Nogoyá, en cercanía de El Salto, porque andar entre los arroyos era mi lugar. 
—¿Era una zona fronteriza entre la ciudad y el campo?
—Exactamente, estábamos a dos cuadras, porque La Paz sigue siendo una ciudad chica y en aquellos tiempos no llegaba a 10.000 habitantes. Todos nos conocíamos.
—¿Otra característica del lugar?
—Toda era gente conocida. Mi padre tenía camiones para transporte de frutas y verduras. Recuerdo el trato con el personal. En 1960 tenía la distribución de leche con carros y caballos. Así que también salía con los empleados, iba a sus hogares y conocía a todos los vecinos. En frente de mi casa había un gran amigo, quien tenía un almacén de ramos generales. 
—¿Travesuras?
—Escaparse a la siesta e ir a nadar al arroyo del puente de Rola, el cual tenía una pequeña olla. A unas diez cuadras de allí teníamos un ramal del río con un cauce mayor, donde íbamos a pescar y en verano a nadar. 
—¿Algún susto importante?
—Los de los golpes por caídas, que no podía mostrar en casa. Tuve algún accidente grande en casa, con una botella que se rompió en mi cabeza, porque estaban peleando dos muchachos y me acerqué. Estuve tres meses vendado. Tuve otro accidente en la puerta de mi casa cuando caí debajo de un camión, pero el moho que había en la cuneta hizo que resbalará y el camión patinara sobre mi cuerpo. Me arrancó partes de la pierna y la cintura, cuando tenía seis años. Todavía recuerdo la cara de miedo de mi madre, bañándome, porque estaba todo ensangrentado. El camión lo manejaba un empleado de mi padre y cuando tocaban bocina, yo salía corriendo para subirme al estribo. 
—¿Tu papá siempre tuvo el mismo oficio?
—Sí, siempre transporte de verduras y frutas, desde Esquina, donde aprendí a andar a caballo, mientras mi padre cargaba el camión. 
—¿Tu mamá?
—Siempre tuvo negocio, primero una mercería en la cual se hacían plisados y entablados. Recuerdo las tablas que quedaron porque las usé para hacer carpintería. 
—¿Otro atractivo en la ciudad, además de los arroyos?
—Ir a la plaza los domingos a cumplir con la misa, porque iba al Colegio del Huerto. Allí esperábamos que tocara la banda. 
—¿Personajes?
—Era muy chico, los que recuerdo son del ambiente laboral y también había gente que andaba en la calle, con problemas mentales. 
—¿Buen alumno?
—No, promedio, normal, muy cumplidor con la asistencia, no me esforzaba demasiado porque mis padres estaban trabajando. Tuve una crianza en la cual casi me dejaban solo, aunque estaba el estricto rigor de mi madre y era imposible faltar a una sola clase o no hacer la tarea. No era un amante de los libros.
—¿Alguna afición?
—Armar cosas, así que construía casas, hamacas y zancos, con los cajones para tomates y manzanas. Mi madre me ayudaba con el diseño. También las hacía sobre los árboles. Le robaba las herramientas a mi abuela, así que aprendí el uso del serrucho y el martillo. 
—¿Sentías una vocación en torno a ello?
—Definitivamente eso se unió al futuro que tuve ya que mi madre instaló una fábrica de bolsas de polietileno, donde yo jugaba con las herramientas desde los ocho años.  
—¿En La Paz?
—No, acá. Comencé a usar fierros y alambres. 
—¿Qué visión tenías sobre Paraná?
—No tenía referencias, salvo que era una gran ciudad donde vivía una abuela y uno de mis tíos –quienes nos visitaban. El tío Adolfo Vera era vendedor de motos y autopartes, así que llegaba siempre con una moto que se destacaba.
—¿Por qué se mudaron?
—Nunca lo supe puntualmente pero parece que hubo un quiebre entre mi madre y mi padre. Fue una separación que no viví ya que mi padre venía a visitarnos. Mi madre inició la fábrica y mi padre anexó un negocio con bolsas de papel, que también aprendí a confeccionar. Hasta los 12 o 13 años no supe de esa separación. La idea de mi madre era mejorar la parte de mercería ya que mi abuela era gran bordadora y tenía buena clientela. Debe haber estado harta de La Paz o tal vez de la relación. 
—O sea que tu mamá fue lo que hoy se llama una emprendedora.
