La Provincia
Domingo 07 de Junio de 2015

El estudio de la mente al servicio del deporte

Diálogo Abierto. Adriel Levy, psicólogo. Factores claves al momento de optimizar el rendimiento. La importancia del rol de cada uno y cómo influye en la personalidad. Ejemplos de mejoras en lo colectivo y también en lo individual 

Julio Vallana / De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar


Aunque de modo muy incipiente por estas latitudes, la Psicología manifiesta alguna presencia en el ámbito deportivo regional. “Somos los últimos que se contratan, como antes lo eran los preparadores físicos”, reconoce Adriel Levy –especialista en coaching deportivo, con tareas en los clubes Talleres (básquet masculino) y Estudiantes (hockey sobre césped), de Paraná– para precisar el momento por el cual atraviesa el desarrollo de esta disciplina. El psicólogo –vocal de la Asociación Argentina de Psicología Deportiva– analizó algunos aspectos de su trabajo y dio ejemplos de aplicaciones de mejoras en el rendimiento competitivo individual y colectivo.

La calle y el club

—¿Dónde naciste?
—En Paraná, el 7 de diciembre de 1978.

—¿En qué barrio?
—Viví no recuerdo cuánto tiempo en la zona de Racedo y Alsina, pero después nos mudamos al parque –en calle Mitre– y estuve hasta que me fui.

—¿Qué recordás de la zona durante tu infancia?
—El andar en bicicleta por los laberintos del Rosedal y salir con amigos libremente por la calle. Tengo dos hijas –una de 9 años y una bebé– y a la edad de ella nos íbamos en bicicleta a la escuela –solos– y no había problemas de inseguridad ni de tránsito, lo cual se ha perdido. Hoy hay que estar en la casa o en un club y no se puede andar tranquilo por la calle. La zona está bastante parecida –lo cual no sé si es bueno o malo–, algunas barrancas se pueden escalar y otras no. 

—¿Otros juegos?
—A falta de aparatos tecnológicos, jugar o estar mucho tiempo en el club. Era ir a la escuela, al club y al parque. Conservo muchos amigos de la infancia, íbamos a dormir a la casa de uno o venían a tu casa. 

—¿Travesuras?
—No recuerdo muchas macanas que haya hecho y me porté bastante bien, sin romper nada. Pasé gran parte de mi infancia jugando con una pelota, la bicicleta y amigos.

—¿Qué actividades profesionales desarrollan tus padres?
—Mi viejo es arquitecto y mi mamá profesora de Educación Física, si bien casi no ha ejercido la profesión. Mi viejo la ejerció unos años, después se dedicó a la empresa Quanta, hoy hace programas de responsabilidad social y fabrica mobiliario de plástico reciclado. Mi vieja ha sido ama de casa, ha desarrollado otras actividades y colaborado con la empresa. 

—¿Cuándo fuiste a un club por primera vez?
—A los 4 o 5 años, a jugar al básquet. Por suerte me gustan muchos deportes –que trato de practicar– pero el básquet fue el de cabecera desde los cuatro hasta los 33 años. 

—¿Por qué te atrajo?
—Porque iba con mis amigos. Es un deporte hermoso que te engancha, en equipo, aprendés permanentemente cosas nuevas y desarrollás muchas habilidades. Siempre me gustó progresar. 

—¿Practicaste siempre durante ese lapso?
—Sí, jugué a nivel semiprofesional y profesional, he viajado por todo el país, conocí mucha gente y jugué en varias ciudades –lo cual te abre la cabeza por los dirigentes, entrenadores y compañeros que conocés. A los 17 años sabía que quería ser psicólogo así que me propuse jugar al máximo nivel posible mientras no me impidiera estudiar. Lo pude hacer hasta que un día dije basta y le di paso ciento por ciento a la profesión.

—¿Por qué no el básquet como profesión?
—No tuve el deseo y estuve en los lugares y momentos que quería estar. Tuve un nivel en el cual pude permanecer mucho tiempo sobre la base de mucho entrenamiento y esfuerzo. La facultad no la llevé al día por el hecho de vivir en otros lugares y cuestiones familiares. 

