La Provincia
Martes 20 de Enero de 2015

El hombre que cultiva rosas de todos los colores posibles

Economías Regionales: Desde hace ocho años encara este proyecto. Tiene 44 variedades y vende a todo el país

Marcelo Comas / De la Redacción de UNO
mcomas@uno.com.ar

 

 

 

La historia de vida de Agustín Torres Toledo tranquilamente podría servir para el guión de una película. Inquieto como pocos fue de aquí para allá hasta encontrar su verdadera vocación. En realidad, este hombre nacido y criado en el ejido de San José de Feliciano nunca supo que se iba a dedicar a cultivar rosas, aunque la muerte de su padre en 1983 le reveló una habilidad que había adquirido cuando vivía en San Pedro, una localidad bonaerense donde todavía viven sus tres hijos. Allí hizo la colimba, pero también cosechó durazno y de la mano de una “changa” trabajó en un vivero “sacando rosas para envasar”.

 

El campo de siete hectáreas en Entre Ríos quedó a su cargo por ser el mayor de seis hermanos, así como también el legado paterno de tener que producir la tierra. Empezó produciendo guinea (la paja que sirve para elaborar escobas) luego se dedicó a la producción de algodón y luego batatas, hasta que una intoxicación con agroquímicos lo dejó al borde de la muerte. Fiel a sus principios nunca se dio por vencido, pese a que un  grave problema motriz -provocado por la mala manipulación de agrotóxicos- le impedía trabajar con normalidad. “Por recomendación de un conocido empecé a consumir aceite de carpincho: durante dos años tomaba una cucharada por día. Gracias a Dios hoy ando bien”, contó a UNO este hombre bonachón, que se presta al diálogo como si conociera a su interlocutor de toda la vida.

 

 

Sus comienzos

 


Torres Toledo había experimentado con diferentes cultivos, pero encontró en las rosas un espacio donde explorar y descubrir nuevas formas de producción. Las primeras estacas silvestres que le enviaron sus hijos desde San Pedro fueron decisivas para que avanzara en el proyecto, que en 2006 tuvo su lanzamiento oficial. El emprendimiento que se denominó vivero El Silencio echó raíces en las afueras del ejido de Feliciano.“Arranqué con las primeras 1.720 plantas, que son del tipo orgánico. Se necesitan dos años para hacer una planta de rosa”, mencionó el hombre de 65 años. Los comienzos fueron difíciles, por eso necesitó del asesoramiento de un injertador de San Pedro. Detalló que las plantaciones de las estacas comienzan a partir de julio y se extienden hasta  setiembre cuando luego serán injertadas –hacia marzo o abril- a yema dormida y listas para su venta un año después.

 

 

Injerto

 


El titular del emprendimiento reveló los secretos para multiplicar un rosal por el método de injerto. Casi como una cirugía, el primer paso requiere de mucha precisión: sobre la corteza de la estaca, a pocos centímetros del suelo, se practica una incisión en forma de T. “La yema que se injerta es la que da la flor, donde va el pecíolo de las hojas “, detalló. La diferencia es que en cada pie o patrón uniforme“se coloca una yema del color que uno quiera”, logrando  de esa manera obtener rosas de variados colores. El productor aclaró que él no crea nuevos colores, sino que se dedica a multiplicar rosales de plantas individuales. Al brindar más características de esta modalidad indicó: “En el pie se ata una cinta de polietileno transparente, que se mantiene entre 20 y 25 días, es decir que la yema se adaptó a la planta y esta la absorbió. En la jerga del vivero se dice que hay yema prendida. Entonces con un cortaplumas, en la parte de atrás del tronco, cortás el polietileno y queda la yema al aire libre. Esa es la nueva planta que vas a tener”.

 

 

Colores

 


La rosa se distingue por diferentes atractivos, pero principalmente por su color. Y lo particular en el vivero de don Torres Toledo es la variedad de colores: en la actualidad cuenta con 44. Los mismos se logran a partir de los colores básicos rojo, blanco, amarillo y rosado, mientras que en cada uno de esos colores existen matices, es decir colores más simples. El productor lo explica de la siguiente manera: “En rojo -por ejemplo- tenés un rojo sangre, un rojo terciopelo; en blanco tenés una variedad que se llama blanco Versalles, que tiene pocos pétalos pero gruesos”.

 


La calidad de su producción encuentra como caja de resonancia las redes sociales. Allí sus seguidores elogian sus plantas, sus colores y hasta recibe consultas de clientes interesados en adquirir las rosas. Como siempre le gustó el contacto cara a cara con la gente, Agustín cada día se sube a su bicicleta y con el canasto lleno de flores sale a entregar pedidos.  “Es porque tengo unos vehículos viejos, pero ando medio escaso de papeles”, dice dejando escapar una carcajada. “Tengo tres tipos de amarillos, en rosas dobles con muchos pétalos y flores grandes. Hay una especie de amarillo que se denomina Graham Thomas, pero a la gente se la vendo como amarillo champagne, amarillo amarillo o amarillo huevo, amarillo patito o amarillo durazno”, enumeró. Además manifestó que cuenta con 12 variedades de rojo, en una demostración de orgullo y pasión por el oficio.

 

 

Producción

 


El proyecto productivo del Vivero El Silencio contó desde sus inicios con el apoyo de diferentes instituciones y organismos. Entre ellos la Red Comercial de la ruta 12-127, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, la Municipalidad de Feliciano y Cáritas. “Vendo casi sin propaganda a todos lados: Río Grande, en Tierra del Fuego; Curuzú Cuatiá (Corrientes); Hasenkamp, Chajarí, La Paz, Bovril y Paraná”, destacó.

 


Consultado por su nivel de producción sostuvo que  anualmente se ubica en 3.700 plantas. “Vendo a 50 pesos cada planta,  que tiene entre 80 centímetros y un metro de alto. Están envasadas y florecidas en la maceta. Para injertar tengo 14.000 plantas e injertadas 5.000”, aseguró.

 

Considera que atraviesa un buen momento en materia económica, pero que no le debe retacear al trabajo teniendo en cuenta que otros proyectos similares prosperan en la región. “Unos muchachos de Federal tienen un vivero de 20.000 plantas, aunque ellos empezaron con un importante capital”, reflexionó. Recordó que las inclemencias del clima le jugaron una mala pasada. De hecho las últimas tormentas, que afectaron a buena parte de la provincia, le dañaron unas 750 plantas.  Si bien todo su esfuerzo está dirigido al cultivo de rosa, también le dedica  parte de su tiempo al cultivo de batata, calabacín, cebolla y el jazmín.

 


En el tramo final de la charla cuenta que se encuentra tramitando su jubilación, que se la pasa pensando en cómo mejorar la calidad de sus plantas y que con poca inversión en tecnología pudo desarrollar un emprendimiento único en su tipo. “Esto requiere trabajo y un conocimiento acabado del oficio”, precisó.  Lejos de relajarse, ya se plantea nuevos desafíos y mientras recibe pedidos, avisa que va por más.

 

 

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