—Definitivamente, es su mayor virtud, ya que había que tener la fortaleza en una época en que las mujeres no eran aceptadas. Comenzó un muy buen negocio que era vender, justo cuando los almacenes de ramos generales y tiendas comenzaron a transformarse en supermercados –en 1970– y necesitaban tener envasados, así que el negocio del polietileno comenzó a ser muy fuerte. Luego me incorporé con maquinarias, automatización y otro tipo de personal. 
—¿Cómo viviste el desarraigo?
—No lo sufrí porque mi madre me acompañó, me metió en el Colegio Don Bosco y tenía doble turno. Tenía poco tiempo para vaguear, lo cual hacía en El Salto y con los amigos del barrio. 
—¿Extrañabas algo?
—No. Tengo un hermano mayor y una hermana menor, y el más chico fallecido. No recuerdo grandes inconvenientes, ya que teníamos el apoyo familiar. 
—¿Te gustaba alguna materia de la secundaria?
—Matemáticas y Física, aunque con algún rechazo porque mi intención era fabricar cosas. Mi tendencia era hacia la Escuela Industrial pero mi madre no quiso, y hubo algunos rechazos y enojos. Comencé a tener otros compromisos sociales y amigos que comenzaron a trabajar muy jóvenes. Yo tenía la oportunidad de trabajar en la fábrica que había montado mi madre, haciendo las bolsas en forma manual. Mi tío tenía una empresa de colectivos y comencé a viajar a Paso de los Libres a los 12 años. También hacía campamentos y viajé como mochilero a los 15 años. 
—¿Te atrajo particularmente algo de la ciudad?
—Pasear en tranvía o cruzar en lancha o balsa a Santa Fe. En La Paz nunca viajé en auto, y acá había amigos cuyos padres lo tenían y podíamos pasear. 

Debilidades y fortalezas
—¿Cuál fue el primer deporte que practicaste?
—Comencé con el sóftbol porque era muy patadura y torpe de piernas. Pero la coordinación superior era mejor. En el patio del colegio Don Bosco se hacían partidos  y era de los últimos elegidos, e iba al arco. Cuando aparecieron deportes nuevos propuestos por el profesor de Educación Física Enrique Godoy –como el sóftbol, cuando estaba en quinto grado– me atrajo. Fue uno de los fundadores de la Asociación Paranaense de Sóftbol y de Sóftbol Play. 
—¿Cómo fue ese descubrimiento?
—Recuerdo una pelota vieja, no había guantes y un bate de madera. Al poco tiempo hubo un grupo de seis o siete que comenzamos a jugar en el campito de atrás del colegio. Uno compró un guante, otro una pelota y otro un bate… Era donde mejor coordinaba. Antes había hecho salto con garrocha, lanzamiento con jabalina, rugby y remo, con el profesor Barbaglia. 
—¿Te dabas cuenta de esa condición física?
—No, lo noté cuando comencé a ser lanzador en sóftbol y encontré que tenía una muy buena coordinación del tren superior y fuerza, así que comencé a destacarme y comprometerme con el deporte. Hasta ahí éramos muy vagos. 
—¿Cuándo fuiste totalmente consciente de ese recurso?
—El deporte, definitivamente, es superación. La medida es a través del rival; a mejor calidad del rival, uno sabe que está mejor. Fui nombrado en la selección mayor de Paraná para jugar campeonatos argentinos en 1972 y tuve una actuación muy destacada por la cantidad de tiros –27– sin que nadie la toque y todos fueron en la zona de buena. 
—¿Dónde fue?
—En Concepción del Uruguay. Tenía el pelo muy largo. Mi madre llegó y cuando preguntó por mí le dijeron: “¿El de pelo largo, de Paraná?” Era una máquina y sentí el orgullo de pertenecer a una comunidad de gente que trabajábamos para eso, y me supe importante entre ellos. Ahí se me cortó la vagancia y me comprometí con la evolución, y comencé a entrenar divisiones menores. 

La escuela y un deporte nuevo
—¿El compromiso con el deporte fue voluntario?
—Sí, porque comencé a destacarme en 1971 y tenía algunas ventajas en el puesto de lanzador. En esa época el sóftbol tuvo un empuje por los intercolegiales y el incentivo de varios profesores, como Vera y Malmierca. Para la escuela venía muy bien porque generaba una expectativa distinta al fútbol y el básquet, y proponía una lógica distinta a estos deportes. 
—¿Desde qué punto de vista?
—Técnico, estratégico y pedagógico, ya que quien maneja y domina la pelota no es quien ataca, sino quien está defendiendo, lo cual obliga a una serie de reglas que complican la situación. 
