A Fondo
Lunes 02 de Mayo de 2016

El hacinamiento es una marca del racismo de este siglo XXI

Consideramos aquí causas y daños del amontonamiento de las familias en barrios insufribles, extirpadas de la naturaleza; el riesgo de muerte que depara ese sistema, y la necesidad de emanciparnos desde los recién nacidos

Tirso Fiorotto/ tfiorotto@uno.com.ar
De la Redacción de UNO


Estamos escribiendo en el Día de los Trabajadores, de ahí nuestro homenaje a ese símbolo del trabajo que han llamado “cabecita”, hoy víctima de un tipo de racismo poco explorado como tal.
Tanto machacaron sobre los excluidos desde el Estado y las corporaciones que a los sobrevivientes lograron extirparlos del paisaje y encerrarlos sin necesidad ya de alambres de púa, de rejas.

Todos los documentos firmados por pueblos originarios de la región dicen que el territorio es la vida para nuestras culturas, que sin tierra no podemos desplegar las alas.
En nuestras formas de conocer y vivir (los modos de pueblos del Abya yala, América) necesitamos un horizonte, un diálogo con los árboles, somos fibras de una red en permanente intercambio.

Es fácil recorrer nuestra región litoral y observar los territorios vaciados de humanos y talados al mismo tiempo. Y es fácil ver a los desterrados en el hacinamiento de los barrios, cargados de problemas y vedados de expectativas ciertas. Pocos lugares donde trabajar, para la juventud; muchos donde ejercer la violencia o abandonarse a las drogas.
La tierra para la especulación los marginó. Quedó concentrada en pocos, arrendada por pooles, con el desembarco del capital para hacer de los territorios sus canchas de negocios. La tierra quedó en manos de cualquiera menos de los que saben trabajarla y respiran en ese paisaje.

La colonialidad
Filósofos, políticos, escritores de Europa y de la Argentina solían declamar ciencia, libertad, razón y valores morales, al tiempo que repulsaban al negro africano, al indio de Abya yala, al mestizo (criollo, gaucho, cabecita), y lo hacían en el momento en que el negro y el indio eran secuestrados, torturados, esclavizados y masacrados.
La educación colonizada por categorías venidas de Europa (con pretensiones de universalidad) que menospreciaba todo lo de acá, esa “educación” ocultó los ataques o minimizó su importancia.
Destruían al negro, al indio, al gaucho, al mestizo, los tenían por inferiores, brutos, incapaces, y se burlaban de ellos cuando la Argentina contaba con mayoría de negros, indios y gauchos, mestizos. Decían “negro imbécil” y nos señalaban con el dedo.
Hay que ponerse en el lugar. Si nosotros somos africanos, y viene un Fulano y nos dice “estúpido, enano, no servís más que para esclavo, nunca entrarás en la civilización porque no te da la cabeza” (que eso decían), es muy probable que de allí no esperemos consejos. Sin embargo, la colonialidad ha hecho que esos racistas sean próceres hoy, todavía, con sus bronces en las calles, en el aula, en las bibliotecas.

Qué es el racismo
La posición de aquellos llamados intelectuales queda mejor explicada en el conocido chiste de un paisano que advirtió que tres tipos le estaban dando una tunda a un joven. Y qué hago, me meto o no. Entonces decidió intervenir: “¡Le dimos una paliza entre los cuatro!”
Puede ocurrir que el intelectual no conozca la situación. Pero algunos de ellos daban cátedra sobre sociedad e historia... No dudaron en colocarse del lado del poder esclavista y genocida, cuando ese poder del blanco europeo llevaba ya 150 y hasta 300 años haciendo estragos.
Hay autores que para estudiar el racismo incluyen distintas marcas. La religión, el color de piel, la estatura, pero también la clase social, las costumbres, la región, lo que sea para colocar al otro en un escalón inferior (o bajo la línea de lo humano) y explotarlo.
Ahora miremos el tiempo actual. ¿Cuáles son las marcas del racismo más claras entre nosotros?

Una marca racista es hoy el hacinamiento que desarticula la familia, la comunidad, reduce al humano y también es un estigma porque en muchos casos los obreros preferirán no dar a conocer su domicilio, si quieren conseguir un trabajo.
Hemos naturalizado el hacinamiento de nuestras familias como ayer se naturalizaba la esclavitud.
La educación, los medios masivos, las religiones, las familias, los Estados, coinciden en sostener su ceguera frente a este flagelo.