—¿Algún formador influyente?
—Destaco mucho a Mauro Badano quien también es una eminencia. Recientemente le hicieron un homenaje y me emocionó mucho verlo bien, está igual. Más allá de muchas cosas técnicas que me marcaron en mis primeros pasos en el deporte, enseñaba por ser modelo, transmitiendo su pasión por el básquet, inculcando el deseo de mejorar siempre. Y lo veía disfrutar. Cuando dirigía Primera en Sionista yo llevaba el reloj de 24 y lo veía cómo era en la victoria y en la derrota: una persona intachable que acepta la derrota con altura y disfrutaba la victoria con sus jugadores. Me enseñó muchas cosas que no sabe. Ahora estoy terminando un master e inmediatamente que lo haga, me pongo a escribir un libro donde Mauro –si lo acepta– tendrá un lugar importante, porque me interesa mucho el deporte de formación. Muchos chicos abandonan el deporte por no tener buenos formadores. 

—¿Un partido que recuerdes por una circunstancia particular?
—Jugué muchísimos. En mi debut en Primera jugué 20 segundos y en el segundo éramos seis jugadores, con lo cual tuve que salir a la cancha –contra el Hindú de Sergio Benedetich, Eduardo Musante, El Negro Salomone… un equipo campeonísimo– y terminamos jugando tres jugadores. Hice 15 puntos y jugué los 40 minutos. Hubo que agarrar el caso, la lanza y el escudo, y a la cancha contra esos monstruos –cuando yo tenía 14 años. Ahí se demuestra la personalidad y fue una prueba que no me pesó tanto. 

Ser profesional

—¿Cuál fue tu mejor etapa en lo deportivo?
—En Unión de Santa Fe, donde recién me sentí jugador de básquet. Era ganarse un lugar en un club grande y con tanta historia. Estuve tres años y me dirigió Sebastián Uranga –una eminencia– y Gabriel Darrás era el manager del equipo. Unión arrastra a mucha gente y el periodismo lo sigue mucho. Era un chico de 1.72 metros y llevaba la base del equipo. Fue un desafío muy grande; se entrenaba en doble turno y tuve que acomodar muchas cosas para cumplir. Fue el lugar donde más aprendí sobre ser profesional del deporte. 

—¿Por qué decís que recién ahí te sentiste jugador de básquet?
—Me encontré con un entrenador como Sebastián Uranga, con quien enseguida te das cuenta que no sabés nada porque es un libro abierto. Fue llegar a un lugar, que te observaran para ver cómo respondés y meter una seguidilla de partidos importantes para que te saquen el ojo de encima. Fue ganarse el respeto donde prácticamente no me conocían. 

—¿Qué te demostró jugar en ese nivel respecto a lo que sabías anteriormente?
—Sebastián tenía en su equipo a (Antonio) Gachi Ferrari –un formador histórico de jugadores. La metodología de entrenamiento era totalmente distinta, al igual que los fundamentos, lo cual en Paraná hoy se trabaja pero hace diez años nunca lo había visto. Además, entender el juego, las reglas defensivas y ofensivas, y los planteos tácticos. Había un profesionalismo de primer nivel en ese cuerpo técnico.

—¿Alguno momento particular con Uranga?
—Confiaba mucho en mí y trataba de darme mucha responsabilidad. Soy muy autocrítico y me hacía cargo del funcionamiento colectivo, por jugar en la posición de base. Un día que yo me estaba dando con el látigo porque venía para abajo, se acercó sabiamente  y me dijo que no me apurara a hacer el análisis de la temporada –sino que lo hiciera cuando termine– y que pensara en el próximo partido. Me sirvió mucho para limpiar la cabeza y habla de la importancia de la influencia del entrenador sobre el jugador. 

La gente y los números

—¿Sentías alguna vocación cuando eras niño?
—No, siempre me interesó el trato con la gente pero la vocación del psicólogo y la especialización, me surgió en quinto año de la secundaria. También me gustan los números así que iba encaminado a Ciencias Económicas –pero no me gustaba la parte teórica y que el trato fuera mucho más con los números que con la gente. Por sugerencia de varios amigos, averigüé sobre Psicología, estaba la UCA y los horarios me daban para cursar. Solo me quedó una materia para recursar e hice los cincos años al día. 