—¿Qué idea general existía sobre el sóftbol antes de ese primer impulso?
—No existía, salvo a nivel escolar. En el 70 me toca la generación que comienza a destacarse y comienza a ser reconocido en el deporte local, a través de la prensa. Significaba bastante para bastante gente y Paraná comienza a sobresalir. Igualmente comienza el sóftbol femenino, éramos los directores técnicos, compañeros y amigos, se hacían reuniones bailables… Es la parte social en la cual nos integramos. 
—¿Lo proyectabas como una carrera profesional?
—No, en absoluto, aunque era algo importante por cómo lo íbamos construyendo. 

Jugar y viajar
—¿Qué referencias tenías?
—Los sueños comenzaron a ser grandes cuando nos proponen ir a jugar en 1973 con Panamá. Me esforcé al máximo para lograr estar en esa competencia porque, además, me gustaba viajar. Esa promesa nunca se concretó, sino recién en 1978. De todos modos se logró que viniera un equipo internacional que representaba a una aerolínea, que fue enviado por el gobierno de Estados Unidos. Los enfrentamos a nivel selección y fue nuestro primer contacto internacional, que era a lo que aspiraba. 
—¿Qué significación tuvo ese testeo?
—Volvimos a destacarnos y marcar diferencia, por el entrenamiento que habíamos hecho. En 1978 nuevamente notamos que lo que habíamos hecho estaba entre lo mejor, porque nos encontrábamos con gente de Venezuela y de Estados Unidos, y sabíamos jugar lo mismo que ellos. 
—¿El crecimiento técnico era intuitivo o se nutrían de fuentes teóricas?
—Era tan intuitivo que las referencias venían a partir de una foto o imagen, que nos pasábamos entre nosotros, copiábamos y veíamos qué podíamos hacer. 
—¿Qué repercusión tuvo en tu vida cotidiana este compromiso?
—Era trabajar y hacer sóftbol, aunque el deporte casi estaba en primer lugar. Vinieron las novias y había que balancear. Le dedicaba mucho tiempo, lograba ventajas y además entrenaba otras categorías. Era una media jornada diaria de cuatro o cinco horas. El grupo de la Industrial y del Nacional eran muy fuertes, y nos juntábamos en el Parque Berduc. A veces íbamos a la playa y luego entrenábamos. 
—¿Otros partidos significativos en términos cualitativos?
—Definitivamente lo fueron cada vez que viajamos y mostramos nuestro nivel frente a rivales de Bahía Blanca –a nivel equipo o de selección. Siempre fue un gran rival. Nos impactaba la calidad técnica de equipos de Buenos Aires, quienes tenían el aporte universitario y lo jugaban con más soltura y habilidad. Tal vez no eran mejores que nosotros pero se les veía una condición natural.
—¿Un juego más fluido?
—Exactamente, es el término.

Entender para enseñar y dirigir
—¿En qué momento entendiste la esencia del juego?
—A partir de que me dediqué a ser lanzador, que es clave en la defensa, lo cual me obligó a conocer el reglamento y tener un conocimiento particular y personal del rival que enfrentaríamos. Eso fue a partir de 1972, cuando ya tuve un conocimiento cabal de lo que quería hacer frente al rival: manifestarme y tener un enfrentamiento leal, en el cual si era superior, lo era porque dominaba la situación y porque había interpretado lo que se quería jugar. Me ayudó enormemente el hecho de enseñar los fundamentos y saber a qué había que apuntar con cada una de las habilidades que se desarrollaban. 
—¿Y más allá de tu puesto, en cuanto a la visión de conjunto?
—Se da cuando soy reconocido, marcando niveles de máxima. Fui elegido por primera vez el mejor lanzador de Argentina en 1974 –a poco de que Paraná se destacara. Cuando me veía obligado a enseñar, estaba obligado a entender lo que transmitía. Eso me marcaba y me hacía sentir siempre comprometido. Nunca me sentía estrella sino con la obligación de justificar por qué los otros me consideraban el mejor. La madurez ocurre a partir de interpretar qué es lo que estoy haciendo en una situación, conociendo al rival y a mí, sabiendo los valores que tengo. 
—¿Una derrota importante?