Tendemos a creer que una callecita estrecha con casas amontonadas (casas en el mejor de los casos), o edificios que parecen cárceles, son lugares. ¿Por lo menos tienen un techo, no? (Lugar, decimos, hogar).
En el mismo instante en que negocian con terratenientes de 500.000 y más hectáreas los funcionarios difunden con bombos y platillos que hicieron 50 casas en una hectárea (y estamos hablando de barrios abiertos, para lo que se acostumbra).
En otras villas, las casitas de varios pisos con pasadizos de dos metros en los que no entra el sol, son fuente de miserias.

Los nadie
Es tal la propaganda que en algunos casos las mismas familias hacinadas, encerradas, ignoran la magnitud del atropello del que son víctimas. Porque ya sus padres y abuelos vivieron así.
La propaganda ha logrado una resignación colectiva. Arturo Jauretche recuerda, entre las zonceras argentinas, esta frase de Varela: “si el sombrero existe, sólo se trata de adecuar la cabeza al sombrero”. Dicho de otra forma: esto es lo que hay. O te adaptás o morís.
La gran mayoría de la población argentina vive con cierto grado de hacinamiento, pero las clases con recursos pueden zafar. El problema del hacinamiento en grado de racismo se expresa entonces en los excluidos, y es un círculo vicioso.
La confluencia de varios factores convierte esa situación en racismo. Desarraigados, sus saberes son menospreciados, sus modos cambiados; obligados a compartir espacios de prepo, con trabajos precarizados, o desocupados, vedados de un lugar donde cultivar sus alimentos, y vedados de ámbitos naturales para la serenidad del espíritu y el diálogo fecundo con otros pares, con uno mismo o con las otras especies.
No es difícil comprobar que entre ellos se encuentran muchos de los tataranietos de aquellos negros, aborígenes y mestizos sometidos de ayer. Los cabecitas negras.

Homo hacinado
El racismo del siglo XXI produce en la Argentina un humano que podríamos llamar “homo hacinado”. En el invierno suele aparecer en las portadas de los diarios cuando una familia entera muere calcinada por el brasero, o asfixiada.

Son los sin tierra, los desheredados, los sin trabajo, a veces sin techo; y en ciertos casos, los callados con planes sociales. El racismo les ha hecho creer que están así porque no hay para todos, que su destino es sobrevivir.

Los racistas ocuparon todos los espacios, entonces sobran humanos. Los mantienen confinados en verdaderos campos de concentración, donde los alambrados de púas no son necesarios porque permanecen como anestesiados. Les trazaron una raya: aquello no es para ustedes.
Hay que decir que el hacinamiento está en las antípodas del ayllu (organización social milenaria que involucra la familia, la cultura, el trabajo comunitario, la vida social); está en las antípodas de la vida en armonía en el paisaje, y en las antípodas de la soberanía particular de los pueblos por la que bregaba la revolución federal de José Artigas, porque esa autonomía requería de comunidades en sintonía, con relaciones cultivadas por décadas, con cierta fisonomía propia. También en las antípodas de las inquietudes de las asambleas ambientales que procuran hoy un retorno a la armonía en el paisaje.

Nada que hacer
Decíamos que el “homo hacinado” no puede cultivar alimentos sanos, compartir con las gallinas, cosechar huevos y frutas, dialogar con la naturaleza; no puede generarse expectativas, no puede desplegar los saberes de sus antepasados, no puede ejercer a pleno su necesaria solidaridad, y se enferma.

Antiguamente daba sin esperar, recibía sin pagar. Jopói le llama el guaraní a la actitud de manos abiertas mutuamente. Casi todo eso está dificultado (no vedado) en el hacinamiento.

Así como señalamos las responsabilidades de los pensadores de ayer que ejercían el más puro racismo en el momento en que imperaba el racismo para cazar, someter y explotar al otro y robarle las riquezas, o matarlo, ahora apuntamos nuestras responsabilidades en torno del racismo de hoy. (El de “ayer” está intacto: las adhesiones a Donald Trump en los Estados Unidos lo dicen bien).