—¿Eras buen alumno?
—En la primaria, normal; siempre me caractericé porque los docentes me quieran, desde lo humano. No era el más aplicado sino que tuve un nivel que me permitía andar bien y tranquilo. 

—¿Te gustaban algunas materias especialmente?
—No recuerdo, algunas me gustaban pero tenía más facilidad para Matemáticas. 

—¿Se conciliaba el gusto por la “gente” y los números?
—Por eso no soy contador, era una carrera que no me llenaba. Una de las áreas que trabaja el psicólogo deportivo es la investigación y cuando administrás una técnica o test y hacés el análisis cuantitativo, canalizo esa pasión por los números. Y también cuando trabajamos con objetivos, para hacerlo lo más específico posible a través de estadísticas. 

—¿Qué materias de la carrera te confirmaron que era lo que te gustaba?
—Cuando fui a la facultad no había Internet ni bibliografía en Paraná, pero me fui a inscribir en Psicología para ser psicólogo deportivo –que era lo que quería ser. Estaba dispuesto a estudiar cualquier cosa con tal de ser psicólogo y luego especializarme. Había materias que no me gustaban para nada pero siempre tuve la mira más allá. 

—¿Con qué enfoque dominante te formaste?
—En la UCA era con orientación psicoanalítica. En Psicología Deportiva no trabajamos con el psicoanálisis sino con lo cognitivo-conductual, y cuando trabajás con grupos tomás algunos aportes de la Sistémica, lo cual la facultad me lo brindó a cuentagotas. En cuarto año vimos Psicología Laboral y de la Educación, lo cual se acercaba un poco más. Mientras estudiaba en la facultad viajaba a Buenos Aires, comencé a comprar libros de Psicología Deportiva y me conecté con Marcelo  Roffé –quien era el presidente de la Asociación Argentina de Psicología Deportiva. Luego traje a integrantes de la asociación a dar cursos acá y hoy soy vocal de le entidad.

—¿Qué contenidos de la especialidad se ajustaron a lo que deseabas?
—Desde que comencé a especializarme y todo lo que estudié hasta acá, lo elegí y tiene que ver con lo que quiero. Todo me gustaba. 

Cada uno en su lugar

—¿Qué relectura o análisis comenzaste hacer a partir de que tuviste algunos fundamentos de la Psicología?
—Antes de dejar de jugar ya veía el deporte como jugador y como psicólogo, aunque no intervenía porque respetaba mi rol de jugador. Pero inevitablemente veía cosas desde la Psicología, las buenas para potenciarlas o cosas a modificar, que trataba de ver cómo se podía hacer un aporte siendo jugador. En el deporte en equipo –y más en el básquet– necesitás una interacción permanente, la confianza del compañero y vos confiar en él, y el respeto táctico –que tiene que ver con creerle o no al entrenador. Hay entrenadores que te dicen “hacé A” y vos pensás que tenés que hacer B, porque el entrenador no te convence o tampoco se preocupa por hacerlo y simplemente baja una línea directa –que tal vez no es la forma. Veía el tema de la comunicación con los compañeros, lo que necesitaba cada uno, en qué momento podíamos contar con uno y otro, y al ser el entrenador en la cancha –por mi posición de base– tenía que manejar esas cuestiones. Y en la vida social del grupo, detectar conflictos y tratar de acercar al equipo. En el deporte de equipo –y más en el alto rendimiento– es muy difícil si el equipo no está cohesionado, que saque su máximo potencial. 

—¿Ese análisis a veces entraba en conflicto con el planteo del técnico?
—Con Sebastián me pasó. Siempre fui anotador y agresivo ofensivamente y el segundo año que lo tuve a Sebastián entendí que mi rol era llevar la pelota con seguridad y dársela a mis compañeros, con lo cual tiraba dos o tres tiros por partido –lo cual no iba con mi ADN ni de cómo jugaba ni de cómo vivo la vida. Pero entendí que era mi lugar en ese momento y que le era útil al equipo, y no hubo que hablarlo con Sebastián. Automáticamente veía cuáles eran mis minutos jugando así y asumí que era útil, y ganábamos. 

