La Provincia
Sábado 24 de Octubre de 2015

El pensamiento único y el desarrollo de lo imposible

Si hoy se habla de esa necesidad es porque continúa frustrado, el cual, por otra parte, es incompatible con la ideología dominante, aunque lo pregone en el relato. Frases revulsivas que sacudieron la comodidad de analizar desde la misma óptica.


Julio Vallana/De La Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar


Creo que fue Albert Einstein quien dijo que para analizar un sistema hay que estar fuera de él, tarea ímproba si las hay. Para el diagnóstico de la enfermedad y su gravedad –generalmente negada– rescaté dos frases revulsivas que en las últimas décadas sacudieron –desde afuera– la comodidad que ofrece analizar las cuestiones siempre desde la misma óptica. Más cuando la adolescencia que se padece, brinda falencias y tensiones similares y constantes –aunque adornadas y disimuladas con relatos variados. Como no tengo el más mínimo respeto por el sentimiento nacional parroquial, las frases “extranjeras” no dejaron de resultarme, además de útiles, amigables.
En junio de 2002, el por entonces mandatario uruguayo Jorge Batlle –apellido ilustre del periodismo y la política oriental– aseguró que “los argentinos son una manga de ladrones, del primero al último” y antes –en la década de 1990– el “filósofo” justicialista y monarca gastronómico Luis Barrionuevo recomendó que “había que dejar de robar dos años para que el país salga adelante”. Ante el colosal desfalco sin precedentes durante el kirchnerismo, redujo dicho lapso a seis meses, e incluso a “30 segundos”. Lo dijo un especialista en estos menesteres, quien conoce todas las formas y a todos los actores. 
Este año, el premio Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa no se calló nada y atribuyó la tragedia argentina al peronismo, al cual calificó de “plaga”, por haber sumido al país en el subdesarrollo y en ese proceso haber destruido su sistema educativo. No es para escandalizarse, cuando se viaja suelen escucharse apreciaciones más o menos similares de otras mentes seguidoras y estudiosas de la realidad argentina.
Poner en contexto el concepto de “plaga” obliga a recordar que de los últimos 32 años de vida democrática, en 25 años la sociedad argentina le dio el poder al justicialismo, y se destacaron últimamente las décadas de la versión “pizza y champagne” –tal vez el único intento de capitalismo no prebendario de esta fuerza política aunque se estima que quienes lo votaron pertenecieron a otra galaxia–, la versión “menemismo con cara de culo” o “Nac & Pop”, del kirchnerismo, y ahora, ¿la edición “pum para arriba” y franciscana, del sciolismo?  
Con una mirada más amplia, en los 70 años de vida del peronismo ningún presidente civil no peronista pudo terminar su mandato: ni Arturo Frondizi ni Arturo Illia ni –en el retorno a la democracia reciente– Raúl Alfonsín ni Fernando de la Rúa. 
Queda en claro que paralela a la plaga militar –ya extinguida y que ameritaría la disolución de las fuerzas armadas– hay un partido único de poder y un “paradigma” –disculpas por el exceso semántico– que a modo de peste –el virus tiene varias cepas que mutan– o lodazal lo salpica todo, incluso a casi la totalidad del resto de las desdibujadas agrupaciones políticas. Lo del PRO –una fuerza necesaria para el sistema, que se presentaba como auspiciosa luego de la crisis de 2001– con la inauguración del busto de Juan Perón hizo su aporte patético –como las sobreactuaciones de Kicillof con relación al peronismo– y demostró lo irresistible que resulta la atracción populista. La izquierda, en tanto –enferma de anorexia social y todavía sin tomar registro acabado del fracaso del socialismo real– pareciera medir el tiempo del siglo XXI con un reloj de arena. ¿El radicalismo? Hola, hola, hola… hola, hola… Ah, y está Margarita.
El concepto peste puede resultar difícil de asimilar y llevará mucho tiempo –tal vez nunca– en que se procese y se torne consciente la devastación institucional que ha producido, con el permiso de la sociedad. Muchos de los escombros de 2001 –salvo reconstrucciones parciales– todavía están a la vista y en algunos casos multiplicados, como el vaciamiento programático y de equipos técnicos de los partidos políticos –llenos de timoratos, mediocres, incapaces y delincuentes, al igual que en otras entidades fuertemente representativas. Sin embargo, solo el pejotismo ha mantenido fresca su doctrina, o sea la metodología de acceso, mantenimiento y socavamiento del poder cuando no lo tiene. 
De lo anterior se puede deducir que las causas de la descomposición social no son materiales –como se pretende– sino fruto de la mentalidad dominante de las clases dirigentes, todas.
La población –famélica de civismo– no se reconoce en los valores republicanos y democráticos porque solo excepcionalmente los gobiernos han tenido como único credo la Constitución y las leyes, y la prioridad ha sido la permanencia en el poder a cualquier costo. La diferencia es que durante la actual etapa, cuando se quisieron quedar con algo hablaron de “democratización” o de “soberanía”, palabras atractivas para oídos patrioteros que no reflexionan demasiado sobre su alcance y consecuencias. 
Con el relato de la democratización, el neoperonismo chavista minó el Poder Judicial –casi sin capacidad de respuesta ante los desvaríos del Ejecutivo–, convirtió el fútbol en un método de propaganda cuasi fascista –con ingentes recursos– , arremetió contra los medios de comunicación –también convertidos muchos en un frondoso aparato de propaganda–, pobló el Estado y lo volvió más inútil que la media histórica y habló de soberanía hidrocarburífera –cuando no existe planificación energética– y cuya matriz de petróleo y gas es una sangría sin precedentes para las arcas públicas, especialmente por la importación de ese último insumo y por el regalo de 10.000 millones de dólares a Repsol. 
Resulta complicado hablar de fin de ciclo porque la cultura política fue denigrada en sus valores elementales hasta su cuasi desaparición: la quema de urnas, el canje de votos por comida y la falsificación de telegramas electorales aparecen como los más exagerados, pero tan grave como ello es que el Congreso Nacional sólo funcione según los intereses y caprichos “exprés” del Ejecutivo, y que las provincias –varias de las cuales son inviables– sean sometidas a través de la extorsión del unitarismo concentrado. 
La dinastía Kirchner usa el poder para hacer que la democracia –lejos de ser un sistema de contrapesos– estuviera solamente a su servicio y el de su séquito. La maquinaria pejotista –oligarcas estatales, caudillos impresentables, punteros narcos y otras mafias territoriales– siempre busca la hegemonía, prioriza el robo y la rapiña, y conforma el más repugnante y conservador de los statu quo. No obstante eso, muchos no entienden por qué se pagan impuestos propios de Suecia y se reciben servicios parecidos a los de la República Dominicana, otros por qué no les alcanza el sueldo y trabajan el doble que hace diez años, y los viejos se preguntan por qué no pueden cobrar el 82% móvil. 

