A Fondo
Domingo 12 de Abril de 2015

El círculo trágico de la violencia como modo de vida

Ayer fue otro día que amaneció trágico en Paraná. Un niño no tuvo chances siquiera de crecer, de aprender a caminar y jugar; de ir a la escuela de su barrio; de escribir su propia historia. Una bala en la cabeza le apagó la vida a sus 11 meses. Se llamaba Byron Magallanes y murió en el hospital San Roque una calurosa mañana de sábado.
La Justicia y la Policía investigan cómo sucedió el asesinato, quién fue el autor, por qué lo hizo. Lo primero que se supo fue que a Byron lo alcanzó un balazo que disparó un hombre que discutía con su abuelo, en la puerta de su casa en el barrio Anacleto Medina. Su mamá no pudo ponerlo a salvo de los tiros.

El dolor, la bronca y la indignación no saben de límites ante semejante acontecimiento. Las consecuencias pueden propagarse en un espiral de violencia difícil de contener, como ha ocurrido en incontables otras oportunidades. Se abre un nuevo escenario que no hace más que agregar leña a una fogata de llamas ya muy altas.

A pocas horas de este asesinato imperdonable, a riesgo de hacer un análisis apresurado, puede pensarse que el suceso desentraña, al menos, dos problemáticas sociales de fondo, crecientes e irresueltas. En primer lugar, la proliferación del uso y abuso de armas de fuego de todo tipo y calibre en la totalidad del abanico socio económico de la población, pero de modo más crudo en la franja de los más excluidos y vulnerables. Y, por otro lado, la imposibilidad cada vez mayor de los habitantes de esta ciudad de dirimir sus conflictos de convivencia a través del diálogo y métodos pacíficos, sino mediante la utilización de la fuerza y el derramamiento de sangre.

Con respecto al primer problema, se puede recordar que un relevamiento realizado por la Defensoría del Pueblo hace dos años –publicado en el sitio web Telaraña Digital– reveló que hay cuatro zonas de Paraná donde abundan las armas de fuego: la de Anacleto Medina, Gaucho Rivero, San Jorge y Santa Rita; la de los barrios Consejo y 1° de Julio; la de Lomas del Mirador e Hijos de María; y el sector de Belgrano, La Delfina, Antonini y Mitre. Obviamente, coinciden con las áreas de la ciudad donde se producen mayormente situaciones de violencia. A juzgar por las noticias de los últimos meses, esa radiografía parece no haber sufrido variaciones desde entonces. La pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué no hay un freno a este proceso por el cual se arma el más pobre? O lo que es lo mismo: ¿A quién le conviene esto?
Oportunamente, la Defensoría que conduce Luis Garay solicitó al Registro Nacional de Armas (Renar) la aplicación en la capital entrerriana del Plan de Entrega Voluntaria de Armas de Fuego, que contemplaba un pago para quien accediera a desarmarse, pero esta herramienta aquí resultó un fracaso, a juzgar por la escasa cantidad de armas que recolectaron. En 2012 se hicieron operativos en Paraná, Concordia y Concepción del Uruguay, que tuvieron como resultado un desarme de apenas 457 unidades.

La segunda cuestión está relacionada con la primera: cuando los revólveres son de uso cotidiano, los conflictos se dirimen con mayor frecuencia a balazos. Los motivos de las discusiones que dan inicio a estos enfrentamientos pasan a segundo plano, suelen ser cosas intrascendentes, nimias y hasta imprecisas. Lo que estos hechos evidencian es que la posibilidad de la muerte violenta está naturalizada, tanto para el que la causa como para el que la sufre. Pero por más acostumbrado que se pueda estar, el dolor de perder un ser querido siempre es profundo. Y lo terrible es que, en este círculo trágico, mientras más grande es el dolor más terrible puede ser la venganza.

Quien esto escribe no tiene la fórmula para salir de este laberinto. Pero hay quienes dicen que de los laberintos se sale por arriba. Por eso un buen paso sería respaldar a las organizaciones sociales, políticas, de derechos humanos y hasta del Estado que trabajan a diario para ofrecer soluciones a la problemática de la violencia y no conspirar contra ellas, como sucede en el llano de la sociedad pero también desde el mismo Estado, con prácticas y discursos simplistas y arcaicos –la mano dura, la tolerancia cero, el gatillo fácil– que, además de ser nefastas, ya demostraron con creces su fracaso.

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