—¿Cómo se elabora personalmente esto?
—Depende de la madurez del jugador y tal vez unos años antes no me hubiera gustado. Cuando pensás en función de un equipo, tenés que ceder. Por eso muchas veces los equipos fracasan, porque traen figuras o jugadores que están acostumbrados a determinado rol y hay una sola pelota para jugar. Entonces no se entiende y ponen el yo adelante del equipo. Seguramente otras veces quise imponer mi juego, lo cual no ha sido bueno, pero con los años se aprende –si estás abierto– y ahí me hice funcional al equipo. 

—¿Con qué herramientas se trabaja en un plantel con perfiles altamente definidos en función de un equipo que brinde todo su potencial?
—Es muy importante comenzar porque el entrenador sepa o reconozca la importancia de trabajar los roles dentro del equipo. Lo segundo es trabajar el liderazgo interno de los jugadores y su buen manejo, lo cual es ganar gran parte de la batalla. Un entrenador alineado con los líderes del equipo permite bajar una buena línea y encarrillar al que se trata de salir. Y tratar –porque no siempre se puede– de indagar sobre los objetivos individuales de los jugadores y hacerlos complementarios con los del equipo. Nunca los objetivos del equipo son abstractos. Siempre hay que ver los de los jugadores y sobre esa base armar las dos cosas paralelamente. 

—¿Cuáles suelen ser los principales puntos de conflicto?
—Las claves son las fallas en el liderazgo; un líder no tiene que ser alguien que baje una línea o que se imponga autoritariamente. La habilidad que más resultado da es tener empatía con el jugador  y saber escuchar, para luego tomar decisiones. Hay muchos entrenadores que tratan de imponer su filosofía, forma de trabajo y de relacionarse, y a veces el equipo necesita otra cosa. La segunda falla es la del liderazgo con los jugadores: en deporte de alto rendimiento tenés los que son del club y los que vienen de afuera, entonces hay muchos intereses creados en lo económico y lo relacional, entonces no se busca la vía más adecuada. 

—¿Habitualmente hay choques y celos entre el director técnico y el psicólogo deportivo?
—Es una muy buena pregunta y por eso hago mucho hincapié en que la Psicología del Deporte no es para cualquier psicólogo. Uno de los obstáculos para trabajar son los celos del entrenador. El psicólogo tiene mayor entrada con el jugador, no lo pone ni lo saca. He visto pocos deportistas que se acerquen al entrenador y le digan que se sienten mal y sin  confianza para jugar, porque automáticamente los saca del equipo. El manejo de la información es muy importante y hay que tener la certeza y garantía del entrenador en cuanto al trabajo con el plantel. No hay que trabajar directamente con el equipo sino con el cuerpo técnico, ganarse la confianza y que te vean confiable, entonces te darán vía libre. Si el entrenador sospecha o piensa que estás en contra de él…  

El grupo y su personalidad

—¿Hay alguna aplicación del psicoanálisis en la psicología deportiva?
—Lo estudié, lo respeto pero nunca trabajé como psicoanalista. La verdad que no hay ninguna aplicación. No se puede negar el inconsciente pero no hay ninguna aplicación práctica con deportistas. No tiene nada que ver. 

—¿Cuál fue el primer plantel con el cual tomaste contacto cuando ya te habías especializado?
—Comencé en la UNL de Santa Fe, con la parte de fútbol, con la cual compiten en la Liga Santafesina. Muchas cosas que desarrollé ahí las sigo aplicando, mejoradas, pero fue una gran experiencia. Es un club modelo para estar.