En nuestro tiempo, los que intentamos meditar tenemos que declararnos sin dudas contra el hacinamiento. Equivale a promover la destrucción del latifundio, a reprobar la concentración de la propiedad y la tenencia de la tierra y toda la economía de escala, porque allí está, en nuestra región, la raíz principal del neorracismo que consiste en apilarnos para facilitar su control.

Los negocios de unos pocos (capital financiero, pooles, políticos, terratenientes, grandes industriales, multinacionales del comercio y los insumos, etc), necesitan el campo libre de obstáculos, es decir, libre de personas.
Esa es la razón por la cual muchas familias como las del litoral viven en el destierro, hacinadas.

Libertad de vientres
Estamos hacinados. Mientras superamos este problema (sabemos todo lo que significa ¿no?), debemos quitar del pantano a los gurisitos. Es necesaria, en este siglo XXI, una libertad de vientres.
Los recién nacidos podrán interactuar en el paisaje, podrán acceder a alimentos sanos en cercanía, podrán conocer el entorno y practicar el vivir bien (sumak kawsay), en armonía, y la solidaridad, la complementariedad (yanantin). Todos principios prohibidos hoy.
El estudioso Ramón Grosfoguel y otros hablan de “marcas” regionales de racismo. Uno mismo puede detectarlas, digamos. Para Grosfoguel, al racismo biológico (cultural) le siguió un racismo cultural propiamente dicho, que funciona en dos direcciones: “para justificar la reproducción de una mano de obra barata y para excluir poblaciones del mercado de trabajo”.
Aquí el racismo está emparentado con la clase social, pero el hacinamiento va más allá de un problema de clase. El neorracismo ha anulado en las familias su propia condición. Les quitó la memoria, para que no recuerden la relación humano/territorio. Para que no molesten.

Paladear ese mundo
En columnas anteriores decíamos: “Para mirar el otro mundo ocultado vamos por la libertad de vientres. ¿En qué consiste? A cada niño, un espacio comunitario. Libertad. Un lugar donde desplegar aptitudes, conocer, amar, con actitud no invasiva, respetuosa del entorno, y donde el día de mañana cada cual hará su vida, sus alimentos en obra colectiva”.
“No estaremos libres del hacinamiento de entrada, pero sí lo estarán nuestros hijos, nuestros nietos y los hijos y nietos de nuestros vecinos y los compañeros de ruta de otras especies. Y seremos libres también con paladear ese mundo maravilloso, con el resplandor que promete la libertad”.
“La libertad de vientres entronca a la perfección con la vida en chacras comunitarias participativas, y ambos modos de recuperación de nuestra condición se chocan con el régimen donde prevalece la ganancia y la producción a escala para las exportaciones, con mínima presencia de trabajadores. Los mismos sectores hoy privilegiados verán que, con la libertad compartida y la vuelta a la naturaleza se empieza a recuperar la dignidad perdida. El único que perderá será el señor racismo. Y que se muera”.

Humano amputado
El “homo hacinado” está desarmado, expuesto a todas las gripes, desamparado.  Le cuesta el “nosotros” porque su comunidad no fue tejida serenamente, con las mil fibras de la relación comunitaria. Le cuesta verse en el paisaje porque el río, el pájaro, la mariposa, los murmullos del monte están del otro lado del muro. Y ni siquiera tiene ámbitos donde cobijarse en sus símbolos a través de esa gestión natural que dan los oficios, el encuentro casual, la colaboración desinteresada, la gauchada.
Todos los valores afloran en las personas, en los grupos, pero en una sociedad bajo control, eso decimos, y con todos los peligros al asecho. El primero de ellos: creer que el ruido y el apuro dan un “lugar”, y creer que salirse del monte es un “progreso”. La conciencia es la primera víctima.
También mata
Ese neorracismo cultural desarraiga, rompe la cultura, destruye los saberes y los menosprecia, expulsa, destierra, excluye y mata. Además, ataca al ambiente con la economía de escala, los transgénicos, las máquinas, los agrotóxicos. Y desintegra el paisaje, porque al paisaje le faltan árboles, pájaros, mariposas, humanos, le faltan esas relaciones sin fronteras donde todo se ilumina.

 

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