La Provincia
Domingo 09 de Agosto de 2015

El oficio de un artesano del papel en la era digital

Diálogo Abierto. Juan Pablo Vicentín encontró un nicho de mercado que pareciera impropio en una época en la cual la sofisticación tecnológica se impone como norma. Cuenta que nació “en la bellísima ciudad de Paraná”

Julio Vallana / De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar


Sus herramientas son por demás sencillas aunque las ideas que busca plasmar en cada uno de sus trabajos no están exentas de una búsqueda estética, artística y divertida, nutrida en su afición por la literatura y la pintura. Juan Pablo Vicentín se define como un “acondicionador” de libros –especialmente de ediciones antiguas, trabajo que también realiza por su cuenta y pone a la venta. El emprendedor –cuyo sitio en Facebook es Mosaénicas Criaturas de Papel– diferenció su actividad de la antigua, clásica y protocolizada restauración de documentos: “Trato de no tomar trabajos de este tipo, porque respeto muchísimo esa actividad”, reveló.

Paracao, ida y vuelta

—¿Dónde naciste?
—En la bellísima ciudad de Paraná.

—¿En qué barrio?
—Paracao, zona sur. 

—¿Hasta qué edad viviste allí?
—Hubo un corte a los 12 años, cuando al terminar la escuela primaria me fui a vivir a Rosario para jugar al fútbol. Viví hasta los 16 años, volví al barrio y estuve hasta hace tres años, cuando me mudé acá (calle Montevideo),

—¿Cómo era esa zona en tu infancia?
—Totalmente distinto a lo que es ahora. Siempre me pareció uno de los barrios más bellos de la ciudad. Recuerdo la zona de Lebensohn con sus grandes caserones. Ahora está más poblado mientras en aquella época quedaban zonas de quintas. Siempre había algún lugar inhóspito o una cueva para explorar; andábamos en bicicleta con un grupo de amigos. Siempre fue un barrio tranquilo y podíamos irnos lejos. 

—¿Había personajes?
—Vivía en calle Pablo Crausaz y Cuchilla Grande, y caminábamos dos cuadras hacia el lado de avenida De las Américas para esperar al abuelo Lobato porque pasaba a determinado horario con su gran auto bellísimo. Era un personaje de la ciudad y creo que vivía camino a Oro Verde. Me llamaba mucho la atención su auto, veíamos su programa y le teníamos cierto cariño. 

—¿Se detuvo alguna vez?
—Nunca paraba; lo saludábamos y saludaba. 

—¿Qué otros juegos además de la bicicleta?
—Me gustaban muchos los muñecos, y creaba mundos imaginarios y personajes; también los indios, soldaditos y dinosaurios; armábamos casas en los árboles. Fuera de casa había un paraíso enorme donde trepábamos, hacíamos una casa y quedábamos ocultos. Espiábamos a la gente y le chistábamos.   

—¿Qué visión tenías del centro de la ciudad?
—Nos parecía que estaba muy lejos y había que empilcharse bien para venir al médico, a comprar algo o tomar un helado. Hoy está más unido y la diferencia no se nota. Lo que hasta hoy me atrae es la parte arquitectónica de las casas, tal vez porque en el barrio teníamos otro tipo de edificación. Me fascinaba el río; venía un tío de Rosario y con él disfrutábamos mucho porque íbamos a la playa. 

—¿Llegaban en bicicleta hasta Las Piedras?
—Sí, la bajada y la vista del río y de Santa Fe era genial. 

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—Mi papá es bancario y mi mamá ama de casa, grandes padres los dos porque nos dejaron hacer y explorar la calle, sabiendo poner los límites. 

—¿Había libros en tu casa?
—Sí, siempre había uno que otro. Solían comprarnos grandes enciclopedias y diccionarios. Para mí el diccionario siempre fue muy importante y tenía cierto miedo de escribir con errores de ortografía. Siempre lo tenía a mi lado y lo aprecio muchísimo. 

Misterio y pintura

—¿Otro que fue influyente?
—Los brujos –de Elsa Serur de Osman, una edición de 1978– fue una de mis primeras lecturas junto con Buenos vecinos, me sentía familiarizado con sus personajes y lugares, y el género de misterio me fue influyendo mucho. Es una gran escritora entrerriana. Me gustó muchísimo y hasta hoy la leo. Llegó a manos de mi tía, quien la conoció a Elsa Serur y le dedicó el libro. Hurgando en su biblioteca lo encontré. Por el lado de mi familia materna escuchaba mucho sobre ella. A partir de ahí comencé a leer misterio, literatura de fantasmas y aparecidos, conocí a Edgar Allan Poe, Howard Phillips Lovecraft, Stevenson, el irlandés Sheridan Le Fanu y todos esos autores que hasta hoy sigo leyendo. 

