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Martes 21 de Julio de 2015

El Círculo Odontológico trae un triángulo amoroso a la francesa

Mañana, a partir de las 20.45, habrá una nueva función de cine en el auditorio de calle Corrientes 218, de Paraná. En esta ocasión, proyectarán el filme Un affaire d’amour, del realizador francés Stéphane Brizé

En la función de mañana del ciclo de cine del Circulo Odontológico de Paraná, se proyectará el filme francés Mademoiselle Chambón, conocida en nuestro país bajo el nombre de Une affaire d’amour. La cita es en el auditorio de la institución, Corrientes 218, a las 20.45, con acceso libre y gratuito.

El realizador, Stéphane Brizé, considerado como uno de los mejores directores de actores del cine europeo actual, es también coguionista de esta historia basada en una novela homónima de Eric Holder.

El triángulo que Stéphane Brizé describe en Une affaire d’ amour es sencillo, común, tan transitado en el cine como en el arte en general y, digámoslo incluso con angustia, en la vida. ¿Por qué nos sentimos, entonces, en este caso, frente a una joya, una joya austera? Por su tratamiento, en el que predomina lo tácito, lo sugerido, lo sutil aunque intenso. Por la capacidad del realizador francés para transmitir pasión, dilemas y frustraciones con delicadeza; para dirigir actores sin que eso sea perceptible; para utilizar cuerpos -gestos, movimientos ínfimos- en lugar de diálogos enfáticos. Es más: Une affaire d’amour no contiene una sola frase de amor. Apenas belleza, elegancia, matices logrados con recursos mínimos: contundencia cinematográfica.

Las primeras imágenes muestran a Jean (Vincent Lindon) a la cabeza de una armónica familia proletaria primermundista: él es albañil; su esposa, operaria de una fábrica; el hijo de ambos, un chico en edad de escuela primaria, querido y contenido por sus padres. 

Viven en un pueblito francés, en una campiña tediosa en su bienestar. Hasta que un leve accidente mantiene en cama a la mujer de Jean y hace que él tome contacto con la maestra de su hijo, Véronique Chambon (Sandrine Kiberlain), que sólo está en el pueblo hasta final de curso.

Jean usa camisas leñadoras arremangadas, fuera del pantalón. Camina con los brazos levemente separados del cuerpo: es un hombre práctico, elemental, rudo y tierno, como lo demuestra también la relación con su padre, de 80 años. Véronique viste polleras largas y sweaters delicados: es más nómade, menos demostrativa y, por cierto, más intelectual. 

El cruce de mundos, de deslumbramientos mutuos, se irá intensificando. También las barreras. Suele ocurrir; a más pasión, más dificultad; y viceversa: la poderosa tentación de la incertidumbre. Por lo demás, todos los personajes tienen sus razones y no son maniqueos. 

El director no nos obliga a tomar partido, sino que nos ubica en una incómoda y excitante empatía colectiva. La paz pueblerina de Jean comienza a ser asfixia; su amado mundo familiar, un corsé sentimental. En la fiesta de cumpleaños de su padre, Véronique -invitada por Jean- toca en su violín una melancólica pieza de Edward Elgar. 

Las miradas de los tres protagonistas transmiten, alternadamente, amor, sufrimiento, descubrimiento, resignación, tristeza. Un cuadro del que ya nadie podrá salir indemne.

El drama crece, a fuerza de detalles narrativos, de una hermosa fotografía y de una cámara que nos transmite, con planos lentos, las emociones de los protagonistas. La música, omnipresente, se justifica y articula con la historia: no es un mero elemento de sostén externo. Sin ser ampulosos, los gestos de los actores hablan mucho más que las palabras. Las interpretaciones, jamás rígidas, jamás atadas a un guión, son estupendas.

Como es habitual, al ser ésta la última función del mes, se sorteará entre los presentes una de las películas exhibidas en el ciclo. Para el próximo encuentro, el 5 de agosto, se anuncia el filme Elena  (Rusia-2011).

 

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