—Unos años después, en un partido que lo teníamos totalmente ganado y en el cual entendí que solo no podía hacer todo. Había hecho un gran trabajo pero no era suficiente y necesitaba el de los compañeros. No funcionó el equipo y desde ahí hubo otro trabajo de mentalización en cuanto a lo que se necesitaba en el bateo. Comencé a generar otro tipo de entrenamiento para que los jugadores entendieran lo que había que hacer. Después de ese proceso nos dimos cuenta que nos faltaban los dirigentes para proyectarnos a nivel internacional, así que en 1980 fui –además de jugador de selección– vicepresidente de la Asociación Paranaense. 
—¿Siempre jugaste de lanzador?
—Sí, jugué en todos los puestos pero fue en el que mejor lo hice. 
—¿Modificaste la biomecánica del lanzamiento alguna vez?
—No, simplemente incorporé un cambio reglamentario que hubo en los años 90, pero no era lo natural mío. 
—¿Mediciones de velocidad?
—En 1987 medimos cuando hicimos una preparación importante para los Panamericanos de 1989. Ya había unos radares que marcaban velocidad y estaba en las 70 millas, o sea 106 o 107 kilómetros por horas. Luego se superó a 125, cuando se comenzó con el salto al lanzar. 
—¿Cuál es el record mundial?
—Está por encima de las 80 o 81 millas por hora. Marty Grant ha sido uno de los que más velocidad logró con 134 kilómetros por hora. Nuestros lanzadores juveniles lo hacen a esa velocidad, como Román Godoy –de 20 años, de Don Bosco e integrante de la Selección Argentina. 
—¿Registros importantes que lograste?
—En 1974 fui el mejor lanzador argentino con 89 strike out (pelotas que no se pudieron batear) de más de 100; era un porcentaje de más del 80 por ciento.  
—¿Siempre por Don Bosco?
—Sí, pero hice de soporte de otros clubes en formación. Cuando quedaban tres clubes en Paraná, formé Universitario para que haya una nueva oportunidad –en los años 80. En 1987 Sóftbol Play se quedó sin  equipo de Primera y un equipo que se había desarmado logré armarlo y dirigirlo, y jugué una temporada allí para que mantuviera la Primera. Venía un equipo en crecimiento con categorías inferiores que era el Centro Provincial de Educación Física pero no terminaban de incluirse, así que durante seis meses todos los días entrené y dirigí al equipo juvenil para llevarlo a Primera –y hoy es el campeón oficial. Nos ganaron a nosotros el torneo oficial hace unas semanas y no estaba previsto (risas).
—¿Pensaste dejar el deporte o tuviste un bajón anímico importante?
—Sí, por un gran desastre en la preparación del equipo en 1989, del cual me hizo cargo Víctor Centurión. Iba a venir el técnico de Cuba –que yo había pedido–, los dirigentes de la Asociación Paranaense –Nacho Acebal y Cantero Sáenz– hicieron los trámites pero nunca se concretó. Hasta tanto me encargan que comience a trabajar con la selección y busco otros ayudantes, al igual que comenzamos a trabajar con estadísticas. Ese proceso terminó en un desastre porque el técnico nunca vino, quisieron poner a alguien que había tenido un mal rendimiento, me negué y quedé afuera. En ese momento quise tirar todo al diablo pero mi familia no me lo permitió. Mi hermano publicó las estadísticas en los medios locales, denunciando lo que había pasado. Así que vi el torneo desde afuera. Luego fui elegido presidente de la asociación y seguí como jugador de la selección de Paraná.   

Razones de un fenómeno
—¿Por qué considerás que en una ciudad mediocre como Paraná se dio un proceso de estas dimensiones que es complicado de replicar en otros ámbitos? 
—Reitero lo de la salida de la etapa colegial a una etapa de clubes. Eso, el núcleo de jóvenes y la época del 70 –en la cual había que hacer algo– son la clave. Toda la juventud tenían que hacer algo porque veníamos de la época de los hippies y no queríamos más compromiso que el de disfrutar la vida, así que venía la etapa de construir y hacer cosas. Muchos no nos fuimos hacia la subversión, el terrorismo o el tercermundismo, aunque estábamos ligados a ese grupo de gente, porque varios curas tercermundistas salieron de Don Bosco. Hice campamentos con ellos. Pero me atrapó el deporte y buscamos otra vía que coincidió con aquel movimiento, un deporte nuevo y comenzar a obtener resultados. 
—¿Cuál fue el factor que lo hizo sostenible en el tiempo?
