Policiales
Domingo 21 de Junio de 2015

El juez que buscará cambiar el abordaje de chicos que delinquen

En carrera. Tras ocho años como defensor de Pobres y Menores, Pablo Barbirotto, de 37 años, asumió como juez Penal de Niños y Adolescentes, uno de los despachos más sensibles del Poder Judicial

José Amado / De la Redacción de UNO
jamado@uno.com.ar


Nadie sabe qué pasó por su cabeza cuando dijo “quiero ser escribano”. Por suerte, cuando comenzó una práctica en Tribunales, se pudo dar cuenta que lo suyo no era confeccionar escrituras sino el derecho penal. Y la necesidad, cuando lo designaron como defensor de Pobres y Menores, lo llevó a investigar hasta ser un especialista en derecho penal juvenil. Ocho años después de una función en la Defensoría que define también como un “trabajo social”, Pablo Alejandro Barbirotto se hizo cargo el viernes de uno de los despachos más sensibles del Poder Judicial: el Juzgado Penal de Niños y Adolescentes.

Luego de dictar su primera sentencia (por una medida cautelar que escribió y explicó de una manera sencilla para que el chico entienda) y de un par de reuniones, atendió a UNO en su nuevo espacio: un poco más luminoso y amplio que el anterior y con el desorden natural de toda mudanza.

Se trata de un área donde un menor de edad implicado en un delito no tiene ni el derecho de un proceso ni la sanción que sí tienen los mayores, y donde las víctimas quedan para siempre con la sensación de impunidad. Por eso, a Barbirotto lo obsesiona una idea: que el chico que delinquió se pueda defender, si lo declaran culpable que se haga responsable, y que la víctima participe del proceso en la Justicia. 

Y lo explica con un ejemplo de sus últimas actuaciones como defensor: “El otro día tuvimos una audiencia que terminamos llorando todos. A una mujer le entraron a robar a su casa, a los chicos los detuvieron inmediatamente. La señora quiso estar presente, les habló en la cara a los chicos, les explicó la situación que había padecido. Cualquier pena que le hubiera puesto el juez no iba a tener el mismo efecto que causó en la víctima y en los chicos, que salieron y terminaron abrazados, con los padres llorando, pidiéndole disculpas. El pasar y hacer sentir en el otro lo que a vos te pasó, ponerse en ese lugar. Si le decimos al chico vas a estar 60 días en tal lugar, dice ‘¡eeeh 60 días no pasa nada, vuelvo al barrio y digo estuve preso!’. Hasta lo empodera en cierto punto. El arrepentimiento de estos pibes tuvo un efecto sumamente importante. Lo que pasa es que si vamos a pensar que la pena e la solución para todo, estamos confundidos”.

El encierro no sirve

Este paranaense de 37 años, egresado de la escuela Normal, el último de cuatro hermanos y único que no se dedicó al comercio, escribió un libro (“más que un libro, un manual”, dice) que ahora circula por todo el continente; también impulsó un proyecto de Ley procesal penal juvenil que está en el Senado y de aprobarse pondría a la provincia de Entre Ríos a la vanguardia nacional sobre la materia. 

Barbirotto, desde la experiencia y la investigación, sabe que no debe ser lo mismo el accionar estatal contra un niño o adolescente que contra un adulto que delinque, y la respuesta debe ser diferente: “El derecho penal juvenil intenta integrar al chico a la sociedad, mientras que la pena tiene un efecto diferente, lo saca. Si yo quiero que esté en la escuela, haga deporte, esté metido en otra cosa, y lo encierro, logro lo contrario, y lo que le genera es mayor estigmatización. El chico se identifica”, asegura el juez.

Identificarse es asumir un lugar en la sociedad, no elegido sino en el que otros lo pusieron. “Nosotros como adultos los etiquetamos como el pibe chorro, delincuente, con gorrita y ya está, estuvo preso y se puede identificar con eso. La criminalización primaria la desarrollamos las agencias de control, la policía, los juzgados, lo etiquetamos y después el chico asume esa función. A mí me han dicho: ‘Yo lo único que tengo diferente a vos es que a mí me tienen miedo, es mi poder’. Hay que ponerse en el lugar del chico, es distinto, no es lo mismo que una persona adulta, recién está en proceso de formación”, agrega.

Un cambio de paradigma

El proyecto de Ley que el Superior Tribunal de Justicia envió al Senado es el producto de un año y medio de trabajo “donde se ve reflejada la práctica principalmente y no cruzarnos de brazos y decir que alguien haga un trabajo desde detrás del escritorio”, cuenta Barbirotto, quien se esperanza con que antes de fin de año la Legislatura provincial lo convierta en ley. Se busca un cambio de paradigma en el abordaje a una problemática que hasta hoy tiene la respuesta que hace más de 100 años. Y a la cual la sociedad reclama una respuesta diferente.

“Nosotros tratamos (en el proyecto) la intervención del chico de 14 y 15 años, no para una pena sino para hacerlo pasar por un proceso penal, para darle garantías, para que se pueda defender. Hoy un chico de esa edad está acusado de un delito, se archiva la causa y lo sobreseen. Quizás pudo estar un adulto atrás. Si no fue el autor le generás un lío tremendo (por la imposición de medidas cautelares, restricciones y demás), y si fue peor todavía porque no pasa nada. La pena no es la finalidad, sino trabajar para que el chico a través de los equipos técnicos pueda decir ‘me declararon autor de este hecho, me mande una macana’, y ensayar una respuesta de por qué lo hizo. Se llama la implicancia subjetiva”, explica.

Por eso, Barbirotto asegura que “lo peor que se puede hacer es silenciarlos, al chico y a la víctima, tienen algo para decir y no pueden, o ni siquiera se puede defender, es tremendo para los dos. Y la víctima dice ‘¿no pasó nada?’ Ni siquiera un juicio para saber si fue o no fue”. A su vez, el juez deja en claro que “el que no puede tener una pena es el chico de 14 y 15 años, el de 16 y 17 sí, no en la misma escala que un adulto, pero puede tener una pena”.

Luego reflexionó: “Tras ocho años casi en la Defensoría, te cuesta desprenderte de ese trabajo porque es muy social, es todo el día el trato con la gente y está bueno, te permite moverte de otra manera. La función de juez parece que es más estática, de las resoluciones, pero intentaremos darle otro camino. Mi idea es esa, la Defensoría siempre fue de puertas abiertas y voy a intentar que el Juzgado también lo sea, para aquel que tenga una causa, para la víctima, para el periodismo, trabajar en los barrios. No me gusta el trabajo de escritorio solamente”, concluyó Barbirotto.

Visibles solo cuando llegan al delito

A modo de diagnóstico de la situación en Paraná, al contrario de lo que muchos dicen, el flamante juez asegura que “la cuestión no es tremenda como en Santa Fe, por ejemplo. Serán 15 o 20 chicos complejos, con reiteración delictiva, donde siempre atrás hay un adulto, que tiene que ver con la defensa del territorio, con los narcos. Pero de las estadísticas siguen siendo siempre menos los niños o adolescentes involucrados que los adultos”. A su vez, Barbirotto entiende que cuando un chico llega esposado a una comisaría luego de robar, hubo previamente una historia de derechos que el estado no le garantizó y tampoco nadie que ahora reclama que vaya preso, lo notó: “Si ves un chico pidiendo en un bar a las 2 de la mañana, parecen parte del paisaje, pero si ese chico a los 12 años viene con una pistola decís ‘acá hay que actuar’. No nos fijamos antes”. 
 

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