—¿Notaste algún déficit entre lo que habías aprendido y la realidad de abordar un plantel?
—Por característica propia nunca siento que sé, lo cual me lleva a buscar. Cuando salís de la facultad no estás preparado, cometés errores y lo importante es estar abierto y aprender. Ayuda mucho conocer el deporte, qué siente un jugador. Si bien era fútbol, uno lo consume y juega, así que tratás de entender qué le pasa al jugador, en ese caso que estudiaba y hacía deporte. Que a su vez era lo que hice durante toda mi vida. Primero tenés que tener empatía y saber qué piensa y siente, para entenderlo y abordarlo. No hay un enlatado para aplicar a los jugadores, son todos trabajos a medida. 

—¿Qué es lo primero que observás cuando trabajás con un equipo?
—Con los años agudizás el ojo: lo primero es ver el clima grupal, si hay sub grupos te das cuenta enseguida, y los roles y personalidades de cada uno. Y miro mucho las caras porque a través de la mirada se expresa. Luego vas chequeando si tus intuiciones son correctas o no, y veo la proximidad –física y emocional– o no entre el entrenador y sus dirigidos. 

—¿En qué medida el equipo tiene un inconsciente colectivo?
—Es el perfil de equipo, que hay que trabajar. Tratar de que cada uno se sienta único e irrepetible, como también lo es el equipo que construyen ellos. Por eso hay que aportar a la mística o códigos compartidos, como en el caso de Las Leonas o Los Pumas, establecer cuáles son los valores y el ADN del equipo, sus coincidencias y el caballito de batalla que hay que tomar cuando aparece una crisis. 

—¿Cómo se potencian o no los miedos, traumas y disfunciones individuales en el grupo?
—Puede haber infinitos problemas: por ejemplo, un jugador que técnicamente es un nueve, tal vez está rindiendo seis, y tiene que ver con la interacción con el grupo, porque no sabe ganarse su lugar dentro del planteo técnico-táctico o no tiene la confianza de los compañeros. Es importante ayudar a los jugadores a expresar su máximo potencial. 

—¿Y cuando son cuestiones ajenas a lo deportivo, propias de la personalidad?
—Cuando hay  conflicto el grupo es un amplificador de los problemas porque no todos lo toman de la misma manera, a algunos les molesta, a otros no, otros ayudan al jugador que está pasando el mal momento, algunos lo expulsan simbólicamente del grupo, otros tratan de corregirlo para que se integre… Por eso es importante el liderazgo, para que no dejan caer a nadie ni salirse del cauce del equipo, porque atenta contra él. A veces el deportista no puede corregir esa situación o su personalidad atenta contra su propio lugar en el equipo y hay que ayudarlo. 

—¿En qué te facilita y dificulta el trabajo el hecho de haber sido deportista?
—En el ciento por ciento de los casos me ha facilitado conocer el deporte y saber qué le pasa al deportista, pero no hay que quedarse con eso. Lo que más hay que trabajar es saber cuál es su rol dentro del equipo y nunca hay que tomar partido por el planteo técnico-táctico o juzgar el manejo de los jugadores. El psicólogo no tiene por qué opinar sobre eso sino tratar de ayudar al entrenador para convencer o persuadir a su equipo. 

—¿Hay una tendencia de mayor permeabilidad a aceptar un psicólogo en los planteles? 
—Hay tres factores claves con relación a la Psicología del Deporte: dos tienen que ver con lo psicológico y una con lo económico. No hay mucho recurso para afrontar los gastos y la inversión de contratar a un psicólogo y somos los últimos que se contratan, como antes lo eran los preparadores físicos. Lo que depende de los psicólogos es dar a conocer qué pueden hacer y en qué pueden ser útiles porque muchas veces se cree que tiene que ver con el psicoanálisis, el trabajo en el diván o cuestiones solamente personales. Se trabaja lo personal pero siempre relacionado con lo deportivo, ya que hay factores de personalidad que impiden tener un buen rendimiento. Otra cuestión es la falta de formación y ética de muchos psicólogos por no estar legislado el rol del psicólogo deportivo –en lo cual estamos trabajando para que los no especializados no trabajen en el ámbito deportivo. Se sabe de psicólogos no especializados o con una formación muy básica que trabajan en deporte y hacen las cosas mal, lo cual le cierra las puertas al rol. Ese psicólogo va y busca otro club, pero la institución dice: “Si ésta es la Psicología Deportiva, no lo contrataré.”

