Tiempo sindical
Lunes 30 de Mayo de 2016

El principio de la organización obrera en la Argentina

Al abordar el desarrollo histórico del movimiento obrero argentino es necesario relacionarlo con las transformaciones sociales, políticas y económicas ocurridas en el país, dentro de un contexto más amplio, que permita referenciar las particularidades del sindicalismo nacional con ciertos acontecimientos fundamentales de la historia argentina.

Un primer momento, fines del siglo XIX a 1930, corresponde a un modelo capitalista dependiente que remonta al origen del Estado Nación, es decir al comienzo de la modernidad. Dicho modelo se caracterizó por tener sus bases en un esquema agroexportador subordinado al poder de Inglaterra y al mundo central europeo a fines del siglo XIX. Dicho modelo entra en crisis cercano los años 20”. Los gobiernos radicales sufrirían los comienzos y el final de esta crisis.

Un segundo momento, de 1930 a 1943, se caracteriza por el agotamiento de dicho modelo, es decir el comienzo del fin del modelo agroexportador, que llega a su crisis mayor en la llamada década infame en los años 30”. En dicha etapa las elites asumen a mediados del 30 lo que dio en llamarse el modelo de sustitución de importaciones, de características dependientes, con un fuerte arraigo en la actividad industrial relacionada, productivamente al espacio agroganadero.

Un tercer momento, de 1946 a 1955, está marcado por el Estado peronista. La alternativa nacional se abre durante el gobierno peronista de claro desarrollo industrial, con una inédita distribución de la riqueza, que permitió una nueva dinámica social, a partir de una recomposición de fuerzas dentro de la sociedad. Las transformaciones planteadas por el peronismo tendrán una importancia central, ya que la organización sindical y el movimiento obrero en su conjunto se convirtieron en su base de sustentación principal, en lo que se llamó su columna vertebral.

En una cuarta etapa, de 1955 a 1976, aparece la represión y el comienzo de la violencia desatada a partir del golpe de 1955, como la antesala de lo que vendrá, violencia direccionada especialmente hacia la clase obrera con el propósito de borrar el estado de situación social y organizativo alcanzado por la clase trabajadora en la etapa anterior. Lo sobrevendrá el retorno al poder del peronismo, sus contradicciones internas y la repercusión en las organizaciones sindicales. El golpe de 1976 es el fin de una etapa y la vuelta a la resistencia, que culminaría con el retorno a la democracia a fines de 1983.

Los orígenes
Los primeros antecedentes de organizaciones del trabajo se remontan al período colonial. Los gremios eran, en ese entonces, corporaciones de oficios en donde, además de ser organizaciones de artesanos, tenían también un cierto carácter religioso, ya que la Iglesia jugaba un papel dominante en todas las manifestaciones de la vida social.

Los artesanos de la plata constituyeron así un gremio de gran importancia, desde luego dicha actividad se relacionaba a la actividad central de la Colonia es decir, la extracción de metales de las minas de Bolivia y Perú.

Los artesanos dedicados al trabajo del cuero, es decir a la confección de zapatos, se constituyeron en una de las actividades principales del Río de la Plata organizando una asociación a fines del siglo XVIII. En 1857 se funda la Asociación Tipográfica Bonaerense y también la Sociedad de Zapateros San Crispín, pero estas organizaciones denotaban más un carácter mutualista que estrictamente gremial. En 1877 se constituyó la primera estructura sindical con carácter moderno: la Unión Tipográfica Bonaerense, que realizó, al año siguiente una huelga por la reducción de salarios que afectaba a sus afiliados. El triunfo de esta medida de fuerza marcó la celebración del primer convenio colectivo que se conoce en la Argentina. La creación del Sindicato de Comercio (1881), la Sociedad Obrera de Albañiles y la Unión Obrera de Sastres (1882), La Fraternidad (1887), agrupando a conductores y foguistas ferroviarios, señalaron, junto a otras organizaciones sindicales, la voluntad organizativa de la clase trabajadora.

Es cierto que en los comienzos estas primeras estructuras sindicales eran débiles. En sus primeros intentos; generalmente se constituían en torno de un conflicto frente a una necesidad y, una vez superados estos problemas, desaparecían; la pérdida de una huelga podía también determinar su retirada de la escena gremial. No podía, tampoco, pensarse en un sindicato nacional, ni en una estructura centralizada. Una excepción a esto fue el caso de La Fraternidad, que buscó aunar el aspecto gremial y mutual dentro de un esquema organizativo que consolidara una sola entidad fuerte y permanente.