—¿Eras buen alumno?
—Audaz; sabía estudiar. 

—¿Desarrollaste alguna afición durante bastante tiempo?
—La pintura me gustaba mucho –aunque en forma autodidacta– y era un cable a tierra para expresar mis estados de ánimo –como también me pasa con la lectura. Mi tía es artista y profesora de Plástica –hoy jubilada. Me sirvió para fusionar lo que hago hoy, aunque no pinte un cuadro. 

—¿Algún denominador común en esas dos aficiones?
—Creo que sí. El estado de ánimo de tristeza me llevaba a leer o a pintar, y cuando terminaba ya estaba curado. Cuando las veo digo: ¡Qué quilombo; no sé cómo habré estado de ánimo porque es una locura! Era raro porque usaba muchos colores y tenía muchos lápices y acuarelas.

—¿Te gustaba alguna materia de la secundaria?
—Geografía, y siempre me gustó Lengua y Literatura –por las lecturas.   

—¿Tu vocación se relacionaba con la pintura y la lectura?
—Sí, aunque jugué mucho al fútbol y mi estadía en Rosario fue por ello. Mientras creaba mundos imaginarios paralelamente jugaba al fútbol y a los 12 años tuve la posibilidad de irme a  Newell’s –del cual soy hincha. Tengo parientes en Rosario enfermos por Newells Old Boys y mi tío me hizo hincha. Acá jugaba en el club Neuquén. 

Fútbol y madurez

—¿Cómo se tomó esa decisión en la familia?
—Fue fuerte, más que nada para mi mamá, aunque tenía el apoyo de los parientes. En el transcurso de esos años surgieron muchas cuestiones las cuales no diría que me hicieron odiar el fútbol y no querer jugar más, pero fui perdiendo de a poco el cariño. 

—¿Tenías la obsesión por llegar a Primera?
—Era muy chico. Me fui de jugar en un club de barrio donde jugaba por placer y diversión, y pasé a jugar en las inferiores de un club grande, profesional, en el cual ya tenés otros compromisos y exigencias –con lo cual se hace complicado. 

—¿Sufriste el contraste?
—Sí, fue muy fuerte, pero lo pude llevar. Extrañaba mucho porque el barrio y las aventuras siempre me gustaron. Me hizo crecer de golpe y olvidar de algunas cosas. Tenía que manejarme un poco más maduramente. También tuve muchas lesiones como para llegar un poco más alto. Es un mundo muy competitivo, lo maneja gente que no es la misma de los clubes de barrio y todo eso me tiró para atrás, porque venía de un ambiente totalmente distinto. 

—¿Hubo una situación particularmente traumática?
—Llegó un año en que estaba muy saturado y cuando perdés la pasión por entrenar y jugar, es el momento de abandonar. Esos años los tomé como una experiencia de vida, me fortaleció muchísimo y conocí París gracias al fútbol. Cuando estaba dejando –en ese mismo momento– se estaba gestando Mosaénicas Criaturas de Papel, el mundo de los libros que siempre me acompañó y volvió con todo. Durante un viaje de Rosario a Paraná comencé a carburar todo lo que quería desarrollar en torno a eso. Hoy estoy totalmente involucrado con el rescate de libros –que es distinto a ser restaurador. Soy un acondicionador artístico, porque la idea es rescatar ediciones antiguas para poder volverlas a poner en manos del futuro lector en un formato artístico. 

—¿Qué viste de cerca o aprendiste en cuanto a lo que es el fútbol profesional?
—Hay muchas personas que ven al fútbol como un mundo de color de rosa pero hay muchas cosas nefastas.  Siempre cuento lo de los peloteros o alcanza pelotas, que generalmente son ocho. A mí me gustaba estar de pelotero en el clásico y te seleccionan por buen comportamiento. Pero lo que después te da risa es que te mandan a hacer tiempo y podés ligar un reto del árbitro o que te expulsen. Siempre me gustaba ir detrás de los arcos –siguiendo al arquero de Newell’s– por la hinchada. Una vez casi me echan porque Newell’s ganaba uno a cero a Estudiantes, quien tenía un líbero –Pablo Quatrocchi– que era muy rústico. La pelota se fue a la platea, yo tenía una pelota detrás de los carteles de publicidad y no la devolví, porque supuestamente le correspondía hacerlo al chico de la platea. La pelota no volvía entonces todos me miraban, se acercó Quatrocchi y comenzó a decirme “larga la pelota, pendejo de mierda”. El arquero Boccio lo agarró y el árbitro también me insultaba, hasta que largué la pelota y me quedé duro. 

—¿Es un trabajo voluntario?
—Sí, por el privilegio de estar dentro de la cancha viendo el partido y pedir alguna camiseta o tomarte una foto. 