Naturaleza de la peste
El pejotismo –y sus desprendimientos– son hoy el mayor portador de la peste pero no quienes exclusivamente la han diseminado, aunque su dosis ha sido particularmente sustancial. 
Los vicios que atentan contra el desarrollo y llevan la república a la deriva hunden sus raíces en los mismos orígenes de la nacionalidad y en la tradición ibérica. Pese a eso a principios del siglo pasado Argentina figuraba entre los 10 países más ricos del mundo y hace poco más de medio siglo su presupuesto educativo equivalía a la suma de los del resto de América latina. 
Aquella herencia –contraria a las instituciones republicanas y que promovió el caudillismo (civil, militar y religioso) y el clientelismo– siempre estuvo cargada de elementos autoritarios, jerárquicos y conservadores, y reconocía en la autoridad la fuente de todos los bienes –como en su momento lo fue la Corona española. 
Las teorías que se han derivado de la peste reprimen la audacia y son sólidas murallas –que se reflejan en la legislación– contra las naturales corrientes creativas, más todavía en un país con abundancia de recursos y calidad de su población. Entre restringir las importaciones y expandir las exportaciones, siempre se opta por lo represivo. Igual en el caso de subsidiar el consumo o acrecentar un alto ritmo de progreso tecnológico, mantener los precios de exportación o ganar nuevos mercados, subsidiar el consumo o acrecer la tasa de capitalización de la economía, subsidiar el consumo o posibilitar la mejor asignación de los recursos, aumentar los impuestos o mejorar la eficiencia del Estado, aumentar la demanda artificialmente o preservar la estabilidad de precios, mejorar por arbitrios de corto plazo el nivel de actividad económica o resguardar el equilibrio de la balanza de pagos, se opta por los criterios coyunturales y no los estructurales, por los paliativos que solo atacan los efectos y no por las soluciones que remedian las causas de los males. Por “ayudar” y no “enseñar”. 
Desconozco algún proceso de desarrollo exitoso cuyo marco haya sido el miedo, la hostilidad y el ataque a la convivencia, corporizada en concepciones desquiciadoras de la Economía Política. Las sociedades que lograron un desarrollo económico sostenido durante los últimos siglos han sido, en general, las que establecieron un sistema político estable, con gobiernos cuyos poderes han sido limitados y equilibrados entre sí. Los sistemas autoritarios y populistas –aunque se llenen la boca de relatos sobre el “interés nacional” y “el pueblo”– lo condenan a la pobreza –en sus múltiples facetas– y el estancamiento.