—Fue por el deseo de continuar la tarea que se estaba haciendo e involucrarse más y más, buscar más cosas, la gira internacional prometida para 1973 pero que logramos nosotros, con otros dirigentes y el salir a los mundiales. Me hubiera gustado que continuara la etapa escolar aunque se hace sóftbol en muchas escuelas primarias. Era un grupo comprometido, se tuvieron grandes logros, la aprobación que nos motivaba y hubo algunos subsidios del gobierno provincial y municipal. Fui uno que estuvo en la parte visible pero seguramente hubo 20.000 personas involucradas.

Los cambios y el hoy
—¿Qué cambios tuvo el deporte en sí mismo?
—Cambio algunas partes de sus reglas pero básicamente se juega el mismo deporte en 130 países. La forma de lanzamiento cambió un poco en 1988 en cuanto a que permite un salto mayor y mayor velocidad en el juego, equiparándolo al nivel profesional.
—¿Y en cuanto a la tecnología de los elementos?
—Evolucionó desde el bate de madera a los de aluminio, y luego sus mejoras, como el grafito, mientras que hoy se utilizan los multicapas, que son con materiales de alta tecnología, como puede ser el de composite. Los guantes cada vez fueron más ergonómicos y prácticos, ya que al principio tenía dos o tres dedos. La pelota era de corcho aglomerado y luego se permitieron las de poliuretano. 
—¿Se modificó el juego?
—Se logró una pequeña mayor velocidad por los bates más livianos y la modificación del lanzamiento. 
—¿Cuál es el balance como entrenador de la selección argentina juvenil?
—La mayor de las satisfacciones por haber construido equipos que lograron continuar el trabajo que se venía haciendo y presentarnos en el ámbito internacional. Le tengo un agradecimiento por el apoyo y confianza al ingeniero Martínez Correa, a Samaniego, a Pocho Vírgala y a todos los padres, porque yo tenía 26 años y llevaba gente de 19 a un viaje internacional. En ese momento dirigía la Juvenil de Paraná –que era la base de la selección.
—¿Te gusta el beisbol?
—Sí, es un deporte que destaca prácticamente las mismas habilidades y requiere el mismo tipo de estrategia para jugarlo. El beisbol argentino queda corto respecto al nivel que logró el sóftbol en el ámbito internacional, y no llegamos al nivel profesional de Estados Unidos –donde tiene uno de los mayores soportes económicos. La talla argentina en cuanto a lo físico no nos da para el nivel de ellos y se necesita un espacio mayor, por eso no se da tan fácil en el ámbito escolar, como sí puede suceder con el sóftbol. Tal vez es más aburrido. En Estados Unidos el sóftbol es el deporte más practicado porque hay campos en todos los barrios –por las dimensiones que requiere– y funciona como acá funciona el fútbol comercial. Es un deporte totalmente inclusivo porque el gordo puede “jugar sin entrenarse y con solo pegarle a la pelotita” y lo pueden jugar los lisiados.
—¿Qué significa para vos hoy?
—Mirando hacia atrás, el sóftbol ha construido gran parte de mi vida, fue la pared en la cual me fui apoyando y tuve que meter la familia para que me acompañara, por lo cual estoy agradecido ya que me liberaron de tareas que debía cumplir. 
—¿Rechazaste ofertas económicas interesantes?
—Permanentemente porque desde 2003 soy instructor de la federación internacional y me han hecho ofertas para dirigir equipos en Panamá y otro lugares de Latinoamérica. Pero mi empresa familiar está aquí, me debo a eso y es lo que me da el margen para el sóftbol. La empresa trabaja 24 horas, así que puedo cortar y luego seguir. 
—¿Ninguna propuesta te hizo dudar?
—Permanentemente. Cada curso internacional que he dado genera un dinero muy superior al que se puede conseguir aquí, trabajando, pero no tengo ninguna duda porque mi condición de vida está hecha aquí. Me molesta que el sóftbol escolar no esté progresando al nivel que debiera. Necesitaría más tiempo y mucha gente aportando para hacerlo. Es muy difícil crecer en un deporte chico y una ciudad difícil, porque las luchas son permanentes. La transformación deberá venir a partir de lograr un deporte esponsoreado y sería el próximo salto que hay que hacer, por el nivel que se requiere. Si el sóftbol vuelve a los colegios, el próximo paso será más sencillo. Además se necesita la etapa intermedia formativa entre lo recreativo y lo competitivo. Esa etapa no está sustentada en ningún deporte y muchos quedan en el camino. Todos hablan de la contención del deporte pero no se logra.   

Leé la nota completa en la edición impresa

Comentarios