—¿Deportistas o equipos que observes con un trabajo psicológico específico y otro en los cuales no?
—¡Me mataste…! Un caso es Rafa Nadal o Coria –quien pasó de decir que su fuerte era la cabeza a perder la final de Roland Garros y venirse en picada. Tuvo un momento de quiebre en su carrera donde vio que, tal vez, trabajando psicológicamente –que no sé si lo hizo– pasás de sentir que no lo necesitás a necesitarlo, para recuperarte. Muchas veces no le enseñamos nada al jugador sino que lo ayudamos a descubrir el potencial que tiene o que sabe que lo tiene pero no lo está ejerciendo.

—¿Existen distintos paradigmas o escuelas?
—El abordaje madre es la Psicología cognitiva-conductual. Las funciones del psicólogo deportivo son la investigación y evaluación, la intervención directa en campo, la capacitación y el asesoramiento. Conozco psicólogos españoles que no han tratado con deportistas directamente en el campo y  se dedican a investigar. Son muy reconocidos y valorados pero si le preguntás cómo trabaja con un equipo, jamás lo hizo. 

—¿Qué tendencias son dominantes en investigación?
—A mí me han interesado la motivación y los factores de adherencia al deporte.

—¿Qué actividad desarrollás en el ámbito de la asociación?
—Soy vocal titular. El 25 y 26 de setiembre son las jornadas nacionales anuales y damos charlas y talleres en todo el país para asesorar a distintas asociaciones o entrenadores. 

—¿Qué países son los más avanzados en Psicología Deportiva?
—España, Cuba es pionera y Estados Unidos, aunque en cada país se trabaja distinto. En España se trabaja mucho la investigación y en Argentina estamos más formados hacia una orientación aplicada. La investigación es un déficit del país ni tampoco se valora, cuando es un punto de partida para planificar. 

—¿Cuál es el desarrollo de la especialidad en Paraná y Entre Ríos?
—Hay colegas que trabajan en deporte y no están formados, o quieren entrar, les va mal y abandonan. Especializados en la provincia hay uno en Concordia y en Paraná está Ileana Fernández –quien antes de trabajar en Psicología Deportiva se especializó. Es importante formar e informar a quien va a contratar, porque no es lo mismo un psicólogo especializado que alguien que trabaja en deporte y no tiene formación.  


El triunfo y la derrota

Levy no marca diferencias al momento de referirse a los deportes colectivos e individuales ya que, no obstante que en el último caso es solo un deportista quien afronta la competencia, está acompañado en su preparación por un director técnico y numerosos asistentes encargados de distintos aspectos. 

—¿Cuáles son los parámetros básicos en el caso de las disciplinas individuales?
—Siempre que trabajo con los equipos hago un abordaje individual y colectivo. El deportista individual tampoco trabaja solo, la única diferencia es que compite solo. Un nadador, por ejemplo, tiene un entrenador, un nutricionista, gente de prensa, familia y un contexto. La diferencia entre deporte individual y colectivo es cuando se entra a la cancha, piscina o donde se compite, pero siempre hay un equipo detrás. 

—Las presiones son distintas.
—Las demandas son distintas porque un futbolista puede equivocarse diez veces y se diluye en el accionar del equipo porque hay otros compañeros que se equivocan. Un tenista, un golfista o nadador, si se equivoca, queda expuesto y toda la presión y las miradas son sobre él. 

—¿Cuáles son los factores que más hay que trabajar en la derrota y en el triunfo?
—Primero, enseñarle al deportista a ganar y perder, y segundo, es muy importante no poner tanto énfasis en el resultado, exclusivamente –por más que sea alto rendimiento– sino en los procesos. Es más importante merecer ganar y hacer todo para hacerlo, que ganar en sí mismo. Si hacés todo para ganar, el triunfo será consecuencia de, y también tomar la derrota como un aprendizaje para saber qué te falta. Tal vez diste tu ciento por ciento y no te alcanzó porque el rival es superior, pero no hay que quedarse con eso sino que el cien de hoy sea el ochenta de mañana. Es trabajar sobre la mejor permanente. 