Educación en ruinas
El actual proceso político continuó la devastación de lo poco sano que quedaba del sistema educativo, con lo que acentuó la brecha de exclusión de quienes no pueden, por eso, entender en su integralidad un rasgo indudable de esta nueva era –que es la importancia sin precedentes del saber científico tecnológico. Repartir computadoras no alcanza. 
Hace varias décadas que los países serios y predecibles definen sus orientaciones en esta materia según lo dicho por Alvin Toffler en cuanto a que los sistemas económicos descansan sobre una base de conocimientos, ya que las empresas y actividades dependen de la existencia previa de ese recurso, de construcción social. “A diferencia del capital, el trabajo y la tierra, aquél suele ser desdeñado por economistas y ejecutivos cuando determinan las aportaciones precisas para la producción. Y, sin embargo, este recurso es el más importante de todos.” (Toffler, 1995)
Planteado así tal vez parezca una cuestión propia de discusiones académicas pero el conocimiento implica virtudes intrínsecamente democráticas ya que a diferencia de las fuentes de poder tradicionales –la fuerza, el dinero y la tierra–, es infinitamente ampliable y su utilización no lo desgasta sino que, al contrario, puede producir más conocimiento. “Un mismo conocimiento puede ser utilizado por muchas personas y su producción exige creatividad, libertad de circulación, intercambios, críticas constructivas, diálogo. Todas ellas condiciones propias de una sociedad democrática” (Juan Carlo Tedesco, 1995)
Con ese requisito, la sociedad del conocimiento se perfila como superadora y debiera ser lo que hoy hace a la escuela democrática: que ponga al alcance de todos los habitantes, sin distinción de riqueza, raza o religión, el conocimiento y los valores necesarios para participar en una sociedad competitiva y solidaria. En cambio, el sistema ha colapsado, expulsa y cualquier docente comprometido puede dar fe de ello y admite que la situación es “desesperante”, por la imposibilidad de lograr su tradicional función de integración social. Excluidos amplios sectores de la población de estos modos específicos de operar de la mente, constituyen los nuevos analfabetos tentados por la microeconomía del narcotráfico –la muerte permanente de “soldaditos” en la periferia paranaense es el emergente más desgarrador– y los esclavos del asistencialismo y la propaganda barata.  
Frente a un mundo en el que el problema son los cambios de paradigma en todos los aspectos de la sociedad, las reformas que se intentan se esfuerzan por respetar el modelo clásico escolar introduciéndole nuevos elementos que, al no formar parte del formato original, no tienen suficiente fuerza como para transformarlo. Es necesario situarse fuera de esa óptica para plantear un nuevo sistema que garantice no solo saberes sino competencias –no exentas de creatividad e imaginación– que implican hacer cosas y resolver situaciones complejas a conciencia.
El desafío político de la educación en la postmodernidad –cuya característica es la fragmentación de discursos y saberes– es hilvanar trozos de tecnología, pedazos de ética, hebras de solidaridad e hilvanes de cultura, contrapuesto al mercado como única instancia de referencia.