Para comprender las características de las primeras organizaciones gremiales de finales del siglo XIX se impone tener en cuenta, en primer lugar, la corriente inmigratoria europea que llevó a modificar, desde 1870, la conformación de la población argentina. El país y América toda fueron testigos del destierro y de la búsqueda obligada de una nueva tierra para quienes huían del hambre y de la guerra. Estos viajeros estaban llamados a ser los pioneros del naciente movimiento obrero argentino. Recordemos que hacia mediados del siglo XIX, en la llamada etapa posrosista, la Argentina tenía una economía pastoril donde prevalecía la lucha por el dominio y la organización futura del territorio. La oligarquía terrateniente representada por el Partido Autonomista Nacional (PAN) saldrá triunfadora y logrará con la conducción de Julio Argentino Roca diseñar la alianza de clase dominante, hegemónica para la construcción del Estado Nación moderno argentino, a fines del siglo XIX.

Bajo dicho modelo capitalista dependiente, la Argentina ingresará al mercado mundial manteniendo una estrecha dependencia del imperialismo inglés. En este proceso se consolidará un Estado nacional quedando los poderes provinciales bajo el poder central concentrado en Buenos Aires. Recordemos que a fines de 1870, Roca amplía el territorio a través de la llamada Campaña del Desierto, despojando de sus tierras a la población originaria en el sur de nuestro país. Durante el régimen “ochentista” se consolida un ejército regular y se emite moneda centralizada. La oligarquía construye dicho Estado de acuerdo a la matriz que necesitaba el poder económico central europeo para ponerlo al servicio del capitalismo central que ocupaba un claro rol de “taller”, mientras el nuestro, el de la periferia, era el llamado “granero” proveedor de materias primas a dicho taller industrial.

La base
El país se desarrolló en función del puerto, mirando hacia el exterior, lo que se tradujo en graves desequilibrios internos: el desmedido crecimiento de Buenos Aires y del litoral en detrimento del interior del país, una estructura latifundista del campo argentino, la carencia de desarrollo industrial y profundas desigualdades sociales.

De esta forma la inmigración masiva constituyó uno de los ejes en que se asentó la economía  agroexportadora. En este contexto, la inmigración, había llegado en principio para contribuir a la colonización de la tierra, impedida de acceder a ella debido, justamente a la estructura latifundista de la tierra. Frustrada esta posibilidad, la mayoría de los inmigrantes se dirigieron hacia los centros urbanos, donde pasaron a engrosar el mercado de trabajo, constituyendo el proletariado urbano.

Con el paso del tiempo se fueron creando pequeños talleres de producción local. En los comienzos del siglo XX comenzó a incorporarse un nuevo actor social: el hijo del inmigrante, que bregaba por el ascenso social y la participación política. La elite en el poder mantuvo constantes enfrentamientos con los inmigrantes, especialmente con el proletariado urbano, la tensión social fue permanente, desembocando en huelgas y enfrentamientos.

Inglaterra, potencia dominante, se convierte en el receptor de las exportaciones argentinas de carne y granos y pasa a controlar de la mano de la elite las finanzas, los servicios y la incipiente industria vinculada a la producción ganadera y agraria. El desarrollo capitalista de la Argentina requiere mayor cantidad de mano de obra y la inmigración viene a suplir dicha necesidad. Los sueldos y jornales van a caer tan rápido como a subir las horas de trabajo. Uno de los problemas más graves para los trabajadores era el tema de la vivienda, surge de esa manera el conventillo, lugar de residencia obligado para los sectores populares urbanos. Muchos de ellos eran espacios de hacinamiento que se convertían por su precaria situación sanitaria en focos de enfermedades. La situación social agudizaba la relación entre el régimen y los trabajadores.

En 1901 los panaderos realizan su primera huelga por rama de actividad, en Rosario se lleva adelante una huelga general regional, y en 1902 se convoca la primera huelga general. A fines del siglo XIX existía en la Argentina una incipiente cultura anarquista nucleada alrededor del diario La Protesta, centros feministas y antimilitaristas, escuelas racionalistas, además de la actividad sindical.