—¿Hubo algo que te desagradó mucho?
—El ambiente. Cuando las cosas van bien, tenés mucha gente detrás, y cuando comienzan a decaer, te dan vuelta el rostro, lo cual me dolía mucho porque no podía concebir esa idea. La gente es muy mala en ese sentido y es lo que pasa en el deporte profesional. Tenés que ser fuerte y no lo veía para mí, porque soy sensible en lo emocional –aunque estoy un poquito más fuerte. Eso no lo toleraba y me pasó varias veces. Tampoco me gusta el fanatismo ni estoy todo el día viendo fútbol. 

—Después de todo, lo elaboraste bastante rápido.
—Cuando le di la espalda al fútbol, sabía que Mosaénicas estaría rodeada de libros.

—¿Nunca cobraste por jugar al fútbol?
—No, no llegué al profesionalismo y solo jugué en las inferiores. 

—¿De Rosario volviste al Paracao; qué cambios notaste?
—Sí, aunque en el barrio ya se había notado un cambio. Todos los lugares de mi niñez desaparecieron por las edificaciones, al igual que el árbol al cual nos subíamos. Viví tres años en la casa de mi tía.

Los libros y una profesión

—¿Por qué Mosaénicas?
—Es un anagrama compuesto con las letras de un personaje de un libro que me gustó mucho y que leí cuando era chico. Es un personaje que se hace desde niño, tiene que crecer rápidamente, en esa transición se fortalece, y es muy inocente y sensible en lo emocional. Hay un paralelismo con mi vida. Madura hasta que logra su objetivo. Lo que engloba es una fuente de luz y energía que da fuerza a algo. El rescate de libros –para mí– es tomar una edición débil y deteriorada, y darle fuerza para ponerlos en circulación. 

—¿Cuándo pensabas eso lo asociabas con una posible salida laboral, un oficio concreto?
—Sí, porque los libros y la lectura siempre me gustaron. No podés obviar esa parte y tenés que conocer lo que estás interviniendo. Más allá de la lectura está el libro como objeto, que también siempre fue atractivo. Sabía que existía la restauración de libros, la conservación preventiva del papel y la encuadernación artística, así que comencé a investigar y estudiar. Dentro del arte de las encuadernaciones y restauración –que me parecen fabulosas– quería hacer algo distinto y que sea un juego.

—¿No te desalentaba al evaluar las posibilidades comerciales y económicas?
—Sí, por supuesto, era arriesgar. Pero el trabajo independiente y relacionado con el arte, siempre me gustó. Sabía que iba a ser difícil pero cuando comencé a realizar mis primeros trabajos, tenía que tomar la decisión de dedicarme pura y exclusivamente a esto. Tenía que caer una y mil veces, pero siempre tuve la convicción que daría sus frutos. La ciudad me sorprendió mucho; amo la ciudad y quería desarrollarlo acá. Con las primeras producciones, me di cuenta que había un público interesante.

—¿Quiénes fueron esos primeros clientes?
—Profesoras o gente de las universidades, que atesoraban algún libro como una reliquia familiar, pero que no querían un trabajo tan exigente en cuanto a la restauración. Trato de no tomar trabajos de documentos que sean tan interesantes, porque los respeto muchísimo. 

—¿Cuál sería la gran diferencia con el restaurador?
—En la restauración hay que tener muchísimo cuidado y no alterar determinados parámetros, mientras que lo mío es más libre, lo cual me da mucho placer. Para darte una idea: me llega un libro de Julio Verne sin tapas –de los años 30. Me encanta rearmar sus tapas, elegir el material adecuado –incluso naturales–, y trabajar y armar la gráfica y la imagen que lo representará por muchos años. 

Hacerse un oficio

—¿En qué línea continuaron tus lecturas?
—Variado: leí mucha Literatura de suspenso y misterio –hasta hoy–, me gusta mucho Shakespeare, comencé a leer mucha poesía, como por ejemplo la obra completa de Charles Baudelaire. Es un escritor que me encanta. En realidad trato de leer indiscriminadamente porque el mundo de la literatura es inmenso y siempre habrá algo que te gustará. 

—¿Interveniste tus propios libros?
—Por supuesto; las primeras experiencias fueron con mis propios libros porque no quería tocar nada ajeno (risas). Hace unos días vi en la casa de mi tía mi primer libro intervenido, que es una edición común del Quijote de la Mancha. Me sirvió para ver cómo ha sido la evolución de mi trabajo. Obviamente, hubo cosas que fueron horrorosas (risas). 