Elecciones y ¿después?
Las oportunidades para el desarrollo argentino históricamente han sido numerosas e igualmente las veces en que se dilapidaron los recursos que podían conformar sus bases. El kirchnerismo pasará a ser un caso de especial análisis por la particular coyuntura que –como nunca– brindó el aumento de los precios de las exportaciones. Será difícil encontrar otra semejante malversación del crecimiento económico y la confianza política no convertida en desarrollo. Los indicadores que hacen a este –educación, sanidad individual y medio ambiental, seguridad en el más amplio de los sentidos y riqueza individual– están malversados por años de ocultamiento y mentira estadística. Además, la mirada no se ha puesto sobre naciones ubicadas por encima de Argentina –fuertes, ricas y grandes– sino en un cachivache como el régimen venezolano.
Ahora –en la dirección del desarrollo proclamado– casi nada de lo esencial ha estado presente en la campaña electoral –salvo las frases y estereotipos de ocasión– seguramente porque el envilecimiento de la palabra superó al menemismo. 
No hay ningún síntoma de consideración –una masa crítica diría un sociólogo– que indique que la sociedad está dispuesta al esfuerzo de decidir un rumbo de crecimiento social integral y sustentable, enmarcado en una república democrática y federal. Construir verdaderamente algo así cuesta y lleva mucho tiempo –aunque está a la vista que el populismo puede destruir cosas importantes en cinco minutos. 
La pobreza de ideas y la desorientación de muchos electores es evidente y las bases institucionales y éticas que pudieran sustentarlo fueron dinamitadas. Lo más elemental –el mismo sistema electoral– es una incógnita plagada de distintas modalidades de fraude.   
Vastos sectores transitan resignados por la exclusión y la informalidad –funcional al populismo que ya ensaya la nueva mutación del virus, ahora monitoreado desde el Vaticano– disimulada por el acceso a un teléfono móvil sofisticado o un televisor Led de muchas pulgadas –como símbolo de supuesta prosperidad. En otras clases es un viajecito en cuotas para parecer pertenecer a otro nivel social. 
Lo superficial hace lucir como si fuera un país moderno, próspero, tecnológico, en continuo avance, cuando en realidad la distancia con las naciones industriales y equilibradas es sideral, ya que la economía argentina –fuertemente monopólica y oligopólica en la mayoría de sus sectores– se sostiene en un mono cultivo –que ocupa el 65 % de las tierras cultivadas, que arrasan con la diversidad ambiental y la salud de la población, y produce veneno transgénico para alimentar cerdos chinos–, y en otra actividad primaria –y tan trágica como aquella– tal cual es la minería a cielo abierto –prohibida en Canadá y Europa. 
En cambio, el desarrollo implica esfuerzo –físico e intelectual– genuino y constante, y capacidad de realización de todos los actores y potencialidades creadoras en forma integral, a lo cual el populismo es ajeno, ya que los reemplaza por el chauvinismo y la división ficticia, la prebenda, la agitación propagandística y un engendro llamado “capitalismo nacional”.  
No obstante esto último, la transferencia de recursos a los sectores financieros –“Nunca ganaron tanta plata como en este gobierno”, dijo Cristina Fernández ante banqueros en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires en agosto de 2012– y la escandalosa regresividad del sistema impositivo, agrava la inequidad y exclusión social –con similares y superiores niveles de pobreza a los de los 90, según el sector que se analice–, lo cual garantiza la supervivencia del sistema que “reconoce derechos” como si se tratara de una autoridad divina y no de la materialización de lo que manda la Constitución. 
En estos momentos todavía gobierna una megalómana que según sus propias palabras soñaba con ser princesa –Beatriz Sarlo dice que es solo una “burguesa de provincia”– y se considera infalible (¿será por eso el repentino “enamoramiento” de otro que también se considera así?). Fueron los mismos argentinos –muchos hoy “horrorizados”– quienes permitieron esta monarquía de baja intensidad cuando avalaron con su voto el “vamos por todo” –aunque justo es reconocer que las actitudes bonapartistas no son una originalidad y exclusividad de la Presidenta sino que se gestionan desde hace décadas territorios provinciales como si fueran feudos. Igualmente, muchos miembros de la casta política confunden a su espacio de gestión con un coto privado, a las legislaturas –muchas veces verdaderas manadas de corderos– y la Justicia, como un escollo a sortear, y a los ciudadanos como súbditos.
Mientras el “movimiento” fundado por un militar –al calor de los fascismos  y totalitarismos de mediados del siglo pasado, características que perduran matizadas en el ADN de su praxis política– no se transforme en un partido propio del siglo XXI y democrático –como el intento de 1983 de la renovación peronista– no hay posibilidad de que la educación y la ciencia sean más prioritarias que el fútbol, y que la Constitución sea el Norte de la vida pública y sagrada para quienes gobiernan y los ciudadanos.  
Mientras los gobernados permitan que quienes los representan roben el 30 por ciento del presupuesto conformado por sus impuestos y tasas –ese es el cálculo, tal vez superior, de entidades que analizan la corrupción y lo dicho por un ministro a este periodista–, malversen la esencia de su sistema de vida y la sociedad esté al servicio del Estado, toda idea de desarrollo es una quimera y la próxima cantinela a escuchar cuando se apague del todo el actual relato.
Tal vez sea lo que se merecen los pueblos famélicos de civismo y engordados con cuotas, y a lo cual están condenados los ladrones enfermos por la peste.

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