Las personalidades que son destructivas 

El liderazgo se define como el proceso conductual de influencia entre individuos y grupos en el logro de sus objetivos, razón por la cual el líder sabe dónde va el equipo –con sus metas y objetivos– y proporciona la dirección y los recursos necesarios para ayudarle a llegar hasta allí. Los estudios revelan que un buen líder sabe manejar tanto los factores personales como los situacionales. 

—¿Un líder que te llame la atención?
—Luis Scola es un líder altamente positivo –con 36 años– que sigue impecable y en el máximo nivel: todos los compañeros resaltan que es el primero en llegar a entrenar y el último en irse, y siempre lo hace al ciento por ciento, exige a los compañeros –por más que vaya perdiendo por 20 puntos– y pelea todas las pelotas como si fuera la más importante. Otro estilo de liderazgo pero que se impone calladito en su laburo es Javier Mascherano, que lo vimos en el Mundial: desde lo deportivo, dando equilibrio, no siendo figura rutilante en la creación ni en lo más vistoso, pero tapando una pelota como la de (Arjen) Robben, dando indicaciones y tratando de conectar al equipo en todas sus líneas. 

—¿Dos o tres características de un liderazgo proactivo?
—Primero, estar al servicio de solucionar conflictos cuando los hay, saber dar lugar al otro, no ser mezquino, y saber cómo está cada uno de sus compañeros es importante. 

—¿Cuáles son los perfiles de personalidad más nocivos para un equipo?
—Hay personalidades que son destructivas y es lo primero que hay que trabajar, porque tiran “bombas” si no son parte importante del éxito del equipo, hablan por detrás, no son transparentes ni frontales. Esto –a la larga– dinamita la convivencia.

—¿Te has encontrado con casos que te hicieron modificar tu enfoque habitual de análisis?
—Vivo cada nuevo paciente, cada equipo, como un gran desafío y es un acto de ingeniería, porque hay que construir con cada plantel, entrenador y deportista. Algo que me costó resolver fue en un club de alto rendimiento en cuyo equipo hubo cambio de entrenador y con quien tenía un rol y desarrollábamos determinadas actividades. Con el entrenador nuevo hubo que cambiar rápido el chip y pasar a hacer otro abordaje. Cuando ganás lugar, cuesta perderlo, pero hay que hacerse firme y plantar nuevamente el piso para construir. 

La cabeza de Federer

—¿La herida narcisista del deportista es más difícil de abordar que en personas de otros ámbitos, como el caso de la política o la empresa?
—Se puede hacer un paralelismo entre el deporte y la política, que son dos ámbitos de trascendencia social. El deportista –a medida que pasan los años– tiene que ir desarrollando nuevas habilidades porque tal vez lo que te alcanza hoy, tal vez no te alcance dentro de un año, dos o cinco, y es hacer un trabajo preventivo. Aceptar cuando ya no sos lo que eras que podés ser algo distinto, reinventarte todo el tiempo. Si no fuera así –y (Roger) Federer no trabaja con psicólogo–…

—¿No tiene asistencia psicológica?
—Creo que no. El psicólogo te puede servir pero si uno puede hacerlo solo, no es imprescindible. Quien diga que es imprescindible se está equivocando porque es una herramienta más a la cual se puede acudir o no. Hay jugadores que no lo necesitan. (Michael) Jordan fue híperexitoso, ganó todo, nunca tuvo bajones en su rendimiento y no tuvo psicólogo, porque tal vez tiene una cabeza distinta y por algo son contados con los dedos de las manos. En cuanto a Federer, cuando se apostaba que su retiro era inminente, que se caía, que no ganaba, que las mellizas, hoy es dos del mundo y está en búsqueda del uno. Pero estoy seguro que está más empeñado en disfrutar un partido o un torneo que tener en la cabeza un resultado o el ser el número uno. Cuando te enfocás en esto, te olvidás del golpe que tenés que hacer, del game, del set, del partido y del torneo. Es fundamental mantener el foco en el aquí y ahora para lograr resultados, que serán consecuencia del rendimiento actual.



Comentarios