El anarquismo se expresa en dos tendencias, una “antiorganización”, orientada a las actividades individuales, y otra “organizadora”, que impulsan la organización sindical para la defensa de los trabajadores conocidos como “anarcosindicalistas”, estos fundan la Federación Obrera (FOA) en 1901.

Al igual que los otros anarquistas eran antipolítica y anti-Estado, pero aceptaban la necesidad de organización en el plano sindical. Su oposición al Estado planteaba la necesidad de terminar con toda intervención estatal en la vida de la clase trabajadora, los problemas se resolverían con la abolición de este a través de la huelga revolucionaria, como la que impulsaron con resultados adversos en 1902 y 1910.

La FOA luego es rebautizada FORA (Federación Obrera Regional Argentina). El 29 de junio de 1890 se crea la primera organización gremial de alcance nacional en la Argentina, casi paralelamente a la Revolución Cívica contra el presidente Celman, la Federación de Trabajadores de la Región Argentina declaraba: “Considerando que la propiedad individual de los medios de producción es la única fuente de todo el malestar en que yace la clase obrera, se declara a favor de la abolición completa de la propiedad individual en conformidad con todos los obreros de la patria”.

Otras federaciones se conforman en Mendoza y Santa Fe reclamando jornadas de ocho horas de trabajo. La Federación de Trabajadores se declara socialista, y los anarquistas comienzan a enfrentarla. La situación social y política del país era de convulsión. En 1893 se produce el levantamiento revolucionario llevado adelante por la UCR liderada por Leandro N. Alem y Lisandro de la Torre en Rosario, y Marcelo T. de Alvear e Hipólito Yrigoyen en la provincia de Buenos Aires. Ante el fracaso del levantamiento la represión se agudizó en lo político y sindical. A partir de esto, los trabajadores comienzan un fuerte movimiento de organización. En 1894 se comienza a conformar la FOA, segunda central sindical que agrupaba a constructores de carruajes, hojalateros, carpinteros, talabarteros, fideeros, pintores, panaderos, etc. Recién el 25 de mayo de 1901 se logra la unidad en la FOA, mayoritariamente conformada por anarcosindicalistas y minoritariamente por socialistas. En el segundo congreso de la FOA en 1902 los socialistas del partido fundado por Juan B Justo se retiran de la reunión junto a otros gremios, creando la Unión General de Trabajadores (UGT). Para ellos había que redefinir el uso de la huelga como medio de lucha: “(…) La huelga puede ser un medio de lucha eficaz cuando sea declarada contando con una previa organización, que ofrezca posibilidades de triunfo (…) rechazamos en absoluto la huelga general toda vez que sea realizada con fines de violencia y revuelta que podía, lejos de favorecer al proletariado, determinar en todos los casos reacciones violentas en la clase capitalista que contribuyen a debilitar a la organización obrera”.

El programa de la UGT pedía jornadas de ocho horas, prohibición de trabajo a menores de 14 años, mínimo salario en base oro, tanto para mujer como para hombre, descanso dominical, responsabilidad patronal en accidentes de trabajo, abolición del trabajo nocturno salvo expresa necesidad y reconocimiento del 1º de Mayo como fiesta oficial.

En 1902 se presentó un anteproyecto al Congreso que fue sancionado con el nombre de Ley de Residencia, tanto la FOA como la UGT se pronunciaron enérgicamente contra la iniciativa del régimen. Por dicha ley se deportó a los principales activistas y dirigentes sindicales extranjeros, cerrando toda posibilidad de libertades sindicales para la clase trabajadora. En dicho clima represivo y explotador se desarrollará la vida del movimiento obrero a principios del siglo XX. Estos no solo serán tiempos de organización y de lucha, sino también de enfrentamientos internos entre las dos principales corrientes sindicales: anarquistas y socialistas. En 1905 surgirá una tercera corriente llamada “sindicalismo revolucionario”. El origen de dicha corriente se remonta a la presidencia de Manuel Quintana, son tiempos de escasas reformas. En ese año se produce otro fallido levantamiento radical llevado a cabo por Don Hipólito Yrigoyen. El radicalismo se convertía con el transcurrir del siglo XX en el espacio político representativo de aquellos sectores populares nacionales que luchaban por la apertura democrática. (fragmento).

Fuente: Jornadas de Capacitación de Delegados de la Unión de Trabajadores de la Educación.

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