—¿Cuándo te animaste a asumirlo como un oficio?
—En realidad lo que quería hacer y tener conocimiento, era sobre el armado básico de un libro. Con saber eso me alcanzaba, porque tenía muchas ganas y en aspecto artístico sería autodidacta.  Le pongo mi impronta en cuanto al “maquillaje” del libro, para que quien lo tenga lo disfrute visualmente y por el olor –que para mí es exquisito. 

—¿Cuál fue el primer trabajo ajeno que hiciste?
—Eran cinco tomos grandes, muy bellos y pesados de una enciclopedia italiana, a los cuales les faltaban las tapas y habían pertenecido a su padre. La clienta no quería nada exigente porque estaban impecables. Quedó encantada y yo sorprendido, y tengo el registro fotográfico –como de todos los trabajos. 

—¿Uno en el cual te animaste a más?
—Es uno que tiene una historia particular. La nieta de la pintora Mitsuko Garay se puso en contacto conmigo para arreglar un libro en forma urgente porque había tenido un pequeño accidente. Había pertenecido a la abuela, lo prestó a una amiga y su perro lo dañó. Era una edición española de un diario de Frida Kahlo –con un gran valor sentimental para Mitsuko y difícil de conseguir. Las hojas y los grabados eran muy bellos. Cuando lo vi, me quería morir porque estaba totalmente deteriorado. Me propuse hacerlo, estuve noches sin dormir, me frustraba y se volvió una obsesión. Creo que gasté más plata de lo que cobré el trabajo, porque quería que llegara en buenas condiciones. Me dio mucha felicidad ver su rostro cuando le entregué el libro. 

—¿El que más tiempo te demandó?
—Gracias a todos los dioses tengo mucho trabajo así que me demanda mucho tiempo. Hay mucha gente que compra libros en formato papel y no se perderá nunca, porque es una tendencia muy fuerte.  

—¿Qué herramientas utilizás?
—De todo tipo: plegaderas…

—¿Qué son?
—Se utilizan para plegar y trabajar el papel; son de hueso, por lo general. También utilizo lápices de colores, muchos pinceles y pinturas.
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“La lectura en papel continúa siendo sólida”

Contrariamente a ciertas opiniones que señalan como tendencia el predominio de la lectura sobre soportes digitales, Vicentín destaca la lectura de libros por parte de las nuevas generaciones –a partir de su trabajo y observación en la Biblioteca Popular de Paraná–, las cuales –dice– tienen totalmente incorporadas a su vida cotidiana las nuevas tecnologías paralelamente con el tradicional formato.

—¿Qué uso hacés de Internet?
—La utilizo para otra de mis actividades que es la venta de libros usados y especialmente ediciones viejas que no se editan ni consiguen, y que son las que más me gustan. Mosaénicas Criaturas de Papel figura en Facebook y ahí muestro mis trabajos y los libros. 

—¿Cuál es tu opinión en torno a la lectura, sus distintos soportes y las tendencias actuales?
—Para mí la lectura en papel continúa siendo sólida e incluso la cantidad de lectores aumenta, y particularmente en el público joven. Trabajo para la Biblioteca Popular de Paraná y te das cuenta que los niños que son socios se llevan un libro para leer durante el fin de semana, no obstante que viven el pleno auge de la tecnología. Por otra parte no estoy contra el uso de la tablet –que de hecho tengo además de la computadora. Para lo que hago, utilizo la tecnología y programas de diseño, además de comunicarme a través de las redes. Hay algunos chicos que se llevan muy bien con las dos cosas. En cuanto al público en general, creo que se está ampliando la lectura en papel y se valora al libro como objeto. No creo que se pierda.  

—¿Cuál es el ejemplar más antiguo con el cual has trabajado o que tenés en tu poder?
—En este momento tengo unas obras de dramas de Shakespeare de 1884 (las muestra) de la Biblioteca Artes y Letras –de Barcelona. Quizás tuve alguno más viejo pero no recuerdo. 

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Datos

* Vicentín marca una diferencia sustancial entre su oficio y la clásica restauración de libros, la cual se ajusta a parámetros muy estrictos para mantener la originalidad y características de la pieza intervenida. En su caso –señala– se trata de un trabajo “más libre y creativo”. 

* Además de la actividad de recuperación y acondicionamiento, se dedica a la venta de libros antiguos. Actualmente los más añejos que tiene son unas obras dramáticas de William Shakespeare –de 1884, de la Biblioteca Artes y Letras, de Barcelona. 

* Mosaénicas Criaturas de Papel es el sitio de Facebook que Vicentín utiliza para visibilizar su trabajo. Entre las últimas publicaciones figuran Joyas de la poesía inglesa desde Shakespeare hasta Kipling, Miguel Ángel (1475-1564) –de Heinrich Koch–, La verdad sobre el caso Harry Quebert –de Joël Dicker, Suiza 1985– y Cianuro espumoso –de Agatha Christie, 1890-1976. 


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